Respaldo de material de tanatología

Híbrido

Híbrido
Keith Laumer
Hybrid, © 1961 by Mercury Press Inc. (The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Noviembre de 1961). Traducción de José Ma. Pomares en Ciencia Ficción Selección-24, Libro Amigo 425, Editorial Bruguera, Agosto de 1976.

Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo… En cierto modo, en el siguiente relato encontrará estas tres cosas ?y algunas más? fundidas en una.

En las profundidades del suelo del planeta, pequeñas raíces más resistentes que cable de acero sondeaban entre cristalinas partículas de arena, a través de compactas vetas de arcilla y capas ligeras de pizarra, buscando y descartando elementos inservibles, en busca del calcio, el hierro y el nitrógeno.
Aún más abajo, un sistema secundario de raíces rodeaba y sujetaba la superficie masiva del lecho de roca. Los zarcillos sensores controlaban la más diminuta vibración de la costra planetaria, las rítmicas presiones de la marea, el peso estacional de la capa de hielo, los pasos de las criaturas salvajes que cazaban bajo la enorme sombra del gigantesco árbol Yanda.
En la superficie, muy por encima, el inmenso tronco macizo como un acantilado, con su vasta circunferencia anclada por poderosos contrafuertes, se elevaba más de ochocientos metros sobre la prominencia, extendiendo sus enormes ramas bajo la blanca luz del sol.
El árbol sólo muy remotamente captaba el movimiento del aire sobre las pulidas superficies de innumerables hojas, el estremecido intercambio de moléculas de agua, bióxido de carbono y oxígeno. Reaccionaba automáticamente a las débiles presiones del viento, estirando las ramas más delgadas para mantener cada hoja en un ángulo constante con respecto a la radiación que se abría paso a través del complejo follaje.
El largo día seguía avanzando. El aire fluía siguiendo intrincadas pautas; en la subestratosfera, la radiación aumentaba y disminuía al impulso de las masas de vapor, las moléculas nutritivas se movían a lo largo de los capilares; las rocas crujían suavemente en la obscuridad, bajo las pendientes sombreadas. En la invulnerabilidad de su masa titánica, el árbol dormitaba en un generalizado estado de con¬ciencia de bajo nivel.
El sol se movía hacia el Oeste. Su luz, filtrada a través de un creciente espesor de atmósfera, era ahora de un amenazador color amarillento. Las nervudas ramas giraban, siguiendo a la fuente de energía. Con una cierta somnolencia, el árbol replegó sus bro¬tes más tiernos ante el creciente frío, ajustando su temperatura y su pérdida de humedad, así como su receptividad a la radiación. Mientras se iba quedan¬do dormido, soñó en el lejano pasado, en aquellos años de libre migración por la plataforma fáunica, antes de que el instinto de enraizar y crecer le hubiera llevado hasta allí. Recordó el bosquecillo de su juventud, el árbol patriarcal, los hermanos-espora.
Ahora ya era de noche. El viento estaba aumen¬tando. Una poderosa ráfaga se abalanzó contra el pesado obstáculo del árbol; las grandes ramas crujieron, resistiendo; las estremecidas hojas se ensortija¬ron, apretándose contra la lisa corteza.
Desde el profundo subsuelo, las fibras abrazadas a las rocas transmitían información que era compa¬rada con las impresiones procedentes de las distan¬tes superficies de las hojas. Se estaban produciendo grandes  vibraciones procedentes del noroeste; la humedad relativa estaba aumentando, mientras que la presión del aire disminuía… Se formaba un esquema de la situación, señalizando peligro. El árbol se agitó; un temblor recorrió el poderoso sistema de ra¬mas, sacudiendo los frágiles cristales helados que habían empezado a formarse sobre las superficies en sombra. Se dio la alerta en el corazón-cerebro, disipando el eufórico sueño. Poco a poco, las facultades dormidas desde hacia tiempo empezaron a entrar en juego. El árbol se despertó.
Instantáneamente, captó la situación. Una tormenta se acercaba desde el océano… un gran tifón. Ya era demasiado tarde para tomar medidas efectivas. Ignorando el dolor producido por la desacostumbrada actividad, el árbol  envió nuevas raíces de choque… cables de siete centímetros de diámetro, tan fuertes como el acero… para que se agarraran a los grandes bloques de roca situados cien metros al norte de las raíces extremas.
No había otra cosa que pudiera hacer el árbol. Impasiblemente, esperó la violenta embestida de la tormenta.

?Hay una tormenta allá abajo ?dijo Malpry.
?No te preocupes, la sortearemos.
Gault manejó los controles, con los ojos fijos en los cuadrantes.
?Alejémonos y hagamos luego una nueva aproximación ?dijo Malpry, estirando el cuello desde su plataforma de aceleración.
?Cállate, yo dirijo este trasto.
?Encerrado en él con dos locos ?se lamentó Malpry?, tú y ese rastrero.
?Yo y ese rastrero nos estamos cansando de escuchar a un bicho como tú, Mal.
?Cuando descendamos, Malpry, arreglaremos cuentas allá afuera ?dijo Pantelle?. Ya te he dicho que no me gusta que me llames ?rastrero?.
?¿Volvéis a empezar? ?dijo Gault?, ¿Ya os habéis curado de la última vez?
?No del todo. No parece que me pueda curar muy bien en el espacio.
?Y nada de ajustar cuentas, Pantelle ?dijo Gault?. El es demasiado grande para ti, Mal, déjale en paz.
?Le dejaré en paz ?murmuró Malpry?. Tendría que abrir un agujero y dejarle en él…
?Guarda tu energía para cuando estemos allá abajo ?dijo Gault?. Si no cometemos ningún error con éste; lo conseguiremos.
?Capitán, ¿puedo hacerme cargo del reconoci¬miento en el campo? Mi entrenamiento en biología…
?Será mejor que permanezcas en la nave, Pan¬telle. Y no trates de pasarte de listo. Limítate a esperarnos. No disponemos de la fuerza necesaria pa¬ra volver a traerte.
?Eso fue un accidente, capitán…
?No te preocupes más por eso, Pantelle. Quisiste hacerlo bien, pero sólo tienes dos pies y diez dedos.
?He estado trabajando para mejorar mi coordi¬nación, capitán. He estado leyendo…
La nave fue zarandeada como una veleta cuando penetraron en la atmósfera. Pantelle gritó.
?¡Oh, oh! ?exclamó?. Me temo que se me ha vuelto a abrir de nuevo ese codo izquierdo.
?¡No te vayas a desangrar encima de mi, bestia! ?exclamó Malpry.
?¡Quietos! ?dijo Gault entre dientes?. Estoy ocupado.
Pantelle se colocó torpemente un pañuelo sobre el corte. Tendría que practicar aquellos ejercicios relajantes sobre los que había estado leyendo algo. Y pronto empezaría a aumentar definitivamente de peso… y a vigilar su dieta. Y en esta ocasión sería muy cuidadoso y se la haría buena a Gault, en cuanto descendieran.

Ya incluso antes de que aparecieran las primeras señales de daño, el árbol supo que había perdido la batalla contra el tifón. En el respiro que se produjo en el momento en que el ojo de la tormenta pasó sobre él, comprobó los daños. No recibió ninguna respuesta del cuadrante nororiental de la red sensorial, donde las raíces habían sido arrancadas de la superficie de las rocas; las propias raíces extremas se agarraban ahora a la piedra pulverizada.  Mientras que la fibra casi indestructible del árbol Yanda había resistido, el granito había fallado. El árbol estaba condenado como consecuencia de su propia masa.
Sin compasión alguna, la tormenta volvió a atacar, tronando desde el sudoeste para asaltar al árbol con una ciega ferocidad. Los cables de choque se rompieron como si fueran hilos de telaraña; los grandes bloques de roca crujieron y se partieron, con detonaciones que se perdieron entre el bramido del viento. En el tronco aumentaban las presiones de un modo agónico.
A casi cuatrocientos metros al sur de la raíz base, una hendidura abierta en la empapada vertiente empezó a aumentar de tamaño. El agua, arrastrada por el viento, se introdujo en ella, ablandando el suelo y haciendo que millones de diminutas raíces perdieran su asidero. Después, las raíces más grandes empezaron a moverse y a resbalar…
Mucho más arriba, la majestuosa copa del árbol Yanda se sometía imperceptiblemente al  irresistible torrente de aire. El gigantesco contrafuerte del norte, forzado contra la piedra que se extendía por debajo crujió cuando se colapsaron las torturadas células y después estalló con un demoledor estruendo audible incluso por encima de la tormenta. Por el sur abrió un gran arco de tierra, dejando expuestas las raíces y una enorme caverna.
La tormenta siguió su curso, atronando la pendiente, dejando tras si un reguero de escombros destrozado y de lluvia torrencial. Una última y vengativa ráfaga azotó las ramas en un frenesí final; después, vencedora se marchó.
Y en el devastado promontorio, la magnífica masa del antiguo árbol, inclinada con la inercia incapaz ya de resistencia, terminó por desplomarse acompañada por el enorme estruendo de todos sus tendones partidos y desgarrados.
Y en el corazón-cerebro del árbol, la conciencia se fue apagando, acompañada por el insufrible dolor de la destrucción.

Pantelle descendió por la puerta abierta y se apoyó contra la nave para recuperar su ritmo respiratorio. Se sentía mucho mas débil de lo que esperaba. Aunque la suerte parecía venirle en pequeñas dosis, aquello le haría tener que volver a empezar con su programa de aumento de peso. Y aún no se sentía preparado para entendérselas con Malpry. Pero en cuanto tuviera un poco de alimentos frescos y de aire puro…
?Estos se pueden comer sin peligro ?dijo Gault, limpiando la aguja analizadora sobre su pantalón y volviendo a guardársela en su bolsillo.
Extendió dos grandes frutos rojos a Pantelle.
?Cuando termines de comer, Pantelle, será mejor que consigas algo de agua y limpies el interior. Mientras tanto, Malpry y yo daremos un vistazo por ahí.
Los dos se alejaron. Pantelle se sentó sobre la hierba primaveral y mordió la esfera, del tamaño de una manzana. Pensó que la textura de aquella fruta le recordaba la del aguacate. La piel era dura  y aromática; posiblemente se trataba de un acetato natu¬ral de celulosa. No parecía haber semillas. Si era ése el caso, aquello no sería propiamente una fruta. Resultaría interesante estudiar la flora del planeta. En cuanto regresara a casa tendría que apuntarse a  un curso de botánica en E. T. Probablemente, iría a Heidelberg o a Uppsala, y  asistiría a cinco conferencias dadas por eminentes profesores. Tendría un pequeño y agradable apartamento ?dos habitaciones serían suficientes? en la parte vieja de la ciudad, y por las tardes se reuniría con los amigos para discutir ante una botella de vino.
Sin embargo, aquellos pensamientos no contribuían en nada a realizar el trabajo. Había un centelleo de agua al otro lado de la pendiente. Pantelle terminó su comida, recogió los cubos y se puso en marcha.

