Respaldo de material de tanatología

La mansión de las rosas

La mansión de las rosas
Thomas Burnett Swann
The manor of roses, © 1966 by Mercury Press Inc. Traducción de F. Corripio, J. Piñeiro, y C. Gaudes en Ciencia Ficción Selección-2, Libro Amigo 187, Editorial Bruguera S. A., 1971.

Se ha dicho de los relatos de SF que son los sucesores de los “cuentos de hadas”. Esta observación, bastante errónea en lo que se refiere a la SF propiamente dicha, es, sin embargo, válida con respecto a ciertas manifestaciones afines, como el Sword & Sorcery (literalmente: espada y brujería) o Heroic Fantasy, género que se inspira directamente en antiguas mitologías (sobre todo en las célticas), supersticiones y leyendas.
La mansión de las rosas es, en cierto modo, un cuento de hadas. Pero un cuento de hadas maduro, que no se limita a reproducir viejos esquemas, sino que supone un acercamiento lúcido a ciertos mitos y planteamientos que el hombre contemporáneo cree, un tanto fatuamente, haber dejado atrás. La xenofobia, el maniqueísmo, el clasismo, el machismo, el fanatismo, el puritanismo y unos cuantos “ismos” más, son denunciados, con eficaz y elegante sencillez, en este desmitificador relato lleno de ternura, poesía y fino humor.
Thomas Burnett Swann, viajero, investigador y escritor inglés, ha publicado, además de biografías y libros de poemas, varios relatos de fantasía y ciencia ficción, de los que The manor of roses es tal vez el más logrado.

Capitulo 1
Tengo treinta y cinco años; soy, por lo tanto, una mujer madura, y a pesar de estos tiempos de calamidades y de plagas, de muertes prematuras y de fenecimiento de la belleza antes que el cuerpo muera, se dice que aún sigo siendo tan hermosa como una virgen bizantina, flotando en el cielo de un mosaico dorado y soportando las penas como una túnica de pétalos blancos. Pero las penas no sirven de túnica, sino que son como la desnudez para los ojos de los curiosos, para la lengua de las urracas maldicientes que gozan con la pesadumbre de los demás:
«Siempre está muy triste… La mansión necesita un heredero… ¿Quién nos va a defender del bosque amenazador, de los ladrones y de las malignas mandrágoras?»
Once años hace, en el Año del Señor de 1202, llegó Edmundo el Lobo, el compañero de armas de mi esposo, y nada más desmontar del caballo me dio la noticia de que mi marido había muerto, dejándome como compensación las riquezas capturadas antes de que pereciese en la batalla. ¿Riquezas capturadas? No, un simple botín, diría yo, conseguido en el saqueo de Constantinopla. Miren, esta es una época en que los hombres son como chiquillos provocadores y crueles, dispuestos siempre a dar muerte a un judío, a un húngaro, o a un griego, por considerarle un infiel. Se sienten felices empuñando la espada, y aseguran que con ello sirven a Dios. Son días en que los muchachos no están lo bastante crecidos para el orgullo de sus padres, ya que los únicos hombres de verdad son los cruzados.
Y sin embargo, yo amaba a mi esposo, un normando pelirrojo, alegre como los hombres del Sur, y no como la mayor parte de nuestras adustas gentes de Norte. Le amaba por su jovialidad, por su pelo de color de los ladrillos romanos, y también porque me dio un hijo.
Pero las ansias del cruzado, como el maléfico espíritu de la plaga, también se apoderan de los niños. Tan sólo el año pasado, en Francia y Alemania, Esteban proclamó su alto mensaje de Cristo, Nicolás hizo sonar su irresistible flauta, y los niños se fueron tras él como las mareas hacia la Luna, y afluyeron hacia el Mediterráneo como ríos de inmaculadas vestiduras blancas.
Poco de aquella locura llegó hasta Inglaterra. Tal vez nuestros niños son poco inclinados a las visiones, quizá prefieren cazar, en vez de congregarse bajo las frías arcadas de los templos, para mantener conversaciones con Dios. Pero la demencia, que aquí no afectó a millares, fue a tocar justamente a mi hijo. Y un día se marchó hacia Londres montado en su palafrén roano, vestido con un jubón de piel de oveja teñido de amarillo, y ajustada una correa de cuero a la cintura, de la que pendía una bolsa tintineante, llena de peniques recién acuñados. ¡Iba dispuesto a tomar un barco hasta Marsella, para unirse a Esteban! Pero Esteban y la mayor parte de su cándido ejército fueron vendidos como esclavos al infiel; Nicolás murió de peste antes de alcanzar el mar, y mi hijo, que apenas tenía quince primaveras, llegó a Londres, recorrió las orillas del Támesis en busca de un navío de dos castillos que le llevara al otro lado del canal, y cayó al fin bajo el cuchillo de un bandido. El demonio, creo yo, había poseído a aquellos niños, una burla lanzada como un guantelete al rostro del Señor.
Pero Dios no es ciego, y en menos de un año, me envió a los otros chicos. Por desgracia, todos estaban contagiados de la misma locura. Ellos fueron Juan, un normando de pelo obscuro; Esteban, que aunque sajón se llamaba igual que el muchacho de Francia, y Ruth, a la que llamaban su ángel guardián, pero que nadie sabría decir si había venido del Cielo o de los Infiernos. Presentí que Dios me había convertido en instrumento suyo para protegerles de la ruina que había caído sobre mi propio hijo. ¿Acaso se equivocó Él al encomendarme una misión tan inestimable y difícil? Lo cierto es que lo intenté, Madre del Señor, ¡bien que lo intenté! Les protegí de las mandrágoras del bosque, les amé, les perjudiqué, y luego, al final… Pero ustedes mismos podrán juzgarme…

Corrió cegado por las lágrimas entre los zarzales, asustando a las aves, haciendo que remontaran el vuelo tantos faisanes y perdices como los necesarios para agasajar a un rey. Los sapos le miraron asombrados y en seguida se arrojaron a la laguna con un sordo y simultáneo chapoteo. ¿Ignoraban acaso que él, el tímido Juan, que había perdido su arco en la espesura y esparcido sus flechas durante la carrera, no era criatura de temer? Juan había vuelto de la partida de caza con su padre, el señor del castillo de Goshawk, y en compañía de los caballeros Roberto, Arturo, Eduardo y los demás. Los nombres de esos caballeros eran diferentes, pero su aspecto era casi el mismo. Tenían manos rudas, encallecidas de tanto empuñar la espada contra el infiel… y contra sus compatriotas ingleses; mejillas enrojecidas por el hidromiel, y no por el Sol de nuestros cielos; cuerpos que exhalaban fuerte olor porque se cubrían con jubones forrados de pieles, que llevaban con orgullo incluso en verano, no queriendo imitar a los villanos, que en la época del calor usaban sencillas camisas y calzas sin faldellín. El pelo lacio y humedecido por el sudor, lo llevaban largo por detrás, y cortado en un cerquillo sobre la frente.
A Juan, el hijo del barón, le habían permitido disparar la primera flecha contra un ciervo al que acosaba a los sabuesos. No era buen arquero, pero el ciervo se hallaba tan cerca que sólo podía errarse el tiro si se hacía adrede. Y erró el tiro adrede. Una vez, mientras recogía castañas con su amigo Esteban, el pastor, vio Juan al mismo animal, un magnífico ejemplar de ciervo cuya cornamenta se parecía a las ramas desnudas de los árboles que azota el viento a orillas del mar del Norte.
?No nos tiene miedo ?le había susurrado Esteban, en aquella ocasión.
?Ni hay motivo para que lo tenga ?respondió Juan?. Jamás podríamos hacerle daño. Es demasiado hermoso.
Ahora, en el momento de la caza, el animal volvió su cabeza y les miró como si los reconociera, y tal vez con un aire de resignación. Estaba acorralado por los sabuesos contra un denso matorral de helechos.
Juan lanzó su flecha por encima de la cornamenta, instante que aprovechó el animal para escapar, atravesando los tupidos helechos como si fueran briznas de hierbas y dejando a los perros inmovilizados por la sorpresa.
?¡Mujerzuela! ?gritó su padre con voz ronca a causa de la ira que le producía el haber perdido un festín y un par de astas para adornar el frío vestíbulo del castillo?. ¡Debí entregarte una rueca, en vez de un arco!
Al terminar la partida, Juan fue castigado. Una vez que los caballeros hubieron abatido un animal más pequeño, una joven gacela, tendieron al muchacho sobre el cuerpo cálido y ensangrentado, y cada uno de ellos le pegó de plano con la espada. La mayor parte de los caballeros le golpeó con suavidad, ya que, al fin y al cabo, se trataba del hijo del señor feudal. Pero el golpe de su padre le hizo sangrar y morderse la lengua para contener un llanto vergonzoso.
Después le dejaron marchar.
?¡Vete a las perreras y dile a tu amigo Esteban que te seque las lágrimas! ?le gritó aún su padre, con tono burlón.
Un coro de carcajadas subrayó la mofa. Se decía que Esteban se había acostado con todas las hijas de los villanos comprendidas entre los doce y los veinte años. Y los que no tenían hijas solían afirmar, con aire festivo: «Las muchachas lloran hasta que Esteban les seca las lágrimas».
Una vez solo en el bosque, Juan olvidó su afrenta. Estaba demasiado asustado, para acordarse. Apenas cumplidos los doce años, sabia que los bandidos sentenciados a la horca se refugiaban entre los sicómoros que recordaban a los romanos, y entre las encinas que estaban ahítas de sangre de los sacrificios druidas. En cuanto a los animales, había lobos, osos y jabalíes de largos colmillos, sin olvidar las anfisbenas, que eran serpientes de dos cabezas, ni los grifos de escamosas alas Pero lo peor de todo eran los seres de la mandrágora, que crecían como raíces y luego saltaban de la Tierra, uniéndose a sus congéneres para practicar estos actos de antropofagia.
¿Adónde podía ir?, pensó Juan. Al castillo no, ciertamente, pues allí estarían ahora los cazadores, remojándose en grandes tinas de madera, restregándose unos a otros las espaldas, para quitarse la suciedad de varias semanas, mientras las mozas de la cocina les arrojaban encima cubos de agua y miraban furtivamente sus desnudeces.
En un tiempo el castillo había albergado a su madre. Las sombras se atenuaron con la blancura de sus vestidos, y por los salones se difundió el aroma del clavo, de la canela y otras especias de la cocina. Los muros exteriores florecieron con las corolas del damasco, árbol cuyas semillas habían llegado de Tierra Santa. Y las delicadas ascalonias, o «cebollas de Ascalón», asomaron sus tallos verdes en torno al tronco de los árboles, como pequeños gnomos guardianes.
«Si tiene que haber frutos de guerra ?había dicho ella?, debemos procurar que sean cosas vivas, y no muertas; cosas dulces, en vez de amargas; cosas suaves, y no ásperas; que aumenten el verde de la Tierra, y no el oro de los cofres.»
Seis años antes ella había muerto víctima de la peste. Ahora, cuando Juan se arrodillaba en el suelo de piedra de la capilla, rezaba al Padre, al Hijo y a la Virgen, pero la Virgen era su madre.
No, no podía regresar al castillo. Podía, pero se vería obligado a visitar la cabaña del abad y tendría que recibir otra lección sobre lógica y astrología, sobre ensayos de Lucano y Aristóteles. En realidad Juan era un buen alumno, y hasta sobresaliente; pero había momentos para estudiar, y momentos para acudir junto a Esteban. A pesar de la burla de su padre, aquél era el momento de ir a buscar a Esteban. No es que su amigo fuese delicado y femenino como una hermana; todo lo contrario, era tan mal hablado y agresivo como cualquier muchacho capaz de tumbar a una chica en el heno. Pero dominaba su rudeza ante Juan, respetaba sus conocimientos, e ignoraba sus debilidades.
Esteban era un villano sajón que tenía tres años más que Juan. Sus antepasados, como él mismo aseguraba con razón, habían sido poderosos condes. Pero los conquistadores normandos les redujeron a la condición de siervos, obligándoles a trabajar las tierras que antaño habían poseído, en los que una vez se alzó una torre de madera rodeada por una empalizada, y ahora se veía el castillo levantado por el abuelo de Juan, una fortaleza de piedra circundada por bastiones en cuya entrada se hallaba el rastrillo de hierro de una poterna, custodiada por arqueros protegidos detrás de las troneras.
Los padres de Esteban habían muerto víctimas de los seres de la mandrágora, en una de las rápidas incursiones que éstos efectuaron fuera del bosque para robar ovejas y cerdos. Un día como aquél, dos años antes, Juan y Esteban se habían hecho amigos inseparables. Juan encontró a Esteban arrodillado junto al cuerpo de su madre; no conocía entonces ni siquiera el nombre del chico que permanecía al lado del cadáver, pero le colocó un brazo, con aire de consuelo, en torno a los hombros ?gesto audaz, para alguien tan tímido? y casi esperó un áspero gruñido o incluso un golpe, como respuesta. Sin embargo, Esteban escondió su cabeza entre los brazos del hijo de su amo y se puso a sollozar convulsivamente, sin lágrimas. No pasó mucho tiempo, cuando ambos resolvieron adoptarse mutuamente como hermanos; para ello se hicieron un corte en el antebrazo, con un cuchillo de caza y mezclaron sus sangres sellando así el pacto.
A partir de entonces, Esteban había vivido en un desván situado encima de las perreras, haciendo de cuidador de sabuesos, de pastor y de granjero, mientras adquiría gran destreza en el arte de luchar con los puños y con el garrote. No sabia leer inglés, y mucho menos francés o latín, pero los lobos temían su palo y los hombres crecidos, sus puños. ¿Cómo se le hubiera podido describir adecuadamente? Era irritable, pero su enfado era motivado por las cosas, y no contra ellas; por los siervos y la miseria en que vivían; por los perros a los que obligaban a acometer temerariamente en las cacerías, y que a menudo perecían entre los colmillos de los jabalíes; por los animales que eran muertos para distracción de los amos, y no para que sirvieran de comida. Algunas veces, también se mostraba jovial: hablaba de las cosas en voz alta, con aire radiante, manejaba el arco, daba de comer a sus perros o blandía la guadaña lleno de vitalidad.
Otras veces ni estaba alegre ni enfadado, sino que parecía encontrarse más allá de ambos estados de ánimo; caía como en un rapto de ensoñación, y anhelaba encontrar un ángel, o la espada Excalibur, o, mejor aún, soñaba en comprar su libertad, para luego convertirse en un Caballero Hospitalario, ayuda de peregrinos y terror de los infieles.
?Pero tendrás que hacer un voto de castidad ?le había dicho Juan, en una de esas ocasiones.
?Bueno, ya pensaré en eso cuando llegue el momento ?repuso Esteban.
Por otra parte, era uno de esos seres que tan poco abundan, un soñador que pone en práctica sus sueños, y últimamente había hablado del triste sino corrido por la Cruzada de los Niños, añadiendo que ya era hora de que otros Esteban y otros Nicolás siguieran a los primeros muchachos, pero armados con espadas, en vez de símbolos, para que pudieran triunfar donde los otros fracasaron.
Juan sentía un hondo temor de que Esteban se marchase a Jerusalén sin llevarle con él, a pesar de que no sabia si iba a tener valor suficiente para un viaje semejante, primero a través de las tinieblas del bosque hasta llegar a Londres, luego en barco hasta Marsella, y por último a la tierra de los sarracenos. Ahora Juan, empero, salió de su ensimismamiento y apresuró el paso; pero volvió a pensar en las razones que iba a esgrimir para hacer que su amigo renunciara a su propósito. Encontró entonces al viejo Eduardo segando en la Pradera Común; llevaba un taparrabo andrajoso sujeto a la cintura, y su rostro y sus hombros eran tan ásperos y obscuros como una silla de montar después de un viaje desde Londres a Edimburgo. El viejo no alzó la vista, ni perdió un solo golpe de guadaña.
«¿Para qué mirar al cielo? ?solía decir?. Pertenece a los ángeles, y no a los siervos.»
?¿Has visto a Esteban? ?le preguntó Juan.
Zas, zas, zas, hacía la guadaña, y las hierbas se abatían como las víctimas de la peste.
?¿Has visto a Esteban? ?inquirió el chico, en voz más alta.
?Bueno, que no soy sordo ?gruñó el anciano?. Vuestro padre me quitó la juventud, los cerdos y el maíz, pero no las orejas. Al menos por ahora. Vuestro amigo, en cambio, perderá las suyas, si no hace su trabajo. Debería estar ya aquí, en la pradera, en estos momentos.
?Entonces, ¿dónde está? ?exclamó Juan, desesperado.
?Habrá ido hacia la Cueva de los Romanos, a juzgar por la mirada que tenía. Allí va a esconderse, cuando sueña despierto. Ni siquiera me dirigió una sola palabra.
La Cueva de los Romanos eran las ruinas donde aquellos habían venerado a su dios del sol Mithra, en una bóveda subterránea. Más tarde, y como desagravio al Dios de los cristianos, los sajones alzaron una iglesia de troncos y transformaron la cueva en una cripta para enterrar a sus muertos. Durante la conquista normanda, las mujeres y los niños se ocultaron en la iglesia, y los normandos arrojaron teas encendidas al techo y quemaron el templo con sus ocupantes dentro. Los restos carbonizados y retorcidos fueron quedando ocultos por la floreciente aliaga, y los pocos maderos ennegrecidos que se alzaban como manos implorantes entre las flores amarillas, ya no atrajeron más fieles hacia los sepultados dioses.
Ningún forastero hubiera sospechado que había una cripta debajo de las matas florecientes, pero Juan apartó las ramas espinosas y se internó por una estrecha hendidura hasta alcanzar un tramo de escaleras. Aquel lugar estaba como imbuido de un espíritu sagrado; se percibía una sensación extraña, de tiempos idos, como la que se siente cuando se observa una gran piedra druida que los líquenes han erosionado y que se alza hacia las estrellas como participando de su cósmica lejanía. Allí los adoradores de Mithra se habían bañado con la sangre de los toros sacrificados, y ascendieron los siete peldaños de los iniciados para rendir homenaje al Sol. Era un vergonzoso rito pagano, según había dicho el abad, y Juan le preguntó entonces la razón de que Jehová hubiera ordenado a Abraham que sacrificase a Isaac.
?Era sólo como prueba ?contestó rápidamente el anciano.
?Pero, ¿y la hija de Jefté? Ella no era ninguna prueba.
El abad prefirió cambiar de tema.
Aunque sólo tenía doce años, Juan ya había empezado a hacer preguntas acerca de la Biblia, de Dios, de Cristo y del Espíritu Santo. Para Esteban, la religión era sentimiento, y no reflexión. Dios era como un patriarca de frondosa barba, y los ángeles tenían que ser tan reales como los árboles del bosque. Juan pensaba de modo diferente. Sólo la Virgen María quedaba al margen de toda duda, de toda discusión, y le parecía una hermosa mujer, sin edad precisa; envuelta en un manto de seda bordada, moraba en lo alto del cielo unas veces, y otras casi al alcance de la mano; brillando más que el Sol, y, sin embargo, tan sencilla como el pan, la hierba, los pájaros y el amor de Esteban. Era invisible, pero no inalcanzable.
Al llegar al pie de las escaleras, Juan se vio ante una cueva larga y estrecha, de paredes de tierra en las que estaban inhumados los cristianos envueltos en sus sudarios, y que terminaba en una bóveda semicircular. Ahora, en aquel lugar ya no se adoraba a Mithra, ni se sacrificaban toros sagrados; tampoco se veneraba a la Virgen María, que acunaba en sus brazos al niño Cristo. Esteban se hallaba arrodillado sobre las piedras y sostenía un cirio, que iluminaba el techo cubierto de pinturas que representaban a Jesús caminando sobre las aguas, multiplicando los panes y los peces, y ordenando a los ciegos que vieran y a los lisiados que caminasen.
?Juan ?dijo Esteban?, he encontrado…
?¡Una Virgen!
Estaba tendida sobre un lecho de hierbas. Su rostro parecía una máscara de marfil, bajo la luz de la vela. Juan pensó en la imagen de una Virgen procedente del altar de alguna catedral francesa, aunque parecía animada con el inconfundible soplo de la vida. Luego, al acercarse, comprobó decepcionado que no se trataba de la Virgen, pues era excesivamente joven. Tan sólo era una muchacha.
?Es un ángel ?dijo Esteban.
?Ah, un ángel ?murmuró Juan, y suspiró lamentando la juventud de la aparición.
¿Para qué necesitaba él otro ángel, y femenino, por añadidura? Dios, o la Virgen María, le había enviado a Esteban, angelical aunque no femenino, y menos aún afeminado, con su revuelto cabello en lugar de una aureola, su rostro más enrojecido que sonrosado una especie de arcángel Miguel o Gabriel dispuesto a hacer resonar su poderosa trompeta, en lugar de pulsar una suave lira.
El ángel se movió y abrió los ojos con un gracioso parpadeo; sin sorpresa ni temor, sino más bien, según le pareció a Juan, con meditado cálculo, como algunas de las rústicas muchachas que acudían al desván de Esteban. Sus dientes eran blancos como la tela de su túnica, que se ajustaba en el talle por medio de un cerúleo cordón de seda. Sus puntiagudas zapatillas, de piel festoneada de terciopelo, eran como las que deben usarse en las suaves praderas del cielo. Pero no tenía alas. ¿O acaso las escondía bajo su túnica? Juan se sintió tentado a hacerle alguna pregunta.
?Salúdala ?murmuró Esteban?. Dale la bienvenida.
?¿Cómo debo saludarla? No conozco el lenguaje de los ángeles ?respondió Juan, apesadumbrado.
?Puedes hablarle en latín, me parece. Tiene que conocerlo, con tantos sacerdotes pronunciando el benedicte en esa lengua.
Esteban tenía razón. En el rudo inglés ni había que pensar, y tampoco en el francés de los normandos, quienes, al fin y al cabo, eran descendientes de los bárbaros vikingos.
?¿Quo vadis? ?preguntó Juan, tal vez con muy poca delicadeza.
Su sonrisa, aunque deliciosa a juicio de Juan, no sirvió para contestar a la pregunta.
?¿Qué estás haciendo aquí? ?repitió el muchacho, en el francés de los normandos.
Esteban, que conocía algo de francés, le dio frenéticamente unos cuantos codazos.
?Nunca debes hacer preguntas a un ángel ?susurró?. Dale la bienvenida. Ríndele homenaje. Recita algunos salmos, o cuando menos, un proverbio.
?No estamos seguros de que sea un ángel, ¿no crees? En realidad, no nos lo ha dicho.
Por fin la aparición habló.

Mujer de pie

Mujer de pie
Yasutaka Tsutsui
Traducido por Elvio E. Gandolfo en: Cuentos de ciencia ficción contemporáneos, tomo 2, Biblioteca Básica Universal 166, Centro Editor de América Latina, 1981

El gusto del pueblo japonés por las antiguas leyendas fantásticas y los cuentos macabros preparó el terreno para la aceptación masiva de la ciencia ficción, que hizo su verdadera entrada en el país luego de la Segunda Guerra Mundial. .Entre los antecedentes se cuentan las numerosas traducciones de obras de Veme, Mary Shelley y otros autores en la segunda mitad del siglo XIX, cuando Japón abre sus fronteras a Occidente luego de más de dos siglos de aislamiento.
Entre los primeros autores, por lo general imitadores de Jules Veme, se encuentra Shunro Oshikawa (1877-1914), autor de la novela Acorazado submarino (1900).
En la década del 50 varios factores se combinaron para imponer triunfalmente el género: !a vasta cantidad de libros de bolsillo de ciencia ficción dejados atrás por las tropas estadounidenses al retirarse; el impacto, brutal por lo brusco, de la tecnología; el gusto del pueblo japonés por lo novedoso. Pronto aparecieron antologías de traducciones de las principales revistas norteamericanas, hasta alcanzar el nivel de difusión actual: cinco revistas mensuales cuyo tiraje combinado alcanza varios centenares de miles de ejemplares, y una colección editada por la firma Hayakawa SF Series que ha traducido 318 volúmenes entre 1957 y 1974. Estas cifras, unidas a la producción de innumerables series televisivas, filmes y productos de juguetería relacionados por lo general con la robótica y los monstruos de cartón piedra, convierten a Japón en el segundo mercado mundial para la ciencia ficción, superado sólo por Estados Unidos.
Entre los autores más populares se encuentra Sakio Komatsu, autor de El hundimiento del Japón, novela que explota el temor básico a los terremotos (así como gran parte de los films, historietas o relatos abundan en monstruos provocados por experimentos atómicos). Una corriente menos popular pero de mayor calidad literaria tiene como principal representante a Kobo Abe, autor de sutiles cuentos fantásticos y de ciencia ficción, que en más de una ocasión recuerdan la parsimonia de Kafka. Dentro de esta corriente se inscribe Yasutaka Tsutsui, el autor del presente relato Mujer de pie.