?¿Por qué tenemos que salir fuera?  ?preguntó Malpry.
?Necesitamos el ejercicio. Pasarán cuatro meses antes de que podamos tener otra oportunidad.
?¿Qué somos, turistas que hemos venido a disfrutar del panorama? ?preguntó Malpry, deteniéndose, apoyándose contra una roca y respirando con dificultad. Se quedó mirando hacia arriba, el cráter y las enmarañadas raíces y, más allá, hacia la extensión de enormes ramas del árbol caído, que parecían como un bosque.
?Esto hace que nuestros secuoyas parezcan simples arbustos ?dijo Gault?. Ha tenido que ser la tormenta. La que hemos evitado cuando veníamos hacia aquí.
?¿Y qué?
?Una cosa tan grande… tendría que sugerirte algo.
?¿Hay algún dinero en ello? ?preguntó Malpry con un gruñido.
Gault le miró agriamente.
?Ya entiendo. Tenemos que ir hacia allá. Sigamos.
?No me gusta la idea de dejar al rastrero allá solo, con la nave.
?¿Por qué no dejas tranquilo al muchacho? ?preguntó Gault, mirándole con severidad.
?No me agradan los locos.
?No juegues conmigo, Malpry. Pantelle es muy inteligente… a su manera. Quizá sea eso lo que no puedes perdonarle.
?Me pone fuera de mí.
?Es un buen muchacho. No quiere hacer ningún daño…
?Ya ?dijo Malpry?. Quizá no quiera hacer ningún daño… pero no es bastante…

Tras el delirio de la gran conmoción sufrida, la conciencia fue volviendo lentamente al árbol. Las señales externas fueron penetrando a través de los impulsos hasta los sentidos semiparailzados…
»Presión de aire, cero; disminuyendo… presión de aire, 112, aumentando… presión de aire negativa…
»Gran temblor de radiación desde… Gran temblor de radiación desde…
»Temperatura 171 grados; temperatura ?40  grados; temperatura 26 grados…
»Intensa radiación sólo en el azul… sólo en el rojo… ultravioleta…
»Humedad relativa infinita… Viento desde el nor-noroeste, velocidad infinita… Viento aumentado verticalmente, velocidad infinita… Viento desde el este, desde el oeste…?
El árbol no comprendía las informaciones procedentes de los nervios-troncos, por lo que concentró su atención, dedicándola al concepto de la situación más inmediata. Una breve valoración fue suficiente para revelar la amplia extensión de su ruina.
No había razón alguna para intentar una amplia supervivencia personal. Sin embargo, tenía la necesidad de tomar ciertas medidas inmediatas para ganar tiempo y favorecer la propagación de esporas de emergencia. Inmediatamente, la mente del árbol desencadenó el síndrome de supervivencia. Las redes capilares sufrieron un espasmo, obligando a los jugos vitales a acudir al cerebro. Las hélices sinápticas se dilataron, elevando la conductividad neurológica. Poco a poco, la conciencia fue extendida al sistema de fibras mayores, después a los filamentos individuales y finalmente a las entretejidas redes capilares.
Allí se produjo la turbulencia de las moléculas de aire chocando contra los tejidos rotos, mientras la luz impregnaba las superficies expuestas. Los filamentos microscópicos se contrajeron, cortando la pérdida de fluido a través de las heridas.
Ahora, la mente del árbol pudo concentrar toda su atención en examinar la infinitamente complicada matriz celular. Allí reinaba la confusión de amidas; sin embargo, había un cierto orden en el incesante y continuo movimiento de las partículas, en el fluir de los líquidos, en las complejidades de la espiral alfa. Delicadamente, la mente del árbol ajustó el mosaico funcional, preparándose para la generación de esporas.

El árbol de oro

El árbol de oro
Ana María Matute

Asistí durante un otoño a la escuela de la señorita Leocadia, en la aldea, porque mi salud no andaba bien y el abuelo retrasó mi vuelta a la ciudad. Como era el tiempo frío y estaban los suelos embarrados y no se veía rastro de muchachos, me aburría dentro de la casa, y pedí al abuelo asistir a la escuela. El abuelo consintió, y acudí a aquella casita alargada y blanca de cal, con el tejado pajizo y requemado por el Sol y las nieves, a las afueras del pueblo.
La señorita Leocadia era alta y gruesa, tenía el carácter más bien áspero y grandes juanetes en los pies, que la obligaban a andar como quien arrastra cadenas. Las clases en la escuela, con la lluvia rebotando en el tejado y en los cristales, con las moscas pegajosas de la tormenta persiguiéndose alrededor de la bombilla, tenían su atractivo. Recuerdo especialmente a un muchacho de unos diez años, hijo de un aparcero muy pobre, llamado Ivo. Era un muchacho delgado, de ojos azules, que bizqueaba ligeramente al hablar. Todos los muchachos y muchachas de la escuela admiraban y envidiaban un poco a Ivo, por el don que poseía de atraer la atención sobre sí, en todo momento. No es que fuera ni inteligente ni gracioso, y, sin embargo, había algo en él, en su voz quizás, en las cosas que contaba, que conseguía cautivar a quien le escuchase. También la señorita Leocadia se dejaba prender de aquella red de plata que Ivo tendía a cuantos atendían sus enrevesadas conversaciones, y ?yo creo que muchas veces contra su voluntad? la señorita Leocadia le confiaba a Ivo tareas deseadas por todos, o distinciones que merecían alumnos más estudiosos y aplicados.
Quizá lo que más se envidiaba de Ivo era la posesión de la codiciada llave de la torrecita. Ésta era, en efecto, una pequeña torre situada en un ángulo de la escuela, en cuyo interior se guardaban los libros de lectura. Allí entraba Ivo a buscarlos, y allí volvía a dejarlos, al terminar la clase. La señorita Leocadia se lo encomendó a él, nadie sabía en realidad por qué.
Ivo estaba muy orgulloso de esta distinción, y por nada del mundo la hubiera cedido. Un día, Mateo Heredia, el más aplicado y estudioso de la escuela, pidió encargarse de la tarea ?a todos nos fascinaba el misterioso interior de la torrecita, donde no entramos nunca?, y la señorita Leocadia pareció acceder. Pero Ivo se levantó, y acercándose a la maestra empezó a hablarle en su voz baja, bizqueando los ojos y moviendo mucho las manos, como tenía por costumbre. La maestra dudó un poco, y al fin dijo:
?Quede todo como estaba. Que siga encargándose Ivo de la torrecita.
A la salida de la escuela le pregunté:
?¿Qué le has dicho a la maestra?
Ivo me miró de través y vi relampaguear sus ojos azules.
?Le hablé del árbol de oro.
Sentí una gran curiosidad.
?¿Qué árbol?
Hacía frío y el camino estaba húmedo, con grandes charcos que brillaban al Sol pálido de la tarde. Ivo empezó a chapotear en ellos, sonriendo con misterio.
?Si no se lo cuentas a nadie…
?Te lo juro, que a nadie se lo diré.
Entonces Ivo me explicó:
?Veo un árbol de oro. Un árbol completamente de oro: ramas, tronco, hojas… ¿sabes? Las hojas no se caen nunca. En verano, en invierno, siempre. Resplandece mucho; tanto, que tengo que cerrar los ojos para que no me duelan.
?¡Qué embustero eres! ?dije, aunque con algo de zozobra; Ivo me miró con desprecio.
?No te lo creas ?contestó?. Me es completamente igual que te lo creas o no… ¡Nadie entrará nunca en la torrecita, y a nadie dejaré ver mi árbol de oro! ¡Es mío! La señorita Leocadia lo sabe, y no se atreve a darle la llave a Mateo Heredia, ni a nadie… ¡Mientras yo viva, nadie podrá entrar allí y ver mi árbol!
Lo dijo de tal forma que no pude evitar el preguntarle:
?¿Y cómo lo ves…?
?¡Ah, no es fácil ?dijo, con aire misterioso?. Cualquiera no podría verlo. Yo sé la rendija exacta.
?¿Rendija?…
?Sí, una rendija de la pared. Una que hay corriendo el cajón de la derecha: me agacho y me paso horas y horas… ¡Cómo brilla el árbol! ¡Cómo brilla! Fíjate que si algún pájaro se le pone encima también se vuelve de oro. Eso me digo yo: si me subiera a una rama, ¿me volvería acaso de oro también?
No supe qué decirle, pero, desde aquel momento, mi deseo de ver el árbol creció de tal forma que me desasosegaba. Todos los días, al acabar la clase de lectura, Ivo se acercaba al cajón de la maestra, sacaba la llave y se dirigía a la torrecita. Cuando volvía, le preguntaba:
?¿Lo has visto?
?Sí ?me contestaba; y, a veces, explicaba alguna novedad:
?Le han salido unas flores raras. Mira: así de grandes, como mi mano lo menos, y con los pétalos alargados. Me parece que esa flor es parecida al arzadú.
?¡La flor del frío! ?decía yo, con asombro?. ¡Pero el arzadú es encarnado!
?Muy bien ?asentía él, con gesto de paciencia?. Pero en mi árbol es oro puro.
?Además, el arzadú crece al borde de los caminos… y no es un árbol.
No se podía discutir con él. Siempre tenía razón, o por lo menos lo parecía.
Ocurrió entonces algo que secretamente yo deseaba; me avergonzaba sentirlo, pero así era: Ivo enfermó, y la señorita Leocadia encargó a otro la llave de la torrecita. Primeramente, la disfrutó Mateo Heredia. Yo espié su regreso, el primer día, y le dije:
?¿Has visto un árbol de oro?
?¿Qué andas graznando? ?me contestó de malos modos, porque no era simpático, y menos conmigo. Quise dárselo a entender, pero no me hizo caso.
Unos días después, me dijo:
?Si me das algo a cambio, te dejo un ratito la llave y vas durante el recreo. Nadie te verá…
Vacié mi hucha, y, por fin, conseguí la codiciada llave. Mis manos temblaban de emoción cuando entré en el cuartito de la torre. Allí estaba el cajón. Lo aparté y vi brillar la rendija en la obscuridad. Me agaché y miré.
Cuando la luz dejó de cegarme, mi ojo derecho sólo descubrió una cosa: la seca Tierra de la llanura alargándose hacia el cielo.
Nada más. Lo mismo que se veía desde las ventanas altas. La Tierra desnuda y yerma, y nada más que la Tierra. Tuve una gran decepción y la seguridad de que me habían estafado. No sabía cómo ni de qué manera, pero me habían estafado.
Olvidé la llave y el árbol de oro. Antes de que llegaran las nieves regresé a la ciudad.
Dos veranos más tarde volví a las montañas. Un día, pasando por el cementerio ?era ya tarde y se anunciaba la noche en el cielo: el Sol, como una bola roja, caía a lo lejos, hacia la carrera terrible y sosegada de la llanura? vi algo extraño. De la tierra grasienta y pedregosa, entre las cruces caídas, nacía un árbol grande y hermoso, con las hojas anchas de oro: encendido y brillante todo él, cegador. Algo me vino a la memoria, como un sueño, y pensé: «Es un árbol de oro». Busqué al pie del árbol, y no tardé en dar con una crucecilla de hierro negro, mohosa por la lluvia. Mientras la enderezaba, leí:
IVO MÁRQUEZ, DE DIEZ AÑOS DE EDAD
Y no daba tristeza alguna, sino, tal vez, una extraña y muy grande alegría.

Edición digital de Bizien
Revisión de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

El árbol

El árbol
Howard Phillips Lovecraft
The tree, © 1921 (The Tryout, Octubre de 1921)

Fata viam invenient

En una ladera verde del monte Maenalus, en Arcadia, hay un olivar que rodea una villa en ruinas. Muy cerca existe una tumba, en otro tiempo tan hermosa como la casa. En un extremo de ese sepulcro, de modo que sus curiosas raíces desplazan los manchados bloques de mármol pentélico, crece un olivo asombrosamente grande y de formas repugnantes; y se asemeja tan grotescamente a una figura humana, o al cadáver contorsionado de un hombre, que los campesinos temen pasar por allí de noche, cuando la Luna ilumina débilmente sus ramas retorcidas. El monte Maenalus fue paraje predilecto del terrible Pan, que cuenta con muchos compañeros extraños; y los pastores sencillos creen que el árbol tiene alguna horrenda relación con los misteriosos panisci; pero un viejo colmenero que vive en una choza vecina me contó una historia muy distinta.
Hace muchos años, cuando la villa de la ladera era nueva y esplendorosa, vivían en ella dos escultores, Kalós y Musides. Sus obras eran alabadas desde Lydia a Neápolis, y nadie se atrevía a decir que el uno aventajase al otro en habilidad. El Hermes de Kalós se alzaba en un santuario de Corinto y la Pallas de Musides coronaba una columna de Atenas próxima al Partenón. Todos los hombres rendían homenaje a Kalós y a Musides, y se maravillaban de que no hubiese ni una sombra de celos artísticos que enfriara el calor de su fraterna amistad.
Pero aunque Kalós y Musides vivían en imperturbable armonía, sus naturalezas no eran iguales. Mientras Musides disfrutaba por la noche entregándose a las diversiones urbanas de Tegea, Kalós prefería quedarse en casa; entonces salía furtivamente, a escondidas de sus esclavos, y acudía al frío retiro del olivar. Allí meditaba las visiones que llenaban su mente, y allí concebía las hermosas formas que luego inmortalizaba trasladándolas al mármol. Los ociosos decían que Kalós conversaba con los espíritus del olivar, y que sus estatuas no eran sino imágenes de los faunos y las dríadas que él veía allí… ya que nunca copiaba sus obras de ningún modelo vivo.
Tan famosos eran Kalós y Musides, que a nadie extrañó que el tirano de Siracusa les enviara emisarios para hablar de la costosa estatua de Tyché que había proyectado erigir en su ciudad. De enorme tamaño e ingenio debía ser esta obra, pues quería que fuese una maravilla para las naciones y una meta para los viajeros. Aquél cuya obra resultara elegida sería exaltado más allá de cuanto cabe imaginar; honor para el que Kalós y Musides fueron invitados a competir. Su amor fraternal era bien conocido, y el astuto tirano supuso que cada uno, en vez de ocultar su obra al otro, le ofrecería ayuda y consejo, que este entendimiento produciría dos imágenes de inusitada belleza, y que aquella que destacase eclipsaría incluso los sueños de los poetas.
Con alegría aceptaron los escultores la oferta del tirano, y durante los días siguientes sus esclavos oyeron el incesante golpear de los cinceles. Kalós y Musides no se ocultaban sus obras; pero sólo ellos las veían. Salvo los suyos, ningún par de ojos contemplaba las dos divinas figuras que los hábiles golpes liberaban de los toscos bloques que las habían tenido aprisionadas desde los orígenes del mundo.
Por las noches, como siempre, Musides acudía a divertirse a los salones de Tegea, mientras Kalós vagaba a solas por el olivar. Pero a medida que transcurría el tiempo, los hombres observaban que le faltaba alegría al en otro tiempo chispeante Musides. Era extraño, se decían, que la depresión se hubiese apoderado de quien tantas probabilidades tenía de ganar la más alta recompensa del arte. Transcurrieron muchos meses; sin embargo, el rostro afligido de Musides no reflejaba otra cosa que la tensa expectación que la empresa despertaba.
Luego, un día, Musides habló de la enfermedad de Kalós, y ya nadie se maravilló de su tristeza, porque todos sabían lo hondo y sagrado que era el afecto de los dos escultores. Así que muchos fueron a visitar a Kalós, y pudieron comprender la palidez de su rostro; pero también vieron en él una feliz serenidad que hacía su mirada más mágica que la mirada de Musides, el cual, devorado por esta ansiedad, apartaba a todos los esclavos en sus ansias por alimentar y cuidar al amigo con sus manos. Ocultas detrás de pesadas cortinas, aguardaban las figuras inacabadas de Tyché, a las que apenas se acercaban ya el enfermo y el fiel compañero que le asistía.
Y Kalós a pesar de que estaba inexplicablemente cada vez más débil, a pesar de los auxilios de los sorprendidos médicos y los cuidados de su amigo, pedía a menudo que le llevasen al olivar que él tanto armaba. Allí rogaba que le dejasen, como si deseara hablar a solas con los seres invisibles. Musides siempre complacía sus deseos, aunque sus ojos se llenaban visiblemente de lágrimas, viendo que Kalós hacía más caso de los faunos y de las dríadas que de él. Por último, se acercó el final, y Kalós empezó a hablar de cosas del más allá. Musides, llorando, le prometió un sepulcro más hermoso que la tumba del propio Mausolo; pero Kalós le rogó que no le hablase más de glorias de mármol. Sólo un deseo obsesionaba ahora el pensamiento del moribundo: que enterrasen junto a su sepulcro, cerca de su cabeza, unas ramitas de olivo del olivar. Y una noche, estando a solas en la obscuridad del olivar, murió Kalós.
El sepulcro de mármol que el afligido Musides esculpió para su amigo del alma fue inefablemente hermoso. Nadie más que el propio Kalós habría podido emular sus bellos bajorrelieves, donde se revelaban todos los esplendores del Eliseo. Pero no olvidó Musides enterrar junto a la cabeza de Kalós las ramas de olivo que su amigo le había pedido.
Cuando el vivo dolor dio paso a la resignación, Musides volvió a trabajar con diligencia en su figura de Tyché. Todo el honor sería ahora para él, ya que el tirano de Siracusa no quería la obra más que de él o de Kalós. Su trabajo le permitía ahora dar libre curso a su emoción, y trabajaba con más constancia cada día, y eludía las diversiones a las que antes se entregaba. Entretanto, pasaba las noches junto a la tumba de su amigo, cerca de cuya cabeza había brotado un joven olivo. Tan rápido era el crecimiento de este árbol, y tan extraña su forma, que quienes lo contemplaban prorrumpían en exclamaciones de sorpresa. En cuanto a Musides, parecía producirle a la vez fascinación y temor.
Tres años después de la muerte de Kalós, Musides envió un emisario al tirano, y en el ágora de Tegea se corrió la voz de que la enorme estatua estaba terminada. A la sazón, el árbol que había crecido junto a la tumba había adquirido unas proporciones asombrosas, superiores a todos los árboles de su especie, y extendía una rama corpulenta por encima del recinto donde Musides trabajaba. Como eran muchos los visitantes que acudían a contemplar el árbol prodigioso, así como a admirar el arte del escultor, Musides casi nunca estaba solo. Pero no le importaba esta multitud de invitados; al contrario, parecía más temeroso de quedarse solo, ahora que su absorbente obra estaba terminada. El viento desolado de la montaña, suspirando entre el olivar y el árbol de la tumba, producía, de manera extraña, sonidos vagamente articulados.
El cielo estaba obscuro la tarde en que los emisarios del tirano llegaron a Tegea. Se sabía que venían a llevarse la gran imagen de Tyché, y a traer eterna gloria a Musides, por la cual los próxenos les dispensaron una cálida acogida. Por la noche, se desató una tormenta de viento en la cumbre del Maenalus, y los hombres de la lejana Siracusa se alegraron de poder descansar a cubierto  en la ciudad. Hablaron de su ilustre tirano y del esplendor de su capital, y se alegraron por la belleza de la estatua que Musides había esculpido para él. Entonces los de Tegea les contaron lo grande que era la bondad de Musides y su profunda aflicción por su amigo; y cómo ni siquiera los inminentes laureles del arte podían consolarle de la ausencia de Kalós, quien quizá los habría ceñido en su lugar. Y también les hablaron del árbol que crecía junto a la cabeza de Kalós. Pero el viento aullaba horriblemente, y los de Siracusa y los arcadios elevaron sus plegarias a Eolo.
Cuando el Sol salió por la mañana, los próxenos condujeron a los emisarios del tirano, ladera arriba, a la morada del escultor; sin embargo, el viento de la noche había hecho cosas muy extrañas. Los gritos de los esclavos se elevaban en medio de un escenario de desolación; y en el olivar no se alzaban ya las espléndidas columnatas de la inmensa residencia donde había soñado y trabajado Musides. Aisladas y rotas, sólo quedaban las viviendas humildes y los muros inferiores, pues sobre el suntuoso peristilo se había derrumbado la pesada rama del árbol extraño, reduciendo el majestuoso poema de mármol a un montón de ruinas deplorables. Los extranjeros y los tegeos se quedaron horrorizados, y se volvieron hacia el árbol siniestro y gigantesco, cuya silueta parecía misteriosamente humana, y cuyas raíces se hundían en el esculpido sepulcro de Kalós. Y el miedo y el espanto de todos aumentó cuando registraron el recinto derruido y no encontraron rastro alguno del bondadoso Musides y la maravillosamente modelada imagen de Tyché. En las tremendas ruinas sólo reinaba el caos, y los representantes de ambas ciudades se vieron decepcionados: los emisarios, por haberse quedado sin la estatua; los habitantes de Tegea, por haberse quedado también sin artista al que coronar. No obstante, los de Siracusa consiguieron, poco después, una espléndida estatua de Atenea, y los tegeos se consolaron erigiendo en el ágora un templo de mármol conmemorando el talento, las virtudes y la piedad fraterna de Musides.
Pero aún sigue allí el olivar, así como el árbol que crece en la tumba de Kalós; el viejo colmenero me ha contado que a veces sus ramas susurran, cuando sopla el viento por la noche, y repiten una y otra vez: “¡Oidá! ¡Oidá!… ¡Yo sé! ¡Yo sé”.