Me quedé levantado toda la noche y al fin terminé un cuento de cuarenta páginas. Era una obra trivial, de entretenimiento, incapaz de hacer bien o mal.
“En esta época uno no puede escribir cuentos que hagan bien o mal; es inevitable”, me dije mientras aseguraba el manuscrito con un clip y lo metía en un sobre.
En cuanto a si hay en mí materia prima para escribir cuentos que puedan hacer bien o mal, hago todo lo posible por no pensar en eso. Si me pusiera a pensar en eso, tal vez quisiera intentarlo.
El sol de la mañana me hirió los ojos cuando me puse los zuecos de madera y abandoné la casa con el sobre. Como aún faltaba un tiempo para que llegara el primer camión postal, dirigí mis pasos hacia el parque. Por la mañana no vienen niños a este parque, un simple cuadrado de ochenta metros en medio de un barrio residencial apiñado. Aquí se está tranquilo. Así que siempre incluyo el parque en mi caminata matutina. Hoy día hasta el escaso verde suministrado por diez o doce árboles es invalorable en la megalópolis.
Tendría que haber traído un poco de pan, pensé. Mi perrogajo favorito se alza cerca del banco del parque. Es un perrogajo afectuoso de piel color ante, bastante grande por tratarse de un perro mestizo.
El camión de fertilizante líquido acababa de pasar cuando llegué al parque; el suelo estaba húmedo y había un tenue olor a cloro. El caballero mayor a quien veía a menudo estaba sentado en el banco cercano al perrogajo, alimentando el poste color ante con lo que parecía carne picada. Por lo común los perrogajos tienen un apetito excelente. Tal vez el fertilizante líquido, absorbido por las raíces bien hundidas en el suelo y que sube a través de las patas, deja algo que desear.
Comen cualquier cosa que uno les dé.
?¿Le trajo algo? Hoy salí apurado. Olvidé traer mi pan ?le dije al hombre mayor.
Se volvió hacia mí con ojos amables y una suave sonrisa.
?Ah, ¿a usted también le gusta este muchacho?
?Sí contesté, sentándome junto a él?. Se parece como una gota de agua a un perro que yo tenía.
El perrogajo alzó hacia mí una mirada de ojos grandes, negros, y meneó la cola.
?En realidad, yo también tenía un perro parecido a este muchacho ?dijo el hombre, rascando el pelo del cuello del perrogajo?. Lo convirtieron en perrogajo a los tres años. ¿No lo ha visto? Entre la lencería y la tienda de artículos de cine, sobre la costanera. ¿No vio allí un perrogajo que se parece a este muchacho?
Asentí con un movimiento de cabeza, agregando:
?¿Así que ése era suyo?
?Sí, era nuestro favorito. Se llamaba Hachi. Ahora está vegetalizado por completo. Un hermoso perrárbol.
?Ahora que lo dice, se parece mucho a este muchacho. Tal vez provenían de la misma raza.
?¿Y su perro? ?preguntó el hombre mayor?. ¿Dónde está plantado?
?Nuestro perro se llamaba Buff ?contesté, sacudiendo la cabeza?. Lo plantaron junto a la entrada del cementerio que está a las afueras de la ciudad. Pobrecito, murió apenas lo plantaron. Los camiones de fertilizante no van por allí con mucha frecuencia, y quedaba tan lejos que yo no podía llevarle de comer todos los días. Tal vez lo plantaron mal. Murió antes de convertirse en árbol.
?¿Lo arrancaron entonces?
?No. Por suerte en esa zona no importa demasiado que huela o no, así que lo dejaron allí y se secó. Ahora es un esquelegajo. Me enteré de que es un material espléndido para las clases de ciencias de la escuela primaria cercana.
?Qué maravilla.
El hombre mayor acarició la cabeza del perrogajo.
?Me pregunto cómo llamaban a este muchacho antes de que se convirtiera en perrogajo.
?Prohibido llamar aun perrogajo por su nombre original ?dije?. ¿No es una ley extraña?
El hombre me miró con ojos penetrantes, después contestó con tono casual:
?¿Acaso no se limitaron a extender a los perros las leyes que tenían que ver con las personas? Por eso pierden el nombre cuando se transforman en perrogajos ?asintió mientras rascaba la mandíbula del perrogajo?. No sólo los nombres antiguos: uno tampoco puede darles un nombre nuevo. Porque no hay nombres propios para las plantas.
Caramba, por supuesto, pensé .
Miró mi sobre, que tenía las palabras MANUSCRITO ADJUNTO.
?Disculpe ?dijo?. ¿Usted es escritor?
Me sentí un poco embarazado.
?Bueno, sí. Hago algunas cositas triviales.
Después de mirarme con atención, el hombre siguió acariciando la cabeza del perrogajo.
?Yo también acostumbraba escribir algo.
Logré reprimir una sonrisa.
?¿Cuántos años hace que dejé de escribir? Parecen muchos.
Miré el perfil del hombre. Ahora que él lo decía, era un rostro que me parecía haber visto antes en alguna parte.
Empecé a preguntarle el nombre, vacilé, y me quedé en silencio.
El hombre mayor dijo bruscamente:
?El mundo se ha vuelto difícil para escribir.
Bajé los ojos, avergonzado de mí mismo, que aún seguía escribiendo en semejante mundo.
El hombre se disculpó confundido ante mi repentina depresión.
?Fue grosero de mi parte. No lo estoy criticando a usted. Soy yo quien tendría que sentirse avergonzado.
?No ?le dije, después de mirar con rapidez a nuestro alrededor?. No puedo dejar de escribir, porque no tengo el valor necesario. ¡Dejar de escribir! Caramba, después de todo, ese sería un gesto contra la sociedad.
El hombre mayor siguió acariciando al perrogajo. Después de una larga pausa habló:
?Es doloroso, dejar de escribir de pronto. Ahora que hemos llegado a esto, creo que me sentiría mejor si hubiese seguido escribiendo temerariamente crítica social, y me hubiesen arrestado. Incluso hay momentos en que creo eso. Pero sólo era un diletante, nunca conocí la pobreza, perseguía sueños de tranquilidad. Deseaba llevar una vida cómoda. Como persona de gran dignidad, no podía soportar verme expuesto a los ojos del mundo, ridiculizado. Así que dejé de escribir. Una historia lamentable.
Sonrió y sacudió la cabeza.
.?No, no, no hablemos de eso. Nunca se sabe quién puede estar oyendo, incluso aquí, en la calle.
Cambié de tema.
?¿Vive cerca?
?¿Conoce el salón de belleza de la calle principal ? Pase por allí. Me llamo Hiyama ?hizo un movimiento de cabeza hacia mí?. Venga a visitarme alguna vez. Estoy casado, pero…
?Muchísimas gracias.
Le de mi nombre.
No recordaba a ningún escritor llamado Hiyama. Sin duda escribía con seudónimo. No tenía intenciones de visitar su casa. Estamos en un mundo en que incluso dos o tres escritores que se reúnen son considerados asamblea ilegal.
?Es hora de que pase el camión postal.
Miré mi reloj pulsera mientras me paraba.
?Temo que es mejor que me vaya ?dije.
Volvió hacia mí una triste cara sonriente y se inclinó.
Después de acariciar un poco la cabeza del perrogajo, abandoné el parque.
Desemboqué en la calle principal, pero sólo había una cantidad ridícula de coches que pasaban; los peatones eran pocos. Junto a la acera estaba plantado un gatárbol, de treinta o cuarenta centímetros de altura.
A veces doy con un gatogajo que acaba de ser plantado y aún no se ha convertido en gatárbol. Los gatogajos nuevos me miran la cara y maúllan o gimen, pero aquellos cuyas cuatro patas plantadas en el suelo se han vegetalizado, con los rostros verdosos rígidamente inmóviles y los ojos bien cerrados, sólo mueven las orejas de vez en cuando. Después están los gatogajos a quienes les brotan ramas del cuerpo y puñados de hojas. La mente de estos parece estar vegetalizada por completo: ni siquiera mueven las orejas. Aun cuando pueda distinguirse un rostro de gato, sería mejor llamarlos gatárboles.
Tal vez sea mejor convertir a los perros en perrogajos, pensé. Cuando se les termina la comida, se vuelven malos y hasta atacan a la gente. ¿Pero por qué tienen que convertir a los gatos en gatogajos? ¿Hay demasiados gatos perdidos? Para mejorar la condición alimenticia, aunque sea un poco? O tal vez para reverdecer la ciudad…
Cerca del hospital enorme que se encuentra en la esquina donde se intersectan las autopistas hay dos hombrárboles, y junto a estos árboles un hombregajo. Este hombregajo viste uniforme de cartero, y no se puede distinguir hasta qué punto se le han vegetalizado las piernas, por los pantalones. Tiene treinta y cinco o treinta y seis años, es alto, un poco encorvado de hombros.
Me acerqué a él y le tendí mi sobre, como siempre.
?Por certificado, entrega especial, por favor.
El hombregajo, asintiendo en silencio, aceptó el sobre y sacó estampillas y un formulario de correo certificado de su bolsillo.
Me di vuelta con rapidez después de pagar el franqueo.
No había nadie más a la vista. Decidí tratar de hablarle.
Siempre le llevo el correo cada tres días, y aún no había tenido oportunidad de hablar con él con cierta calma.
?¿Qué hizo? ?le pregunté en voz baja.
El hombregajo me miró sorprendido. Después, una vez que recorrió la zona con los ojos, contestó con expresión amarga:
?Decir cosas innecesarias no me hará ningún bien. Se supone que ni siquiera tengo que contestar.
?Lo sé ?dije, mirándolo a los ojos.
Cuando vio que no me iba, suspiró hondo.
?Sólo dije que la paga es baja. Lo que es más, me oyó : el patrón. Porque la paga de un cartero es realmente baja ?con expresión sombría, sacudió la mandíbula hacia los dos hombrárboles que estaban juntos a él?. A estos tipos les pasó lo mismo. Sólo por dejar escapar algunas quejas acerca de la paga baja. ¿Los conoce? ?me preguntó.
Señalé a uno de los hombrárboles.
?Recuerdo a éste, porque le entregué una gran cantidad de correspondencia. Al otro no lo conozco. Ya era un hombrárbol cuando me mudé aquí. ?Ese era mi amigo ?dijo.
?¿El otro no era encargado, o jefe de sección?
Asintió.
?Correcto. Era encargado.
?¿No tiene usted hambre, o frío?
?No se siente demasiado ?contestó, aún inexpresivo. Cualquiera que es convertido en hombregajo pronto se vuelve inexpresivo?. Incluso creo que ya me parezco bastante a una planta. No sólo en cómo siento las cosas, sino también en el modo en que pienso. Al principio era triste, pero ahora no importa. Solía tener mucho hambre, pero dicen que la vegetalización se desarrolla más rápido cuando uno no come.
Me miró con ojos opacos. Era probable que esperase convertirse pronto en hombrárbol.
?Dicen que a la gente con ideas radicales les hacen una lobotomía antes de convertirlos en hombregajos, pero tampoco me hicieron eso. No había pasado un mes desde que me plantaron aquí y ya no me sentía furioso.
Le dio un vistazo a mi reloj pulsera.
?Bueno. ahora será mejor que se vaya. Casi es la hora de llegada del camión postal.
?Si ?pero aun no podía irme, y vacilé, inquieto.
?Oiga ?dijo el hombregajo?. ¿Por casualidad algún conocido suyo fue convertido hace poco en hombregajo?
Herido en lo más hondo, lo miré a la cara por un momento, después asentí lentamente.
?Mi esposa, para ser precisos.
?Ajá, su esposa, ¿eh? ?por unos instantes me miró con el mayor interés?. Me preguntaba si no se trataba de algo así. De otro modo nadie se molesta en hablarme. ¿Qué hizo entonces, su esposa?
?Se quejó de que los precios eran altos en una reunión de amas de casa. Si eso hubiera sido todo, perfecto, pero además criticó al gobierno. Estoy empezando a tener éxito como escritor, y creo que la ansiedad de ella por ser la esposa de ese escritor hizo que lo dijera. Una de las mujeres la delató. La plantaron sobre el costado izquierdo del camino mirando desde la estación hacia el ayuntamiento, cerca de la ferretería.
?Ah, en ese lugar ?cerró los ojos un poco, como recordando el aspecto de los edificios y los negocios de la zona?. Es una calle bastante tranquila. Mejor así, ¿verdad? ?abrió los ojos y me miró, inquisitivo?. No va a ir a verla, ¿no? Es mejor no verla con mucha frecuencia. Tanto para ella como para usted. Así los dos pueden olvidar más pronto.
?Sí, lo sé.
Dejé caer la cabeza.
?¿Su esposa? ?preguntó, con un matiz comprensivo en la voz?. ¿Alguien le ha hecho algo?
?No. Hasta ahora nada. Sólo está allí, de pie, pero aún así…
?Eh ?el hombregajo que hacía las veces de buzón alzó la mandíbula para llamarme la atención?. Llegó. El camión postal. Mejor que se vaya.
?Tiene razón.
Dí unos pasos tropezantes, como empujado por su voz.
Luego me detuve y me di vuelta.
?¿Quiere que haga algo por usted?
Logró arrancar una sonrisa a sus mejillas y sacudió la cabeza.
El camión rojo del correo se detuvo junto a él.
Seguí mi camino, más allá del hospital.

Pensé en ir a mi librería favorita y entré en una calle de negocios atestados. Se suponía que mi libro saldría en cualquier momento, pero ese tipo de cosas ya no me hace feliz en lo más mínimo.
Un poco antes de la librería, sobre la misma acera, hay una pequeña heladería barata, y a la orilla de la calle, frente a ella, se encuentra un hombregajo a punto de convertirse en hombrárbol. Es un varón joven, al que plantaron hace ya un año. El rostro ha adquirido un tinte marrón matizado de verde, y tiene los ojos cerrados con fuerza. Con la larga espalda un poco doblada, está levemente inclinado hacia adelante. Las piernas, el torso y los brazos, visibles a través de las ropas reducidas a harapos por la exposición al viento y la lluvia, ya están vegetalizados, y aquí y allá brotan ramas. Se ven hojas tiernas en los extremos de los brazos, alzados por encima de los hombros como alas batientes. El cuerpo, que se ha convertido en árbol, e incluso el rostro, ya no se mueve en absoluto. El corazón se ha hundido en el tranquilo mundo de las plantas.
Imaginé el día en que mi esposa llegaría a ese estado, y una vez más se me retorció el corazón de dolor, tratando de olvidar. Era la angustia de tratar de olvidar .
Si en la esquina de esta heladería doblo y sigo derecho, pensé, puedo ir hasta donde está mi esposa, de pie, puedo encontrarme con mi esposa. Puedo ver a mi esposa. Pero no es conveniente ir, me dije. No hay modo de saber quién podría verte; si la mujer que la delató te interrogara, te verías realmente en problemas. Me detuve ante la heladería y me asomé calle abajo. El movimiento de peatones era el de siempre. Perfecto. Cualquiera lo pasará por alto si sólo te detienes y hablas un poco. Si sólo intercambias una o dos palabras. Desafiando a mi propia voz que gritaba “¡No vayas!? avance vivamente por la calle.
Con el rostro pálido, mi esposa estaba de pie al borde de la acera, frente a la ferretería. Sus piernas no habían cambiado, y sólo daba la impresión de que los pies se hubieran enterrado en el suelo hasta los tobillos. Inexpresiva, como esforzándose por no ver nada, por no sentir nada, miraba, fijamente hacia adelante. Comparadas con cómo se las veía dos días antes, sus mejillas parecían un poco huecas. Dos obreros que pasaban la señalaron, hicieron una broma vulgar, y siguieron su camino, con risotadas estruendosas. Me acerqué a ella y alcé la voz.
?¡Michiko! ?le grité al oído.
Mi esposa me miró, y la sangre le invadió las mejillas. Se pasó una mano por el cabello enredado.
?¿Viniste otra vez? No tendrías que hacerlo, en serio.
La empleada de la ferretería, que vigilaba el negocio, me vio. Con aire de fingida indiferencia, apartó los ojos y se retiró al fondo del local. Lleno de gratitud por su consideración, me acerqué unos pasos más a Michiko y la enfrenté.
?¿Te vas acostumbrando?
Reunió todas sus fuerzas para lograr una sonrisa en el rostro endurecido.
?Mmmm. Estoy acostumbrada.
?Anoche llovió un poco.
Mirándome aún con ojos amplios, obscuros, asintió levemente.
?Por favor no te preocupes. Apenas si siento algo.
?Cuando pienso en ti, no puedo dormir ?dejé caer la cabeza?. Siempre estás de pie, afuera. Cuando pienso en eso, me resulta imposible dormir .Anoche hasta pensé en traerte un paraguas.
?Por favor, no hagas nada de eso ?mi esposa frunció apenas el entrecejo?. Sería terrible que hicieras algo así.
Un camión grande pasó detrás de mí. El polvo blanco cubrió el cabello y los hombros de mi esposa con un tenue velo, pero a ella no pareció molestarle.
?En realidad estar de pie no es tan desagradable ?habló con deliberada despreocupación, esforzándose por impedir que yo me preocupara.
Percibí un cambio sutil en las expresiones y el modo de hablar de mi esposa respecto a dos días antes. Parecía como si sus palabras hubiesen perdido algo de delicadeza, y como si el alcance de sus emociones se hubiese empobrecido hasta cierto punto. Observarla así, desde afuera, ver como se vuelve poco a poco inexpresiva, es aún más desolador por haberla conocido como era antes: las respuestas agudas, su alegre vivacidad, las expresiones ricas, plenas.
?Esa gente ?le pregunté, señalando con los ojos hacia la ferretería?, ¿se portan bien contigo?
?Bueno, sí. Tienen buen corazón. Sólo una vez me dijeron que les pidiera cualquier cosa que necesitara. Pero aún no han hecho nada por mí.
?¿No tienes hambre?
Sacudió la cabeza.
?Es mejor no comer.
Eso es. Incapaz de soportar ser una mujergajo, esperaba convertirse en mujerárbol aunque fuera un solo día antes.
?Así que por favor no me traigas nada de comer ?clavó los ojos en mí?. Por favor olvídame. Estoy segura de que incluso sin hacer ningún esfuerzo en especial, voy a olvidarte. Me alegra que hayas venido a verme, pero después la tristeza dura mucho más. Para los dos.
?Tienes razón, desde luego, pero… ?despreciando a ese ser que no podía hacer nada por su propia esposa, dejé caer otra vez la cabeza?. Pero no te olvidare ?hice un movimiento afirmativo con la cabeza. Llegaron las lágrimas?. No olvidare. Nunca.
Cuando alcé la cabeza y la miré otra vez, ella tenía clavados en mí ojos que habían perdido algo de su brillo, con todo. el rostro resplandeciendo en una sonrisa tenue como una imagen tallada de Buda. Era la primera vez que la veía sonreír así.
Sentí que estaba teniendo una pesadilla. No, me dije, ésta ya no es tu esposa.
El traje que nevaba puesto cuando la arrestaron se había ensuciado y arrugado terriblemente. Pero como es lógico no me permitirían llevarle ropa para cambiarse. Mis ojos captaron una mancha obscura que tenía en la falda.
?¿Eso es sangre? ¿Qué pasó?
?Oh, esto ?habló temblorosa, bajando los ojos hacia la falda, confundida?. Anoche dos borrachos me hicieron una broma.
?¡Bastardos! ?sentí una rabia feroz ante la inhumanidad de los borrachos. Si la hubiera expresado ante ellos, habrían dicho que dado que mi esposa ya no era humana, no importaba la que ellos hicieran.
?¡No pueden hacer ese tipo de cosa! ¡Es contra la ley!
?Es cierto. Pero no puedo reclamar.
Y como es lógico yo tampoco podía ir a la policía y reclamar. Me considerarían aún más una persona problemática.
?Te verán ?dijo mi esposa con ansiedad?. Te la ruego, no te entregues.
?No te preocupes ?le sonreí, autodespreciándome?. Me falta valor para eso.
?¡Bastardos! Qué es lo que… ?me mordí el labio. El corazón me dolía casi hasta romperse?. ¿Sangró mucho?
?Mmmm, un poco.
?¿Duele?
?Ya no duele.
Michiko, que había sido antes tan orgullosa, ahora sólo dejaba ver un poco de tristeza en la cara. La forma en que había cambiado me sacudió. Un grupo de muchachos y muchachas, que nos compararon penetrantemente a mí y a mi esposa, pasaron detrás de mí.
?Ahora debes irte.
?Cuando seas una mujer árbol ?dije al separamos?, pediré que te transplanten a nuestro jardín.
?¿Puedes conseguirlo?
?Tendría que ser capaz de conseguirlo ?asentí con energía?. Tendría que ser capaz.
?Me gustaría mucho que la lograras ?dijo mi esposa, inexpresivamente.
?Bueno, hasta la próxima.
?Me sentiría mejor si no regresaras ?dijo ella en un murmullo, con los ojos bajos.
?Lo sé. Esa es mi intención. Pero es probable que venga, de todos modos.
Nos quedamos unos minutos en silencio.
Después mi esposa habló bruscamente.
?Adiós.
?Ummm.
Empecé a caminar.
Cuando miré hacia atrás al llegar a la esquina, Michiko me seguía con la mirada, aun sonriendo como un Buda tallado.
Con un corazón que parecía a punto de partirse en dos, camine. De pronto advertí que habla llegado frente a la estación. Sin querer, había regresado a mi trayecto de costumbre.
Frente a la estación hay una pequeña cafetería a la que siempre voy, llamada Punch. Entré y me senté en un reservado de un rincón. Pedí café, lo tomé amargo. Hasta entonces siempre lo había bebido con azúcar. El sabor áspero del café sin azúcar, sin crema, me atravesó el cuerpo, y lo saboreé con masoquismo. De ahora en adelante lo beberé siempre amargo. Eso fue lo que resolví.
En el apartado vecino tres estudiantes hablaban sobre un crítico que acababan de arrestar y a quien habían convertido en un hombregajo.
?Oí que lo plantaron en plena avenida Ginza.
?Le gustaba el campo. Siempre vivió en el campo. Por eso lo ubicaron en un lugar como ése.
?Parece que le hicieron una lobotomía.
?Y los estudiantes que trataron de recurrir a la fuerza en la Asamblea, protestando por el arresto… los arrestaron a todos y también los convertirán en hombregajos.
?¿No eran casi treinta? ¿Dónde los plantarán a todos?
?Dicen que los plantarán frente a su propia universidad, a ambos lados de una calle llamada Camino de los Estudiantes.
?Ahora tendrán que cambiarle el nombre. Ponerle Avenida de la Violencia, o algo así.
Los tres dejaron escapar risitas.
?Eh, no hablemos más de eso. Puede oímos alguien.
Se callaron los tres.
Cuando abandoné la cafetería y enfilé hacia casa, me di cuenta de que ya empezaba a sentirme yo mismo como un hombregajo. Canturreando para mis adentros las palabras de una canción popular, seguí mi camino.
Soy un hombregajo al costado del camino. Tú también eres una mujergajo. Qué diablos importa, nosotros dos, en , este mundo. Hierbas secas que nunca florecen.

Edición digital de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

El armonizador

El armonizador
Alfred Elton van Vogt
Ilustración de Ramón de la Fuente
The harmonizer, © 1944, by Street & Smith Publishers.

Parece natural que en 1944, en pleno conflicto mundial, en medio de la más espantosa contienda que la humanidad haya conocido, las hombres (y no debemos olvidar que los autores de SF lo son, a pesar de las dudas que puedan existir al respecto en algunos momentos) sientan un anhelo de paz. Paz definitiva y sin cortapisas. Este anhelo es el que originó el relato que pueden leer a continuación.

Después de que hubo sacado dos bro¬tes del suelo, la planta ibis comenzó a mostrar la irritabilidad propia de la ma¬teria viva inteligente. Se dio cuenta de que estaba creciendo.
Este darse cuenta fue un proceso lento, muy influenciado por la reacción química del aire y la luz sobre las innumerables membranas que formaban su estructura vital. Gotitas de ácido se precipitaron so¬bre las delicadas películas coloidales. El ritmo de dolor y placer que siguió bajó hasta sus raíces.
Era un estadio muy primitivo del desa¬rrollo de una planta ibis. Como un cachorrillo recién nacido, reaccionaba ante los estímulos. Pero aún no tenía objetivo al¬guno, ni pensaba. Y ni siquiera recorda¬ba que había estado viva anteriormente.
¡Slach! ¡Snip! La azada del hombre al¬canzó los dos brotes plateados y los cerce¬nó a unos cinco centímetros por debajo de la superficie.
?Creí que había acabado con todas las hierbas de este lado ?dijo el hombre.
Su nombre era Wagnowski, y era un soldado que debía partir para el frente al día siguiente. En realidad, no usó exac¬tamente  las  palabras aquí citadas, pero su imprecación venía a decir lo mismo.
La planta ibis no se dio cuenta inme¬diatamente de lo que había sucedido. La serie de mensajes que había comenzado cuando el primer brote se había abierto paso a través del terreno aún seguía ba¬jando hacia las raíces, dejando el impac¬to de su significado en cada una de las múltiples membranas coloidales. Dicho impacto tomó la forma de una pequeña reacción química que, a su manera, causó una sensación.
Instante a instante, a medida que sus mensajes eran transmitidos por la tenue electricidad inducida en las películas membranosas, la planta ibis iba viviendo más. Y a pesar de lo pequeño que era cada ac¬to de consciencia químico en sí mismo, ningún acontecimiento subsiguiente lo po¬día cancelar en lo más mínimo.
La planta estaba viva, y lo sabía. El corte de sus brotes y de la parte superior de su raíz provocó simplemente que des¬cendiese una segunda oleada de reaccio¬nes. El efecto químico de esta segunda oleada fue aparentemente el mismo que el de la reacción primitiva: gotas de ácido compuestas de no más de media docena partículas coloidales. La reacción parecía la misma, pero no lo era. Antes, la planta había estado excitada y casi ansiosa; aho¬ra, se irritó.
Tal como ocurre en las plantas, los re¬sultados de esta reacción no fueron aparentes en seguida. La ibis no hizo ningún intento inmediato de producir nuevos bro¬tes. Pero al tercer día comenzó a suceder una cosa muy curiosa. A la raíz cercana a la superficie comenzaron a salirle raici¬llas horizontales. Estas se abrieron cami¬no en la obscuridad subterránea, mante¬niéndose horizontales por el simple siste¬ma de percibir, como todas las plantas, la gravitación.
AI octavo día, una de tas nuevas raici¬llas entró en contacto con la raíz de un arbusto, y comenzó a enrollarse a su alrededor… Entonces, de alguna manera, se estableció una relación, y al quinceavo día una nueva serie de brotes salió a la su¬perficie en la base del arbusto, emergien¬do a la luz. Lo asombroso, lo diferente de esta segunda serie de brotes, era que no tenían una tonalidad plateada. Eran de un color verde obscuro. En color, forma y textura, las hojas, a medida que se de¬sarrollaban, se fueron pareciendo cada vez más a duplicados exactos de las hojas del arbusto.
Rápidamente, aparecieron nuevos bro¬tes. A medida que pasaban las semanas, el «miedo» que había producido su mimetis¬mo desapareció, y las hojas volvieron a adquirir su tonalidad plateada. Lentamen¬te, la planta se fue haciendo consciente de los pensamientos humanos y animales, pero no fue sino hasta doscientos días más tarde cuando la ibis comenzó a mos¬trar sus sensibilidad básica. La reacción que siguió fue tan potente y de unos efec¬tos tan amplios como los resultados de la misma sensibilidad en su anterior existencia.
Eso había sido ochenta millones de años antes.

La nave, con las plantas ibis a bordo, estaba pasando a través del sistema solar cuando ocurrió la catástrofe.
Cayó en una Tierra de pantanos, nebli¬nas y fantásticos monstruos reptiloides. Cayó rápidamente y sin control. Su velo¬cidad, cuando golpeó la densa atmósfera, era colosal. Y no había absolutamente na¬da que pudieran hacer al respecta los superseres que iban a bordo.
Lo que había sucedido era una precipi¬tación de la materia mantenida en suspensión en las cámaras de motores. Corno resultado de la condensación, los crista¬loides de la zona de penumbra submicroscópica situada por encima del estado mo¬lecular perdieron área superficial. La ten¬sión superficial se debilitó hasta la déci¬ma, la centésima, la milésima parte de lo necesario. Y, en aquel momento, por el más improbable de los accidentes, la na¬ve pasó cerca de la Tierra y se enfrentó con la masa muerta del campo magnético del gigantesco planeta.
¡Pobre nave! ¡Pobres seres! Estrellados, muertos desde hacia ochenta millones de años.
Durante todo aquel día y la noche si¬guiente, los restos de la nave ardieron y se fundieron, y llamearon con una incan¬descencia blanca y destructora. Cuando terminó la primera noche, iluminada por el fuego, no quedaba mucho de lo que ha¬bía sido una nave de más de un kilóme¬tro y medio de largo. Aquí y allá, sobre el terreno cretáceo, el agua y el bosque pri¬migenio, yacían secciones no quemadas, trozos retorcidos de metal que se alzaban hacia los cielos perpetuamente cubier¬tos, con sus partes inferiores fundidas pa¬ra siempre en un denso y fétido suelo que actuaría incesantemente contra su du¬reza hasta que al fin, derrotado el metal, sus elementos se disolvieran en e! suelo y se convirtieran ellos mismos en suelo.
Mucho antes de que esto sucediera, la ibis, que aún estaba viva, había reaccionado a la humedad, y enviado zarcillos so¬bre el desgarrado metal de lo que había sido su sala de cultivo, hacia los abier¬tos agujeros de! suelo. Antes había tres¬cientas plantas, pero en el último terrible período previo al choque se habían he¬cho algunos esfuerzos por destruirlas.
En total, ochenta y tres ibis sobrevivie¬ron al deliberado intento de destruirlas, y entre ellas se produjo una mortífera ca¬rrera por plantar raíces. Las que tarda¬ron más en recuperar consciencia supie¬ron instintivamente que sería mejor ale¬jarse un poco. Entre las últimas, y de¬bilitada por el daño sufrido en el cho¬que, se hallaba la ibis. Fue la última en llegar al terreno dador de vida. Luego, si¬guió un período doloroso e interminable durante el cual sus zarzillos y raíces se abrieron paso entre la amasada maraña de sus compañeras en lucha, hacia el re¬moto borde del creciente bosque de mato¬rrales plateados.
Pero llegó hasta allí. Vivió. Y, habiendo sobrevivido, habiendo tomado posesión de un área adecuada en la que desarrollar¬se sin interferencias, perdió su febrilidad, y se expandió hasta ser un hermoso árbol de tonos plateadas.
Creció hasta treinta, cuarenta y cinco, sesenta metros. Y entonces, madura y sa¬tisfecha, se dispuso a pasar una existen¬cia eterna en un terreno grotesco pero inmensamente fértil. No pensaba. Vivía y disfrutaba y experimentaba la existencia. Durante un millar de años no se for¬maron otras gotas de ácido en sus mem¬branas coloidales que las debidas a la reacción a la luz, el calor, el agua, el aire y otros estímulos del estar simplemente viva.
Esta existencia idílica fue interrumpida una grisácea y encapotada mañana por un apagado pero tremendo trueno y un tem¬blor del suelo. No era un terremoto peque¬ño. Los continentes se estremecieron en los espasmos del renacimiento. Los océa¬nos corrieron hacia donde antes había ha¬bido Tierra, y la Tierra surgió húmeda de los cálidos mares. Una ancha extensión de profunda agua cenagosa separaba antes del cataclismo el bosque de árboles ibis del continente. Cuando el temblor del tor¬turado planeta dejó paso a la estabilidad parcial de aquella inquieta era, el panta¬no estaba unido al lejano y más alto terreno por una larga y pelada cordillera de colinas,
Al principio era simplemente barro, pe¬ro se secó y endureció. Brotó hierba, y los arbustos aparecieron en algunos lados. Crecieron árboles a partir de semillas lle¬vadas por el viento. La joven vegetación corrió hacia el cielo y, simultáneamente, llevó a cabo una implacable lucha para obtener espacio; pero todo esto no tenía importancia en comparación con el hecho de que existía la cordillera. Por encima del abismo que había aislado a las ibis había sido tendido un puente. No tardó mucho en manifestarse el nuevo estado de cosas. Un día cualquiera, un ser llegó altanero sobre las alturas, un ser con una cola acorazada que mantenía rígida¬mente enhiesta, con colmillos como cuchi¬llos y ojos que brillaban como el fuego con la furia de una inacabable hambre bestial.
Así llegó el Tyrannosaurus rex al pacífico hábitat de las ibis, y despertó de su estado latente a una planta que había sido cultivada y desarrollada por sus creado¬res con un solo objetivo.
Los animales no eran nada nuevo para los árboles ibis. Las ciénagas que los ro¬deaban estaban repletas de grandes y plá¬cidos vegetarianos. Gigantescas serpientes se arrastraban por entre los helechos al borde del pantano, y serpenteaban por las turbias aguas. Y había un incesante corretear de bestias jóvenes, casi descerebradas, por entre los árboles plateados.
Era un mundo de vida hambrienta, pero su hambre era de vegetación, o de seres vivos que apenas si eran más que plantas: las largas y cuculantes hierbas del pan¬tano, los matorrales cargados de hojas, las empapadas raíces de las plantas acuá¬ticas y las mismas plantas, los peces pri¬mitivos, los seres culebreantes que no te¬nían sensación de dolor o ni siquiera de su fin. En el tranquilo torpor de su exis¬tencia, los reptiles o anfibios comedores de plantas no eran casi más que plantas gigantescas que podían moverse.
Los más enormes de todos eran aque¬llas criaturas bonachonas, los brontosaurios de largos cuellos y cola, uno de los cuales estaba comiéndose las generosas hojas de un alto helecho la mañana en que el dinosaurio comedor de carne entró en escena con la delicadeza de un ariete.
La lucha que siguió no fue del todo desigual. El brontosaurio tenía, por enci¬ma de todo, peso y deseos de escapar, algo que resultó ser especialmente difícil dado que el Tyrannosaurus rex tenía sus asombrosos colmillos clavados en la grue¬sa parte inferior del cuello del enorme ser, a la vez que había clavado sus garras en la maciza carne del gran costado al que se aferraba. El movimiento del brontosaurio estaba limitado por la necesidad de arrastrar consigo las muchas tonela¬das de su agresor.
Como un gigante borracho, la gran bes¬tia se tambaleó ciegamente hacía el agua cenagosa. Si vio el árbol ibis, fue una ima¬gen que no le dijo nada. El golpe derri¬bó al brontosaurio, lo cual constituía prácticamente sentencia de muerte para un ser que, aún en las circunstancias más favorables, necesitaba diez minutos para ponerse en pie. En pocos minutos, el di¬nosaurio le dio el golpe de gracia y, con una babosa y sangrienta ferocidad, co¬menzó a engullir.
Estaba aún absorto en su sangriento banquete, media hora más tarde, cuando la ibis comenzó a reaccionar en forma concreta.
Las reacciones iniciales habían comen¬zado casi en el mismo momento en que el dinosaurio había llegado a la vecindad. Cada coloide sensitivo del árbol captó las oleadas de ansia casi palpables irradia¬das por el carnívoro. Las ondas mentales de la bestia eran emitidas como resulta¬do de las tensiones superficiales de las membranas de su cerebro embrionario; y éstas eran de naturaleza eléctrica, por lo que su efecto en las delicadamente equi¬libradas películas de las membranas del ibis fue el de iniciar una febril secreción de ácidos. Se formaron cuadrillones de gotitas; y aunque, una vez más, no parecían diferentes de los ácidos similares agregados a consecuencia de otros estí¬mulos, la diferencia comenzó a manifes¬tarse media hora después de que el brontosaurio exhalara su estertor final.
El árbol ibis y sus compañeros exuda¬ron billones y billones de diminutas mo¬tas de polvo. Algunas de esas motas flo¬taron hacia el dinosaurio, y fueron absorbidas por sus pulmones, desde los cuales pasaron a su riego sanguíneo.
La reacción no fue visible instantánea¬mente. Tras varias horas, el gigantesco es¬tómago del dinosaurio quedó saciado. Se apartó para revolcarse y dormir en un barrizal, que rápidamente llenó con el olor de sus enormes defecaciones y orines, un proceso que realizaba con la misma facili¬dad dormido que despierto.
Al despertarse, no tuvo dificultad para oler la carne no refrigerada de su reciente presa. Corrió ansioso a continuar alimen¬tándose, durmió, y comió de nuevo, y lue¬go una vez más. Le llevó varios días de incesante digestión el absorber al brontosaurio, pero luego estuvo, de nuevo, fe¬rozmente hambriento.
Pero no fue a cazar. En lugar de esto, vagó por los alrededores sin objetivo y sin descanso, buscando despojos. A su alre¬dedor, se movían anfibios y reptiles, pre¬sas ideales. El dinosaurio no mostró in¬terés alguno. Excepto por una inadecua¬da dieta constituida por los despojos de los pequeños reptiles, pasó la siguiente semana muriéndose de hambre en medio de la abundancia.
Al quinceavo día, un trío de pequeños y vulgares dinosaurios se encontraron con su debilitado cuerpo, y se lo comieron sin darse siquiera cuenta de que aún es¬taba vivo.
En alas de un miliar de brisas, las fra¬gantes esporas flotaron. Eran inacabables. Ochenta y tres árboles ibis habían comen¬zado a producir aquello para lo que ha¬bían sido creados. Y, una vez iniciado, el proceso no se detenía.
Las esporas no echaban raíces. No era ése su objetivo. Flotaban. Colgaban en las corrientes de aire sobre los tranquilos ár¬boles, caían hacia la húmeda Tierra, pero siempre dispuestas a aceptar el abrazo de un nuevo viento, tan ligeras, tan etéreas, que no estaban fuera de su capacidad los viajes al otro extremo del mundo. Tras de sí dejaban una pista de cadáveres entre los reptiles carniceros. Una vez afectados por las motas de dulce aroma, los más gi¬gantescos asesinos de la historia del pla¬neta perdían su brutalidad, y morían co¬mo moscas envenenadas.
Naturalmente, llevó mucho tiempo com¬pletar el proceso; pero no era el tiempo lo que faltaba. Cada carnívoro muerto su¬ministraba despojos para las hambrientas hordas que recorrían la Tierra; y así, du¬rante décadas, miles de millares de seres vivieron gracias a la abundancia de car¬nívoros muertos. Adicionalmente, puesto que había un índice de mortalidad normal entre los no carnívoros cada año, el sumi¬nistro de carne per capita aumentó, al principio de una forma gradual, y luego con una celeridad devastadora.
La muerte de tantos asesinos había creado un desequilibrio entre los carnívoros y sus presas. Los vegetarianos, que ya existían en gran número, comenzaron a reproducirse casi sin peligro. Los retoños crecían en un mundo que hubiera sido idílico de no ser por una cosa: no había bastante comida. Cada bocado de verde alcanzable, cada raíz, vegeta! y brote, era arrancado por mandíbulas ansiosas antes de que consiguiera madurar.
Durante un tiempo, los carniceros su¬pervivientes se dieron grandes banquetes, y luego, una vez más, se alcanzó un equi¬librio temporal. Pero, una y otra vez, los prolíficos vegetarianos pusieron a sus re¬toños en un mundo convertido en paci¬fico por la exudación de unas plantas que no podían soportar la brutalidad, pero que no sentían nada cuando la muerte lle¬gaba por hambre.
Los siglos dejaron caer su niebla de ol¬vido sobre cada sangrienta indentación de aquella sierra que iba y venía. Y, mientras tanto, a medida que pasaban los mi¬lenios, los ibis mantenían su pacífica exis¬tencia. Durante mucho tiempo fue pacífi¬ca, sin incidentes de ninguna clase. Du¬rante cien mil años, los señoriales árboles se alzaron en su aislamiento casi total, y estuvieron contentos. Durante aquella gran extensión de tiempo, la Tierra, aún inestable, se había agitado muchas veces ante la estremecedora furia transforma¬dora de los colosales terremotos; pero no fue sino cuando los árboles ya estaban cerca de cumplir su segundo centenar de millares de años que fueron de nuevo afec¬tados.
Un continente fue arrancado y desga¬rrado. El abismo era de millar y medio de kilómetros de ancho, y en algunos luga¬res de casi cuarenta kilómetros de profundidad. Cortó el borde de la isla, y lan¬zó a la ibis a un abismo de cinco kilóme¬tros de profundidad. El agua entró ru¬giente en el agujero, y la Tierra llegó es¬trepitosa en torrentes casi líquidos. Estre¬mecido y enterrado, el árbol ibis sucum¬bió a su nuevo ambiente. Se redujo rápi¬damente al estado de una raíz que lucha¬ba por permanecer viva contra fuerzas hostiles.
Fue tres mil años después cuando tuvo lugar el segundo acto de los árboles ibis en la superficie del planeta.
Una nave ataviada con una miríada de colores descendió por entre la neblina y obscuridad de la hirviente jungla planeta¬ria que era la Tierra en el cretáceo. Mien¬tras se aproximaba al bosquecillo platea¬do, frenó su enorme velocidad y se detu¬vo en seco directamente sobre la isla en el pantano.
Era un aparato mucho más pequeño que el enorme navío que se había desplomado en una terrible destrucción tantos, tantos años antes. Pero era lo bastante grande como para lanzar, tras un corto intervalo, seis gráciles botes patrulleros.
Rápidamente, los botes corrieron hacia el suelo.
Los seres que salieron de ellos tenían dos brazos y dos piernas, pero allí terminaba su parecido con la forma humana. Caminaban sobre el gomoso suelo con la facilidad y confianza de los dueños y se¬ñores absolutos. El agua no era barrera para ellos; caminaban sobre ella como si fuera una materia gelatinosa. Ignoraban a los reptiles; y, por alguna razón, cuando estaban amenazados por un encuentro, eran las bestias las que se apartabas, si¬seando de miedo.
Los seres parecían tener una profunda comprensión natural de su objetivo, pues no intercambiaron palabra entre ellos. Sin emitir sonido o malgastar un gesto, hicie¬ron flotar una plataforma colocándola so¬bre una pequeña colina. La plataforma no emitía fuerza alguna visible o audible, pero, bajo ella, el terreno espumeó y se despedazó. Una sección de la cámara de motores de la vieja y gran nave fue cata¬pultada al aire, y mantenida en suspensión por haces invisibles.
No era un objeto inerte. Chisporrotea¬ba y brillaba con energía radiante. Expuesta al aire, siseaba y rugía como la mortífera máquina que era. Torrentes de fuego brotaron de ella hasta que algo, algo verde, fue disparado contra ella desde un largo tubo, parecido al de un cañón. Lo verde debía de haber sido energía atómi¬ca, con una potencia desproporcionada a su tamaño. Instantáneamente, el rugido, el siseo, el chisporroteo de energía de la cámara de motores fue ahogado. Igual que si hubiera sido un ser vivo golpeado de muerte, el metal quedó inerte.
Los superseres volvieron su atención concentrada hacia el bosquecillo de árboles ibis. Primero los contaron. Luego, hi¬cieron incisiones en varias raíces, y extra¬jeron una cierta cantidad de meollo blan¬co de cada una. Los extractos fueron llevados a la nave madre, y sometidos a exa¬men químico. De esta forma se descubrió que había habido ochenta y tres árboles. Se inició una detenida búsqueda del que faltaba.
Pero la enorme herida en las entrañas del planeta había sido llenada por las co¬rrientes con barro y agua. No quedaba ni rastro de la planta.
«Hay que llegar a la conclusión ?ano¬tó finalmente el comandante en el libro de a bordo? de que el ibis perdido fue destruido por una de las calamidades tan comunes en los planetas en formación. Desgraciadamente, ya se han producido grandes daños en la evolución natural de la vida de la jungla. Debido a este desa¬rrollo acelerado, la inteligencia, cuando finalmente surja, será peligrosamente sal¬vaje en su manifestación. El lapso tempo¬ral transcurrido impide toda recomenda¬ción anticipada de rectificación.»
Pasaron ochenta millones de años.

Wagnowski se apresuró a ir a lo largo de la tranquila carretera suburbana, atravesando la verja. Era un grueso y robus¬to soldado con fríos ojos azules, que vol¬vía a casa con permiso y al principio, mientras besaba a su mujer, no se dio cuenta de los daños que las bombas ha¬bían producido en su casa.
Finalmente, vio el árbol plateado. Lo miró. Estaba a punto de exclamar algo, cuando se dio cuenta de que toda un ala de la casa era un caparazón vacío, del que sólo quedaba una única pared que se al¬zaba en precario equilibrio.
?¡Los  malditos  fascistas  americanos! ?aulló con ansias asesinas?. ¡Son todos unos hijos de…I
Menos de media hora más tarde, el sen¬sible árbol ibis comentó a emitir un delicioso perfume. Primero Rusia, y luego el resto del mundo, respiró la «paz» que se iba extendiendo.
Se acabó la Tercera Guerra Mundial.

Edición digital de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

Proceso

Proceso
Alfred Elton van Vogt
Process, © 1950 (The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Diciembre de 1950). Traducido por ? en ?

Bajo la brillante luz de aquel lejano sol, el bosque respiraba y estaba vivo. Era consciente de la nave que acababa de aparecer, tras atravesar las ligeras brumas de la alta atmósfera. Pero su automática hostilidad hacia cualquier cosa alienígena no iba acompañada inmediatamente por la alarma.
Por decenas de miles de kilómetros cuadrados, sus raíces se entrelazaban bajo el suelo, y sus millones de copas se balanceaban indolentemente bajo miles de brisas. Y más allá, extendiéndose a lo ancho de las colinas y las montañas, y más allá aún, hasta el borde de un mar casi interminable, se extendían, otros bosques, tan fuertes y poderosos como él mismo.
Desde un tiempo inmemorial el bosque había guardado el suelo de un peligro cuya comprensión se había perdido. Pero ahora empezaba a recordar algo de este peligro. Provenía de naves como aquella que descendía ahora del cielo. El bosque no llegaba a determinar exactamente cómo se había defendido a sí mismo en el pasado, pero sí recordaba claramente que aquella defensa había sido necesaria.
A medida que iba siendo más y más consciente de la aproximación de la nave a través del cielo gris-rojo que había sobre él, sus hojas susurraron un eterno relato de batallas libradas y ganadas. Los pensamientos recorrían su lento camino a lo largo de canales de vibraciones, y las ramas madres de cientos de árboles temblaron imperceptiblemente.
Lo vasto de tal temblor, afectando poco a poco a todos los árboles, creó gradualmente un sonido y una tensión. Al principio fue casi impalpable, como una suave brisa soplando a través de un verdeante valle. Pero aumentó de intensidad.
Adquirió substancia. El sonido llegó a envolverlo todo. Y la totalidad del bosque aguardó, vibrando su hostilidad, esperando la cosa que se le acercaba a través del cielo.
No tuvo que esperar mucho.

La nave aumentó de tamaño mientras seguía la curva de su trayectoria. Su velocidad, ahora que estaba más cerca del suelo, era mayor de lo que había parecido al principio. Planeó amenazadora, por encima de los árboles más cercanos, y descendió aún más, sin preocuparse de las copas. Algunas ramas se rompieron, algunos vástagos se incendiaron, y árboles enteros fueron barridos como si se tratara de seres insignificantes, sin peso ni fuerza.
La nave prosiguió su descenso, abriéndose camino a través del bosque que gritaba y gemía a su paso. Se posó, abriendo un profundo surco en el suelo, tres kilómetros después de que tocara el primer árbol. Tras ella, la senda de árboles tronchados se estremecía y palpitaba bajo la luz del sol, un recto sendero de destrucción que ?recordó repentinamente el bosque? era idéntico al que se había producido en el pasado.
Empezó amputando los sectores alcanzados. Hilo refluir su savia, y cesó su vibración en el área afectada. Más tarde enviaría nuevos brotes a reemplazar a aquellos que habían sido destruidos, pero ahora aceptó aquella muerte parcial y sufrió por ella. Conoció el miedo.
Era un miedo teñido por la rabia. Sentía la nave yaciendo sobre los troncos partidos, en una parte de sí mismo que aún no estaba muerta. Sentía la frialdad y la dureza de aquellas paredes de acero, y el miedo y la rabia aumentaron.
Un susurrar de pensamientos pulsó a lo largo de los canales vibratorios. Espera, decían, hay un recuerdo en mí. Un recuerdo de un lejano tiempo en el que vinieron otras naves parecidas a ésta.
El recuerdo se negó a precisarse. Tenso pero vacilante, el bosque se preparó a lanzar su primer ataque. Empezó a crecer alrededor de la nave.
Mucho tiempo atrás había descubierto el poder de crecimiento que poseía. Había sido en un tiempo en el que ocupaba una extensión mucho más limitada que la que cubría ahora. Y entonces, un día, se dio cuenta de que estaba muy cerca de otro bosque como él mismo.
Las dos masas de árboles en crecimiento, los dos colosos de entremezcladas raíces, se acercaron mutuamente lenta, prudentemente, en una creciente pero cautelosa sorpresa y maravilla de que otra forma de vida similar a la suya hubiera podido existir todo aquel tiempo. Se acercaron, se tocaron… y lucharon durante años.
Durante aquella prolongada lucha casi nada creció en las regiones centrales, que se detuvieron. Los árboles dejaron de desarrollar nuevas ramas. Las hojas, por necesidad, se robustecieron y afirmaron sus funciones para períodos mucho más largos. Las raíces se desarrollaron lentamente. Toda la energía utilizable del bosque fue concentrada en los procesos de defensa y ataque.
Auténticas murallas de árboles se levantaban en una noche. Enormes raíces cavaban túneles en las profundidades del suelo penetrando kilómetros y kilómetros, abriéndose paso entre rocas y metales, edificando una barrera de madera viva contra el invasor crecimiento del bosque extranjero. En la superficie, las barreras se cerraron en una línea de un kilómetro o más de árboles situados tronco contra tronco. Y, bajo estas bases, la gran batalla se detuvo finalmente. El bosque aceptó el obstáculo creado por su enemigo.
Más tarde, luchó con las mismas armas contra un segundo bosque que lo atacaba desde otra dirección.
Los límites de estas demarcaciones empezaron a ser tan naturales como el gran mar salado del sur, o las heladas cúspides de las montañas que se cubrían de nieve una vez cada año.
Y como había hecho en su batalla contra los otros dos bosques, el bosque concentró toda su fuerza contra la nave invasora. Los árboles crecieron a un ritmo de treinta centímetros cada pocos minutos. Las plantas trepadoras escalaron los árboles, se proyectaron por encima de la nave. Los incontables filamentos reptaron por encima del metal, y se anudaron por sí mismos alrededor de los árboles del otro lado. Las raíces de aquellos árboles se enterraron profundamente en el suelo, y se anclaron en un estrato rocoso más resistente que ninguna nave jamás construida. Los troncos se ensancharon, y las lianas engrosaron hasta convertirse en enormes cables.
Cuando la luz de aquel primer día dejó paso al grisor del atardecer, la nave estaba enterrada bajo cientos de toneladas de madera, y oculta bajo un follaje tan denso que ninguna parte de ella era visible.
Había llegado el momento de pasar a la acción para la destrucción final.
Poco después de obscurecer, pequeñas raíces comenzaron a tantear por debajo de la nave. Eran infinitésimamente pequeñas; tan pequeñas que en su estadio inicial no tenían más que unas pocas docenas de átomos de diámetro; tan pequeñas que el aparentemente sólido metal parecía casi vacío para ellas; tan increíblemente pequeñas que penetraron sin ningún esfuerzo en el duro acero.
Fue en aquel momento, como si hubiera estado aguardando a que llegara aquel estadio, que la nave reaccionó, pasando a la acción. El metal empezó a calentarse, luego quemó, después se puso al rojo vivo. Era todo lo que necesitaba. Las minúsculas raíces se contrajeron y murieron. Las raíces más grandes cerca del metal ardieron lentamente a medida que el creciente calor las alcanzaba.
En la superficie se inició otro tipo de violencia. Chorros de llamas surgieron de un centenar de orificios en la superficie de la nave. Primero las lianas, luego los árboles, empezaron a arder. No era el estallido de un incontrolable fuego, ni el feroz incendio saltando de árbol en árbol en una furia irresistible. Desde hacía mucho tiempo, el bosque había aprendido a controlar los fuegos iniciados por los rayos o por la combustión espontánea. Se trataba únicamente de enviar grandes cantidades de savia al área afectada. Cuanto más verde era el árbol, cuanta más savia lo permeaba, más intenso tenía que ser el fuego para mantenerse.
El bosque no pudo recordar inmediatamente haberse hallado nunca frente a un fuego que pudiera arrasar al mismo tiempo toda una hilera de árboles dejando que cada uno de ellos derramase un líquido viscoso por cada una de las resquebrajaduras de su corteza.
Pero este fuego sí podía. Era distinto. No tan sólo poseía llama, sino que era también energía. No se alimentaba tan sólo de madera, sino que vivía con una energía contenida en sí mismo.
Finalmente, este hecho despertó los recuerdos asociativos del bosque. Era un recuerdo agudo e inconfundible de lo que había hecho hacía mucho tiempo para librar, a él y a su planeta, de una nave como aquella.
Comenzó por retirarse de las inmediaciones de la nave. Abandonó su intento de aprisionar aquella estructura alienígena con un andamiaje de madera y hojas. A medida que la preciosa savia se retiraba a los árboles que ahora debían formar la segunda línea de defensa, las llamas adquirieron amplitud, y el fuego se hizo tan brillante que toda la escena adquirió una tonalidad irreal.
Pasó cierto tiempo antes de que el bosque se diera cuenta de que hacía rato que los rayos de fuego ya no surgían de la nave, y que toda la incandescencia y el humo que aún quedaban eran producidos por la madera ardiendo.
Esto también coincidía con sus recuerdos de lo que había ocurrido en la anterior ocasión.
Frenéticamente, pero con reluctancia, el bosque inició lo que ahora se daba cuenta que era el único medio de librarse del intruso. Frenéticamente porque se sentía terriblemente convencido de que la llama emitida por la nave podía destruir bosques enteros. Y reluctantemente porque el método de defensa traía consigo el sufrir quemaduras de energía apenas menos violentas que las que pudiera producirle la máquina.
Decenas de miles de raíces crecieron hacia las profundidades en busca de formaciones que habían evitado cuidadosamente desde que había llegado la última nave. A pesar de la necesidad de apresurarse, el proceso en sí mismo era lento. Pequeñísimas raíces, estremeciéndose ante lo que tenían que hacer, se obligaron a sí mismas a abrirse camino hacia las profundidades, se enterraron en determinados estratos minerales, y a través de un intrincado proceso de ósmosis arrancaron granos de metal puro de las capas naturales de metal impuro. Los granos eran casi tan pequeños como las raíces que habían penetrado en las paredes de acero de la nave, tan pequeños como para poder ser transportados hacia la superficie, suspendidos en la savia, a través del laberinto de gruesas raíces.
Muy pronto hubo miles de granos moviéndose a lo largo de los canales, luego millones. Y, aunque cada uno de ellos era en sí mismo pequeñísimo, el suelo donde fueron depositados brilló muy pronto a la luz del agonizante fuego. Cuando el sol de aquel mundo ascendió por sobre el horizonte, el plateado reflejo formaba un círculo a treinta metros alrededor de la nave.
Fue poco después del mediodía cuando la máquina alienígena dio señales de comprender lo que estaba ocurriendo. Una docena de escotillas se abrieron, y algunos objetos flotaron fuera de ellas. Se posaron en el suelo, y comenzaron a absorber aquella mancha plateada con cosas terminadas en una boquilla que chupaban el polvo finísimo en forma ininterrumpida. Trabajaban con grandes precauciones; pero una hora después de oscurecer habían recogido más de doce toneladas del finamente disperso uranio 235.
A la caída de la noche, todas las cosas provistas de dos patas desaparecieron en el interior de la nave. Las escotillas se cerraron. La larga nave en forma de torpedo se elevó suavemente del suelo y se dirigió hacia el cielo, donde el sol brillaba aún débilmente.
La primera consciencia de la nueva situación le llegó al bosque cuando las raíces debajo de la nave informaron de un súbito descenso de la presión. Pasaron varias horas antes de que llegara a la conclusión de que la nave enemiga había sido echada. Y varias horas más antes de que se diera cuenta de que el uranio que permanecía aún en el suelo debía ser retirado. Sus radiaciones se estaban extendiendo peligrosamente.
El accidente se produjo por una razón muy simple. El bosque había tomado aquella substancia radiactiva de las rocas. Para librarse de ella, necesitaba tan solo introducirla de nuevo en las más cercanas capas rocosas, particularmente las del tipo de roca que absorbía la radiactividad. Para el bosque, la situación era tan obvia como esto.
Una hora después de que iniciara la realización de su plan, la explosión lanzó su hongo hacia el espacio abierto.
Era algo que estaba mucho más allá de la capacidad de comprensión del bosque. Ni vio ni escuchó aquella colosal silueta portadora de muerte. Lo que experimentó fue sin embargo suficiente. Un huracán arrasó kilómetros cuadrados de bosque. Las ondas de calor y de radiación provocaron incendios que requirieron horas para ser extinguidos.
El miedo se apagó lentamente cuando recordó que también había ocurrido lo mismo la otra vez. Pero más aguda que este recuerdo fue la visión de las posibilidades que abría lo ocurrido… la naturaleza de tal oportunidad.
Poco después del amanecer del día siguiente, lanzó su ataque. Su víctima era el bosque que ?según su desfalleciente memoria? había invadido originalmente su territorio.
A lo largo de todo el frente que separaba a los dos colosos, entraron en erupción pequeñas explosiones atómicas. La sólida barrera de árboles que formaban las defensas exteriores del otro bosque se derrumbó ante los sucesivos ataques de tan irresistible energía.
El enemigo, reaccionando normalmente, puso en marcha sus reservas de savia. Cuando estaba plenamente dedicado a la gigantesca tarea de edificar una nueva barrera, las bombas empezaron de nuevo a actuar. Las explosiones resultantes destruyeron completamente las reservas de savia. Y el enemigo, no pudiendo comprender lo que estaba ocurriendo, estuvo perdido desde aquel momento.
En la tierra de nadie donde habían actuado las bombas, el bosque atacante lanzó una oleada de raíces. Cada vez que se manifestaba una resistencia, estallaba una nueva bomba atómica. Poco después del siguiente mediodía una titánica explosión destruyó el centro sensitivo de árboles del otro bosque… y la batalla finalizó.
Se necesitaron meses para que el bosque creciera en el territorio de su derrotado enemigo, arrancando sus agonizantes raíces, arrasando en su empuje los indefensos árboles que habían quedado, y tomando posesión plena e indiscutida de su nuevo territorio.
Una vez terminada la tarea, se volvió como una furia contra el bosque que lo franqueaba por el otro lado. Una vez más, atacó con el trueno atómico, e intentó abrumar a su adversario con una lluvia de fuego.
Fue respondido con igual fuerza. ¡Explosiones atómicas! Su conocimiento se había difundido a través de la barrera de entrelazadas raíces que formaba la separación entre los dos bosques.
Los dos monstruos se destruyeron mutuamente casi por completo. Cada uno de ellos se convirtió en un vestigio, que tuvo que iniciar de nuevo el doloroso proceso de su crecimiento. A medida que pasaban los años, el recuerdo de lo que había ocurrido se fue desvaneciendo. Pero tampoco tenía importancia. Actualmente, las naves venían muy a menudo. Y de todos modos, aunque el bosque hubiera recordado, sus bombas atómicas no podían estallar en presencia de una nave.
La única forma que había de echar a las naves consistía en rodear cada nave alienígena con un círculo de fino polvo radioactivo. Entonces, la nave absorbía el material y se retiraba apresuradamente.
La victoria del bosque fue desde entonces tan simple como eso.

Edición digital de Sadrac
Revisión de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

Lotófagos

Lotófagos
Stanley G. Weinbaum
The lotus eaters, © 1935 by Street & Smith Publications Inc., para Astounding Stories, Abril de 1935.  Traducción de Mariano Orta en Lo mejor de Stanley G. Weinbaum, Super Ficción 20, Ediciones Martínez Roca S.A., primera edición en 1977.