Edición digital de ?
Revisión de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

El árbol de la colina

El árbol de la colina
H. P. Lovecraft y Duane W. Rimel
The tree on the hill, © 1934.

Al sureste de Hampden, cerca de la tortuosa garganta que excava el río Salmón, se extiende una cadena de colinas escarpadas y rocosas que han desafiado cualquier intento de colonización. Los cañones son demasiado profundos, los precipicios demasiado escarpados como para que nadie, excepto el ganado trashumante, visite el lugar. La última vez que me acerqué a Hampden la región ?conocida como el Infierno? formaba parte de la Reserva del Bosque de la Montaña Azul. Ninguna carretera comunica este lugar inaccesible con el mundo exterior, y los montañeses dicen que es un trozo del jardín de Su Majestad Satán transplantado a la Tierra. Una leyenda local asegura que la zona está hechizada, aunque nadie sabe exactamente el por qué. Los lugareños no se atreven a aventurarse en sus misteriosas profundidades, y dan crédito a las historias que cuentan los indios, antiguos moradores de la región desde hace incontables generaciones, acerca de unos demonios gigantes venidos del Exterior que habitaban en estos parajes. Estas sugerentes leyendas estimularon mi curiosidad. La primera y, ¡gracias a Dios!, última vez que visité aquellas colinas tuvo lugar en el verano de 1938, cuando vivía en Hampden con Constantine Theunis. El estaba escribiendo un tratado sobre la mitología egipcia, por lo que yo me encontraba solo la mayoría del tiempo, a pesar de que ambos compartíamos un pequeño apartamento en Beacon Street que miraba a la ingame Casa del Pirata, construida por Exer Jones hacía sesenta años. La mañana del 23 de junio me sorprendió caminando por aquellas siniestras y tenebrosas colinas que a aquellas horas, las siete de la mañana, parecían bastante ordinarias. Me alejé siete millas hacia el sur de Hampden y entonces ocurrió algo inesperado. Estaba escalando por una pendiente herbosa que se abría sobre un cañón particularmente profundo, cuando llegué a una zona que se hallaba totalmente desprovista de la hierba y vegetación propia de la zona. Se extendía hacia el sur; se había producido algún incendio, pero, después de un examen más minucioso, no encontré ningún resto del posible fuego. Los acantilados y precipicios cercanos parecían horriblemente chamuscados, como si alguna gigantesca antorcha los hubiese barrido, haciendo desaparecer toda su vegetación. Y aun así seguía sin encontrar ninguna evidencia de que se hubiese producido un incendio… Caminaba bajo un suelo rocoso y sólido sobre el que nada florecía. Mientras intentaba descubrir el núcleo central de esta zona desolada, me di cuenta de que en el lugar había un extraño silencio. No se veía ningún ave, ninguna liebre, incluso los insectos parecían rehuir la zona. Me encaramé a la cima de un pequeño montículo, intentando calibrar la extensión de aquel paraje inexplicable y triste. Entonces vi el árbol solitario. Se hallaba en una colina un poco más alta que las circundantes, de tal forma que enseguida lo descubrí, pues contrastaba con la soledad del lugar. No había visto ningún árbol en varias millas a la redonda: algún arbusto retorcido, cargado de bayas, que crecía encaramado a la roca, pero ningún árbol. Era muy extraño descubrir uno precisamente en la cima de la colina. Atravesé dos pequeños cañones antes de llegar al sitio; me esperaba una sorpresa. No era un pino, ni un abeto, ni un almez. Jamás había visto, en toda mi existencia, algo que se le pareciera; ¡y, gracias a Dios, jamás he vuelto a ver uno igual! Se parecía a un roble más que a cualquier otro tipo de árbol. Era enorme, con un tronco nudoso que media más de una yarda de diámetro y unas inmensas ramas que sobresalían del tronco a tan sólo unos pies del suelo. Las hojas tenían forma redondeada y todas tenían un curioso parecido entre sí. Podría parecer un lienzo, pero juro que era real. Siempre supe qué era, a pesar de lo que dijo Theunis después. Recuerdo que miré la posición del Sol y decidí que eran aproximadamente las diez de la mañana, a pesar de no mirar mi reloj. El día era cada vez más caluroso, por lo que me senté un rato bajo la sombra del inmenso árbol. Entonces me di cuenta de la hierba que crecía bajo las ramas. Otro fenómeno singular si tenemos en cuenta la desolada extensión de tierra que había atravesado. Una caótica formación de colinas, gargantas y barrancos me rodeaba por todos sitios, aunque la elevación donde me encontraba era la más alta en varias millas a la redonda. Miré el horizonte hacia el este, y, asombrado, atónito, no pude evitar dar un brinco. ¡Destacándose contra el horizonte azul sobresalían las Montañas Bitterroot! No existían ninguna otra cadena de picos nevados en trescientos kilómetros a la redonda de Hampden; pero yo sabía que, a esta altitud, no debería verlas. Durante varios minutos contemplé lo imposible; después comencé a sentir una especie de modorra. Me tumbé en la hierba que crecía bajo el árbol. Dejé mi cámara de fotos a un lado, me quité el sombrero y me relajé, mirando al cielo a través de las hojas verdes. Cerré los ojos. Entonces se produjo un fenómeno muy curioso, una especie de visión vaga y nebulosa, un sueño diurno, una ensoñación que no se asemejaba a nada familiar. Imaginé que contemplaba un gran templo sobre un mar de cieno, en el que brillaba el reflejo rojizo de tres pálidos soles. La enorme cripta, o templo, tenía un extraño color, medio violeta medio azul. Grandes bestias voladoras surcaban el nuboso cielo y yo creía sentir el aletear de sus membranosas alas. Me acerqué al templo de piedra, y un portalón enorme se dibujó delante de mí. En su interior, unas sombras escurridizas parecían precipitarse, espiarme, atraerme a las entrañas de aquella tenebrosa obscuridad. Creí ver tres ojos llameantes en las tinieblas de un corredor secundario, y grité lleno de pánico.
Sabía que en las profundidades de aquel lugar acechaba la destrucción; un Infierno viviente peor que la muerte. Grité de nuevo. La visión desapareció. Vi las hojas y el cielo terrestre sobre mí. Hice un esfuerzo para levantarme. Temblaba; un sudor gélido corría por mi frente. Tuve unas ganas locas de huir; correr ciegamente alejándome de aquel tétrico árbol sobre la colina; pero deseché estos temores absurdos y me senté, tratando de tranquilizar mis sentidos. Jamás había tenido un sueño tan vívido, tan horripilante. ¿Qué había producido esta visión? Últimamente había leído varios de los libros de Theunis sobre el antiguo Egipto… Meneé la cabeza, y decidí que era hora de comer algo. Sin embargo, no pude disfrutar de la comida. Entonces tuve una idea. Saqué varias instantáneas del árbol para mostrárselas a Theunis. Seguro que las fotos le sacarían de su habitual estado de indiferencia. A lo mejor le contaba el sueño que había tenido… Abrí el objetivo de mi cámara y tomé media docena de instantáneas del árbol. También hice otra de la cadena de picos nevados que se extendía en el horizonte. Pretendía volver y las fotos podrían servir de ayuda… Guardé la cámara y volví a sentarme sobre la suave hierba. ¿Era posible que aquel lugar bajo el árbol estuviera hechizado? Sentía pocas ganas de irme… Miré las curiosas hojas redondeadas. Cerré los ojos. Una suave brisa meció las ramas del árbol, produciendo musicales murmullos que me arrullaban. Y, de repente vi de nuevo el pálido cielo rojizo y los tres soles. ¡Las tierras de las tres sombras! Otra vez contemplaba el enorme templo. Era como si flotase en el aire, ¡un espíritu sin cuerpo explorando las maravillas de un mundo loco y multidemensional! Las cornisas inexplicables del templo me aterrorizaban, y supe que aquel lugar no había sido jamás contemplado ni en los más locos sueños de los hombres. De nuevo aquel inmenso portalón bostezó delante de mí; y yo era atraído hacia las tinieblas del interior. Era como si mirase el espacio ilimitado. Vi el abismo, algo que no puedo describir en palabras; un pozo negro, sin fondo, lleno de seres innominables y sin forma, cosas delirantes, salvajes, tan sutiles como la bruma de Shamballah. Mi alma se encogió. Tenía un pánico devastador. Grité salvajemente, creyendo que pronto me volvería loco. Corrí, dentro del sueño corrí preso de un miedo salvaje, aunque no sabía hacia dónde iba… Salí de aquel horrible templo y de aquel abismo infernal, aunque sabía, de alguna manera, que volvería…
Por fin pude abrir los ojos. Ya no estaba bajo el árbol. Yacía, con las ropas desordenadas y sucias, en una ladera rocosa. Me sangraban las manos. Me erguí, mirando a mi alrededor. Reconocí donde me hallaba; ¡era el mismo sitio desde donde había contemplado por primera vez toda aquella requemada región! ¡Había estado caminando varias millas inconsciente! No vi aquel árbol, lo cual me alegró… incluso las perneras del pantalón estaban vueltas, como si hubiese estado arrastrando parte del camino… Observé la posición del sol. ¡Atardecía! ¿Dónde había estado? Miré la hora en el reloj. Se había parado a las 10:34…

Edición digital de ?
Revisión de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

La parra

La parra
Kit Reed
The vine © 1967 by Mercury Press Inc. (The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Noviembre de 1967). Traducción de F. Corripio, J. Piñeiro, y C. Gaudes en Ciencia Ficción Selección-2, Libro Amigo 187, Editorial Bruguera S. A., 1971.

La total entrega exigida a sus cuidadores por la inmensa vid, la fatal sumisión de sus siervos, y los intereses creados a su alrededor constituyen una escalofriante alegoría de la servidumbre del hombre contemporáneo, esclavo de sus necesidades artificiales, y prisionero de ciegas y devoradoras estructuras. He aquí un alucinante relato del que todos somos, en mayor o menor grado, protagonistas.