?¡Uf! ?exclamó «Ham» Hammond, mirando por la claraboya de babor de la cámara de observación?. ¡Vaya un sitio para pasar una luna de miel!
?Entonces no deberías de haberte casado con una bióloga ?contestó la señora Hammond. Apoyaba la cabeza sobre el hombro de su marido y él pudo ver los grises ojos de su esposa bailar en el cristal de la claraboya?. Ni con la hija de un explorador ?añadió.
Porque Pat Hammond, hasta su boda con Ham unas cuatro semanas antes, había sido Patricia Burlingame, hija del gran explorador inglés que había conquistado para Gran Bretaña tanta zona crepuscular de Venus como Crowly había ganado para los Estados Unidos.
?No me casé con una bióloga ?replicó Ham?. Me casé con una muchacha que casualmente se interesa por la biología; eso es todo. Es uno de sus pocos defectos.
Redujo el chorro de los reactores inferiores y el cohete descendió suavemente sobre un cojín de llamas hacia el negro paisaje inferior. Lenta y cuidadosamente, Ham reguló los controles hasta conseguir la mínima vibración y luego cerró el chorro de repente. Se posaron con un leve temblor y un extraño silencio cayó como una manta tras el cese del rugiente estampido.
?Ya estamos ?anunció él.
?Ya estamos ?repitió Pat?. ¿Dónde?
?Exactamente a ciento treinta kilómetros al este de la cordillera opuesta a Venoble, en la Tierra Fría británica. Al norte está, supongo, la continuación de las Montañas de la Eternidad. Al sur y al oeste, misterio.
?Acabas de conseguir una buena descripción técnica de ningún sitio ?se rió Pat?. Voy a apagar las luces para ver el exterior.
Así lo hizo y en la obscuridad las claraboyas parecieron círculos débilmente luminosos.
?Sugiero ?prosiguió ella? que la Expedición Conjunta suba a la cúpula para iniciar las observaciones. Si estamos aquí para investigar, investiguemos un poco.
?Este apéndice de la expedición está conforme ?respondió Ham con una risita.
Hizo una mueca de contento en la obscuridad ante la desenvoltura con que Pat abordaba el serio problema de la exploración. Aquí estaban ellos, la «Expedición Conjunta de la Royal Society y el Smithsonian Institute para la Investigación de las Condiciones en el Lado Obscuro de Venus» como rezaba el largo título oficial.
Ham representaba técnicamente la mitad americana del proyecto ?Pat no había querido admitir a ningún otro? pero era a ella a quien la sociedad y los miembros del Instituto dirigían sus preguntas, sus requerimientos y sus instrucciones. Era lo justo. Después de todo, Pat era la autoridad más competente en lo relativo a la flora y la fauna de las Tierras Cálidas y, además, la primera criatura hu¬mana nacida en Venus, en tanto que Ham era sólo un ingeniero que el lucrativo comercio de xixtchil había atraído a la frontera de las Tierras Cálidas.
Allí había conocido a Patricia Burlingame y allí, después de un azaroso viaje hasta el pie de las Montañas de la Eternidad, la había conquistado. Se casaron en Erotia, el asentamiento americano, hacía poco menos de un mes, y luego habían aceptado hacerse cargo de la expedición a la cara obscura de Venus.
En un principio, Ham no estuvo de acuerdo. Hubiera preferido una buena luna de miel terrestre en New York o Londres, pero había dificultades. La principal de ellas la astronómica; Venus había superado el perigeo y transcurrirían ocho largos meses antes de que el planeta, en su lento giro alrededor del Sol, alcanzase un punto desde donde un cohete pudiera llegar a la Tierra.
Ocho meses en la primitiva y fronteriza Erotia o en la igualmente primitiva Venoble, si elegían el asentamiento británico, sin ninguna diversión excepto cazar, sin radio ni juegos, incluso muy pocos libros. Y si tenían que cazar, argüía Pat, ¿por qué no añadir la emoción y el peligro de lo desconocido?
Nadie sabía qué vida, si había alguna, se ocultaba en el lado obscuro del planeta. Muy pocos lo habían visto alguna vez, y esos pocos desde cohetes que sobrevolaban a toda velocidad grandes cordilleras o infinitos océanos helados. Ahora se presentaba una oportunidad de avistar el misterio y explorarlo con los gastos pagados.
Había que ser multimillonario para construir y equipar un cohete privado, pero la Royal Society y el Smithsonian Institute, gastando dinero del gobierno, estaban por encima de semejantes consideraciones. Habría peligro, quizás, y emociones de las que dejan sin aliento, pero… podrían estar solos.
Este último punto había convencido a Ham. Así pues, habían consumido dos afanosas semanas avituallando y equipando el cohete, habían volado muy alto sobre la barrera de hielo que limita la zona crepuscular y se habían precipitado frenéticamente a través de la línea de tormentas donde el frío viento inferior de la cara sin sol choca con los cálidos vientos superiores que azotan desde la cara desierta del planeta.
Porque Venus, desde luego, no tiene rotación ninguna y por tanto no tiene alternancia de días y noches. Una cara está siempre iluminada por el Sol y la otra está siempre sumida en la obscuridad, y sólo la lenta libración del planeta presta a la zona crepuscular una cierta apariencia de estaciones. Esta zona crepuscular, la única parte habitable del planeta, apunta por un lado al llameante desierto y por el otro acaba bruscamente en la barrera de hielo donde los vientos superiores ceden su humedad a las escalofriantes corrientes inferiores.
Así pues, allí estaban ellos, apretados en la diminuta cúpula de cristal, por encima del panel de navegación, muy juntos sobre el peldaño superior de la escalerilla y con el sitio justo en la cúpula para las cabezas de uno y otro. Ham rodeó con un brazo a la muchacha mientras contemplaban el paisaje exterior.
Lejos hacia el oeste, la luz centelleaba sobre la barrera de hielo. Como inmensas columnas, las Montañas de la Eternidad se recortaban contra la luz, con sus poderosos picachos perdidos en las nubes inferiores. Hacia el sur, estaban las explanadas de las Eternidades Menores, que limitaban la Venus americana y, entre las dos cordilleras, se perfilaban los perpetuos relámpagos de la línea de tormentas.
En torno a ellos, iluminado débilmente por la refracción de la luz solar, se extendía un yermo de obscuro y salvaje esplendor. Por todas partes había hielo, colinas de hielo, torres, llanuras, peñascos y acantilados de hielo, todo reluciendo con un hábito verdoso al débil resplandor que llegaba desde detrás de la barrera. Un mundo sin movimiento, helado y estéril.
?¡Es… es glorioso! ?murmuró Pat.
?Sí ?convino él?, pero frío, sin vida, amenazador. Pat, ¿crees que hay vida aquí?
?Yo diría que sí. Si la vida puede existir en mundos tales como Titán y Japeto, debería de existir aquí. ¿Qué frío hace? ?miró el termómetro exterior de columnas y cifras luminiscentes?. Sólo treinta bajo cero. En la Tierra existe vida a esa temperatura.
?Existe, sí. Pero no podría haberse desarrollado a una tempera¬tura bajo cero. La vida tiene que comenzar en un medio líquido. Ella se echó a reír suavemente.
?Estás hablando con una bióloga, Ham. Tienes razón; la vida no podría haberse desarrollado a treinta bajo cero, pero suponte que tuvo su origen en la zona crepuscular y emigró aquí. O suponte que fue empujada aquí por la terrorífica competencia de las regiones cálidas. Ya sabes las condiciones que reinan en las Tierras Cálidas, con los hongos, los árboles Jack Ketch y los millones de pequeñísimos parásitos que se devoran unos a otros.
Ham quedó pensativo.
?¿Qué clase de vida esperarías encontrar? Ella soltó una risita.
?¿Quieres que te haga una predicción? Muy bien. Supondría, por lo pronto, alguna especie de vegetación como base, porque la vida animal no puede mantenerse sin ella.
?Entonces, tiene que haber alguna vegetación. ¿De qué tipo?
?Dios lo sabe. Puede conjeturarse que la vida de la cara obscura si es que existe, provino en su origen de los terrenos más débiles de la zona crepuscular, pero en lo que pueda haberse convertido, eso no lo sé imaginar. Desde luego, hay el triops noctivivans que descubrí en las Montañas de la Eternidad.
?¡Descubriste! ?Soltó una risa burlona?. Estabas tan fría como el hielo cuando te saqué de aquel nido de diablos. ¡Ni siquiera viste a uno!
?Examiné el que los cazadores trajeron a Venoble ?replicó ella sin turbarse?. Y no olvides que la sociedad quiso ponerle mi nombre: el triops patriciae. ?Un estremecimiento involuntario la agitó al recordar a aquellas criaturas satánicas que lo habían destrozado todo excepto a ellos dos?. Pero yo preferí otro nombre: triops noctivivans, el morador de tres ojos en la obscuridad.
?Romántico nombre para una bestia diabólica.
?Sí, pero a lo que yo quería referirme es a esto: que es probable que los triops… o triopses… Oye, ¿cuál es el plural de triops?
?Trioptes ?gruñó él?. Raíz latina.
?Bien, es probable que los trioptes estén entre las criaturas que se puedan encontrar aquí, en el lado de la noche eterna, y que aquellos feroces diablos que nos atacaron en el sombrío cañón de las Montañas de la Eternidad sean una avanzadilla que penetran en la zona crepuscular a través de los pasos obscuros y sin sol que hay en las montañas. No pueden resistir la luz; tú mismo lo viste.
?¿Qué me cuentas?
Pat se echó a reír por la expresión.
?Esto: por su forma y su estructura, seis miembros, tres ojos y todo lo demás, está claro que los trioptes están emparentados con los nativos ordinarios de las Tierras Cálidas. Por eso deduzco que están recién llegados a la cara obscura; que no se desenvolvieron aquí, sino que fueron empujados hace muy poco tiempo, geológicamente hablando. Bueno, geológicamente no es la palabra, porque geos significa tierra. Venéreamente hablando, debería decir.
?Creo que no. Confundes la raíz. Lo que has dicho significa afrodisíacamente hablando. Ella rió de nuevo.
?Lo que quiero decir, y debería haber empezado por aquí para evitar la discusión, es paleontológicamente hablando. Eso lo entiende todo el mundo. De cualquier modo, quiero decir que los trioptes no llevan en el lado obscuro más que de unos veinte a cincuenta mil años terrestres, o quizá menos. ¿Qué sabemos nosotros de la velocidad de evolución en Venus? Quizás es más rápida que en la Tierra; quizás un triops puede adaptarse a la vida nocturna en cinco mil años.
?Yo he visto estudiantes universitarios adaptarse a la vida nocturna en un semestre ?observó Ham con una sonrisa burlona. Ella pasó por alto el comentario y continuó:
?Y por eso mantengo que tenía que existir vida aquí antes de llegar los trioptes. De no haber encontrado qué comer no podrían haber sobrevivido. Y puesto que mi examen mostró que el triops es en parte carnívoro, aquí no sólo debe de haber vida vegetal, sino vida animal. Eso es todo cuanto puede deducirse con arreglo a un simple razonamiento.
?Entonces no puedes deducir qué clase de vida animal será esa. ¿Inteligente quizá?
?No lo sé. Podría ser. Pero a pesar de la forma como vosotros los yanquis adoráis la inteligencia, biológicamente es un hecho sin importancia. Ni siquiera tiene mucho valor para la supervivencia.
?¿Qué? ¿Cómo puedes decir eso, Pat? ¿Qué es, si no la inteligencia, lo que ha dado al hombre la supremacía en la Tierra… y en Venus también, dicho sea de paso?
?Pero, ¿tiene realmente el hombre la supremacía en la Tierra? Mira, Ham, he aquí lo que quiero decir con eso de la inteligencia. El gorila tiene un cerebro mucho mejor que la tortuga, ¿no es así? Y sin embargo, ¿quién ha tenido más éxito: el gorila, que escasea y está limitado a sólo una pequeña región en África, o la tortuga, que es común por doquier, desde el Ártico al Antártico? En cuanto al hombre…, bueno, si tuvieses ojos microscópicos y pudieses ver todos los seres que pueblan la Tierra, llegarías a la conclusión de que el hombre es un ejemplar raro y de que el planeta es realmente un mundo de nematodos, esto es, un mundo de gusanos, porque los nematodos superan con mucho todas las otras formas de vida puestas juntas.
?Pero eso no es supremacía, Pat.
?No he dicho que lo fuera. Dije meramente que la inteligencia no es lo más importante para sobrevivir. Si lo fuera, ¿por qué los insectos, que no tienen inteligencia, sino sólo instinto, plantean tal batalla a la raza humana? Los hombres tienen mejores cerebros que los pulgones del trigo, la filoxera, la mosca de las frutas, los escarabajos, las polillas y todas las demás plagas, y sin embargo ellos combaten nuestra inteligencia con sólo un arma: su enorme fecundidad. ¿Te das cuenta de que cada vez que nace un niño, hasta que es equilibrado por una muerte, sólo puede ser alimentado de una manera? Y esa manera es privando a los insectos de toda la comida que representa el peso del niño en insectos.
?Todo eso parece bastante razonable, pero, ¿qué tiene que ver con la inteligencia en la cara obscura de Venus?
?No lo sé ?replicó Pat, y su voz tomó un extraño tono de nerviosismo?. Sólo quiero decir… Vamos a ver, Ham. Un lagarto es más inteligente que un pez, pero no lo bastante para conseguir ninguna ventaja por ello. Entonces, ¿por qué el lagarto y sus descendientes siguen desarrollando inteligencia? ¿Por qué…, a menos que toda la vida tienda a hacerse inteligente con el tiempo? Y, si eso es verdad entonces puede haber inteligencia incluso aquí, una inteligencia extraña, ajena, incomprensible.
Se estremeció en la obscuridad y se apretó contra él.
?No te preocupes ?dijo de pronto con voz alterada?. Probablemente no es más que fantasía. El mundo de aquí es tan raro, tan extraterrestre… Estoy cansada, Ham. Ha sido un día largo.
Bajaron hasta el cuerpo del cohete. Cuando las luces flamearon sobre el extraño paisaje, más allá de las claraboyas, él sólo vio a Pat, encantadora con el exiguo vestidito a la moda de la Tierra Fría,
?Ya veremos mañana ?dijo él?. Tenemos comida para tres semanas.
Mañana, desde luego, significaba sólo tiempo y no luz de día. Se levantaron sumidos en la eterna obscuridad de la cara sin Sol de Venus. Pero Pat estaba de mejor humor y se dedicó alegremente a los preparativos de la primera salida al exterior. Sacó los trajes espaciales de gruesa lana reforzada con cuero y Ham, en su calidad de ingeniero, inspeccionó cuidadosamente las cuatro poderosas lámparas que coronaban las caperuzas.
Por supuesto, eran primordialmente para ver, pero también tenían otro propósito. Se sabía que los trioptes, tan increíblemente fieros, no podían afrontar la luz y así, usando los cuatro rayos del casco, uno podía moverse rodeado por un halo protector. Eso no impedía que ambos incluyeran en su equipo dos revólveres y un par de terroríficos lanzallamas. Pat llevaba también una bolsa colgada a la cintura en la que se proponía meter ejemplares de toda la flora que encontrase en el lado obscuro y también ejemplares de la fauna, si los había pequeños e inofensivos.
Se sonrieron a través de las máscaras.
?Te hace parecer gorda ?comentó Ham maliciosamente y gozó al verla hacer una mueca de fastidio.
Ella se volvió, abrió la puerta y salió.
Era diferente que mirar por la claraboya. La escena que antes vieran con algo de la irrealidad y de toda la inmovilidad y silencio de un cuadro, estaba ahora efectivamente alrededor de ellos, y el frío aliento y la voz quejumbrosa del viento inferior probaban sin duda alguna que el mundo era real. Por un momento permanecieron en el círculo de luz de las claraboyas del cohete, mirando con respeto al horizonte, donde los increíbles picos de las Grandes Eternidades se recortaban, negros, contra la falsa puesta de sol.
Hasta donde podía alcanzar la visión en aquella región sin sol, sin luna y sin estrellas, se extendía una desolada llanura donde picos, alminares, torres y lomas de hielo y de piedra surgían en indescriptibles y fantásticas formas, esculpidas por la salvaje maestría del viento inferior.
Ham rodeó con un acolchado brazo la cintura de Pat y se sor¬prendió al sentirla estremecerse.
?¿Tienes frío? ?preguntó, mirando la esfera del termómetro que tenía en la muñeca?. Sólo estamos a uno bajo cero.
?No tengo frío ?replicó Pat?. Es el escenario; eso es todo. ?Se apartó un poco?. Me pregunto qué es lo que dará calor a esta zona. Porque sin luz solar…
?Te equivocas ?interrumpió Ham?. Cualquier ingeniero sabe que los gases se difunden. Los vientos superiores pasan a nueve o diez kilómetros por encima de nuestras cabezas y naturalmente traen mucho del calor del desierto que se encuentra más allá de la zona crepuscular. Hay alguna difusión del aire caliente en el frío y luego, además, cuando los vientos calientes se enfrían, tienden a bajar. Y lo que es más, el contorno del país tiene mucho que ver con eso. ?Hizo una pausa?. Oye ?continuó pensativamente?, no me extrañaría que encontrásemos zonas cerca de las Eternidades donde hubiese una corriente baja, donde los vientos superiores se deslizaran a lo largo de la ladera y proporcionaran a ciertos sitios un clima bastante soportable.
Seguía a Pat mientras ella iba indagando alrededor de los peñascos que estaban cerca del círculo luminoso del cohete.
?¡Vaya!  ?exclamó  ella?.   ¡Aquí  está,  Ham!   ¡He  aquí  nuestro ejemplar de vida vegetal del lado obscuro.
Se inclinó sobre una gris masa bulbosa.
?Tipo liquen u hongo ?continuó?. Nada de hojas, por supuesto; las hojas sólo son útiles a la luz del Sol. Nada de clorofila por la misma razón. Una planta muy primitiva, muy simple y, sin embargo, en algunos aspectos, nada simple. ¡Mira, Ham, un sistema circulatorio altamente desarrollado!
Él se acercó aún más y, a la débil luz amarillenta que se filtraba desde las claraboyas, vio la fina tracería de venas que indicaba la muchacha.
?Eso ?continuó ella? indicaría una especie de corazón y me pregunto si… ?Bruscamente aplicó la esfera de su termómetro contra la masa carnuda, la sostuvo allí un momento y luego miró?. ¡Sí! Mira cómo la aguja se ha movido, Ham. ¡Es un vegetal caliente! Una planta de sangre caliente. Y, si lo piensas bien, es lo más natural, Porque es la única clase de planta que podría vivir en una región que está eternamente por debajo del grado de congelación. La vida tiene que vivirse en agua líquida.
Ella tiró de aquella cosa que, con un súbito estallido, se soltó mientras obscuras gotas de líquido fluían de la desgarrada raíz.
?¡Uf! ?exclamó Ham?. ¡Que cosa tan repugnante! «Y desgarra la sangrienta mandragora», ¿eh? Sólo que decían que éstas gritaban al ser arrancadas.
Se detuvo. Un lento, pulsante y ominoso gemido salió de la temblorosa masa de pulpa y Ham dirigió una mirada de asombro a Pat.
?¡Uf! ?gruñó de nuevo?. ¡Es repugnante!
?¿Repugnante? ¿Por qué? Es un organismo hermoso. Está adaptado perfectamente a su entorno.
?Bueno, me alegro de no ser más que un ingeniero ?rezongó él al ver cómo Pat abría la puerta del cohete y depositaba aquella cosa sobre un cuadrado de caucho que había allí dentro?. Ven, vamos a mirar por aquí.
Pat cerró la puerta y lo siguió fuera del cohete. Instantáneamente la noche los envolvió como una negra niebla y sólo al mirar atrás a las iluminadas claraboyas pudo convencerse Pat de que estaban en un mundo real.
?¿No deberíamos encender nuestras lámparas? ?preguntó Ham?. Seria lo mejor, o nos arriesgamos a una caída.
Antes de que uno de ellos pudiese dar un paso, un sonido se impuso a través de la queja del viento inferior, un grito salvaje, feroz, extraterrestre, que sonaba como una carcajada infernal.
?¡Es triopts! ?jadeó Pat, olvidando plurales y gramática al mismo tiempo.
Estaba asustada; por lo general era tan valiente como Ham y a veces más temeraria y atrevida, pero aquellos chillidos misteriosos le hacían recordar los momentos de angustia vividos en el cañón de las Montañas de la Eternidad. Estaba horriblemente asustada y manoteó frenética e ineficazmente en busca de los interruptores de las lámparas y en busca del revólver.
Justo cuando doce piedras pasaron zumbando junto a ellos, y una golpeó dolorosamente en el hombro de Ham, éste encendió sus luces. Cuatro rayas se dispararon en una larga cruz sobre los relucientes picachos y las risas salvajes se trocaron en un alarido de dolor. Por un instante alcanzó a vislumbrar unas figuras sombrías que se alejaban por montículos y peñascos, deslizándose como espectros hacia la obscuridad y el silencio.
?Llegué a tener miedo, Ham ?murmuró Pat; se acurrucó contra él y continuó luego con más fuerza?: Pero he aquí la prueba. El triops noctivivans es actualmente una criatura del lado nocturno. Los que están en las montañas son avanzadillas que han emigrado a los abismos sin sol.
Muy lejos sonó la risa cortante.
?Me pregunto ?dijo Ham? si ese ruido que hacen podría constituir una especie de lenguaje.
?Es lo más probable. Después de todo, las especies nativas de las Tierras Cálidas son inteligentes, y estas criaturas están emparentadas con ellas. Además lanzan piedras y conocen el uso de aquellas vainas asfixiantes que nos mostraron en el cañón, vainas que, dicho sea de paso, deben de ser el fruto de alguna planta del lado nocturno. Los trioptes son sin duda inteligentes de una manera bárbara, feroz y ávida de sangre, pero son bestias tan inaccesibles que dudo que los seres humanos consigan enterarse de mucho de su lenguaje o de sus mentes.
Ham le dio la razón con solemnidad, tanto más cuanto que en aquel momento una piedra malignamente lanzada arrancó brillantes chispas de una helada columna situada a doce pasos de distancia. Él torció la cabeza enviando de soslayo las lámparas de su casco sobre la llanura, y un grito de dolor brotó de la obscuridad.
?Gracias a Dios, las luces los mantienen bastante a raya ?masculló?. Son unos pequeños y divertidos súbditos de Su Majestad * , ¿no es así? ¡Dios salve a la Reina, si tiene muchos como ellos!
* ? Estaban en territorio británico, en la latitud de Venoble. El Congreso internacional de Lisl había dividido los derechos de la cara obscura en el año 2020, dando a cada nación con posesiones en Venus una extensión que se alargaba desde la zona crepuscular a un punto del planeta directamente opuesto al Sol a mediados de otoño. (Nota del autor)
Pero Pat estaba ocupada de nuevo en su búsqueda de ejemplares. Había encendido sus lámparas y se movía ágilmente de un lado a otro entre los fantásticos monumentos de aquella extraña llanura. Ham la seguía, mirando cómo arrancaba trozos de una sangrante y gimiente vegetación. Encontró una docena de variedades y una pequeña criatura en forma de cigarro puro a la que le fue imposible considerar como planta, como animal o como ninguna de ambas cosas. Cuando su bolsa estuvo completamente llena, volvieron por la llanura al cohete, cuyas claraboyas relucían a lo lejos como una fila de ojos escrutadores.
Pero una sorpresa los aguardaba cuando abrieron la puerta y entraron. Una bocanada de aire cálido, pegajoso, pútrido e irrespirable que les subió a la cara con un olor a carroña, les hizo retroceder.
?¡Vaya…! ?jadeó Ham y luego se echó a reír?. ¡Tu mandrágora! ?cloqueó burlonamente?. ¡Mírala!
La planta que ella había colocado dentro se había convertido en una masa de podredumbre, En el calor del interior se había descompuesto rápida y completamente y ahora no era más que un montón semilíquido sobre la esterilla de caucho. Pat la empujó hacia la entrada y la arrojó afuera.
Penetraron en el interior, que todavía olía mal, y Ham conectó un ventilador. El aire que entraba era frío, por supuesto, pero puro, estéril y sin polvo. Cerró la puerta, puso en marcha un calentador y alzó la visera para lanzarle a Pat una sonrisa burlona.
?¡Conque este era tu hermoso organismo!, ¿eh? ?bromeó.
?Lo era. Era un hermoso organismo, Ham. No puedes censurarle nada si lo hemos expuesto a temperaturas con las que nunca sospechaba tropezar, ?Suspiró y extendió su bolsa de ejemplares sobre la mesa?. Creo que lo mejor será que me ocupe de todo esto inmediatamente, ya que no se conservan.
Ham lanzó un gruñido y se dedicó por su parte a preparar una comida, trabajando con la maestría de un verdadero colono de las Tierras Cálidas. Miró a Pat mientras ésta se inclinaba sobre sus ejemplares inyectándoles una solución de bicloruro.
?¿Crees tú? ?preguntó él? que el triops es la forma más desarrollada de vida en este lado obscuro?
?Sin duda alguna ?replicó Pat?. Si existiera alguna forma superior, hace mucho tiempo que habría exterminado a estos pequeños diablos.
Pero estaba totalmente equivocada.