Día tras día, verano tras verano, venciendo obstáculo tras obstáculo, contumazmente, a través de los siglos, la familia Baskin había cuidado aquella parra.
Nadie sabía con exactitud los años que tenía, quién la había plantado, ni quién había sido el primer Baskin que la cuidara. Cuando los primeros colonos llegaron al valle, la parra ya estaba allí. Nadie sabía, tampoco, quién había edificado el inmenso invernadero que la albergaba o quién enviaba los camiones que llegaban cada otoño para llevarse la fruta.
Los mismos Baskin tampoco lo sabían. Aun así, continuaban cuidando la parra, arrancando las malas hierbas a su alrededor, recogiendo su fruta, regándola en épocas en las que nadie disponía de agua y abonándola cuando no había abono. La familia vivía en una casa pequeña, situada al pie de su inmenso tronco, dedicando todos sus días a la planta. Todos los miembros de la familia Baskin tenían la espalda encorvada y su piel mostraba un color pálido y blando a causa de vivir toda una vida bajo el invernadero.
Cuando morían eran enterrados en el suelo familiar, situado en el exterior del gran invernadero, sin ataúdes ni sudarios, para que pudiesen continuar alimentando a la planta. El hijo mayor era el único que se casaba. Generalmente cortejaba a su novia fuera del valle, para que la muchacha no supiese, hasta ser llevada a casa, que tenía que parir hijos e hijas que cuidasen la parra. Aunque no había prueba alguna, circulaban rumores de que existía un ritual macabro en el que los Baskin entregaban parte de su sangre, cuatro veces al año, para enriquecer la tierra en su base.
Aun cuando la fantástica parra estaba alojada entre paredes de cristal, su sombra se extendía por gran parte del valle. En el buen tiempo los granjeros podían contemplar su magnífico fruto y darse cuenta de que no había uvas que se pudiesen comparar con las que colgaban dentro del invernadero.
Cuando llegaban las heladas tempranas o la sequía asolaba el terreno, los granjeros culpaban a la parra. Pero aun cuando la odiaban terriblemente, se sentían atraídos por ella.
Tanto en verano como en invierno había un constante desfile de gente que llegaba desde todos los rincones del valle, y con el tiempo aún de más lejos, gentes que ansiaban ver el invernadero y su contenido, y esperaban en silencio hasta que les tocaba el turno de entrar en él.
Fuera del conservatorio no crecía la hierba. En un radio de cientos de yardas a la redonda la tierra aparecía desnuda, como si fuese terreno de erosión. Los visitantes se aproximaban al invernadero mediante un pasaje elevado, conscientes de la poderosa red de ramas, hojas y raíces que se extendía a sus pies. Más adelante, el invernadero estaba casi obscurecido por la enorme abundancia de hojas y de fruta que colgaba de sus ramas.
En la pequeña puerta de este elevado pasaje, los visitantes entregaban una moneda a la hija más joven de los Baskin y atravesaban el torniquete, para atisbar desde la barandilla el enorme y sinuoso tronco de la parra. Sus ojos lo seguían hasta la base y hasta la tierra cuidadosamente trabajada que lo sostenía, y la mayor parte de aquellas personas no acertaban a comprender por qué aquel tronco medía veinte pies de diámetro.
La tierra se hallaba dividida por una serie de pasos pavimentados en madera a lo largo de los cuales los Baskin caminaban con sus tijeras de podar, azadas, y picos, dispuestos a ablandar un terrón, o atar alguna parte de la planta que hubiera podido liberarse del enorme árbol y comenzara a inclinarse peligrosamente.
En la parte alta se extendía la parra enlazándose en mil formas diferentes y casi obscureciendo el techo. Todo el invernadero estaba lleno de ramas y fruta de esta sola planta, de manera que el visitante podía permanecer en la barandilla del pasaje exterior, a la izquierda de la casa de los Baskin, y contemplar yardas y más yardas de espacio libre cruzado por caminos de madera y cubierto por ramaje verde. De este tejado de verdor colgaban enormes racimos de impecables uvas, fruta opulenta de la parra. Forzando un poco la vista, todos los visitantes podían también distinguir a los Baskin yendo de acá para allá a lo largo de los senderos de madera, con sus rostros pálidos y ataviados con sus camisas de algodón gris.
Había algunas personas que aseguraban que la parra succionaba la vida de los Baskin y había otras que decían que, por el contrario, eran los Baskin quienes adquirían vida a causa de su parra.
Fuera cual fuese la verdad, el visitante percibía en sus movimientos cierta prisa, una urgencia extraña, y al cabo de un momento quizá se veía obligado a llevarse una mano a la garganta como si la parra también le amenazase, aspirando el aire que respiraba, y así el visitante se volvía apresuradamente y huía de allí sin apenas darse cuenta de la presencia de los demás que se apretujaban sobre la barandilla para poder ocupar un mejor lugar de observación.
Aun atemorizado en tal manera, el visitante regresaba siempre. En su lejano hogar, y en otra estación del año, cerraría sus ojos y vería una vez más aquella gigantesca estructura viviente. Algo le impulsaría a volver y así lo haría, quizá con una esposa reciente a con un hijo recién nacido, diciendo: «Intenté decírtelo. No hay palabras para describir la parra».
Y así, las multitudes que llegaban al valle se hacían más y más grandes, y con el tiempo se construyeron nuevas carreteras y lugares donde poder comer, y como algunas personas llegaban desde muy lejos y precisaban de un lugar de descanso, la gente del valle construyó paradores.
Uno por uno, los granjeros disminuyeron su propia producción, abandonando viñedos para invertir su dinero en moteles y restaurantes. Las casas cinematográficas hicieron acto de presencia, y alguien construyó una terraza, que estaba orientada hacia el invernadero, dotándola con parasoles multicolores y con piscinas.
También hubo quien construyó pequeños puestos de venta donde se expendían uvas y botellas de vino que, según se aseguraba, procedían de la famosa parra.
La gente del valle prosperó rápidamente, y aun cuando todavía vivían a la sombra de la parra, ya no la maldecían. En lugar de mirarla con odio alzaban sus ojos al cielo y murmuraban: «Espero que llueva, la parra necesita agua.» O: «Si hay helada espero que no se quiebren los cristales del invernadero y se dañe la parra.»
Con el tiempo abandonaron definitivamente el cultivo de la tierra y desde entonces sus vidas dependieron del constante fluir de visitantes que llegaban a ver la parra.
Y así ocurrió que Charles Baskin nació en época de prosperidad, cuando la gente del valle ya no evitaba a la familia. En su lugar decían: «¿Está muy atareada tu familia?»; o golpeando afectuosamente sobre la espalda de Charles le preguntaban: «¿Cómo va la parra, Charles?»
«Maravillosamente bien», respondía él, un tanto distraídamente, porque ya estaba cerca de los veinte años, era el primogénito y debía buscar esposa.
En otros tiempos la cosa hubiera sido más difícil… Un Baskin que entonces quisiera hacer la corte a una muchacha tenía que tomar un carro o un carromato y atravesar las montañas, viajando sin descanso hasta llegar a una ciudad donde nunca hubiesen oído hablar de la parra.
La propia madre de Charles había llegado al valle procedente de una de tales ciudades. Había llegado allí con sus ojos nublados por el amor y los oídos cuajados de las mentiras de su padre, mentiras y promesas; y no entendió las cosas tal y como eran hasta que entró en el invernadero. Se dio cuenta entonces de que se pasaría el resto de su vida cuidando la parra.
Charles la había visto languidecer durante toda su infancia, llorando sentada sobre una de las enormes raíces de la planta, y había escuchado de sus labios, noche tras noche, historias y anécdotas de lo que ocurría fuera del valle.
Sin embargo, durante aquellos veinte años transcurridos, las cosas habían cambiado mucho allí. Los padres de su madre habían llegado de visita y en lugar de protestar se sintieron encantados. Les llevó hasta el lugar el alcalde, reventando de orgullo, y los dos abuelos admiraron el invernadero, y alabaron la casa, e incluso llegaron hasta el extremo de acariciar el tronco de la parra.
La madre aún estaba protestando y tratando de explicar cosas, cuando los dos viejos la interrumpieron para decirle totalmente convencidos:
?Querida, debes ser muy feliz aquí.
Y a continuación partieron.
Charles, presenciando la escena, había pensado: «¿Y por qué no lo iba a ser?» La parra en aquellos días exudaba prosperidad y aun cuando aquellos que llegaban a verla se sentían asombrados, también deseaban mostrarse solícitos y casi siempre aconsejaban: «Más alimento.» O: «No podemos permitir que le suceda nada a esta parra.»
Y así, cuando Charles llegó a su mayoría de edad, cualquier muchacha del valle se hubiese sentido orgullosa de entrar a formar parte de la familia que cuidaba la parra. Varias de las chicas que por allí vivían trataron de llamar su atención, pero él siempre había amado a Maida Freemont, cuyo padre dirigía un lugar de recreo en la colina.
Cierto día, bajo una maravillosa puesta de sol, los dos contemplaron las últimas luces que se reflejaban sobre el techado del invernadero, situado más abajo que ellos. Charles dijo entonces:
?Baja al valle y vive conmigo.
?No sé… ?replicó Maida mirando por encima del hombro de Charles hacia el techado del invernadero?. Ese lugar me pone muy nerviosa.
?Tonterías ?dijo su padre, que acababa de escuchar las últimas palabras de su hija?. Alguien tendrá que cuidar de la parra con el tiempo.
?Sí ?respondió Charles, a la vez que sentía un estremecimiento de premonición?. Yo te quiero Maida, cuidaré de ti.
Y acto seguido la abrazó estrechamente, pensando que si se casaba con ella todo marcharía bien.
?Maida…
?Dime…

La llevó en viaje de bodas a través del océano. Unos cuantos días de libertad antes de que se metiera a vivir en el invernadero. Regresaron del viaje tostados y con aspecto saludable; y Charles la condujo a través de los pasadizos que se extendían por las paredes de cristal, esperando ver la parra.
Charles cogió a su esposa en brazos y atravesó el portillo.
?Y bien ?dijo al mismo tiempo que la depositaba en el balcón interior?, ya estamos aquí…
La muchacha ocultó el rostro en el hombro de su esposo y murmuró:
?Sí…, ya estamos aquí.
Cuando nuevamente se abrazaron, Charles se sintió muy incómodo. Notó que se producía un sutil cambio en el color de la luz del invernadero y cierta extraña diferencia en el aire que les rodeaba. El aire en aquellos momentos era más pesado, como si acabara de recibir una pincelada de fermento. Molesto, tomó a Maida por una mano y se apresuró a penetrar en la casa.
El resto de la familia se hallaba sentada en la sala de estar: el padre, la madre, Sally y Sue. Se habían cambiado sus ropas de trabajo. La madre y las muchachas se habían puesto vestidos de color de alhucema, y el padre lucía su camisa de color vino. Rodearon inmediatamente a los nuevos esposos y pasó un minuto antes de que Charles se diera cuenta de que allí faltaba alguien.
?¿Dónde está el abuelo ?
Su madre respondió evasivamente:
?Se fue…
?¿Adónde?
El padre movió la cabeza y respondió:
?Algo… le sucedió y murió.
Sue dijo calmosamente:
?Ya era hora.
Intervino la madre para hacer las cosas más fáciles:
?Convertí su cuarto en una magnífica sala para vosotros y así tendréis un verdadero apartamento.
En el exterior hubo un ruido extraño, como si toda la parra se estremeciese. Maida se apretó contra Charles, y éste respondió:
?Está bien, madre. Eso es estupendo.
Maida murmuró:
?¡Oh, Charlie, Charlie, sácame de aquí!
El vaciló.
La familia les contemplaba con ojos violeta. Estaban esperando.
Asintiendo con un movimiento de cabeza, Charles abrazó más estrechamente a Maida y dijo:
?Vamos, querida.
Y en el rellano de la escalera añadió:
?Confía en mí. Confía en la parra.
Subieron los dos juntos. En el exterior se oyó otro extraño ruido, muy parecido a un gigantesco suspiro.
Charles se levantó temprano, pero la familia ya estaba trabajando. Sally se hallaba en el torniquete de entrada al pasadizo recogiendo dinero de los visitantes. Sue estaba agachada en uno de los pasillos de madera arrancando distraídamente una mala hierba. Su madre estaba subida en una escalera situada en el extremo más alejado del invernadero, atando una fina rama de la parra.
Charles se aproximó a ella.
?Madre, aquí hay algo diferente ?dijo.
Pero la madre solamente frunció el ceño, atando un nudo, y no dijo nada.
Cuando a mediodía regresaron a la casa, Maida parecía haberse recuperado y animado mucho. Estaba en la cocina. Llevaba los cabellos recogidos y sujetos en la nuca y silbaba alegremente. Dijo:
?Hice un pastel.
Terminaron la comida felizmente. Sally habló mucho sobre un muchacho que había visto. Había atravesado el torniquete de entrada al pasadizo dos veces sin haberse acercado a la barandilla para contemplar la parra. Sólo le interesaba charlar con ella. La madre sonreía al mismo tiempo que daba a Maida algunas instrucciones sobre el gobierno de la casa. El padre estaba un poco pálido y como abstraído.
?El pastel ?dijo Maida, cortándolo.
Todos abrieron la boca asombrados.
?¡Uvas!
Una vez que terminaron de hablar con ella, Charles la condujo hasta su habitación, tratando de tranquilizarla.
?Por favor, querida, no llores más. Lo que ocurrió es que no has comprendido…
?Todo lo que yo quería era…
?Lo sé, pero perjudicaste a la parra. Ninguno de nosotros jamás hace daño a la parra.
Baskin, aquella tarde, permaneció una hora más en el invernadero, quizá pensando cómo arreglar el estropicio que había realizado su mujer en la parra. Fue de un lado a otro por los pasadizos de madera, arrancando malas hierbas y podando, hasta que poco antes de la puesta de sol tropezó con su padre.
Se hallaba en tierra, cerca del muro exterior, terriblemente pegado al terreno, como si estuviese comulgando con él. Cuando Charles le llamó, el viejo no respondió, ni se movió.
Inclinándose y alzándole un poco, Charles logró sentarle contra el muro de cristal.
?Padre, ¿no crees que no es normal estar tirado ahí en la suciedad, de esa manera?
El viejo le miró y musitó:
?Tenía que hacerlo…
?¿Por qué, padre? ¿Por qué?
?No lo comprenderías.
?Padre, ¿te encuentras bien?
El viejo le apartó calmosamente y replicó:
?Vamos…, es la hora de regar la parra.
Los últimos visitantes se habían ido ya, y así abrieron las esclusas que daban paso al agua. Cenaron bajo el suave murmullo del agua que regaba la tierra. Aquella noche, Charles y Maida se abrazaron más estrechamente, como si estuviesen atemorizados por la constante lluvia artificial.
El padre ya no volvió a ser el mismo de antes. Al cabo de dos meses había fallecido, languideciendo misteriosamente ante los ojos de toda la familia, hasta morir. A la vez que el viejo se iba perdiendo poco a poco, la parra prosperaba, produciendo más fruto, extendiendo más y más sus ramas hasta que llegó un momento en que Charles temió que el invernadero no fuese lo suficientemente grande para albergarla. Trabajó largas horas podando y arreglándola, intentando mantenerla dentro de ciertos límites, y cuanto más trabajaba, menos resultados parecían alcanzar sus esfuerzos.
Su madre y las muchachas también parecían afectarse mucho, haciendo inútiles esfuerzos y languideciendo más y más ante sus ojos.
Solamente Maida estaba bien, atareada en un género de vida que nada tenía que ver con la parra o con el invernadero. Estaba embarazada y en sus sueños sobre el futuro, cuando conversaban sobre el porvenir, ni Charles ni Maida mencionaban la parra para nada.
Solamente Sally parecía resentirse del inminente bebé, riñendo con Maida porque no ayudaba como lo hacían los demás, aunque la propia Sally pasaba cada vez menos tiempo trabajando. En lugar de hacerlo se entretenía en el torniquete de entrada, charlando con el muchacho visitante.
?Mejor será que le digas que deje de venir por aquí ?dijo Charles una noche.
?¿Por qué? Tengo que vivir mi propia vida, ¿no?
Charles frunció el ceño mirando a Sally y respondió:
?Tu vida es la parra.
Al día siguiente la muchacha había desaparecido. Había metido sus ropas en una maleta de cartón, para huir con el muchacho. Desde una distante ciudad enviaron una tarjeta que decía:
«Salid de ahí antes de que sea demasiado tarde.»
No había dirección del remitente.
Sue movió la cabeza con gesto de pesadumbre y comentó:
?Tendremos que trabajar más duro para compensar su marcha.
?No servirá de nada ?respondió la madre, desde su rincón?. No servirá de nada.
?No digas eso ?replicó Charles secamente?. Entre todos tenemos que cuidar la parra.
Muy avanzada ya en su embarazo, Maida murmuró:
?¡Maldita sea la parra!
Como Charles no pudo encontrar a su madre para que le ayudara, cuando nació el niño entre él y Sue oficiaron de comadronas. Cuando todo acabó, Charles salió hacia los pasadizos de madera y llamó a la anciana para darle la buena noticia.
Finalmente la encontró boca abajo, pegada a la tierra, como lo había estado su padre, y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para alzarla. Imaginaba que algo la había golpeado cuando la apartó de la tierra. Atemorizado la llevó hasta la casa y la acostó. Aun cuando la mujer era fuerte, Charles no le permitió dejar la casa para nada. Entre él y Sue cargaron con el trabajo porque no tenían otro remedio que hacerlo así. De todas formas la madre murió pronto. La enterraron en el solar familiar, donde podría alimentar a la parra.
En aquellos momentos quedaban en la casa solamente cuatro personas: Charles, Maida, el bebé… y Sue, quien poco a poco también iba languideciendo y adelgazando ante sus ojos.
Charles estaba desesperado y probablemente habría huido de allí a no ser por el pequeño. El bebé era su futuro y todas sus esperanzas. Crecería fuerte y saludable, llevando en sí la tradición de los Baskin en cuanto se refería al cuidado de la parra.
?Pronto tendremos una niña ?dijo sonriendo a Maida.
Al otro lado del fuego, Sue se llevó ambas manos a los labios. Sus dedos acariciaron el rostro, nerviosamente, e inmediatamente se puso en pie y echó a correr.
Cuando Charles salió al porche escuchó sus pasos, rápidos y desesperados. Pero estaba todo muy obscuro y la gran parra crujió sobre él. Con un estremecimiento, entró en la casa.
No volvieron a ver a Sue, y así Maida tuvo que cuidar al bebé en la casa y salir a ayudar a su esposo en el trabajo de la parra.
Era una muchacha ágil y capaz, y ahora que había dado a luz un hijo, parecía sentirse extrañamente reconciliada con la vida en el interior del invernadero, como uno más de los que siempre habían trabajado allí.
Ella y Charles trabajaban bien, pero Charles comenzó a observar ciertos cambios en su esposa. A menudo la hallaba en el pasadizo de madera más lejano del invernadero con una mejilla apoyada en el muro de cristal, profundamente ensimismada. Fue por esta época cuando Charles descubrió el esqueleto de Sue suspendido entre la verde espesura de la parra. Lo liberó de su encierro y lo enterró rápidamente para que Maida no lo viese.
La tierra parecía vivir cuajada de fuertes raíces que en aquel momento se agitaron espasmódicamente. Charles dio un salto atrás, terriblemente alarmado.
«Nos iremos ?pensó mordiéndose el labio inferior?. Me llevaré a ella y al niño muy lejos de aquí.»
.Pero ya era demasiado tarde. Maida no respondió a sus angustiosos gritos, y finalmente la encontró pegada a la tierra junto a la puerta de la casa.
Cuando la alzó, la muchacha sonrió. Parecía estar ciega, pero, aun así, su aspecto era tan encantador como siempre. Allí donde había tocado la tierra? su piel estaba cruzada por diminutas venas rasgadas. La llevó en brazos, corriendo, tropezando, hasta la carretera. Cuando la policía la trasladó al hospital, Charles llamó al padre de Maida.
?Señor Freemont, Maida y yo nos iremos de aquí tan pronto se encuentre mejor para viajar.
?Y harás bien, muchacho ?respondió el señor Freemont?. Yo cuidaré aquí de Maida. Tú vuelve a tu trabajo en la parra.
?Me parece que no acaba usted de entenderlo, tenemos que irnos de aquí…
El viejo le aconsejó nuevamente que regresara al invernadero y añadió:
?Pronto estará bien, hijo. Vuelve a tu trabajo.
Como no había otra cosa que hacer, así lo hizo Charles, pero tenía la mente ocupada con sus proyectos. Cuando Maida mejorase se la llevaría de allí en compañía del bebé; si era preciso robaría un coche y partirían del valle hasta que estuvieran muy lejos de aquella tierra maldita, sanos y salvos.