En el espacio de cuatro días, agotaron las posibilidades de exploración que ofrecía la llanura próxima al cohete, Pat había reunido una amplia colección de ejemplares y Ham había tomado un número incalculable de observaciones sobre temperaturas, variaciones magnéticas y direcciones y velocidad del viento inferior.
Así pues, decidieron trasladar la base. Volaron hacia el sur, hacia la región donde las vastas y misteriosas Montañas de la Eternidad se alzaban al otro lado de la barrera de hielo en el obscuro mundo de la cara nocturna. Volaban lentamente, a algo menos de cien kilómetros por hora, pendientes sólo de que la luz delantera les alertase contra picachos aislados.
Hicieron alto dos veces y en cada una de ellas les bastó un día o dos para convencerse de que la región era similar a su primera base. Las mismas plantas venosas y bulbosas, el mismo y eterno viento inferior, las mismas risas de gargantas triópticas sedientas de sangre.
La tercera parada fue diferente. Se detuvieron a descansar en una salvaje y árida meseta entre los ribazos de las Grandes Eternidades. Muy hacia el oeste, medio horizonte todavía relumbraba en verde con la falsa puesta de sol, pero todo el espacio hacia el sur era negro y quedaba oculto a la vista por los inmensos escarpes de la cordillera que se alzaba sobre ellos a unos cuarenta kilómetros en los negros cielos. Las montañas eran invisibles, desde luego, en aquella región de noche interminable, pero Pat y Ham sentían la colosal proximidad de aquellos increíbles picos.
La poderosa presencia de las Montañas de la Eternidad los afectaba en otro modo. La región estaba caliente, no caliente conforme a las normas de la zona crepuscular, sino mucho más caliente que la llanura de abajo. Sus termómetros señalaban cero a un lado del cohete y cinco sobre cero al otro. Los inmensos picos, que ascendían hasta entrar en el nivel de los vientos superiores, desviaban corrientes que traían aire caliente para templar el frío hálito del viento inferior.
Ham contempló lúgubremente la parte de la meseta visible a la luz del cohete.
?No me gusta ?gruñó?. Nunca me gustaron estas montañas, sobre todo desde que te dio la chifladura de cruzarlas para volver a la Tierra Fría.
?¡Chifladura! ?repitió Pat?. ¿Quién bautizó estas montañas? ¿Quién las cruzó? ¿Quién las descubrió? ¡Mi padre! ¡Él y nadie más que él!
?¿Y eso qué tiene que ver? ¿Acaso imaginas que te basta silbar para que se doblen de rodillas a tus pies y el Paso del Loco se transforme en la alameda de un parque?
?¡No eres más que un yanqui cobardica! ?increpó ella?. Voy a salir a dar un vistazo. ?Se puso el traje, se dirigió hacia la puerta y allí se detuvo?. ¿No vas…, no vas a venir también? ?preguntó tímidamente.
Él sonrió con cierta malicia.
?Desde luego. Estaba esperando que me lo pidieses.
Se puso su traje y la siguió.
El paisaje tenía sus particularidades. A primera vista la meseta presentaba la misma salvaje aridez de hielo y piedra que habían encontrado en la llanura anterior. Había pináculos que la erosión del viento había esculpido con las formas más fantásticas, y el agreste paisaje que los rayos de sus cascos desvelaban era un terreno análogo a los ya conocidos. Pero el frío aquí era menos cruel; por extraño que parezca, en este curioso planeta, ganar altitud producía calor en lugar de frío, porque se llegaba así a la región de los vientos superiores. Aquí, en las Montañas de la Eternidad, el viento inferior aullaba menos persistentemente, roto en ráfagas por los poderosos picos.
La vegetación era más abundante. Las venosas y bulbosas masas estaban por todas partes y Ham tenía que pisar con mucho cuidado para no repetir la desagradable experiencia de arrancar una y oír su doloroso gemido. Pat no sentía tales escrúpulos, insistiendo en que el gemido no era más que un tropismo; que los ejemplares que ella arrancaba y preparaba para su disección no sentían más dolor que el que pudiera sentir una manzana al ser comida; y que, al fin y al cabo, era misión de una bióloga ser una bióloga.
En algún lado más allá del círculo de luz que les envolvía chirrió la risa burlona de un triops y más que ver, Ham imaginaba las formas de aquellos demonios de la obscuridad. Por el momento, sin embargo, se mantenían en calma puesto que ninguna piedra que pasase zumbando había revelado una intención hostil.
Caminar en el centro de un círculo móvil de luz producía una sensación extraña. Ham no podía dejar de pensar que detrás del límite de visibilidad acechaban Dios sabe qué criaturas extrañas e increíbles, aunque la razón arguyera que tales monstruos no podían permanecer eternamente invisibles.
Ham y Pat seguían avanzando, Delante de ellos, los rayos de los cascos resplandecieron sobre un helado escarpe, un acantilado que se alzaba al término del camino que seguían.
Pat lo señaló con un ademán urgente.
?¡Mira allí! ?exclamó, manteniendo fija su luz?. Cuevas en el hielo, madrigueras tal vez. ¿Las ves?
Las vio: un rosario de pequeños boquetes negros en la base del escarpe de hielo. Algo negro se deslizó riendo sobre la helada cuesta y se alejó: un triops. ¿Eran estos los habitáculos de las bestias?
?Fíjate ?dijo Ham?, más de la mitad de agujeros tienen algo delante. ¿Rocas, quizá?
Precavidamente, con los revólveres en la mano, avanzaron. A la creciente intensidad de los rayos, disminuía la apariencia pétrea de aquellos objetos y se afirmaba su carácter de seres vivos. Finalmente no quedó duda alguna: la carnosa esponjosidad de los bulbos y la visible red circulatoria que se transparentaba la confirmaron. Habían dado con una nueva variedad de vida.
Estaban ahora a cuatro metros escasos de una de las criaturas. Recordaba un cesto boca abajo por su forma y tamaño. Como rasgos característicos destacaban un círculo completo de ojos que contor¬neaban el organismo y numerosas patas en su parte inferior. Ham acertó a distinguir cómo unos párpados semitransparentes se cerra¬ban para proteger los ojos de la claridad de los focos.
Tras un instante de vacilación, Pat se encaró al inmóvil misterio.
?¡Bien! ?exclamó?. Dimos con un nuevo amigo. ¡Hola paisano!
Entonces se produjo el acontecimiento que, por unos momentos, sumiría a Pat y a Ham en la consternación más profunda, que les dejaría asombrados, perplejos y aturdidos. Desde una membrana situada al parecer en la parte superior de la criatura, surgió una voz aguda y destemplada, que repitió:
?¡Hola, paisano!
Sobrevino un silencio expectante. Ham empuñó su revólver sin saber demasiado por qué. De haber sido necesario no habría atinado a utilizarlo. Estaba paralizado, atónito.
Pat recobró al fin la voz.
?No es… no puede ser real ?dijo débilmente?. Es un tropismo. Esa cosa se ha limitado a repetir los sonidos que la han alcanzado. ¿No es así, Ham? ¿No es así?
?¡Bueno…, desde luego! ?estaba mirando la hilera de ojos?. Tiene que ser así. Escucha ?se inclinó hacia adelante y gritó directamente a la criatura?: ¡Hola! ?Y volviéndose a Pat?: Vamos a ver si responde.
Lo hizo.
?No es un tropismo ?chirrió en un inglés agudo, pero perfecto.
?¡No es ningún eco! ?jadeó Pat. Retrocedió?. Estoy asustada ?gimió, tirando de un brazo de Ham?. ¡Vámonos, pronto! Ham hizo que se colocara detrás de él.
?No soy más que un yanqui cobardica ?gruñó?, pero voy a interrogar a este gramófono viviente hasta descubrir qué o quién lo hace funcionar.
?¡No, Ham, no! ¡Estoy asustada!
?No parece peligroso ?observó Ham.
?No es peligroso ?afirmó aquella criatura sobre el hielo.
Ham tragó saliva y Pat dejó escapar un débil chillido.
?¿Quién… quién eres? ?preguntó Ham, titubeando.
No hubo ninguna respuesta. Los ojos lo miraban fijamente desde detrás de los párpados traslúcidos.
?¿Quién eres? ?intentó otra vez.
De nuevo ninguna respuesta.
?¿Cómo es que sabes inglés? ?preguntó al azar.
La voz chirriante sonó:
?Yo no saber inglés.
?Entonces, ¿por qué hablas inglés?
?Tú hablas inglés ?explicó el misterio con toda lógica.
?No quería decir por qué. Quiero decir cómo.
Pat había superado en parte su aterrorizado asombro y su rápida mente percibía una pista.
?Ham ?susurró, anhelante?, fíjate que usa las mismas palabras que nosotros hemos usado. Somos nosotros quienes le damos el significado.
?Nosotros me damos el significado ?confirmó la cosa, sin ningún respeto a la gramática. Ham comprendió por fin.
?¡Dios mío! ?exclamó?. Entonces somos nosotros los que tenemos que darle un vocabulario.
?Vosotros habláis, yo hablo ?sugirió la criatura.
?¡Claro! ¿Comprendes, Pat? Podemos decir cualquier cosa. ?Hizo una pausa?. Veamos…, «cuando en el curso de los acontecimientos humanos sucede…»
?¡Cierra el pico! ?espetó Pat?. ¡Yanqui, no te olvides que ahora estás en territorio de la Corona! «Ser o no ser; esa es la cuestión…»
Ham sonrió burlonamente y guardó silencio. Cuando ella hubo ahogado su memoria, se encargó él de la tarea: «Una vez había tres ositos…»
Y así continuaron. De pronto la situación le pareció a Ham fantásticamente ridícula. ¡Allí estaba Pat, en la cara nocturna de Venus, relatándole cuidadosamente el cuento de Caperucita Roja a una monstruosidad carente de humor! La muchacha le lanzó una mirada de perplejidad al prorrumpir él en una carcajada.
?¡Cuéntale el del caminante y la hija  del  granjero!  ?dijo él, desternillándose?. A ver si puedes arrancarle una sonrisa. Ella se unió a su carcajada aunque después añadió:
?En  realidad,  se  trata  de  un  asunto  serio.   ¡Imagínate,  Ham! ¡Vida inteligente en el lado obscuro! ¿O es que no eres inteligente? ?le preguntó de pronto a la cosa que estaba sobre el hielo.
?Soy  inteligente ?aseguró  la  criatura?. Soy  inteligentemente inteligente.
?Por lo menos eres un lingüista maravilloso ?dijo la  muchacha?. ¿Has oído hablar alguna vez de alguien que haya aprendido inglés en media hora, Ham? ¡Figúrate lo que es eso!
Por lo visto, le había perdido ya todo el miedo a la criatura.
?Bueno, vamos a ver cómo resulta ?sugirió Ham?. ¿Cómo te llamas, amigo?
No hubo ninguna respuesta.
?Es natural ?intervino Pat?. No puede decirnos su nombre hasta que se lo digamos en inglés, y no podemos hacer eso porque… Bueno, vamos a llamarlo Oscar. Eso servirá.
?Está bien. Vamos a ver, Oscar, ¿qué eres tú?
?Humano; soy un hombre.
?¿Eh? ¡Que te aspen, si lo eres!
?Esas son las palabras que vosotros me habéis dado. Para mí, yo soy un hombre para vosotros.
?Espera un momento. «Para mí, yo soy…» Ya comprendo, Pat. Quiere decir que las únicas palabras que nosotros tenemos para lo que él se considera a sí mismo son palabras como hombre y humano. Bien, ¿cuál es tu pueblo, entonces?
?Pueblo.
?Quiero decir tu raza. ¿A qué raza perteneces?
?A la humana.
?¡Oh! ?gimió Ham?. Prueba tú, Pat.
?Oscar ?dijo la muchacha?, tú eres humano, ¿Eres un mamífero?
?Para mí, el hombre es un mamífero para ti.
?¡Vaya por Dios! ?lo intentó de nuevo?. Oscar, ¿cómo se reproduce tu raza?
?No tengo las palabras.
?¿Naciste?
El extraño rostro, o el cuerpo sin rostro, de la criatura cambió ligeramente. Pesados párpados cayeron sobre los semitransparentes que defendían sus muchos ojos; parecía como si aquella cosa se estuviese concentrando.
?Nosotros no nacemos ?chirrió.
?Entonces…, ¿semillas, esporas, partenogénesis? ¿O división?
?Esporas ?chilló el misterio? y división.
?Pero…
Se detuvo, desconcertada. En el momentáneo silencio llegó la burlona risotada de un triops y ambos se volvieron automáticamente hacia la izquierda. Se quedaron mirando con fijeza y apartaron la vista consternados, Uno de aquellos diablos se había apoderado de una de las criaturas de las cuevas y se la estaba llevando. Y para que el horror resultase más espeluznante, el resto de sus congéneres permanecía delante de sus agujeros mirando con la mayor indiferencia.
?¡Oscar ?chilló Pat?, han atrapado a uno de los tuyos! Se interrumpió de pronto al oír el estampido del revólver de Ham, pero fue un disparo inútil.
?¡Oh! ?gimió la muchacha?. ¡Los diablos! ¡Han atrapado a uno!
?La criatura que estaba ante ellos no hizo el menor comentario?. Oscar ?gritó Pat?, ¿es que no te importa? ¡Han asesinado a uno de los tuyos! ¿No comprendes?
?Sí.
?Pero, ¿es que eso no te afecta en absoluto? ?En cierto modo, las criaturas habían llegado a ganarse la simpatía de Pat: sabían hablar, eran algo más que animales?. ¿No te importa en absoluto?
?No.
?Pero, ¿qué son esos diablos para vosotros? ¿Qué hacen para que los dejéis asesinaros?
?Nos comen ?dijo Oscar plácidamente.
?¡Oh! ?jadeó Pat, horrorizada?. Pero, ¿por qué no…? Se interrumpió;  la criatura estaba retrocediendo lenta y metódicamente hacia su agujero.
?¡Espera! ?gritó la muchacha?. No pueden llegar aquí. Con nuestras luces…
La voz chirriante se dejó oír:
?Hace frío. Me voy por culpa del frío.
Se hizo el silencio.
La temperatura había bajado. El radicado viento inferior gemía ahora más firmemente y, mirando a lo largo del ribazo, Pat vio que todas y cada una de las criaturas estaban retirándose como Óscar a sus respectivos agujeros. Volvió una mirada de impotencia hacia Ham.
?¿He soñado todo esto? ?susurró.
?Entonces lo hemos soñado los dos, Pat.
La tomó del brazo y la guió de vuelta al cohete, cuyas redondas claraboyas brillaban como una invitación en la obscuridad.
Una vez en el cálido interior, habiéndose quitado el pesado traje, Pat se sentó con las piernas cruzadas, encendió un cigarrillo e inició una consideración más racional del misterio.
?Hay algo que no entiendo en esto, Ham. ¿Notas tú algo raro en la mente de Óscar?
?Es diabólicamente rápida.
?Sí; es bastante inteligente. Inteligencia de nivel humano o incluso ?vaciló?, más que humano. Pero no es una mente humana. Es distinta en cierto modo, alienígena, extraña. No puedo expresar completamente lo que pienso, pero, ¿te has dado cuenta de que Óscar nunca hace una pregunta? Ni la más mínima.

La orquídea indecisa

La orquídea indecisa
Arthur C. Clarke
Traducción de Flora Casas en Cuentos de la taberna del ciervo blanco, Alianza Editorial S. A..

Muy pocos clientes de «El Ciervo Blanco» admitirían que los relatos de Harry Purvis sean ciertos, pero todos estarán de acuerdo en que algunos son más verosímiles que otros. Y en cualquier escala de probabilidades, el asunto de la orquídea indecisa ocuparía un lugar muy bajo.
No recuerdo qué táctica ingeniosa utilizó Harry para iniciar su relato; puede que algún aficionado a las orquídeas trajera su último engendro al bar y eso le proporcionara una buena excusa. No importa. Recuerdo la historia que, al fin y al cabo, es lo que cuenta.
Esta vez la aventura no estaba relacionada con ninguno de los numerosos parientes de Harry, y evitó explicar cómo se las había arreglado para conocer tantos detalles sórdidos. El héroe ?si así puede llamársele? de esta epopeya de invernadero era un inofensivo oficinista, muy bajito, llamado Hércules Keating. Y si piensan que ésta es la parte más inverosímil del relato, esperen a lo que sigue.
Hércules no es un nombre que pueda llevarse con facilidad en la mayoría de los casos, y si a ello añadimos una estatura de cuatro pies y nueve pulgadas y el aspecto de necesitar un año de gimnasia incluso para poder parecer un alfeñique de noventa y siete libras, puede ser realmente vergonzoso. Quizá esto ayude a explicar el hecho de que Hércules tuviera muy poca vida social y que sus amigos fueran las macetas de un invernadero situado en la parte trasera de su jardín. Era de gustos sencillos y necesitaba poco dinero para vivir, gracias a lo cual había llegado a conseguir una colección de orquídeas y cactus realmente notable. Disfrutaba de muy buena reputación entre los cactófilos y a menudo recibía paquetes que olían a tierra y a selvas tropicales desde los lugares más remotos del globo.
A Hércules sólo le quedaba un pariente con vida, la tía Henrietta, y sería difícil encontrar dos personas más dispares. Se trataba de una mujer imponente, de seis pies de altura, que usaba trajes de «tweed» de hechura un tanto hombruna, conducía un Jaguar imprudentemente y fumaba puros, uno tras otro. Sus padres habían querido un chico, y nunca llegaron a convencerse de que su deseo no se hubiera cumplido. Henrietta se ganaba la vida ?y ganaba bastante? con la crianza de perros de diferentes tamaños y razas. A menudo paseaba con dos de sus últimas adquisiciones, que no eran precisamente el tipo de canes portátiles que caben en el bolso de una dama. Las perreras Keating se especializaban en grandes daneses, aisacianos, san bernardos…
Henrietta consideraba a los hombres, con razón, como el sexo débil y, por tanto, no se había casado. Pero por alguna razón extraña, se tomaba un interés de tía (sí, esa es la palabra adecuada) por Hércules, y le visitaba casi todos los fines de semana. Mantenían una relación muy curiosa; es posible que Hércules contribuyera a reforzar los sentimientos de superioridad de Henrietta. Si se le tomaba como un ejemplar típico del sexo masculino, habría que reconocer que se trataba de una especie realmente despreciable. Pero si éste era el motivo de la actitud de Henrietta, no era consciente de ello y parecía profesarle a su sobrino auténtico cariño. Mostraba hacia él una actitud protectora, pero amable.
Como era de esperar, su comportamiento no ayudaba precisamente a paliar el complejo de inferioridad de Hércules. Al principio, toleraba a su tía; después empezó a temer sus visitas, su voz atronadora y sus apretones de manos, capaces de romper los huesos a cualquiera y, al final, acabó por odiarla. Llegó un momento en que el odio se convirtió en el sentimiento dominante de su vida, por encima, incluso, del amor a sus orquídeas. Pero no se atrevía a mostrarlo, consciente de que si la tía Henrietta lo descubría, sería capaz de partirle en dos y arrojar los trozos a su manada de lobos.
No había forma alguna de que Hércules pudiera expresar sus sentimientos reprimidos. Tenía que mostrarse amable con la tía Henrietta, aunque sintiera deseos de asesinarla. Y se sentía así muy a menudo, pero sabía que nunca lo haría. Hasta que un día…
Según el vendedor, la orquídea provenía de «algún lugar de la región amazónica», dirección un tanto vaga. Cuando Hércules la vio por primera vez no le pareció demasiado atrayente, a pesar de gustarle tanto las orquídeas. Una raíz informe, del tamaño aproximado del puño de un hombre; eso era todo. Exhalaba un perfume como de putrefacción, un olor inconfundible a carroña. Hércules no estaba seguro de que pudiera crecer y así se lo dijo al vendedor, con la esperanza de adquirirla por un precio módico. La llevó a su casa sin mucho entusiasmo.
La planta no dio muestras de crecimiento durante el primer mes, pero Hércules no se preocupó por eso. Un día, apareció un minúsculo brote verde que empezó a trepar hacia la luz. Después, el avance fue rápido. Se desarrolló un tallo grueso y carnoso, tan grande como el antebrazo de un hombre, de un color verde virulento. Cerca de la parte superior del tallo, una serie de protuberancias muy curiosas rodeaban la planta; por lo demás, carecía totalmente de forma. Hércules parecía muy interesado; tenía la seguridad de haber descubierto una especie completamente nueva.
La velocidad de crecimiento era fantástica; pronto excedió a Hércules en altura, aunque esto no signifique mucho. Las protuberancias se desarrollaban, dando la impresión de que en cualquier momento la orquídea haría eclosión.
Hércules esperaba con ansiedad, sabiendo que algunas flores tienen una vida muy corta, y pasaba el mayor tiempo posible en el invernadero. A pesar de la vigilancia, la transformación ocurrió una noche mientras dormía.
Por la mañana, la orquídea apareció rodeada de ocho zarcillos que colgaban casi hasta llegar al suelo. Debían haberse desarrollado en el interior de la planta y brotado con una velocidad inusitada para el mundo vegetal. Hércules se quedó mirando el fenómeno con incredulidad, y se fue a trabajar muy pensativo.
Aquella noche, mientras regaba la planta y comprobaba el estado de la tierra, observó un hecho aún más extraño. Los zarcillos aumentaban de grosor y no estaban completamente inmóviles. Mostraban una tendencia, ligera pero inconfundible, a vibrar, como si poseyeran vida propia. A pesar de su interés y entusiasmo, Hércules encontró esta circunstancia más que inquietante.
Días más tarde, ya no le quedaba la menor duda. Cuando se aproximaba a la orquídea, los zarcillos se inclinaban hacia él de una forma muy alarmante. La impresión de que tenía hambre era tan fuerte que Hércules empezó a sentirse muy incómodo, y una idea comenzó a rondarle la cabeza. Hubo de pasar algún tiempo antes de que recordara de qué se trataba; entonces se dijo a sí mismo: «¡Por supuesto! ¡Qué tonto soy!», y se dirigió a la biblioteca local. Allí pasó media hora muy provechosa, releyendo un relato escrito por un tal H. G. Wells, titulado «La floración de la extraña orquídea».
«¡Dios mío!», pensó Hércules cuando hubo terminado el relato. Hasta el momento no había apreciado en su planta ningún aroma soporífero capaz de subyugar a una posible víctima, pero las demás características se parecían demasiado. Hércules regresó a su casa muy agitado.
Abrió la puerta del invernadero y observó la avenida de plantas, hasta que su vista alcanzó a la reina de todas ellas. Examinó con cuidado la largura de los zarcillos ?se sorprendió llamándolos tentáculos? y se acercó hasta donde le pareció una distancia prudencial. La planta daba la impresión de estar alerta y al acecho, actitudes más propias del reino animal que del vegetal. Hércules recordó la infortunada historia del doctor Frankenstein y no le pareció demasiado divertido.
¡Pero aquello era ridículo! Semejantes cosas no ocurrían en la vida real. Bueno, sólo había una forma de comprobarlo….
Hércules fue a la casa y volvió a los pocos minutos con una escoba, en cuyo extremo había colocado un trozo de carne cruda. Sintiéndose como un idiota, avanzó hacia la orquídea del mismo modo que un domador de leones se acercaría a una de sus fieras a la hora de comer.
No pasó nada al principio. Pero un instante después, dos zarcillos se retorcieron bruscamente. Empezaron a contraerse hacia delante y hacia atrás, como si la planta estuviera tomando una decisión. De improviso, se movieron a tal velocidad, que prácticamente se hicieron invisibles. Se enroscaron alrededor de la carne y Hércules notó un estirón en el extremo de la escoba. La carne desapareció en un momento; la orquídea la sostenía contra su pecho ?si es que puede utilizarse tal metáfora.
?¡Por las barbas del Profeta! ? gritó Hércules, que no se permitía muy a menudo semejante lenguaje.
La orquídea no volvió a mostrar signos de vida durante veinticuatro horas. Estaba esperando a que la carne estuviera un poco pasada y desarrollando, al mismo tiempo, su aparato digestivo. Al día siguiente, una red de lo que parecían raíces cortas cubría la carne, aún visible. Por la noche, la carne había desaparecido. La planta había probado el sabor de la sangre.
Las emociones de Hércules mientras observaba a su favorita eran muy confusas. A veces, casi le producía pesadillas, y vislumbraba todo tipo de horribles acontecimientos. La orquídea era por entonces muy grande y si él se colocaba al alcance de sus garras, no tendría escapatoria. Pero no correría el menor riesgo. Había instalado un sistema de tuberías para regarla a una distancia conveniente, y en cuanto al alimento menos ortodoxo, se limitaba a arrojarlo al alcance de sus tentáculos. Comía una libra de carne cruda al día, pero Hércules pensaba con desasosiego que sería capaz de engullir mayores cantidades si tuviera la oportunidad de hacerlo. El sentimiento de triunfo por haber conseguido semejante maravilla botánica superaba sus escrúpulos naturales. Cuando quisiera, podría convertirse en el cultivador de orquídeas más famoso del mundo. Era muy propio de sus cortas luces el que no se le ocurriera pensar que otras personas, aparte de los aficionados a las orquídeas, pudieran interesarse por su mascota.
La criatura medía ya seis pies, y parecía que aún seguiría creciendo, aunque mucho más lentamente que hasta entonces. Hércules había quitado el resto de las plantas de aquella parte del invernadero, no tanto por temor al canibalismo, sino para poder cuidarlas sin peligro. Había tendido una cuerda a lo largo de la nave central para evitar el riesgo de que, accidentalmente, quedara al alcance de aquellos ocho brazos colgantes.
Era evidente que la orquídea poseía un sistema nervioso muy desarrollado y algo que podía aproximarse a inteligencia. Sabía cuándo la iban a alimentar y mostraba señales inconfundibles de alegría. Lo más fantástico ?aunque Hércules aún no estaba seguro? era que podía producir sonidos. A veces, antes de la comida, le parecía oír un silbido increíblemente agudo, rayano con el límite de audibilidad. Un murciélago recién nacido emitiría un sonido semejante; se preguntaba qué finalidad tendría. ¿Acaso atraía la orquídea a su presa mediante la emisión de sonidos? Si así fuera, el truco no funcionaría con él.
Mientras Hércules hacía estos descubrimientos tan interesantes, su tía Henrietta seguía dándole la lata, y sus sabuesos atacándole. Porque lo cierto es que no estaban tan bien educados como su tía pretendía. Venía zumbando en su coche los domingos por la tarde, con un perro en el asiento delantero y otro ocupando la mayor parte del maletero. Después subía las escaleras de dos en dos, ensordecía a Hércules con sus saludos, le paralizaba con un apretón de manos y le lanzaba el humo de su puro en plena cara. Hubo un tiempo en que le atemorizó la idea de que le besara, pero pronto comprendió que un comportamiento tan afeminado era totalmente imposible.
La tía Henrietta despreciaba bastante las orquídeas de Hércules. Opinaba que emplear el tiempo libre en un invernadero era un entretenimiento decadente. Su válvula de escape consistía en ir de caza mayor a Kenya. Esto no contribuía a aumentar las simpatías de Hércules, que detestaba los deportes sangrientos. Pero, a pesar del odio que le inspiraba su arrolladora tía, todas las tardes de domingo preparaba puntualmente el té y mantenían un «téte-á-téte» de lo más amistoso, al menos en apariencia. Henrietta nunca llegó a sospechar que Hércules, mientras servía el té, deseaba que estuviera envenenado; tras su máscara de rudeza se escondía un gran corazón y el conocimiento de tal deseo la hubiera herido profundamente. Hércules no habló a su tía del pulpo vegetal. A veces, le mostraba los ejemplares más interesantes, pero éste quería mantenerlo en secreto. Quizá antes de planear con todo detalle el diabólico plan, su subsconciente ya preparaba el terreno…
Un domingo por la noche, ya muy tarde, cuando el rugido del Jaguar acababa de desvanecerse en la obscuridad y Hércules se encontraba en el invernadero tratando de recobrar el equilibrio nervioso, la idea se le presentó, totalmente definida, en su mente. Estaba contemplando la orquídea, observando que los zarcillos habían alcanzado el grosor del pulgar de un hombre, cuando una imagen muy placentera apareció ante sus ojos. Se imaginó a la tía Henrietta en poder del monstruo, luchando en vano por escapar de las garras carnívoras. ¿Por qué no? Sería el crimen perfecto. El sobrino, enloquecido, llegaría demasiado tarde al lugar de los hechos para prestarle ayuda y, cuando la policía atendiera su frenética llamada, podrían comprobar que se trataba de un desgraciado accidente. Por supuesto que habría una investigación, pero el comisario sería benévolo a la vista de la tristeza evidente de Hércules…
Mientras más lo pensaba, más le gustaba la idea. No podía haber ningún fallo, con tal que la orquídea cooperase. Ese era el principal problema. Tendría que llevar a cabo un plan de entrenamiento con aquella criatura. Ya tenía un aspecto realmente diabólico, pero debía de cuidar todos los detalles, para que actuara de acuerdo con su apariencia.
Teniendo en cuenta que no poseía experiencia alguna en tales asuntos, y que no podría consultar con ninguna autoridad en la materia. Hércules adoptó una táctica prudente, como si de un negocio se tratase. Suspendió varios trozos de carne del extremo de una caña de pescar, fuera del alcance de la orquídea, hasta conseguir que la criatura agitara los tentáculos con desesperación. En esos momentos sus fuertes silbidos podían oírse con claridad, y Hércules se preguntaba cómo podía producir el sonido. También se preguntaba cuáles serían sus órganos de percepción, pero esto constituía otro misterio imposible de resolver sin un acercamiento peligroso. Si todo iba bien, quizá tía Henrietta tendría la oportunidad de descubrir estos hechos tan interesantes, aunque seguramente estaría demasiado ocupada en aquellos momentos como para que la posteridad pudiera beneficiarse de ellos. No cabía duda de que la bestia era lo suficientemente poderosa como para entendérselas con su presunta víctima. Una vez había arrebatado una escoba de las manos de Hércules y, aunque ello en sí probase muy poco, el terrible «crac» de la madera un momento más tarde había provocado una sonrisa de satisfacción en los finos labios del entrenador. Empezó a mostrarse mucho más amable y atento con su tía. Se convirtió en un sobrino modelo en todos los sentidos.
Cuando Hércules consideró que sus tácticas de picador habían puesto a la orquídea en el estado adecuado, se preguntó si debería ponerla a prueba con carnaza viva. Este problema le preocupó durante varias semanas, en las que miraba con ojos calculadores a cada gato o perro que transitaba por la calle, pero finalmente abandonó la idea, por una razón muy peculiar. Tenía demasiado buen corazón para llevarla a la práctica. Tía Henrietta sería la primera víctima.
No dio de comer a la orquídea durante las dos semanas previas a su plan. No se atrevió a dejar pasar más tiempo; no quería debilitar a la bestia, sino simplemente aumentar su apetito, para que el resultado del encuentro fuera el previsto. Y un buen día, después de llevar las tazas a la cocina, se sentó de cara al humo del puro de tía Henrietta y dijo inocentemente:
?Me gustaría enseñarte una cosa, tía. Quiero darte una sorpresa. Vas a morirte de risa.
Pensó que no era una descripción demasiado exacta, pero podía dar una idea general.
La tía se quitó el puro de la boca y miró a Hércules con auténtico asombro.
?¡Vaya! ?bramó?. No gana una para sorpresas. ¡Qué habrás estado haciendo, sinvergüenza!
Le dio una palmada amistosa en la espalda que le hizo expulsar todo el aire de sus pulmones.
?No te lo puedes imaginar ?dijo Hércules tras recobrar el aliento?. Está en el invernadero.
?¿Cómo? ?exclamó la tía evidentemente confusa.
?Sí, ven a echar un vistazo. Va a causarte verdadero asombro.
La tía dio un bufido, que podía haber indicado incredulidad, pero siguió a Hércules sin más preguntas. Los dos alsacianos, muy ocupados en comerse la alfombra, la miraron ansiosamente y se levantaron, pero ella los alejó con un movimiento de la mano.
?No preocupaos, chicos ?gritó bruscamente?. Volveré dentro de un minuto.
Hércules no lo creyó muy probable. Era una tarde obscura y las luces del invernadero estaban apagadas. Cuando entraron, la tía bufó:
?Dios mío. Hércules, este lugar huele como un matadero. No recuerdo una peste semejante desde que maté a un elefante en Bulawayo y tardamos una semana en encontrarlo.
?Lo siento, tía ?se disculpó Hércules mientras la conducía a través de las tinieblas?. Estoy usando un nuevo fertilizante. Produce unos resultados sorprendentes. Vamos…, un par de yardas más. Quiero que sea una auténtica sorpresa.
?Espero que no se trate de una broma ?dijo la tía en tono de sospecha, mientras proseguía la marcha con determinación.
?Te aseguro que no es ninguna broma ?contestó Hércules con la mano en el interruptor de la luz. Podía ver la protuberancia amenazante de la orquídea; la tía se encontraba a diez pies de ella. Esperó hasta que llegó a la zona de peligro, y pulsó el interruptor. La estancia quedó iluminada por una luz fría. Tía Henrietta se detuvo, con los brazos en jarras, delante de la orquídea gigante. Hércules creyó que se retiraría antes de que la planta entrara en acción, pero, unos segundos más tarde, vio que la observaba tranquilamente, incapaz de hacerse una idea de qué demonios era aquello. Pasaron cinco segundos hasta que la orquídea empezó a moverse. Entonces, los tentáculos colgantes se pusieron en acción, pero no en la forma que Hércules esperaba. La planta los dobló cuidadosamente, pero en torno a sí misma, como protegiéndose, y emitiendo al mismo tiempo un grito de auténtico terror. Hércules comprendió la triste realidad en un momento de indescriptible desilusión.
Su orquídea era una cobarde redomada. Era capaz de afrontar los peligros de la vida salvaje del Amazonas, pero al enfrentarse con tía Henrietta su valor se había venido abajo.
En cuanto a su presunta víctima, se quedó mirando a la criatura con perplejidad, que pronto se convirtió en una actitud muy diferente. Giró sobre sus talones y apuntó a su sobrino con un dedo acusador.
?¡Hércules! ?bramó?. La pobrecilla está muerta de miedo, ¿has estado maltratándola?
Hércules permanecía de pie con la cabeza colgando, avergonzado y frustrado.
?No, no, tía ?acertó a decir?. Debe ser nerviosa por naturaleza.
?Bueno, estoy acostumbrada a tratar con animales. Deberías haberme avisado antes. Hay que tratarlos con firmeza, pero con suavidad al mismo tiempo. La dulzura da siempre buenos resultados, con tal de que aprendan a distinguir quién es el amo. Venga, venga, pequeñita, no tengas miedo de la tía; no va a hacerte daño.
Era una visión repugnante, pensó Hércules en su negra desesperación. Con sorprendente delicadeza, tía Henrietta empezó a hacer mimos a la bestia, dándole golpecitos y acariciándola hasta que los tentáculos se relajaron y el grito penetrante se desvaneció. Hércules salió apresuradamente, conteniendo un gemido, al ver como uno de los tentáculos avanzaba y empezaba a acariciar los dedos nudosos de Henrietta.
Desde entonces es un hombre acabado. Y lo que es peor, nunca pudo escapar a las consecuencias de su crimen malogrado. Henrietta tenía una nueva mascota y a veces le visitaba no sólo los fines de semana, sino dos o tres veces entre semana. Evidentemente, no confiaba en que Hércules tratara a la orquídea adecuadamente, y aún sospechaba que la maltrataba. Traía piltrafas sabrosísimas, que incluso los perros rechazaban pero que la orquídea aceptaba encantada. El olor, que hasta entonces se había limitado al invernadero, empezó a introducirse en la casa…
Y así continúa la situación, concluyó Harry Purvis, dando por finalizado este relato tan inverosímil, para satisfacción de, al menos, dos de las partes interesadas. La orquídea es feliz y tía Henrietta, puede ejercer, sin duda, su dominio sobre otra criatura. La bestia sufre un ataque de nervios cada vez que un ratón se cuela en el invernadero, y Henrietta se desvive por consolarla.
En cuanto a Hércules, no hay posibilidad de que vuelva a causar problemas a ninguna de las dos. Parece como si se hubiera sumido en una especie de abulia vegetal; en realidad, añadió Harry pensativamente, cada día se parece más a una orquídea.
De una especie inofensiva, por supuesto…
Edición digital de Dabarro Revisión de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar

La floración de la extraña orquídea

La floración de la extraña orquídea
Herbert George Wells
The flowering of the strange orchid, 1895. Traducido por ? en El bacilo robado y otros incidentes.