?Ha muerto ?dijo el padre de Maida. llorando junto al torniquete de entrada a los pasadizos altos.
?La parra la mató ?respondió Baskin desesperadamente.
El viejo aplicó sobre su hombro una afectuosa palmada y luego añadió:
?Bien…, bien, está llegando la hora de la recolección. Ya sabes cómo les gusta eso a los visitantes…
?Pero tengo que…
?Tienes que seguir trabajando en nombre de Maida. Por el valle. Todos dependemos de ti.
Antes de que Charles pudiese protestar, el viejo colocó un rastrillo en su mano. Al cabo de un rato un grupo de hombres comenzó a instalar un torniquete automático.
?Te diré algo ?dijo el viejo?. Colocaremos un rótulo de «Prohibidas las visitas» y así dispondrás de cierto tiempo para cumplir con el luto.
?Pero no hay…
Baskin penetró en el invernadero añadiendo:
?…No hay tiempo para lutos. Solamente queda el tiempo justo para cuidar la viña.
Tal exigencia ocupó todas sus horas libres. Cuidaba también al niño, al que dejaba en el porche en un lugar donde él podía vigilarle, y si aquella noche dejó al bebé sin atender, casi no fue culpa suya.
Oyó un fuerte chasquido y un distante lamento. Charles corrió para ver lo que había ocurrido. La parra había roto un panel de cristal del invernadero. Charles estaba a punto de volverse hacia la casa y hacia el bebé cuando una rama llena de hojas cayó alrededor de uno de sus brazos sosteniéndole como si deseara decirle: «Escucha».
Impaciente, Charles se sacudió la presa. Con creciente pánico echó a correr.
No pudo llegar a tiempo. Nadie hubiese podido hacerlo. El bebé, o bien había trepado por su cuna, o le habían sacado de allí. Estaba jugando en la tierra frente a la casa. Baskin gritó, destrozándose casi la garganta, pero antes de que el bebé pudiese oír o responder, una fuerte raíz surgió del suelo, rodeó el cuello del niño y lo introdujo profundamente en la tierra.
Charles imaginó oír un eructo cósmico.
Lanzándose desesperadamente sobre la tierra la rasgó con furia, pero no encontró rastro del bebé, ni su gorra, ni siquiera un solo hueso. En su dolor e ira, Baskin cavó más profundamente con ambas manos, golpeando las raíces y maldiciendo la tierra. El suelo estaba vivo, luchaba en contra de él, y finalmente le costó gran trabajo desembarazarse de las raíces que trataban de hacer presa en su carne.
Se retiró hacia el porche jadeando penosamente. Entró en la casa, recogió papeles, astillas y trapos, y caminó sobre uno de los pasillos de madera hasta llegar al gran tronco, para formar una pira en su base. Empapó la carga con petróleo y le prendió fuego.
Así fue cómo Charles Baskin finalmente hizo la guerra a la parra.
Dando un salto hacia atrás, para evitar el calor, la maldijo mil veces, pensando que todo acabaría muy pronto, pero mientras contemplaba la quema el sistema de riego funcionó repentinamente, quizá movido por algún largo tentáculo de la parra. Cuando el humo desapareció, se dio cuenta de que la parra apenas había sufrido daño alguno con el fuego ya apagado, y estaba succionando desde su interior, de vez en cuando, bañándose el tronco con nueva savia.
Baskin, entonces lo atacó con una sierra automática, pero antes de que hubiese llegado muy lejos, la parra comenzó a dejar caer tijeretas desde todas sus ramas y cada una de ellas comenzó a enraizar. y todas, como por arte de magia se apoderaron de la sierra, intentando volverla hacia él. Charles se vio obligado a retroceder rápidamente hacia un lugar seguro, huyendo del invernadero, sumido en la más honda desesperación.
Pensó verter una cuba de lejía en el terreno, pero antes de que pudiese aproximarse lo suficiente, las raíces ya sobresalían de la tierra por el exterior del invernadero asiendo la cuba y tratando de alcanzar al propio Baskin.
Tenía que atacar de nuevo al tronco, pero el invernadero se había convertido en un lugar impenetrable. Aquella «cosa» se había rodeado de una espesa armadura de gruesas raíces y fibras y en ningún momento pudo Charles acercarse al tronco.
Desesperado, trazó otro plan: si no podía dañar la planta, destrozaría el invernadero, y la primera helada mataría la parra.
Solamente había roto tres paneles de cristal, cuando la encolerizada planta le aplicó unos fuertes latigazos con sus raíces a la vez que lanzaba un profundo y estremecedor bramido. Charles aún estaba luchando denodadamente cuando el primer camión apareció en el horizonte. Llegaba gente de la ciudad para investigar.
?Gracias a Dios ?dijo al primer hombre que le ayudó?. Gracias a Dios que han llegado.
El hombre le miró a través del verdor y le preguntó:
?¿Qué ha sucedido?
?Tenemos que matarla ?respondió Baskin.
Luego pensó: «Ahora verán».
Al cabo de dos segundos añadió:
?Tenemos que matarla antes de que nos mate a todos.
?Ese hombre trataba de hacerle daño a la planta ?dijo alguien a su espalda?. Parece que hemos llegado a tiempo.
Baskin abrió la boca sin acabar de comprender del todo.
?Sí, justamente a tiempo ?musitó.
Los hombres retrocedieron y dejaron que la parra terminara lo que estaba haciendo. Entonces echaron suertes para ver a quién le tocaba quedarse allí para cuidar la planta. El afortunado ganador envió un amigo a la ciudad para que comunicara la buena noticia a su esposa, y entonces avanzó abriendo las dobles puertas que daban paso al invernadero. Al aproximarse, la parra retiró sus tentáculos enrollándolos calmosamente en su primitivo lugar. En voz baja, casi acariciadora, el hombre preguntó en la obscuridad:
?¿Te encuentras bien?

Edición digital de  urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

Las botas mágicas

Las botas mágicas
Viktor Saparin
Traducido por Carlos Robles en Lo mejor de la Ciencia Ficción rusa, relatos recopilados por Jacques Bergier, Libro Amigo 88, Editorial Bruguera S. A., 1968.