La compra de orquídeas siempre conlleva cierto aire especulativo. Uno tiene delante el marchito pedazo de tejido marrón, y por lo demás debe fiarse de su criterio o del vendedor o de su buena suerte, según se inclinen sus gustos. La planta puede estar moribunda o muerta, o puede que sea una compra respetable, un valor justo a cambio de su dinero, o quizá ?pues ha sucedido una y otra vez? len¬tamente se despliegue día tras día ante los encantados ojos del feliz comprador alguna nueva variedad, alguna nueva riqueza, una rara peculiaridad del Labellum, una sutil coloración o un mimetismo inesperado. El orgullo, la belleza y la ganancia florecen juntos en una delicada espiga verde y puede que incluso la inmortalidad. Porque el nuevo milagro de la naturaleza puede andar necesitado de un nuevo nombre específico, y ¿cuál tan conveniente como el de su descubri¬dor? ¡Juangarcía! Nombres peores se han puesto.
Fue quizá la esperanza de un descubrimiento feliz de ese género la que hizo a Wedderburn asistir con tanta asiduidad a esas subastas, esa esperanza y también, quizá, el hecho de que no tenía ninguna otra cosa más interesante que hacer. Era un hombre tímido, solita¬rio, bastante ineficaz, con ingresos suficientes como para mantener alejado el aguijón de la necesidad y sin la suficiente energía nerviosa que le impulsara a buscar cualquier ocupación exigente. Podía haber coleccionado sellos, monedas o traducido a Horacio o encuadernado libros o descubierto alguna nueva especie de diatomeas. Pero de hecho cultivaba orquídeas y disponía de un pequeño pero ambicioso invernadero.
?Tengo la sensación ?dijo tomando el café? de que hoy me va a suceder algo.
Hablaba, igual que se movía y pensaba, despacio.
?¡Oh!, no digas eso ?dijo el ama de llaves, que era también prima lejana suya. Pues suceder algo era un eufemismo que para ella sólo sig¬nificaba una cosa.
?No me has entendido bien. No quiero decir nada desagrada¬ble… aunque apenas si sé a lo que me refiero.
?Hoy ?continuó después de una pausa?, en casa de Peter van a vender un lote de plantas procedentes de las islas Andamán y las Indias. Me acercaré a ver lo que tienen. Quizás haga una buena com¬pra sin saberlo, puede que sea eso.
Le pasó la taza para que se la llenara de café por segunda vez.
?¿Es eso lo que coleccionaba ese pobre joven del que me hablaste el otro día? ?preguntó su prima mientras le llenaba la taza.
?Sí ?respondió, y se quedó pensativo mientras sostenía un trozo de tostada.
?Nunca me pasa nada ?observó al poco tiempo, empezando a pen¬sar en voz alta?. Me pregunto por qué. A otros les pasan bastantes cosas. Ahí está Harvey. Sin ir más lejos, la pasada semana, el lunes encontró seis peniques, el miércoles todos sus pollos tenían la modo¬rra, el viernes su prima volvió a casa desde Australia, y el sábado se rompió el tobillo. ¡Qué torbellino de emociones comparado conmigo!
?Por mi parte preferiría pasar de tanta excitación ?dijo el ama de llaves?. No puede ser bueno para uno.
?Supongo que es molesto. Con todo… ya sabes, nunca me pasa nada. De niño nunca tuve ningún accidente. Siendo adolescente nunca me enamoré. Nunca me casé… Me pregunto qué se sentirá cuando te pasa algo, algo realmente notable.
?Ese coleccionista de orquídeas sólo tenía treinta y seis, veinte años más joven que yo, cuando murió. Se había casado dos veces y divor¬ciado una. Había tenido malaria cuatro veces y una vez se fracturó el fémur. En una ocasión mató a un malayo y otra le hirieron con un dardo envenenado. Finalmente lo mataron las sanguijuelas de la jun¬gla. Debe de haber sido todo muy molesto, pero también debe de haber sido muy interesante, sabes, excepto quizá, las sanguijuelas.
?Estoy segura de que no fue bueno para él ?dijo la señora con convicción.
?Puede que no.
Entonces Wedderburn miró su reloj.
?Las ocho y veintitrés minutos. Voy a ir en el tren de las doce menos cuarto, así que hay mucho tiempo. Creo que me pondré la chaqueta de alpaca, hace bastante calor, el sombrero gris de fieltro y los zapatos marrones. Supongo…
Miró por la ventana al cielo sereno y al soleado jardín, y, después, nerviosamente, a la cara de su prima.
?Creo que sería mejor que llevaras el paraguas si vas a Londres ?dijo con una voz que no admitía negativa?. A la vuelta tienes todo el trayecto desde la estación hasta aquí.

Cuando volvió se encontraba en un estado de suave excitación. Había hecho una compra. Era raro que lograra decidirse con la rapi¬dez suficiente para comprar, pero esta vez lo había hecho.
?Hay Vandas ?explicó?, un Dendrobio y algunas Palaeonophis.
Repasó las compras amorosamente al tiempo que tomaba la sopa. Estaban extendidas delante de el sobre el impoluto mantel y le estaba contando a su prima todo sobre ellas mientras se demoraba lenta¬mente con la comida. Tenía la costumbre de revivir por la tarde todas sus visitas a Londres para entretenimiento propio y de ella.
?Sabía que hoy pasaría algo. Y he comprado todas esas cosas. Algunas, algunas de ellas, estoy seguro, ¿sabes?, de que algunas serán notables. No sé cómo, pero lo siento con tanta seguridad como si alguien me lo hubiera dicho. Ésta ?apuntó a un marchito rizoma¬? no fue identificada. Quizá sea una Palaeonophis o puede que no. Quizá sea una especie nueva o incluso un género nuevo. Fue la últi¬ma que recogió el pobre Batten.
?No me gusta su aspecto ?dijo el ama de llaves?. Tiene una for¬ma tan fea…
?Para mí que apenas si llega a tener forma alguna.
?No me gustan esas cosas que asoman ?dijo el ama de llaves.
?Mañana estará fuera en una maceta.
?Parece ?continuó el ama de llaves? una araña que se hace la muerta.
Wedderburn sonrió e inspeccionó la raíz ladeando la cabeza.
?Ciertamente no es que sea un bonito pedazo de material. Pero nunca se pueden juzgar estas cosas por su apariencia cuando están secas. Desde luego puede que termine siendo una orquídea muy hermosa. ¡Qué ocupado estaré mañana! Esta noche tengo que ver exactamente lo que hago con ellas y mañana me pondré a la obra.
?Encontraron al pobre Batten, que yacía muerto o moribundo en un manglar, no recuerdo cuál ?continuó de nuevo al poco rato?, con una de estas mismas orquídeas aplastadas bajo su cuerpo. Había estado enfermo durante algunos días con cierto tipo de fie¬bre nativa y supongo que se desmayó. Esos manglares son muy insalubres. Dicen que las sanguijuelas de la jungla le sacaron hasta la última gota de sangre. Puede que se trate de la mismísima planta que le costó la vida.
?Eso no mejora mi opinión de ella.
?Los hombres tienen que trabajar aunque las mujeres puedan llo¬rar ?sentenció Wedderburn con profunda gravedad.
?¡Mira que morir lejos de todas las comodidades en un pantano! ¡Anda que enfermar de fiebre con nada que tomar más que específi¬cos y quinina, y nadie a tu lado más que horribles nativos! Dicen que los nativos de las islas Andaman son unos desgraciados de lo más repugnante, y de todas formas, a duras penas pueden ser buenos enfermeros sin haber tenido la preparación necesaria. ¡Y sólo para que la gente en Inglaterra disponga de orquídeas!
?No creo que fuera agradable, pero algunos hombres parecen dis¬frutar con ese tipo de cosas ?continuó Wedderburn?. En todo caso los nativos de su grupo eran lo suficientemente civilizados para cui¬dar toda su colección hasta que su colega, que era un ornitólogo, vol¬vió del interior, aunque no conocían la especie de orquídea y la habían dejado marchitarse. Eso hace a estas plantas más interesantes.
?Las hace repugnantes. A mí me daría miedo que tuvieran restos de malaria adheridos. ¡Y sólo pensar que un cuerpo muerto ha estado extendido sobre esa cosa tan fea! No había pensado en eso antes. ¡Se acabó! Te digo que no puedo comer ni un bocado más de la cena.
?Las quitaré de la mesa si te parece y las pondré en el hueco de la ventana. Allí las puedo ver igual.
Los días siguientes estuvo, desde luego, especialmente ocupado en el pequeño invernadero lleno de vapor yendo de acá para allá con carbón vegetal, trozos de teca, musgo y todos los demás misterios del cultivador de orquídeas. Pensaba que disfrutaba de un tiempo mara¬villosamente lleno de acontecimientos. Por la tarde hablaba de las nuevas orquídeas a los amigos y una y otra vez insistía en sus expecta¬tivas de algo extraño.
Varias de las Vandas y los Dendrobios fenecieron bajo sus cuida¬dos, pero pronto la extraña orquídea empezó a dar señales de vida. Estaba encantado y tan pronto como lo descubrió hizo que el ama de llaves abandonara la elaboración de mermelada para verlo de inme¬diato.
?Ése es un brote ?explicó?, pronto habrá muchas hojas ahí, y esas cositas que salen por aquí son raicillas aéreas.
A mí me parecen deditos blancos asomándose del tejido marrón ?opinó el ama de llaves?. No me gustan.
?¿Por qué no?
?No lo sé. Parecen dedos intentando agarrarte. Lo que me gusta, me gusta, y lo que no me gusta, no me gusta; no puedo remediarlo.
?No lo sé seguro, pero creo que ninguna orquídea de las que conozco tiene raicillas aéreas exactamente como ésas. Desde luego pueden ser imaginaciones mías. ¿Ves que están un poco aplanadas en el extremo?
?No me gustan ?dijo el ama de llaves temblando repentinamente y dándose la vuelta?. Sé que es estúpido por mi parte, y lo siento mucho especialmente porque te gustan tanto. Pero no puedo por menos de pensar en ese cadáver.
?Pero puede que no fuera esa planta en particular. Eso no fue más que una suposición mía.
El ama de llaves se encogió de hombros.
?De todas maneras, no me gustan ?concluyó.
Wedderburn se sintió un poco dolido por su aversión a la planta, pero eso no le impidió hablarle de las orquídeas en general y de ésta en particular siempre que le apeteció.
?Pasan cosas tan curiosas con las orquídeas ?le contó un día?… hay tantas posibilidades de sorpresa. Darwin estudió su fertilización y mostró que toda la estructura de una flor de orquídea común esta¬ba ideada para que las polillas pudieran llevar el polen de una planta a otra. Bueno, pues se conocen cantidades de orquídeas cuya flor no puede ser fertilizada de esa manera. Algunos Cypripediums, por ejemplo, no hay insecto conocido que pueda fertilizarlos, y a algunos jamás se les ha encontrado semilla.
?Entonces ¿cómo forman las nuevas plantas?
?Con estolones y tubérculos y ese tipo de brotes. Eso tiene fácil explicación. El enigma está en ¿para qué sirven las flores?
»Es muy probable que mi orquídea sea algo extraordinario en ese sentido. Si es así lo estudiaré. A menudo he pensado en hacer investi¬gaciones como Darwin. Pero hasta ahora no he encontrado tiempo o alguna otra cosa me lo ha impedido. ¡Me gustaría mucho que vinie¬ras a verlas!
Pero ella respondió que en el invernadero de las orquídeas hacía tanto calor que le daba dolor de cabeza. Había visto la planta una vez más y las raicillas aéreas ?algunas de ellas tenían ahora más de un pie de largas? desgraciadamente le habían recordado tentáculos que se alargaban para agarrar algo. Se metieron en sus sueños y crecían tras ella con una rapidez increíble. Así que había decidido con plena satisfacción no volver a ver la planta y Wedderburn tenía que admi¬rar sus hojas en solitario. Tenían la forma ancha acostumbrada y eran de un verde profundo y lustroso con salpicaduras y puntos de rojo profundo en dirección a la base. No conocía ninguna otra hoja del todo igual. La planta estaba colocada en un banco bajo cerca del ter¬mómetro y muy cerca había un dispositivo por medio del cual un grifo goteaba sobre las tuberías de agua caliente y mantenía el ambiente lleno de vapor. Ahora se pasaba las tardes meditando con cierta regularidad sobre la floración ya próxima de la extraña planta.
Finalmente tuvo lugar el gran acontecimiento. Tan pronto como entró en el pequeño invernadero supo que la espiga había eclosiona¬do, aunque su gran Palaeonophis Lowii tapaba la esquina donde estaba su nuevo encanto. Había un olor nuevo en el aire, un perfume poderoso, de un intenso dulzor que dominaba a todos los demás de aquel pequeño invernadero abarrotado y lleno de vapor.
Nada más advertirlo se apresuró hasta la extraña orquídea, y, ¡oh, maravilla!, las verdes espigas trepadoras tenían ahora tres grandes manchas de flores de las que procedía la embriagadora dulzura. Se quedó parado ante ellas en un éxtasis de admiración.
Las flores eran blancas con vetas de dorado naranja en los pétalos, el pesado labellum estaba enrollado en una intrincada proyección y un maravilloso púrpura azulado se mezclaba allí con el oro. Vio de inmediato que se trataba de un género completamente nuevo. ¡Y la inaguantable flagrancia! ¡Qué calor hacía allí! Las flores se balancea¬ban ante sus ojos.
Miraría si la temperatura estaba bien. Dio un paso hacia el termó¬metro. De repente todo le pareció vacilante. Los ladrillos del suelo bailaban arriba y abajo. Luego las blancas flores, las hojas verdes detrás de ellas, todo el invernadero pareció extenderse por los costa¬dos y después curvarse hacia arriba.

A las cuatro y media su prima, siguiendo la invariable costumbre, hizo el té. Pero Wedderburn no vino a tomarlo.
?Está adorando a esa horrible orquídea ?se dijo a sí misma y espe¬ró diez minutos?. Se le debe de haber parado el reloj. Iré a llamarlo.
Fue directa al invernadero y, abriendo la puerta, voceó su nom¬bre. No hubo respuesta. Observó que el aire estaba muy enrarecido y cargado de un intenso perfume. Luego vio algo que yacía sobre los ladrillos entre las tuberías del agua caliente.
Durante un minuto quizá, se quedó inmóvil.
Él estaba tumbado con la cara hacia arriba a los pies de la extraña orquídea. Las raicillas aéreas como tentáculos ya no se balanceaban libremente en el aire sino que se habían apiñado todas juntas, una maraña de cuerdas grises, y se estiraban, tensas, con los extremos bien adheridos a su barbilla, cuello y manos.
No lo entendió. Después vio que por debajo de uno de los exul¬tantes tentáculos sobre la mejilla corría un hilillo de sangre.
Con un grito inarticulado corrió hacia él y trató de apartarlo de las ventosas semejantes a sanguijuelas. Rompió bruscamente dos de los tentáculos y de ellos goteó una savia roja.
Luego el embriagador perfume de la flor hizo que le diera vueltas la cabeza. ¡Cómo se agarraban a él! Rasgó las duras cuerdas y él y la blanca florescencia flotaron a su alrededor. Sintió que se desmayaba, pero sabía que no podía permitírselo. Le dejó, rápidamente abrió la puerta más próxima y, después de jadear un momento al aire libre, tuvo una brillante inspiración. Cogió una maceta y rompió las ven¬tanas del extremo del invernadero. Luego volvió a entrar. Tiró ahora con renovadas fuerzas del cuerpo inmóvil de Wedderburn y estrelló estrepitosamente contra el suelo la extraña orquídea. Ésta todavía se aferraba a su víctima con la más obstinada tenacidad. En un arrebato los arrastró hasta el aire libre.
Entonces pensó en romper las raicillas chupadoras una a una y en un minuto le había liberado y le arrastraba lejos del horror. Estaba blanco y sangraba por una docena de manchas circulares.
El hombre que hacía las chapuzas de la casa subía por el jardín asombrado por la rotura de cristales y la vio emerger arrastrando el cuerpo inanimado con manos manchadas de rojo. Por un instante pensó cosas imposibles.
?¡Trae algo de agua! ?gritó ella, y su voz disipó todas sus imagina¬ciones.
Cuando, con desacostumbrada celeridad, volvió con el agua, la encontró llorando de emoción y con la cabeza de Wedderburn sobre su rodilla limpiándole la sangre de la cara.
?¿Qué pasa? ?dijo Wedderburn abriendo los ojos débilmente y cerrándolos de nuevo inmediatamente.
?Ve a decir a Annie que venga aquí fuera y luego ve a buscar al doctor Haddon de inmediato ?le dijo al hombre tan pronto como trajo el agua, y añadió al ver que dudaba?: Te lo explicaré todo cuan¬do estés de vuelta.
Pronto Wedderburn abrió de nuevo los ojos, y al verlo molesto por lo sorprendente de su situación, le explicó:
?Te desmayaste en el invernadero. ?¿Y la orquídea?
?Yo me encargaré de ella.
Wedderburn había perdido mucha sangre, pero aparte de eso no tenía ninguna lesión grave. Le dieron brandy mezclado con un extracto de carne de color rosado y le subieron a su dormitorio. El ama de llaves contó fragmentariamente la increíble historia al doctor Haddon.
?Venga a ver el invernadero.
El frío aire exterior entraba por la puerta abierta y el empalagoso perfume casi se había desvanecido. La mayoría de las rotas raicillas aéreas, ya marchitas, yacían entre algunas manchas oscuras sobre los ladrillos. El tallo de la floración se rompió con la caída de la planta y las flores crecían con los bordes de los pétalos mustios y marrones. El doctor se inclinó hacia ella, pero vio que una de las raicillas aéreas todavía se movía débilmente y dudó.
A la mañana siguiente la extraña orquídea todavía estaba allí, ahora negra y putrefacta. La puerta batía intermitentemente con la brisa matinal y toda la colección de orquídeas de Wedderburn estaba reseca y postrada. Pero el propio Wedderburn en su dormitorio esta¬ba radiante y dicharachero con la gloria de su extraña aventura.

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Revisión de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

Plantas quimicas

Plantas químicas
Ian Williamson
Traducción de ? en ?.

El crucero averiado descendió rápido y casi sin control. De la plantilla de hombres que lo manejaba, diecisiete estaban inactivos a causa de la brutal desaceleración. Estaban diseminados en sus diferentes puestos por toda la nave; cada uno de ellos soportaba su cuerpo sentado, tumbado o en la postura que le parecía más cómoda; asidos a un raíl o a un puntal, con los dientes apretados y los ojos cerrados. Y en cierto modo esos diecisiete eran los más afortunados: solo tenían que aguantar, mientras que los otros tres que estaban en la cabina de mando tenían que actuar además.
De los tres, el piloto, en cuyas manos estaba el escaso control de la situación que quedaba, era, naturalmente, el más afectado. Había tenido que luchar con la nave desde los niveles más altos del hidrógeno hasta la más baja troposfera, desde una incandescencia meteórica a un descenso brusco, casi suicida. Habían quedado fuera de servido dos máquinas y estaba esperando que se inutilizara la tercera y última. Era una soberbia lección de pilotaje, porque el Persephone se había estado moviendo a velocidades interestelares poco tiempo antes. El capitán tenía instalado un micrófono delante de él y lanzaba con gran trabajo palabras a través de él, agotándose casi los pulmones. A su lado, el vigía estaba tumbado boca abajo delante de su teclado. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta, porque tenia un trozo de papel enguantado entre los dientes. Esto hacía disminuir el silbido de su respiración lo suficiente para que impidiera que se interfiriera con el torturado esfuerzo del capitán por transmitir sus órdenes con su micrófono. Manejaba el teclado de las llaves de control con mano trémula.
De pronto, milagrosamente, cesó la presión mortífera; despacio, deliberadamente, el gran elefante Inercia levantó su pata de encima de cada uno. Dio media vuelta y se sentó.
?Hazle descender rápidamente ?dijo el piloto, ahora que volvía a ser posible hablar normalmente?; en cualquier momento podrán marchar.
El capitán Bascombe buscó en el desconocido paisaje para encontrar un punto identificable, un hito que le sirviera de señal. Por debajo de ellos había un continente de rocas peladas, de monótono paisaje. Al borde se veía un brillante mar azul. Había un estuario, un pequeño valle con mucha vegetación y un río con varios lagos. A pesar de lo apurado de la situación, el capitán tuvo ocasión de asombrarse.
?Sirius ?dijo?, ¿qué demonios es esto? ?y sin esperar respuesta dijo al piloto?: Haznos bajar aquí. Aquí no habrá dificultad alguna en localizarnos ?y al vigía?: Di que estamos aterrizando en el extremo oeste de un continente ecuatorial, cerca de cinco lagos de colores. Aterrizaremos ?hizo otra pausa para examinar más de cerca el paisaje inclinado, que ahora veía cada vez con más claridad? cerca del rojo.
Al lado del lago se veía un espacio plano en medio de la vegetación y pensó que tendría suficiente espesor para aguantar la nave, a pesar del aterrizaje violento que tendrían que realizar. Las dos máquinas averiadas apenas ayudaban a contener la caída vertiginosa y el Persephone dio un fuerte choque contra el suelo.
El piloto separó las manos de los controles, puso los brazos con precaución encima del cuadro de distribución y apoyó la cabeza sobre ellos, gozando del lujo de una mera existencia pasiva. Nadie le daba golpecitos en la espalda ni le estrechaba la mano. Acababa de salvar las vidas de todos con una hazaña sin precedentes de pericia y tesón, pero en el Servicio Interplanetario no suele haber heroicidades de esta clase. Demostraron suficientemente su gratitud no molestándole, para que pudiera descansar mientras la tripulación celebraba el estar todavía con vida.
El último resto de energía de las baterías se agotó con las constantes llamadas angustiosas, y el capitán nombró a los que deberían entrar de guardia. Había poco más que hacer que esperar a que vinieran a rescatarlos. Los que no entraban de guardia se retiraron a dormir.
Durmieron durante cuatro horas, hasta que les despertaron bruscamente las voces de los que montaban guardia y el movimiento de la nave. Esta estaba inclinada de una manera alarmante y todavía se movía. Una rápida inspección por los portillos laterales mostró en seguida a qué era debida esta inclinación. La vegetación azul sobre la cual la nave había aterrizado se había enrollado, formando un bulto debajo del casco, y poco a poco la fue inclinando por la ladera que acababa en el lago. Cuando habían llegado a esta conclusión, un nuevo empuje hizo que la nave volcara completamente. Todos corrieron hacia los portillos para salir, pero con el calor incandescente que sufrió al atravesar la atmósfera todo el metal del casco se había hecho una sola plancha y no se podía salir. Las baterías estaban agotadas y no había luz, y, por tanto, nada se podía hacer. Estaban sin medios de comunicación. Los soldadores podrían haber abierto con el soplete un agujero para salir, pero sin energía eléctrica no se podía. Lentamente, pero con un continuado impulso, el navío interplanetario fue deslizándose metro a metro hasta el borde de la ladera…
Dos naves captaron las señales de socorro e inmediatamente fueron en su auxilio hacia el planeta indicado. La más pequeña, y más próxima, era la nave planetaria Hannibal, al mando del capitán Britthouse. La otra nave era la interplanetaria Berenice, cuyo comandante era Japp.
A ninguno de estos dos oficiales le agradó recibir la señal. Sus respuestas fueron rápidas, como no podían dejar de serlo, pero no se consideraban en la obligación de fingir impaciencia por ir a salvarlos.
El comandante Rupert Japp iba de camino a una reunión mucho más importante; de hecho, a la misma a la cual se dirigía el Persephone cuando su protección de inercia voló. Esta reunión era nada menos que la reunión de toda la Flota del Sector a la terminación de las maniobras decenales en gran escala. El comandante Japp esperaba encontrarse mismamente delante de las narices del propio almirante y estaba ansioso por aparecer pronto allí. La señal de alarma puso fin a sus planes, y a los pocos minutos toda la nave estaba desalentada con su mal humor.
El capitán William Benjamin Britthouse estaba no menos disgustado que Japp. El también tenía una cita, pero no con una flota, ni tampoco con un almirante, sino con una chica. Tenía el anillo en el bolsillo. La señal de auxilio descompuso también sus planes, pero hizo un cálculo rápido y vio que no durmiéndose y trabajando intensamente podía emplear tres días en el salvamento y llegar a tiempo a su cita. Esto quería decir que disponía de cuatro horas para obtener la licencia, encontrarse con Jenny, declarársele, casarse con ella y llevarla a bordo del Trans-Galaxic expreso con destino a la Tierra. Creía que tendría el tiempo justo para hacerlo todo. Pitó llamando a sus oficiales, tenientes Bob Crofton y John Michelson, para explicarles lo importante que era darse prisa.
Durante el tiempo que tardaron las dos naves en acudir al salvamento, las Fuerzas Planetarias e Interplanetarias se enfrascaron en una de sus innumerables discusiones. La Fuerza Planetaria sostenía que desde el momento en que la nave averiada estaba en una superficie planetaria y además había lanzado una llamada pidiendo auxilio, era evidente que el caso caía de lleno en su jurisdicción y el dirigir la operación incumbía al capitán Britthouse. Los Interplanetarios, como es natural, eran contrarios a esto y alegaban que era una nave interplanetaria la que estaba en apuros, y un comandante, nada menos, que iba en su auxilio, no necesitaba para nada que un cerdo planetario metiese las narices en ello. De todos modos, con las vidas de veinte hombres en juego no podían plantear este problema oficialmente, contentándose con la presunción de que, evidentemente, la solución estaría en que el mando de la operación recayese en el de más edad de los dos oficiales en cuestión. El hecho de que el comandante Japp fuese mayor que el capitán Britthouse, y también su superior jerárquico, era, naturalmente, puramente fortuito. Puramente.
En un nivel estratosférico remoto en el orden jerárquico se llegó a un compromiso: la jefatura de la operación sería asumida automáticamente por el oficial que mandase la nave que primeramente entrase en la atmósfera del planeta en que el Persephone había sufrido su accidente. El mensaje pidiendo ayuda había llegado simultáneamente a las dos naves y justamente en el momento en que entraban en la atmósfera se comunicaron entre sí y continuaron navegando juntas.
El capitán Britthouse rió. Cuando Bill Britthouse reía se oía su risa en casi toda la parte delantera de la nave. Era un sonido muy familiar en esta nave de la Fuerza Planetaria, una cosa imperdonable en una nave oficial. Paseó el mensaje por delante de las narices de sus dos oficiales y se sentó, limpiándose las lágrimas; era todavía lo suficientemente joven para considerar la situación muy graciosa.
Cuando se quedó tranquilo y pudo hablar normalmente dijo:
?Bueno. Por lo menos, nos han dado algún trabajo que hacer. Podemos sacar a esos idiotas de ese hoyo donde se han metido y dejar a la superioridad que adjudique después a cada uno su parte ?y volviéndose al operador de comunicaciones añadió?: Preséntele mis cumplidos al comandante de la nave interplanetaria y propóngale una conferencia para discutir a ver cómo vamos a cooperar en el salvamento.
El comandante Japp se sintió muy molesto al recibir este mensaje, porque esperaba que el otro se hubiera puesto a sus órdenes, ofreciéndole sus servicios; pero esta oferta de cooperación era prácticamente un insulto. «¡Cooperar! ¡Vaya! ¡Con un simple capitán!» Envió un mensaje al capitán exigiéndole ásperamente que rectificase inmediatamente esa intolerable situación. Entre tanto, se creyó en la necesidad de burlarse un poco de ese cachorrillo. Sugirió que lo mejor sería localizar primero la nave averiada. De este modo el capitán Bascombe, del Persephone, no tendría más remedio que someterse a sus órdenes y esto lo arreglaría todo. Desgraciadamente no pudo, porque ya no existía el Persephone.

El capitán Britthouse estaba durmiendo cuando el teniente Michelson le llamó al cuarto de control. Envolvió lo que quedaba de su almuerzo en algo que se semejaba a un sandwich, y se fue con ello en la mano. En ese momento estaban sobre el mar y se aproximaban a una costa. El mar era verdaderamente un mar de un azul brillante y no de ese azul obscuro de los mares de la profundidad y la dispersión. Era un azul que ofendía la vista.
?Bajemos aquí, Mike ?dijo Britthouse?, para ver esto más de cerca. Es el mar más raro que he visto.
Cuando bajaron más, vieron que era vegetación. Billones de hojas sin forma, como nenúfares, cubrían la superficie del Océano, que parecía sólido, en una extensión de centenares de millas.
Se veían algunos canales ocasionales obscuros y amenazadores, con unas olitas blancas que señalaban la presencia de corrientes. Se volvieron a elevar un poco para seguir buscando el Persephone.
El teniente Michelson leyó y releyó la señal de socorro y no cogía bien el sentido de ella.
«…una fila de lagos de colores. Hemos aterrizado al lado del lago rojo. Tenemos las máquinas completamente destrozadas y las baterías…»
Aquí quedaba cortada.
?¿Por qué se preocupa? ?le espetó al oído Britthouse. Se sentó enfrente de él, al otro lado de la mesa, señalando a la pantalla, donde se veía la costa?. Están ahí, ¿no es eso?
Efectivamente, allí había cinco maravillosos lagos en medio de la verde planicie; parecían joyas sobre terciopelo. Todos de diferentes colores. Había uno rubí, uno zafiro, uno esmeralda, otro…
?Pero ¿dónde está el Persephone? ? preguntó Britthouse, extrañado.
Nadie pudo contestarle a esta pregunta, ya que el Persephone no había duda de que no estaba al lado del lago rojo.
De creer lo que habían dicho en la petición de auxilio, tenían las máquinas tan estropeadas cuando aterrizaron que el moverse por sus propios medios estaba fuera de lo posible. Localizar el sitio que habían dicho era fácil y seguro, y, sin embargo, no estaba allí.
Michelson bajó la nave otra vez, para inspeccionar el lugar más de cerca, y pasó sin ver a la nave Berenice, que estaba inspeccionando por encima del valle sin haber perdido tiempo en investigar sobre el mar… El Hannibal llegó hasta la boca del estuario y Britthouse dio un vistazo rápido a todo el conjunto. El color azul cielo del mar hacía fuerte contraste con una ancha franja en la orilla, que era de un color obscuro y llegaba hasta la playa.
?Parece como si la vida vegetal saliera del mar aquí ?comentó Britthouse?. Parece un poco tarde, Bob. ¿Cómo está la atmósfera?
?Como la de la Tierra, aproximadamente, solo que con un diez por ciento de oxígeno, poco más o menos.
?Entonces está bien ?respondió?. Aterriza aquí mismo, Mike, y luego vamos río arriba.
La planta marina crecía por todo el estuario del pequeño río, dejando solamente unos canales en el centro por donde corría el agua. El valle, con su serie de lagos, estaba lleno de vegetación, que lo cubría todo, incluso los lagos. Únicamente había una meseta más alta, por lo que se veía que no era todo un pantano.
?Quizá haya obrado sabiamente después de lo sucedido ?dijo Britthouse?, pero lo que no hubiera hecho jamás es descender en semejante lugar. Es demasiado bonito para ser saludable.
Sus tenientes asintieron. Su larga experiencia de hombres planetarios les había enseñado que la vida suele hacer extrañas jugarretas a los incautos; por regla general, suelen ser escépticos hasta que están en dique.
?¿Por qué supone que lo ha hecho? ?preguntó Crofton.
?La idea era bastante buena ?dijo el capitán?, sabia que sus máquinas estaban acabadas y que su radio podía fallar de un momento a otro. No tenía tiempo de escribir un informe completo para el globo, y con una radio inutilizada no podía indicarnos un punto fijo. Así, pues, tenía que encontrar un mojón importante. Seguramente que así lo hizo, pero no tenía necesidad de aterrizar allí mismo. Podía haberse colocado en aquella meseta cercana y hubiese sido igualmente fácil encontrarla. La cuestión es que ahora no está ahí. Lo mejor será que enlace con el Berenice, y sugiérales que establezcamos tina base en la meseta, en la cabeza del valle, y elaboremos un plan de acción.
El comandante Japp disintió. Estaba acostumbrado a operar desde su nave. Para él una superficie planetaria era o un puerto o un lugar que se debe evitar. De acuerdo con esto, invitó al capitán Britthouse a su nave, poniendo toda clase de facilidades a su disposición.
?¡Valiente idiota! ?exclamó Britthouse?. Facilidades a la punta de mi pie! Supongo que quiere decir que tiene una alfombra en el cuarto de mapas ?y se volvió a sus oficiales?: Usted se queda al mando de la nave, Mike. Bob, dile al sargento Davys que esté preparado para recibir la lancha del Berenice, y tú ven conmigo como ayuda moral. Y nada de «Conforme, jefe» ?rezongó cuando Crofton le respondió: «A sus órdenes, señor»? y golpea tu tacón contra el otro cuando lo digas y saludes. Vamos.
Britthouse hubiera querido darle la mano a Japp al llegar, pero este le recibió con un saludo muy frío y le hizo pasar al cuarto de oficiales. El capitán iba muy molesto mientras recorría el pasillo. No se había quitado el uniforme de diario, mientras que Japp estaba esplendente con uniforme de comandante de Subsector de Flota de Segunda Clase. Iba por el pasillo muy ufano, resplandeciente y engallado. Pero cuando entraron en el cuarto de oficiales Britthouse se quedó asombrado. Había una mesa preparada para una comida. Los oficiales del Berenice estaban formados en dos filas de azul y plata y la mesa brillaba con la magnífica cristalería y las fuentes de plata.
Britthouse estaba más que asombrado; se quedó molesto y horripilado pensando que, no lejos de allí, había veinte hombres de esa misma flota perdidos, quizá en peligro de muerte, y este mamarracho daba una fiesta a todo lujo. No estaba de acuerdo en conformarse con esto, y dando media vuelta, salió del cuarto.
?Comandante Japp ?dijo?: Quiero hablarle en privado, si no le molesta.
La cara del comandante se quedó impasible. Ya esperaba esto y tenía preparada la trampa. El tono que empleó al contestarle fue francamente despreciativo.
?Si lo considera necesario, capitán Britthouse, muy bien.
Su tono indicaba claramente que solo un palurdo planetario podía tener tan malos modales. Volvió al cuarto y, dirigiéndose a los oficiales, dijo:
?Caballeros, pónganse cómodos; no les haremos esperar mucho tiempo.
Una vez en su camarote, se quedó mirando al hombre planetario. Resultaba unas pulgadas más alto que él, a pesar de su inclinación de hombros.
?Y bien, Britthouse, ¿qué hay?
Hacía lo posible por resultar insultante usase o no el tratamiento. Britt dominó muy bien los nervios.
?Estimo, comandante, que es un momento poco a propósito para celebrar la hospitalidad que me ofrece de una manera tan pomposa. En mi opinión debíamos continuar con nuestra investigación lo más activamente posible. No hemos…
Japp le cortó la palabra de un modo brusco:
?Ya he mandado los mensajes necesarios ?dijo?, y todo el Sector de Flota viene ya hacia acá a toda velocidad. Llegarán dentro de unas ocho horas. Mientras tanto, no hay nada que hacer.
Britt se encontró cogido con esta salida inesperada, perdió el resuello, quedándose de momento sin poder contestar.
?Pero…, pero ¿por qué llamar a la Flota? ?dijo a todo evento?. ¿No podríamos nosotros solos hacernos cargo de la situación?
Esta respuesta era mejor de lo que Japp esperaba, pero no por ello dejó de tenderle su bien cebada trampa.
?Sería completamente suicida, mi querido capitán, emprender una empresa de esta naturaleza con solo dos pequeñas naves contra una civilización hostil. De todos modos es algo que está claramente prescripto en mis ordenanzas. No tengo autoridad para exponer mi nave contra una inteligencia organizada.
Si Britt quedó antes atónito, ahora quedó completamente fulminado. Dudaba cuál de los dos había perdido la razón. Aquel hombre parecía que hablaba una lengua extraña. Por fin encontró una idea concreta que exponer.
?¿Qué inteligencia organizada? ?preguntó?. ¿Qué es lo que ha encontrado para convencerse de que hay una inteligencia organizada?
?Yo creo que la cosa es evidente ?respondió Japp fríamente?. Un crucero ligero Mark Noveno, con una masa inerte de ocho mil toneladas, desaparece completamente a las veinte horas de haber aterrizado en una corriente de agua evidentemente artificial y sin dejar rastro. Solamente un sistema bien organizado puede tener medios para transportar un navío de ese volumen y de ese peso en tan poco tiempo y sin dejar la menor huella. Pero resulta más significativo todavía que solamente una inteligencia organizada es capaz de desear hacer tal cosa. ¿Qué criatura sin una gran inteligencia sería capaz de acercarse siquiera a un objeto desconocido de ese tamaño? ¿O es que tiene otra explicación que ofrecer?
Britt estaba completamente anonadado. Naturalmente, no tenía ninguna explicación que dar. Ni siquiera había cavilado sobre el asunto. Necesitaba recoger algunos hechos primero. Para él resultaba demasiado pronto para empezar a hacer hipótesis. Además, no veía esperanza de poder explicarle su punto de vista a este… griego; conocía el tipo. El argumentar con este individuo era perder el tiempo. De repente se acordó de su cita con Jenny y le dominó una desesperación feroz y un gran deseo de abandonar por completo el asunto.
?Lo siento, comandante ?dijo?, no estoy de acuerdo con usted, y le ruego que nos excuse. Deseo ir a mi nave inmediatamente.
No se habló ninguna otra palabra. En completo silencio los dos hombres planetarios pasaron por delante de la guardia que rendía honores y bajaron a la lancha, que se los llevó. Britt se sentía miserablemente consciente de haber hecho una mala faena. La situación le había caído del cielo, no pensó que podía haber sido deliberadamente, y él había estropeado un buen caso, y lo había estropeado por su reacción. No le gustaba que le indujeran a tomar decisiones rápidas. Por instinto se inclinaba a examinar cualquier situación con detalle antes de sacar conclusiones. Japp era aparentemente uno de esos héroes legendarios «famoso por su habilidad para tomar decisiones rápidas en un caso de emergencia». Britt siempre había menospreciado esta habilidad, era simplemente incapacidad para ver más de una posibilidad en cada caso. La entrevista que acababa de tener no le hizo cambiar de opinión. Comprendió que no debía abandonar la empresa y dejar el campo libre a Japp para que actuara a su antojo. Mientras hubiera una posibilidad, aunque fuese remota, de que los hombres del Persephone estuvieran todavía vivos, no podía dejar de hacer todo lo posible.
Se afirmó más en su determinación de continuar su investigación con urgencia, con o sin la ayuda de Japp, y no iba a faltar a su cita con Jenny.
?Así, pues, mañana por la mañana temprano ?dijo a sus oficiales? vamos a salir y recorreremos todos esos lagos de comedia musical, a ver lo que encontramos por allí.
El día del planeta tenía unas treinta horas, de las cuales había doce de noche y dieciocho de día, condiciones ideales para el hombre decidido a trabajar como una fiera. Para Britt era muy lamentable tener que hacerlo en estas condiciones, pero creía que su obligación era llegar hasta el limite.
El madrugar tanto tuvo su recompensa, pues la oblicuidad de los rayos solares hacia que las irregularidades del terreno se acusaran con mucho relieve, y lo mismo pasó con el bulto que hacía el Persephone al otro lado del lago rojo. No perdieron el tiempo. Michelson hizo bajar la nave rápidamente sobre las rocas desnudas a una plataforma, donde tenía buen asiento, muy cerca del lago.
El sargento Davys puso en marcha el Jenny, el pequeño vehículo que podía andar por cualquier terreno, e inmediatamente se subieron Britt, Bob, Crofton y el sargento. Bajaron por la rampa dentro de él, subieron por la ladera hasta el valle en un ángulo alarmante, chirriando al andar sobre las rocas. El sargento Davys era un experto conductor y el cochecillo ?estaba hecho para moverse por cualquier terreno, por muy inverosímil que fuera. Era prácticamente indestructible y sus pequeños motores nucleares estuvieron en una ocasión completamente sumergidos y no por eso dejaron de funcionar al atravesar un pantano en Sirio IV bajo una gravedad de 4.2. Ni siquiera ratearon cuando, bajo las instrucciones de Britt, el sargento los condujo hasta un macizo grande de vegetación.
Era como una maleza de arbustos y cañas de unos cuatro pies de altura coronados por unas hojas grandes y planas que se parecían a las hojas del ruibarbo venenoso. El Jenny estaba en su elemento y consideraba aquello como pienso de pollos. Irrumpió en medio de la maleza con gusto, dando bandazos y saltos entre los húmedos tallos, aplastando una pulpa jugosa y haciendo de ella una especie de papilla. Salpicaduras y pedazos saltaban en tal cantidad que el Hannibal se veía turbio y parecía una caricatura.
?Está bien, Britt ?dijo la voz de Michelson en el teléfono?; está a unos pocos metros del lugar donde están ustedes.
Este aviso ya era innecesario, porque se veía claramente el bulto que hacía la nave desde el nivel del suelo, porque la vegetación que había allí no era más alta de lo normal. Lo más extraño e inexplicable era que la meseta pelada, diferente del terreno que la rodeaba, era exactamente del tamaño necesario para que el Persephone hubiera podido aterrizar en ella.
El Jenny había andado en varias direcciones sin encontrar resto de la nave, hasta que iba a darse por vencido, cuando Michelson tuvo una inspiración.
?¿Cómo es el terreno por ahí? ¿Está tapado con verde?
La respuesta fue que no, que lo que había era roca al descubierto, los huesos desnudos del planeta.
?¿No hay tierra? ?dijo Michelson?. Entonces, ¿dónde están las raíces de esas plantas?
La respuesta a esto fue también negativa.
?No tienen raíces. Los tallos parecen salir de una tela metálica que forman unas ramas encima de la roca.
Siguiendo la mayor de estas ramas vieron que algunas bajaban y entraban en el lago y otras seguían alrededor del lago, pero la mayoría recorrían el valle a todo lo largo y por la playa, entrando en el agua.
En ese momento Britthouse comenzaba a sentirse fracasado. La única señal del desaparecido Persephone era el extraño pequeño plateau de vegetación, porque estaba convencido de que las plantas y los lagos de colores raros estaban relacionados en cierto modo con el misterio. Le parecía que solamente una inspección biológica en gran escala podía dar la suficiente información sobre la naturaleza de esta producción. No creía que hubiera animales de ninguna clase en aquellas tierras, mucho menos seres superiores. El planeta era evidente que pertenecía al período Silúrico y no era muy cierto que en esta temprana edad hubiera animales en la tierra y en el mar.
Había muchos ejemplos de planetas que alcanzaban inclusive el carbonífero superior sin ninguna aparición de animales. Su proyecto de llegar a tiempo a su cita con Jenny parecía que se iba alejando. De los tres días que tenía ya se le había ido medio sin resultado práctico alguno. En una de sus transformaciones acostumbradas, súbitamente abandonó sus concentrados pensamientos y se convirtió en una trepidante dinamo de energía. En cinco minutos discurrió un plan para efectuar una inspección ultrarrápida y diez minutos más tarde había tres grupos exploratorios que habían llegado del Hannibal siguiendo cada uno el plan que le había sido asignado.
Tuvieron un día sorprendente y agotador, encontrándose al final del mismo, en la playa cerca del estuario, al borde del mar muerto y sin olas, con el peso de su flotante capa de vegetación azul.
?Conforme ?dijo Britthouse, cuando se reunieron en torno suyo?. Vamos a ver tus informes, Mike.
?Yo creo ?respondió Mike? que el valle era originariamente un glaciar; pero desde entonces ha habido una considerable erosión debida al agua. El nivel superior sobre la línea de vegetación fue seguramente un valle helado y colgante. Hay una gran falla en el nivel y una cascada. Los lagos geológicamente son un rompecabezas; Podrían corresponder a terminales de los restos glaciales, pero son demasiado regulares para eso. Es muy difícil formar conclusiones sobre el valle bajo, porque está completamente cubierto por la vegetación, y basta los lagos también están cubiertos. Al parecer, también crece la vegetación en el fondo de ellas. La gran escala geológica es suficientemente sencilla. En este sitio, al parecer, la erosión, al cabo de muchísimo tiempo, ha acabado por formar una planicie, que viene a ser una de las más viejas en la superficie del planeta. Probablemente esta debe ser la mayor meseta del planeta, puesto que, por lo que yo he visto, en ninguna parte hay planicies de más de unos cuantos metros, sin contar las playas y los estuarios.
?Esto puede ser muy significativo ?dijo Britt?. Ahora tú, Bob.
?Sencillamente, la confirmación de lo que ya suponíamos esta mañana: toda la superficie que hemos recorrido es simplemente una maraña en raíces inmensa, correspondiente a una planta única, enorme. Lo mismo pasa con las algas. Crecen raíces en las playas y en los estuarios; pero la planta en el valle es una extensión de la planta del mar. Las hojas son mayores y más obscuras, eso es todo. ¿Tú qué has visto, Britt?
?Una cosa extraña: aunque la planta flota en la superficie del mar, nace en el fondo de los lagos.
?La densidad del agua del mar ?dijo Bob.
?Seguramente ?respondió Britt?. Esto explica por qué se hunde, pero no por qué crece, y crece todo alrededor de los lagos; el agua tiene que circular a través de ellas metros y metros entre un lago y otro.
?¿Qué me cuentas del color de los lagos? Esto es lo que más sorprende cuando se les ve desde el aire.
? No resulta tan extraño cuando se los ve desde tierra ?dijo?; pero el agua tiene un color diferente en cada lago. Mañana vamos a ir a dar una vuelta por todos ellos y traeremos muestras de agua de cada uno y también muestras de vegetación. Haremos algunos análisis. Ya sé que parece muy remota la utilidad que esto pueda tener para nuestro propósito; pero creo que si conseguimos averiguar la razón de la existencia de estos lagos, tendremos una clave sobre la desaparición del Persephone.
Se volvió hacia el vigía:
?¿Ha tomado todo esto en el magnetófono?
?Sí, señor.
? Bueno, embobínelo y mande una copia al comandante Japp con mis respetos.
La contestación del comandante Japp, que se recibió a la mañana siguiente, era francamente ofensiva; le rogaba que informara al capitán Britthouse que a él no le interesaban nada las investigaciones botánicas que estaban haciendo sobre el planeta y sugería que reservara su información para la autoridad competente. De hecho, estaba asombrado. La actividad desarrollada por la tripulación del Hannibal no había dejado de llegar a sus oídos y tenía la desagradable sospecha de que Britthouse todavía se obstinaría en continuar. Había oído desconcertantes rumores sobre lo chismosa que era la gente planetaria. Deseaba fervientemente que hubieran conservado sus narices fuera de este asunto, que no era de su incumbencia. Sin embargo, veía que se le pedía alguna acción de su parte; alguna teoría detallada sobre la desaparición del Persephone.
Una noche entera de estar preocupado pensando en el asunto no dio ningún resultado. No se le ocurrió consultar con sus oficiales; sin expresar claramente sus pensamientos, inconscientemente pensaba que él, como comandante, resultaba automáticamente la persona más indicada para resolver el problema. Una ducha fría y un buen desayuno le reconfortaron mucho. Tomó papel y lápiz con la idea de dejar arreglado este asunto. Empezó a hacer un resumen con las informaciones que tenía, a la manera de una demostración de Euclides:
1. El Persephone un Mark IX crucero ligero de 8.000 toneladas aterriza cerca de una corriente de agua, al parecer artificial, sin máquinas, y solamente con la reserva de energía suficiente para transmitir una señal pidiendo auxilio.
2. A las veinte horas al Persephone ha desaparecido y no se ve rastro alguno de lucha ni ninguna máquina que hubiese servido para moverlo, excepto una pequeña planicie con mucha vegetación en el sitio donde es presumible que haya aterrizado (no hacia más que utilizar la información de Britt).
3. Por tanto, parece evidente que se lo han llevado por el aire y que la plataforma de vegetación no es más que un modo rápido de disfrazar él sitio donde, al aterrizar, aplastó la vegetación.
4. De aquí se deduce que estamos ante a una inteligencia hostil y organizada con gran habilidad mecánica.
5. Orden ? Sección XVI ? Capítulo 473 ? Párrafo 28673 ? Prohíbe expresamente intervenir en semejante caso con menos de tres navíos. De ser así, hay que poner el caso en conocimiento del más próximo Sector de Fuerza.
Esto parecía suficiente, pero pensó que sería mejor dar una información más amplia en vista de los esfuerzos de ese Britthouse, ¡que así reviente! ¿Por qué había sido secuestrado el Persephone? Supongamos que no haya sido secuestrado, sino sencillamente destruido en el mismo lugar donde estaba y la plataforma camuflada. Esto parecía lo más verosímil. Pero ¿por qué? Supongamos que la corriente de agua artificial tuviese un significado religioso y que las que la han consumido han destruido el Persephone en un acto de rabia y después se asustaron de las consecuencias y trataron de ocultar el asesinato. De repente se dio cuenta de que esta era la solución. El próximo paso sería rápido. En cuanto llegase el Sector de la Flota tenían que asolar todo el valle como represalia, lo cual, inevitablemente, traería consigo el descubrimiento de los autores, que habrían de abandonar sus refugios para que el Sector de Flota les prendiese y asumiera el control de la situación.
El Consejo Sociológico protestaría, naturalmente, pero sería demasiado tarde. Se regocijaba pensando en el ridículo que iba a hacer Britthouse con su descripción detallada de la botánica de un valle quemado.
Japp no perdió tiempo en componer un informe oficial con estas conclusiones para dirigirlo al próximo sector de Flota. Después de pensarlo, se vio forzado, aunque a disgusto, a enviar una copia a Britthouse. La acción del joven idiota de enviar copias de sus informes le ponía a él en la obligación de cierta reciprocidad. «Tiene, sin embargo, una ventaja ?pensó con satisfacción?: Esto, probablemente, evitaría que continuase molestando y revolviendo.»
La gente de Britt estaba en este momento con el Jenny en la cabeza del valle cuando el vigía del Hannibal lanzó el segundo mensaje. El sargento Davys sacó el original de la máquina y se lo entregó al capitán. Lo leyó dos veces y lo pasó a Mike y Bob, y se sentó, dando un gruñido de furia.
?¿No es esto propio de estos malditos idiotas interplanetarios? ?preguntó?. No hay más que un remedio para esto: tráete el calentador pesado, que vamos a demostrarles quién es el que manda. Vamos a bajar al valle, y si no hemos terminado nuestras «investigaciones botánicas» van a tener que esperarse los condenados a que acabemos antes que empiecen a bombardear. ¿Por qué no podrán dejar de meter las narices en todo? Este es un asunto planetario.
?Pero el Sector de la Flota no actuará solamente empujado por Japp, ¿no es verdad? ?preguntó Bob inocentemente.
?Si cuando vengan no hemos encontrado al Persephone, lo harán, aunque no sea más que para azuzar a Japp contra estos cerdos planetarios. Todavía no conocéis a estos muchachos felices, llenos de galones.
Se quedó de pie impaciente, indicando el camino del barranco.
Ahora estaban en el límite superior de la vegetación, al borde del precipicio, en la cabeza del valle, con su masa azul obscura de árboles por debajo de ellos. El lago amarillo brillaba allá abajo con unas olas amarillo limón que rompían en la playa. Más lejos estaba el lago rojo, que marcaba un fuerte contraste con el borde azul. A lo lejos se veían más pequeños el lago verde y el lago azul, y luego, apenas visible, estaba cl quinto y último, que era el lago morado, que tenía detrás el mar azul brillante.
?Nunca me acostumbraré a esto ?declaró Bob Crofton?. Cada vez que lo miro me da dolor de cabeza. ¿Tienes bastantes fotos, Mike? Si Japp y su banda queman todo esto y queda aniquilado, quiero tener alguna prueba de que ha existido y no es un sueño mío.
?Deja de chismorrear y ven a ver esto ?llamó Britt.
En este momento la pequeña corriente de agua, que bajaba de la montaña pelada, había abierto un corte en el escarpado borde, formando una cascada sobre el lago amarillo. La vegetación azul se había extendido barranco arriba: unos tallos largos y azules, sin hojas, crecían hacia arriba y se introducían por las grietas e intersticios de las rocas.
?¿Has visto alguna vez un valle como este en un terreno tan antiguo geológicamente hablando? ?preguntó Britt.
Mike miró hacia arriba y abajo tratando de escudriñar lo grande y profundo que era, antes de contestar:
?No ?dijo?. Parece como si hubiera sido cortado; pero para eso resulta demasiado áspero. Además, ¿quién ha podido cortarlo? ¿Creéis que Japp, después de todo, pueda tener razón?
?No lo sé ?respondió Britt?; pero empiezo a creer que esta vegetación, al menos, no se ha formado de manera natural.
Bajó por la ladera hasta el mismo barranco, un poco embarazado por su traje protector y su casco, pero iba encontrando salientes de la piedra y huecos donde afianzar los pies y las manos, y se agarraba a las raíces azules.
Se agachó por retirar una rama, se paró súbitamente para poder pasar por delante: había una rama más gruesa que sobresalía de la roca. Por debajo de esta rama apareció un filón de mineral de un material negro-azulado que rutilaba con un brillo metálico. Cogió unos trozos que se habían desprendido al mover él la rama y se volvió barranco arriba. Enseñó a los otros la muestra de mineral que había cogido y les explicó que recorriesen todo el barranco para averiguar la extensión del filón. Los dos tenientes se miraron y se encogieron de hombros. Bill Britthouse tenía fama de que encontraba siempre una explicación para los hechos más inverosímiles, pero esto les parecía que era ir demasiado lejos.
Mientras estaban ocupados en tan ardua tarea, él se sentó al borde, sin hacer nada más que estar sentado mirando. Cuando sus disgustados subalternos acabaron su inspección, él ya había visto lo que quería. Varios fragmentos de roca y de mineral desprendidos de los lados del corte fueron arrastrados por la corriente de agua hasta el lago.
?¿Y bien? ? preguntó cuando regresaron.
?Cubre la mayor parte de las laderas del barranco ?le informó Bob?. Es un filón bastante ancho y viene a correr paralelo al fondo del barranco.
?Bueno ?respondió Britt?, coge estas muestras de mineral, llévatelas al Hannibal y haz un análisis especial. Necesito únicamente saber qué metales contiene. ¡Date prisa!
Bob salió corriendo aturdido.
?Tú ven conmigo, Mike. Vamos a tomar muestras de agua en cada uno de estos malditos lagos y de su vegetación. Me parece que, por fin, vamos a averiguar algo.
Doce horas después ya no estaba tan seguro. Habían trabajado como demonios durante cinco horas haciendo un recorrido relámpago por todo el valle en el Jenny, cogiendo muestras, y otras siete horas de trabajo agotador en el pequeño laboratorio de la nave, analizando las muestras recogidas. Aunque los resultados tenían interés para Britt, no veía la conexión que pudiera haber con la desaparición del Persephone. Envió a sus oficiales a la cama y se quedó dándole vueltas en la cabeza a sus problemas. También hizo una lista, para ayudar al proceso de sus pensamientos; pero fue una lista muy poco parecida a la que había hecho Japp:
1. Mineral: Cromo.
2. Equivalencia clorofílica: también Cr.
3. Lagos – Cr en solución: amarillo-alcalino; rojo-ácido; verde-alcalino; azul-oxidado; púrpura-intermediario para Clorofila-eq.
4. Persephone…?
Eventualmente abandonó el trabajo, esperando que una noche de sueño le refrescaría el cerebro. Desgraciadamente, la mañana siguiente le trajo poca inspiración y sí solamente un oficio áspero de Japp para que estuviera dentro de una hora en los alrededores del área indicada, porque el Sector de la Flota estaba al llegar, preparado para empezar las operaciones.
?Que me condene si voy ?gruñó Britthouse?. Sargento Davys, saca el Jenny. Vamos a recorrer arriba y abajo todo el valle hasta que Japp esté negro. Me quedaré allí hasta que se solucione el asunto y ¡que reviente si se atreve…!
Cinco minutos después, el fiel sargento se presentó en el cuarto de control con una cara muy apurada:
?Lo siento, capitán, pero me temo que el Jenny esté inservible.
?¿Por qué?
?La corrosión, señor. Los ejes están muy gastados y los cojinetes también tienen mucha holgura. No me atrevo a salir con ella.
?Pero ese metal es prácticamente inoxidable.
?Ya lo sé, señor. Por eso no lo comprendía el primer día, pero el líquido que se les ha metido dentro ayer los ha puesto mucho peor.
?¿El líquido? ¿Qué líquido?
?El líquido, la savia de esas plantas, señor. El líquido que las ha estado impregnando durante dos días completos. Esto es lo que ha oxidado todo, señor.
?¡Fuego sagrado! ?exclamó Britt?. ¡De todos estos destilados idiotas!…
?Lo siento, señor ?respondió el sargento?. No pensé en ello.
?¡No usted, sargento! ?exclamó Britt?. El idiota soy yo. De acuerdo. Ahora tenemos que movernos. Tenemos que sacarlo antes que este loco de Japp empiece sus bombardeos. Hay que darse mucha prisa, Mike.
?¿Usted sabe dónde está el Persephone? ? preguntó el piloto asombrado.
?Seguro ?dijo Britt con una ancha sonrisa?. En el fondo del lago rojo.
No hubo más oportunidad de hablar porque puso la nave en marcha, se elevó del sitio donde estaba y marchó valle abajo hasta que describió un semicírculo y fue a aterrizar bruscamente (de un modo que se subía el estómago) justamente cerca del lago rojo, frente a la cascada que caía sobre el lago. Los sirvientes de las piezas estaban justamente metiendo dos torpedos en los tubos cuando se recibió el mensaje de la Flota Interplanetaria, que estaba firmado nada menos que por el propio almirante. Sencillamente repetía el parte anterior de Japp, pero añadía que si no cumplía esta orden, daría parte de ello «a la autoridad competente».
Britt demoró bastante el cumplir la orden y ya se divisaban en lontananza las naves del Sector de Flota que se proyectaba sobre el cielo azul.
?¡Caramba, qué aspecto más formidable! ?dijo Britt?. Sirio, ya conoce la clase de holgazanes que llevan, pero construyen buenas naves. Siento tener que estropearles su diversión. ¡Artilleros! ¿Listos? ¡Fuego!
Mientras los dos torpedos de explosión retardada buscaban en el agua del lago rojo, Britt elevó el Hannibal de un salto que los dejó sin respiración.
Quince segundos después, del lago rojo surgió un gran géiser de agua y humo. La capa de vegetación que lo cubría se partió en dos y la presión del agua que había debajo hizo que esta subiera, saliendo como un torrente hasta que se fue vaciando el lago.
?Esto debió de ser bueno ?dijo Britt?; fíjense en el sitio donde se mezclan las dos corrientes de agua.
Tenía razón, era más que bueno: era espectacular. Donde se mezclaba el agua roja con el agua azul, se producían unas nubes de vapor y unos chorros de líquido hirviendo, de lodos pardos y verdes que ascendían por el aire. Grandes cantidades de vegetación de varios colores eran proyectadas a los lados y una fuerte niebla producida por el vapor se fue acumulando en el fondo del valle.
En este momento el vigía anunció que el almirante de la Sección de la Flota estaba en la pantalla y que quería que el capitán Britthouse hiciese el favor de ponerse al aparato.
La cara del almirante era un modelo de frío desprecio.
?Le he de advertir, capitán Britthouse ?dijo?, que de esta chiquillada de querer adelantárseme en esta tarea daré parte a sus superiores. ¿Será usted tan amable de retirar su nave del campo de mis operaciones sin más demora?
Britt tenía los dedos índice y corazón cruzados y ocultos debajo de la mesa.
?¿Y si estuviese equivocado?
Por un momento dejó de mirar a la pantalla; después vio que el almirante estaba esperando su respuesta y le dirigió una sonrisa seráfica.
?Gracias por su valiosa cooperación, señor ?dijo?. Le voy a rogar que suspenda su fuego por un momento, hasta que el objeto que empieza a hacerse visible en el segundo lago pueda ser identificado.
Cortó la comunicación y se llevó el Hannibal a la playa del lago rojo. El agua había bajado mucho y en el fondo del lago se veía un gran bulto. Estaba cubierto de hojas, tallos de vegetación pardusca y todo sucio y negro, pero su figura no dejaba lugar a duda: era el Persephone.
Gradualmente fue bajando el agua hasta que quedó completamente al descubierto. Parecía como si lo hubieran cubierto de guirnaldas parduscas; los metales estaban oxidados y picados y en algunos sitios tenían incluso agujeros.
?¡Oh Dios! ?gruñó Mike?, no debe de haber nadie vivo aquí dentro.
Pero con la punta de una barra abrió un boquete en el casco. Pronto los hombres que había dentro hicieron una gran abertura en el metal oxidado, y con sus trajes espaciales, dando traspiés, se escurrían entre los charcos y el barro y fueron llegando a donde estaba Britthouse esperándolos, de pie, junto al Hannibal. Según avanzaban saludaban igualmente al hombre planetario y a la tripulación de la Flota Interplanetaria. Britt se quedó el tiempo necesario para saludar al primer hombre que salió a la playa, le estrechó la mano, le dio palmaditas en la espalda y se tocó el casco, mientras decía unas breves palabras.
Entonces saludó al abandonado barco interplanetario que ostentaba su majestuoso volumen detrás de su nave. Subió al Hannibal, que en menos de diez minutos ya no era más que un puntito en el cielo.
?Muy sencillo ?les estaba diciendo a sus tenientes?; en cierto modo, el viejo Japp tenía razón: fue una inteligencia organizada la que movió al Persephone.
?Pero ¿cómo…? Pero ¿dónde…?
?La planta ?dijo? es el primer ejemplar de vegetación artificial en el universo.
Es notable, pero los jóvenes estaban decididos a no dejar esto sin que lo explicara.
?Estas plantas, esta planta, ¿es artificial? ?preguntaron?. ¿Cómo lo sabe? No hacen nada.
?¿Y qué cosa querían ustedes que hiciera una planta artificial? ?preguntó Britt?. ¿Lucir un diploma? ¿O tirar de sus raíces y andar por ahí pretendiendo ser un animal? Un vegetal, aunque sea artificial, es siempre un vegetal, ¡so cretinos! Hace lo que todo vegetal necesita hacer: come. Y los vegetales comen minerales. Y este no tenía el cromo necesario que precisa para su propia clase de clorofila, y así buscó una fuente suplementaria de él. Siguió arroyo arriba, desde el mar, hasta localizar la fuente de mineral, e hizo que el río se convirtiera en una factoría química que le proporcionara su alimento. Estos lagos eran sus depósitos de agua mineral. Producían las aguas ácidas y alcalinas sin necesidad de complicados procedimientos.
?Pero ¿qué relación guarda esto con el Persephone?
?Esto me tuvo preocupado algún tiempo. Después descubrí que la savia corroe el acero cromado. El Persephone se debe de haber impregnado todo él de savia cuando aterrizó. Aún más, estaba posado sobre este ácido activo. Entonces lo que hace es un terrible esfuerzo y empuja todo este don de los dioses al tanque para que se disuelva.
?Buen trabajo hicimos al desecar el lago a tiempo ?dijo Bob.
?No estaba en ningún peligro ?replicó Britt?; tenia reserva bastante de aire y de comida para varias semanas. Me figuro que tendrían todas las salidas bloqueadas y no podían salir. Sea como sea, lo único que podían hacer era esperar hasta que el ácido de la planta disolviera el casco, y entonces, con sus trajes de espacio, podrían nadar hasta la playa. El peligro grande para ellos provenía de ese endemoniado griego, Japp, porque los gruesos cañones de la Flota los hubieran frito vivos en diez minutos.
?¿Griego? ?preguntó Michelson?. ¿Es que es griego?
?¡Oh!, ¿No lo saben? ?masculló Britt?. Escuchad. Hubo una vez un grupo de pensadores griegos (esto era en tiempo de Aristóteles) que estuvieron toda una noche discutiendo furiosamente sobre el número de dientes que tiene un caballo en la boca, y no pudiendo ponerse de acuerdo, interpelaron a un transeúnte, que resultó ser un árabe, y le persuadieron para que fuera el árbitro de la discusión. Escuchó atentamente todos sus argumentos y, en seguida, sin decir una palabra, se alejó. Al cabo de un momento volvió y les dio la contestación exacta.
?¿Cómo te arreglaste para decidir? ?le preguntaron.
?¿De quién fue el mejor argumento, en qué lógica te has apoyado?
?¡Al diablo la lógica! ?respondió?. Yo no he hecho más que ir al establo y contar los dientes de mi caballo.

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Las arenas azules de la tierra

Las arenas azules de la Tierra
Robert F. Young
Hopsoil, © 1960 by Mercury Press Inc.. Traducción de Giménez Sales-Navarro Gonçálves en Ciencia Ficción Selección-23, Libro Amigo 414, Editorial Bruguera S. A., 1976.

Marte ha sido durante décadas el objetivo favorito de los autores de SF. Desde Wells a Bradbury, pasando por Rice Burroughs, han sido legión los astronautas literarios que han hecho volar (nunca mejor dicho) su imaginación hacia el sugestivo planeta rojo. Si un hipotético marciano leyera todo lo que los terrestres han escrito sobre su mundo, probablemente se partiría de risa… O, tal vez, como “venganza poética”, escribiría un relato romo el que sigue.

NOTA: La historia que sigue llegó hasta mi por conductos hasta ahora inaccesibles, cuya naturaleza no puedo ni debo divulgar. Es, por lo que sé, la primera historia marciana de ciencia ficción que llega a la Tierra, y aunque siga su propio curso, hay muchas cosas que se pueden deducir de ella, como, por ejemplo: 1) Que los marcianos son muy parecidos a nosotros. 2) Que su civilización es muy parecida a la nuestra. 3) Que todo el tiempo que los escritores de ciencia ficción de la Tierra han empleado usando a Marte como espejo de los defectos de nuestra sociedad, los escritores marcianos de ciencia ficción lo han empleado a su vez usando a la Tierra como espejo de los defectos de la suya, 4) Que el asunto de las imitaciones ha sido tan explotado en Marte como en la Tierra, y que algunos escritores marcianos de ciencia ficción han empezado a parodiar a otros escritores marcianos de ciencia ficción. 5) Que esta misma historia está entre dichas parodias

La nave descendió de la abismal inmensidad y se posó, como un obscuro pájaro sin alas, sobre las arenas azules de la Tierra.
El capitán Frimpf abrió la puerta. Salió a la centelleante luz del sol y llenó sus pulmones con una bocanada de aire fresco. A su alrededor, llegando hasta el ondulado horizonte, se extendían las arenas azules. En la distancia, los destrozados edificios de una ciudad extinguida hacia mucho tiempo brillaban bajo la luz como grandes alas de cristal coloreado. Más arriba, pequeñas nubes redondas jugaban en el enorme campo de juegos del cielo.
Se le nublaron los ojos. «La Tierra ?pensó?. ¡La Tierra al fin!»
Los tres hombres: que componían el resto de la tripulación salieron de la nave y se detuvieron a su lado. Ellos también miraron el paisaje con ojos nublados.
?Azul ?suspiró Birp.
?Azul ?murmuró Fardel.
?Azul ?masculló Pempf.
?Azul, naturalmente ?acabó el capitán con suavidad?. ¿No han sostenido nuestros astrónomos durante mucho tiempo que el color azul de la Tierra no puede ser atribuido solamente a la capacidad para absorber la luz que tiene su atmósfera? ¡La superficie tenía que ser azul!
Y agachándose, recogió un puñado de la extraña substancia que cayó por entre sus dedos como humo azul.
?Las arenas azules de la Tierra ?murmuró reverentemente. Se enderezó y, quitándose el casco, dejó que el aire limpio de la Tierra le acariciase el pelo, a la brillante luz del sol. En la distancia, la ciudad dejaba escapar un sonido semejante al de muchas campanas de cristal, el viento le trajo aquel sonido por encima de las arenas azules, y él pensó en los cálidos veranos de Marte y en sus largos y perezosos días, y en sus tardes calurosas, en las que se tomaba un refresco en el porche de la abuela Frimpf.
Sintió que alguien respiraba sobre su cuello y se volvió, irritado.
?¿Qué le ocurre, Birp?
Birp se aclaró la garganta :
??Lo siento, señor ?dijo?. Pero ¿no cree usted que…? Quiero decir, señor, que ha sido un largo viaje, y Pempf, Fardel y yo estamos un poco se…, quiero decir que estamos un poco tensos y que pensamos…
Pero ante la expresión de reproche que vio en los ojos del capitán, dejó la frase en suspenso.
?Muy bien ?dijo éste fríamente?. Abrid una caja de esa bazofia, pero sólo una, ¿entendido? Y si encuentro una sola botella vacía estropeando este paisaje virgen os daré con ella en la cabeza.
Birp, que había salido disparado hacia la nave, se paró en seco al oír la advertencia del capitán.
Pero ¿qué haremos, entonces, señor? Si las ponemos otra vez en la nave tendremos que gastar mucho combustible para despegar, y ya andamos con las reservas justas.
El capitán reflexionó unos instantes. No era un gran problema y lo resolvió en seguida ?sin muchas dificultades.
?Enterradlas ?contestó.
Mientras la tripulación se tragaba su cerveza, el capitán permaneció mirando hacia la distante ciudad. Se imaginó a sí mismo contando todo aquello a su esposa cuando volviese a Marte, y se imaginó a sí mismo sentado ante la mesa del comedor describiendo las torres de cristal, las agujas centelleantes y los ruinosos edificios.
A su pesar, vio también a su esposa. Sentada al otro extremo de la mesa, escuchaba y comía, pero más tragaba que escuchaba. ¡Cielos!, estaba más gorda ahora que cuando él habla partido. Por milésima vez se preguntó por qué las esposas tenían que engordar tanto…, tanto, que a veces sus maridos tenían que sacarlas en carretones. ¿Por qué no se levantaban y se movían de vez en cuando en lugar de abalanzarse en manada sobre cualquier electrodoméstico que los fabricantes lanzaran al mercado? ¿Y por qué tenían que comer, comer y tragar todo el tiempo?
El rostro del capitán palideció al pensar en la factura del mercado que tendría que pagar a su vuelta, y este pensamiento le trajo otros sobre cosas igualmente angustiosas, tales como los impuestos sobre las rentas personales, la carretera, el árbol, el gas, la hierba, el aire, la primera guerra mundial, la segunda guerra mundial, la tercera guerra mundial, la cuarta guerra mundial…
Suspiró. ¡Era como para darse a la bebida, aquello de tener que pagar por guerras en las que habían luchado el padre, el abuelo, el bisabuelo y el tatarabuelo! Miró con envidia a Birp, Pempf y Fardel. A ellos no les preocupaban sus impuestos. No les preocupaba nada. Bailaban alrededor de la caja vacía de cerveza como unos auténticos bárbaros, y habían compuesto ya una canción soez sobre las arenas azules de la Tierra.
El capitán Frimpf escuchó las palabras y poco a poco se le fueron calentando las orejas.
?¡Bueno, ya está bien! ?dijo bruscamente?. Enterrad la botellas, quemad la caja y volved a la nave. Mañana será un día muy duro.
Obedientes, Birp, Pempf y Fardel enterraron las cuatro filas de pequeñas botellas en la arena azul, cubriendo, uno por uno, aquellos pequeños soldados muertos. Después de quemar la caja y de dar las buenas noches al capitán entraron en la nave.
El capitán se quedó fuera. Salía la luna. ¡Y qué luna! Su mágico resplandor convirtió la llanura en un extenso mantel azul obscuro, y la ciudad en un candelabro de plata.
El misterio de aquellos edificios vacíos y de aquellas calles abandonadas cruzó la llanura y penetró hasta la médula de sus huesos. ¿Qué había pasado con los habitantes de la ciudad?, se preguntó. ¿Qué les había sucedido a los habitantes de las otras ciudades que había visto cuando la nave había entrado en órbita?
Sacudió la cabeza. No lo sabia y probablemente no lo sabría nunca. Su propia ignorancia le entristeció y, de pronto, encontró irresistible el patetismo de la llanura y el ininterrumpido silencio de la noche. Volvió a la nave y cerro la puerta tras él. Estuvo largo tiempo tendido en la obscuridad de su camarote, pensando en las personas de la Tierra, en la civilización que habla venido y se había ido, sin dejar tras de sí más que un puñado de cristales. Finalmente, se quedó dormido.
Cuando salió, a la mañana siguiente, había veinticuatro árboles de cerveza frente a la nave.
Este nombre surgió en el acto en la mente del capitán Frimpf. Nunca había visto árboles de cerveza, y nunca había oído hablar de ellos, pero ¿qué otro nombre podía darse a un grupo de grandes plantas leñosas con botellas de líquido ambarino colgando de sus ramas y listas para ser recogidas como frutos maduros?
Algunos de los frutos habían sido ya arrancados. Y había un semillero en el flamante huerto: por la hilera de montículos que habla al borde del huerto se podía deducir que habían sido plantadas nuevas semillas.
El capitán estaba mudo de asombro. ¿Cómo era posible que un terreno ?incluso un terreno de la Tierra? hiciera crecer, de unas botellas vacías y en una sola noche, árboles de cerveza? Empezó a vislumbrar lo que les podía haber ocurrido a los habitantes de la Tierra.
Pempf vino hacia él con una botella en cada mano.
?Pruebe, señor ?dijo entusiasmado?. ¡Nunca habrá probado nada semejante!
El capitán le detuvo con una mirada penetrante.
?Soy un oficial, Pempf. ¡Y los oficiales no beben cerveza!
?Lo… lo olvidé, señor. Lo siento.
?¡Ya lo creo que debe sentirlo! ¡Usted y los otros dos! ¿Quién les dio permiso para comer…, quiero decir beber frutos de la Tierra?
Pempf inclinó la cabeza lo suficiente como para demostrar que estaba arrepentido, pero no tan arrepentido como debía, de acuerdo con su graduación.
?Nadie, señor. Creo…, creo que perdimos la cabeza.
?¿No tienen la menor curiosidad por saber cómo han crecido esos árboles? Usted es el químico de la expedición. ¿Por qué no está analizando el suelo?
?No sería de ninguna utilidad, señor. Un suelo como éste, capaz, con sus propiedades, de hacer crecer árboles de botellas vacías, es el producto de una ciencia con un millón de años de adelanto sobre la nuestra. Además, señor, no creo que el suelo sea el único responsable. Creo que la luz del sol, al reflejarse en la superficie de la Luna, se combina con ciertas radiaciones lunares y da a la luz de Luna resultante la facultad de fecundar y multiplicar cualquier cosa plantada en este planeta.
El capitán le miró.
?¿Cualquier cosa, dice usted?
?¿Por qué no, señor? Plantamos botellas vacías de cerveza y han salido árboles, ¿no?
?Hummm ?murmuró el capitán.
Se volvió bruscamente y entró otra vez en la nave. Pasó el día en su camarote, pensando. Olvidado completamente del apretado plan del día. Después de la puesta del sol salió y enterró detrás de la nave todos los billetes de Banco que había traído consigo. Sentía no tener más, pero en realidad no importaba, porque tan pronto diesen fruto los árboles tendría todas las semillas que quisiera.
Aquella noche, por primera vez en muchos años, durmió sin soñar con la factura del mercado y con los impuestos.
Pero a la mañana siguiente, cuando salió afuera y dio apresuradamente la vuelta a la nave, no encontró ningún árbol de billetes floreciendo bajo el sol. No encontró más que los pequeños montículos que él mismo había dejado la noche anterior.
Al principio, la decepción le dejó aturdido. Luegopensó: «Quizá el dinero lleve más tiempo. ¡Probablemente sea tan difícil de hacer crecer como de conseguirlo.» Volvió al otro lado de la nave y miró hacia el huerto. Los árboles eran tres veces más grandes que el día anterior y formaban ya un pequeño bosque. Perplejo, caminó por los claros salpicados de sol y mirando con envidia los grandes racimos de frutos de ámbar.
Un rastro de tapones le llevó hasta un claro en el que crecía un nuevo sembrado. Crecía a ojos vistas. Pempf, Fardel y Birp bailaban alrededor como ninfas barbudas de los bosques, esgrimiendo botellas y cantando a voz en grito. La canción obscena sobre las arenas azules de la Tierra tenia ahora una segunda estrofa.
Al verle se detuvieron en seco, y al advertir la expresión del capitán dieron por terminada la fiesta. Este se preguntó si habrían dormido aquella noche. Lo dudaba. Pero hubiesen dormido o no, estaba claro que la disciplina se relajaba rápidamente. Si quería salvar la expedición tenia que actuar con prontitud.
Pero, por alguna razón, su iniciativa parecía haberle abandonado. La idea de salvar la expedición le hizo pensar en la vuelta a Marte, y la vuelta a Marte le hizo pensar en su gruesa esposa, y su gruesa esposa le hizo pensar en la factura del mercado, y ésta en los impuestos, y el recuerdo de los impuestos, por una razón inexplicable, le hacía pensar en el pequeño armario de licores de su camarote y en la botella de whisky por descorchar que permanecía sola en su repisa.
Decidió aguardar hasta mañana para reprender a la tripulación. Seguramente por entonces sus árboles de billetes habrían surgido ya de la tierra, dándole una idea de cuánto debía esperar para recoger su primera cosecha de dinero y plantar la segunda. Cuando su fortuna estuviese asegurada podría encararse mejor con el problema de los árboles de cerveza.
Pero a la mañana siguiente los montículos, en la parte de atrás de la nave, estaban igual. El huerto de cerveza, por el contrario, era algo digno de verse. Se había extendido hasta la mitad de la llanura, en dirección a la ciudad muerta, y el viento. en las ramas cargadas de frutos, hacía un sonido semejante al de una planta embotelladora en plena producción.
En la mente del capitán quedaban muy pocas dudas sobre la suerte que habían corrido los habitantes de la Tierra. Pero ¿qué había ocurrido con los árboles que dichos habitantes habían plantado? No era un tipo obtuso, y la respuesta llegó en seguida. Los habitantes de la Tierra habían llevado a cabo una función semejante a la de las abejas en Marte: al beber el fruto líquido habían fecundado el caparazón de
cristal que le recubría, y estos caparazones fecundados y plantados hablan producido nuevos árboles.
«Una ecología muy agradable», pensó el capitán.
Pero como todas las buenas cosas se había extinguido. Una por una, todas las personas se habían convertido en activos fecundadores, y, finalmente, habían muerto agotados, y los árboles, incapaces de reproducirse por sí solos, se hablan extinguido.
Un destino trágico, sin duda. Pero ¿era acaso más trágico que morir a causa de los impuestos?
El capitán pasó el resto del día tratando de encontrar un medio de fecundar el dinero. Sus ojos se desviaban cada vez con más frecuencia hacia la puerta del pequeño armario de los licores. Al atardecer, Birp, Pempf y Fardel aparecieron solicitando una audiencia.
Fardel fue quien habló.
?Señor ?dijo?. Lo hemos decidido. No vamos a volver a Marte.
El capitán no se sorprendió, pero no pudo dejar de mostrarse irritado.
??¡Volved a vuestro huerto y dejadme en paz! ?dijo, dándoles la espalda.
Cuando hubieron salido fue hasta el armario de los licores y abrió la puerta. Cogió la única botella que quedaba. Sus dos compañeras habían quedado vacías hacía tiempo, y habían sido arrojadas por el dispositivo de eliminación. Ahora flotaban, en órbita, en algún lugar entre la Tierra y Marte.
?Ha sido una suerte que salvara una ?dijo, y la fecundó. Luego salió, tambaleándose, y la enterró , detrás de la nave, y se sentó para ver cómo crecía.
Quizá sus árboles de dinero crecieran, o quizá no. Si no crecían no volverla a Marte. Estaba harto de su gruesa. esposa, estaba harto de la cuenta del mercado y de los impuestos sobre las rentas personales, la carretera, el árbol, el gas, la hierba y el aire, y de los de la primera, segunda, tercera y cuarta guerras mundiales. Y sobre todo estaba. harto de ser un honorable oficial con la boca seca.
Salió la Luna y él pudo ver, encantado, cómo los primeros brotes de su árbol de whisky surgían de las arenas azules de la Tierra.

Edición digital de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

Palabra de Isis

Lo que sigue a continuaci�n, es la introducci�n del libro “El hombre Estelar”, de John Gaines. Cuando le� estas hojas mi entrenamiento no comenzaba todav�a, y sin embargo, las hojas prendieron un brillo en los ojos. Cada cierto tiempo vuelvo a leerlas, y el fuego vuelve a crecer.

Hace varios meses, la dama de abril ley� una parte de estas hojas, y se asust�. Ella, que se asusta de pocas cosas, se asust�.

Espero que estas hojas despierten el mismo efecto que tuvieron en m�, pero est�n sobre aviso, que pueden provocar lo mismo que a la dama de Abril.

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Palabras de ISIS
“Yo, ISIS, se�ora de los misterios de la naturaleza, me dirijo a ti:”

“T�, ne�fito que buscas atravesar el portal de la iniciaci�n, y t�, profano que lees por curiosidad, serena tu esp�ritu, aclara tu mente, calma tus emociones. Ap�rtate del mundanal ruido, cob�jate en el manto de tu propio YO para que puedas trasponer sin peligro el umbral que conduce a la morada de los brujos. Arroja tus prejuicios; desp�jate de tu ego�smo, huye por un instante del personalismo y la irreflexividad; analiza con serena mirada.”

“No temas sino a ti mismo, no dudes sino de lo que analices superficialmente, no niegues sin primero reflexionar. Sep�rate de la multitud que opaca tus ideas; s� tu mismo y piensa por ti mismo; no te limites”

“T�, buscador de maravillas, t�, candidato a la iniciaci�n, no mires hacia la distancia, re�ne todas tus energ�as en ti mismo. Olv�date de la India y del T�bet, no clames a Dios, Al� ni Jesucristo. Lo que buscas est� all� mismo donde tu est�s en este momento. S�, deja de mirar hacia afuera y sepulta tu mirada en lo m�s profundo de ti mismo. Aguza tu percepci�n, afina tus sentidos, y all� en el centro de tu ser est�s tu mismo, tu YO, tu verdadera esencia, la verdad detr�s de la mentira, la energ�a inmortal que anima el barro. Mira con unci�n y reverencia, porque es luz….esa luz que te ciega, es Dios. Escucha como dice: Yo soy el camino y la vida.”

“M�s…,�cuidado!, no se puede contemplar a Dios Cara a cara sin morir. �Est�s dispuesto a seguir? Puedo concederte un gran don. Te ofrezco…. �la muerte! No tiembles, esta muerte es el don de los inmortales, es la del f�nix que renace glorioso de entre sus propias cenizas. Para ser, es previo no ser; para nacer y ser, se debe morir primero. Si lo logras, ser�s llamado el Dos veces nacido. No desde�es mi oferta, pi�nsalo bien; m�s vale morir ahora que vivir a la espera de la muerte. No creas que si me rechazas podr�s seguir indemne tu camino, por el contrario, todos los caminos conducen hacia m�; ign�rame y ser�s como los hu�rfanos, que no conocen a sus padres. Solamente tienes dos caminos: o te devoro, o te desposas conmigo. Tuya, y s�lo tuya es la elecci�n.”

“Si eliges ser devorado, ded�cate a gozar de la vida, apura la copa del placer hasta la �ltima gota, cierra la mente a la voz de tu esp�ritu, entr�gate a la bestia, y disfruta del placer sensual de la materia. As�, casi sin darte cuenta, llegar� el momento de la antropofagia final. �Crees acaso que me compadecer� de ti? Te enga�as, no tengo sentimientos, estoy mas all� del placer y del dolor, mas all� del bien y del mal, soy como el sol que se levanta en las ma�anas para alumbrar a todos por igual. Despu�s de tu muerte ser�s solo un despojo y un recuerdo. Despu�s…ni siquiera eso.”

“Si anhelas desposarte conmigo debes estar dispuesto a sufrir la muerte inici�tica, tendr�s que pasar las pruebas a las cuales te someter� sin piedad la terrible Esfinge para aquilatar tu valor espiritual y la calidad de tu temple. Yo me entrego solamente al que lleg� a la crucifixi�n, resistiendo los embates de los cuatro elementos. Amo solamente a los que han sabido apurar la copa de la amargura, de las traiciones, del escarnio y la mofa, persecuciones, calumnias y difamaci�n; a los iniciados que han persistido con valor, sufriendo de la soledad del esp�ritu en un mundo de animales. A m� se llega despu�s de haber recibido la calumnia y la difamaci�n, que son las pruebas del aire; los golpes y las persecuciones, que son las pruebas de la tierra; los vicios y las tentaciones sensuales, que son las pruebas del agua, y despu�s de haber dominado las ambiciones descontroladas, que son las pruebas del fuego.”

“No creas que en el mundo existen s�lo los nacidos una vez y los dos veces nacidos; tambi�n existen, por desgracia, los una y media vez nacidos, y los abortados. Gu�rdate de engrosar sus filas convencido por su maquiav�lico lenguaje, ya que estos no viven ni este mundo ni en el otro; son aquellos que en verdad no son ni iniciados ni profanos, los imitadores de los maestros, los semisabios, los sembradores de mano sucia, los seguidores de la letra muerta, y los magos negros, que me codician y se ufanan de mi amor, cuando no son dignos siquiera de mi sonrisa. Unos pueden vestir Sari o T�nica; otros, collarines y mandiles, otros, los atav�os “rosacruces”; algunos se proclamar�n los “�nicos due�os de la verdad”, creyendo tener su monopolio; todos se jactan de mi amistad, pero son s�lo pordioseros que me imploran una migaja de sabidur�a. No se nace dos veces par�ndose de cabeza o meditando, ni en el ata�d de ceremonias puramente simb�licas, como tampoco, por obra y gracia del esp�ritu santo.”

“Si me desde�as, recibe mi bendici�n y prosigue tu camino; destinado est�s a ser alimento de los dioses; no todos pueden ser “hombres”; algunos, solamente animales, o peor todav�a, vegetales. Si vienes a m� por curiosidad, pi�nsalo dos veces: es f�cil ser temerario con lo que no se conoce. Si no tienes el valor necesario, retrocede, esc�date en tu vanidad y en tu orgullo, conf�rmate con mirar al suelo como tus cong�neres. Si no est�s preparado, no aspires a conocer mi rostro: desgraciado de aqu�l que pose�do de animal codicia o insana curiosidad, contemplare aunque fuera mi reflejo, porque no me olvidar� jam�s y morir� atormentado por el ansia de poseerme.”

“Si est�s preparado, si tienes ojos para ver y o�dos para escuchar, si tu intenci�n es noble y pura, prosigue sin desmayo, y sabe que a partir desde el momento que cruces la puerta de la oculta morada, yo te esperar� ansiosa como la novia adolescente con su primer amor. Estas hojas pueden ayudarte mucho, pueden ser el gu�a que te lleve hacia la escondida puerta que tantos buscan y que tan pocos encuentran. Busca y encontrar�s; no eleves preces a los dioses, lucha por m�. Me conquistar�s por la fuerza de tu decisi�n, y no orando.”

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Alfonso Orozco – Agosto 1999
ICQ 41907900