Todo empezó con una nadería. Al ponerse Petja una bota, su madre notó que la suela tenía un agujero del tamaño de una monedita, tapado sólo por la plantilla. Otra «monedita», un poco más grande, aparecía también en la suela del otro pie. Petja había observado que, quién sabe por qué, la bota derecha se desgastaba más de prisa que la izquierda, por lo que el descubrimiento no le sorprendió en absoluto.
Sin embargo, su madre endureció la mirada.
?Imagínese, Iván Ivanovic ?a falta de otros, la mujer se dirigía a un huésped de sus vecinos, una persona venida de lejos, que en aquel momento había entrado en la cocina?. Este chico se come las botas. Se las he comprado hace un mes y mire. ¿Ha visto alguna vez algo semejante?
Ivan Ivanovic dejó sobre la mesa la tetera que tema en la mano y miró a Petja.
?Es un chico como otro cualquiera ?dijo?. No tiene importancia.
?¡Un chico como otro cualquiera! ?la madre de Petja alargó los brazos?. ¿Dónde ha visto algo parecido? Es un desastre. ¡Se come los zapatos!
?Yo también era así ?repuso Iván Ivanovic, conciliador; volvió a coger la tetera y la puso bajo el grifo?. Mire, no ha pasado nada, he llegado a ser profesor… Sólo es un chico nervioso…
?Pero las botas las hacen para chicos normales ?continuó la madre de Petja?. No hay zapatos especiales para los que no se están nunca quietos.
?Es verdad ?contestó Iván Ivanovic, en tono serio?. Es verdad, los futbolistas, los deportistas, disponen de botas especiales, y nadie piensa en acusarles de correr demasiado. Sin embargo, para los chicos no hay nada. Y es natural que corran… Habría que proporcionarles también botas adecuadas…
?No sé dónde encontrar botas que le duren más de un mes ?exclamó la mujer, sacudiendo la cabeza?. ¡Sería un milagro!
Petja, ofendido, arrugó la nariz. ¡Qué culpa tenía él de ser un chico nervioso! ¿Debía, entonces, quedarse sentado siempre, con las piernas cruzadas? En vez de afrontar el problema específicamente, como hacía su profesor, su madre las tomaba siempre con él. Como si gastara las suelas adrede.
Iván Ivanovic dejó la tetera sobre la plancha del hornillo y se dirigió hacia la puerta. En el umbral se detuvo, mirando otra vez a Petja como para examinarlo.
?Le enviaré un par de botas mágicas ?prometió, con sencillez?. El muchacho me parece adecuado, siempre que sea verdad todo cuanto me ha dicho acerca de él. Se las mandaré, pero con una condición: que el chico se ponga las botas todos los días y le deje hacer todo lo que quiera. Y no se preocupe, Antonina Ignatevna, ya verá cómo mis botas no se gastan nunca.
A pesar de la cólera, Antonina Ignatevna no pudo por menos de sonreír. Era una buena persona ese Iván Ivanovic…
?Ojalá fueran mágicas…
Petja estaba convencido de que Iván Ivanovic había inventado todo aquello para calmar a su madre. No tenía, realmente, aspecto de mago…
¿Dónde estaba el cucurucho que Petja recordaba haber visto sobre la cabeza del malabarista del circo? ¿Y aquella mirada penetrante o aquel modo de mover las manos, propio de los magos? Iván Ivanovic era un hombrecillo de chaqueta gris, con gafas, de barbita puntiaguda. Se parecía mucho a Sereza, el zapatero del segundo piso. Nadie habría dicho al verlo que de joven fue un muchacho nervioso.
Sin embargo, dos semanas después de la partida de Iván Ivanovic llegó un paquete. Su remitente era el hombrecillo.
Petja pensó que contendría un par de botas claveteadas con refuerzos metálicos, tal vez un par de botas de montaña semejantes a las que en una ocasión vio en un escaparate. Pero en el paquete había un par de zapatos negros vulgares, de corte sencillísimo.
Petja se los probó. Le iban de perilla.
?En seguida se ve que es un hombre… ?murmuró la madre?. Con toda su inteligencia, Iván Ivanovic no sabe que a los chicos se les debe comprar todo un poco grande. Y aseguraba que le durarían mucho tiempo… Venga, póntelos. A caballo regalado…; pero las gastarás pronto. Recuérdalo…
Aquel día comenzó la extraordinaria historia de las botas.
Contra todas las leyes de la naturaleza, las botas siguieron intactas.
Al principio, Petja caminó despacio, con cautela. Llevaba botas mágicas y nunca se sabe… Luego, poco a poco, se acostumbró a la novedad hasta que no pensó más en ello. Volvió a correr como antes y a jugar al fútbol cuanto quiso.
Una tarde, cuando Petja ya se había metido en la cama, la madre cogió las botas y se puso a observarlas.
«Ya las has llevado bastante ?dijo para si?, y… ¡Pero si están nuevas! Y pensar que… La suela está como nueva. Entonces, si quiere, sabe cuidarlas…»
Aquella noche la mujer dio a Petja el beso de despedida con cariño especial, pero Petja tenía la vaga sensación de no haber merecido enteramente el agradecimiento de su madre.
«Bah ?se dijo, al dormirse?, dependerá mucho de las botas. También María Petrovna se lamentaba muchas veces de la calidad de sus botas. No se me puede echar la culpa a mi…»
Maria Petrovna habitaba en el apartamento de enfrente y era una mujer conocida por su escepticismo con respecto a todo y a todos. A los chicos, nerviosos o no, los había clasificado tiempo atrás en la categoría de los fenómenos absolutamente negativos.
Por eso, cuando Antonina Ignatevna le contó las alabanzas de Petja, explicando que se había vuelto formal y que ya no gastaba las botas, no vaciló en desilusionarla.
?Mire, María Petrovna, son realmente botas mágicas ?insistió la madre de Petja?, o mi Petja ha cambiado. Hace seis meses que las lleva, sin quitárselas nunca, y aún no se han gastado.
?No tiene nada de extraordinario ?le replicó María Petrovna, tras haber echado una mirada a las suelas?. ¿Ve estas bolitas? No se gastan nunca. Pero a mí no me gustan; producen reuma.
?¿Qué dice? ¡La suela de esparto deja pasar el aire! ?objetó Antonina Ignatevna.
?Bueno, son de goma ?admitió Maria Petrovna.
?No pueden ser de goma ?disentió Antonina Ignatevna?. ¡Son tan ligeras! ¡Pruebe!
A regañadientes, Maria Petrovna cogió las botas.
?No pesan casi nada ?dijo, con desprecio?. Se ve que están hinchadas.
?¿Por qué hinchadas?
?Sencillísimo. ¿Sabe cómo se hace? Se hinchan las burbujas de aire de la goma. Por eso es ligera.
Dejó las botas en el suelo, limpiándose los dedos.
Antonina Ignatevna sabía perfectamente que el procedimiento de obtener el crepé era muy distinto, pero, como siempre, Maria Petrovna había dicho la última palabra.
Pasaron los meses… Las botas no se gastaban, como si de verdad fuesen mágicas. Antonina Ignatevna empezó a mirarlas con cierto temor. Sabía que el profesor no era Mefistófeles, sino un hombre normal, pero en aquel regalo suyo había algo sobrenatural. Y no se trataba únicamente de la resistencia extraordinaria de las botas, había algo más.
En una ocasión, Antonina Ignatevna descubrió un arañazo en la punta de la bota izquierda. Sin duda, al jugar con otros chicos, Petja le había dado un golpe. Sin embargo, unos días después el arañazo había desaparecido sin dejar la menor huella. ¿Y cómo explicar el hecho de que las botas pareciesen siempre nuevas, aunque Petja no se preocupaba nunca de limpiarlas?
Por otra parte, seguían ajustándose exactamente a la medida del pie de Petja; pese al transcurso del tiempo, no se habían deformado.
Es cierto que, en general, el zapato de piel cede y se adapta al pie, pero al propio tiempo envejece. En cambio, aquellas botas parecían ser nuevas de trinca.
María Petrovna, incapaz de estarse callada, le echó un día un pequeño sermón a Antonina Ignatevna:
?Exagera usted con su pequeño. ¡Cada día, un par de zapatos nuevos! Debería gastar mejor el dinero. ¡Ya se arrepentirá!
?Por favor ?le contestó Antonina Ignatevna? ¡Si hace un año que lleva los mismos zapatos!
?¿Cree que soy tonta? ?María Petrovna parecía ofendida?. Estas madres… ¡Pierden la cabeza por los hijos! No saben qué hacer por ellos… Pero así sólo los malcrían…
Dicho esto, empezó a acusar a Antonina Ignatevna de mentirosa. De no saber educar a su hijo. De comprar cada día a «su Petenfza» un par de zapatos nuevos, mientras ella seguía usando los mismos, viejos y aun desfondados.
La pobre Antonina Ignatevna intentó explicarle la verdad, pero, ¿qué explicaciones podía dar?
Por culpa de las botas, la vida de Antonina Ignatevna se complicó de una forma increíble. ¿Decir la verdad? Nadie la creería. ¿Admitir que compraba a Petja un par de zapatos nuevos todos los días? Era absurdo.
Pasaron otros dos meses, pero los zapatos no envejecían. Antonina Ignatevna fue presa de la consternación.
?Ven ?dijo un buen día a Petja?. Deja que estas botas descansen un poco. Ponte las viejas.
Y le volvió a dar las botas que en su tiempo provocaron su conversación con el profesor. El zapatero Sereza les había puesto medias suelas.
?Hice muy bien al comprarlas un número mayor ?observó la mujer?. Las debes llevar, se te quedarán pequeñas. Estas las guardaré en el armario.
¿Quería convencerse de que su hijo había aprendido a cuidar las botas? ¿O bien aquellas botas eternas empezaban a asustarla? Es difícil decir lo que la madre de Petja tenía en la mente, pero cuando el chico se calzó las botas viejas, lanzó un suspiro de alivio.
Acostumbrado a las botas del profesor, tan ligeras que parecía que no las llevaba, Petja sentía ahora pesados sus pies. No pasó mucho tiempo sin que Antonina Ignatevna no tuviese que llevarlas de nuevo al zapatero. Por lo tanto, Petja seguía siendo el chico inquieto de antes, y el secreto de la larga duración de las botas regaladas por el profesor no dependía de sus cuidados. Pero Antonina Ignatevna continuó testarudamente haciendo arreglar las botas viejas hasta que, por fin, el bueno de Sereza le dijo:
?Ya es hora de echarlas a la basura. Cómprele al chico un par de botas nuevas.
¡Comprar unas botas nuevas cuando en el armario tenía un par más de nuevo!
A regañadientes, abrió el cajón donde las había puesto. Hacía va varios meses que no las veía.
?Tienen un poco de polvo ?suspiró, dándoselas a su hijo?. Pruébatelas, quizá te estarán estrechas.
Petja cogió las botas que, como en el pasado, alegraban la vista con su limpieza.
Y como en aquel lejano día en que Petja se las puso por primera vez, también ahora le sentaban como un guante.
Pero esto no fue lo que más sorprendió a Antonina Ignatevna. Ahora estaba en cierto modo acostumbrada a cosas semejantes. Pero no a aquello. Recordaba perfectamente que, al meter las botas en el armario, las suelas parecían ligeramente gastadas; entonces se había alegrado, porque las rozaduras y los arañazos venían a confirmar que se trataba de botas normales, de objetos de este mundo sometidos al desgaste de las fuerzas de la naturaleza. Hecho extraño, ahora se alegraba de algo que un tiempo atrás la enfurecía.
Pues bien, al echar una mirada a las suelas, Antonina Ignatevna vio, con asombro, que estaban absolutamente nuevas.
Y no sólo eso. Mirándolas de costado, examinando el espesor de las suelas, hizo un descubrimiento aun más increíble.
La pobre mujer se puso las gafas, se las quitó y, finalmente, las acercó de nuevo a sus ojos. ¿Sería posible? ¡Las suelas eran aún más gruesas que antes! Nunca había conseguido comprender cómo Petja no conseguía desgastar unas suelas tan delgadas, pero ahora… ¡habían crecido!
Antonina Ignatevna se quedó sin aliento. Era absurdo. ¿Pueden existir en el mundo zapatos que crecen?
Casi tuvo miedo de darle a Petja botas tan extraordinarias. ¿Pero qué podía hacer? ¿Tirarlas?
El dilema fue resuelto por la casualidad. Aquel día, Petja no pudo utilizar las botas del profesor, porque se puso enfermo. Por fortuna, sólo se trataba de un ligero catarro, que lo retuvo, sin embargo, en el lecho durante una semana. Durante aquel tiempo, las famosas botas no quedaron sin usar. Su fama se había extendido por todo el caserío y los amigos de Petja, cuyas respectivas madres tampoco les escatimaban los coscorrones a causa de los zapatos rotos, se las pidieron prestadas para jugar a la pelota. ¿Qué les importaba a ellos que la eterna duración de aquellas botas no tuviese una explicación científica? El caso más bien excitaba su fantasía, y muchos defendían las versiones mas increíbles, demostrando una fe ilimitada en las posibilidades en la técnica, mientras otros, los más pequeños, que aún no habían salido del mundo de la fantasía, creían que las «botas del profesor» eran verdaderamente mágicas.
Así, las botas de Petja empezaron a ser usadas por turno. Con ellas jugaban a la pelota muchachos enloquecidos que a veces se dislocaban una rodilla o un tobillo, pero no se rompían nunca. Aguantaban bastantes pruebas duras, pero realmente no parecía existir ninguna fuerza en el mundo capaz de estropearlas.
Llegó así un día en que Antonina Ignatevna ya no pudo más y, tras preguntar a la vecina su dirección, escribió una carta a Iván Ivanovic.
Esta fue la respuesta del profesor:
«…Sí, crecen. Y en esto, querida Antonina Ignatevna, no hay nada milagroso. Comprendo su asombro e intentaré explicarle el motivo.
»¿Por qué crecen? ¿Ha oído hablar alguna vez de las epifitas? Son plantas que no viven sobre la tierra, sino en el aire. No tienen raíces y pueden vivir sobre una empalizada, incluso sobre un hilo del telégrafo, sin tocar la tierra. ¿Cómo se nutren? No de telegramas, naturalmente, y perdóneme la broma. Toman todo lo preciso para su desarrollo del aire. En el aire siempre hay humedad, siempre hay polvo que contiene partículas minerales. Y nuestras plantas se adaptan a este tipo de alimentación, digamos «aérea».
»Desde hace varios años, nuestro instituto estudia estos minúsculos organismos vegetales, que viven en grandes colonias como los corales. Estas dan lugar a una masa compacta, ligera, flexible como la goma, pero que deja pasar el aire. Las botas que se obtienen con esa masa no son en nada inferiores a la piel, incluso tienen una propiedad de la que la piel carece: crecen. ¿Recuerda la piel de zapa de Balzac? Aquélla disminuía. Pero la nuestra crece continuamente, porque vive. Las células vegetales de que está formada se multiplican con rapidez, alimentándose, como todas las epífitas, a través del aire. Para las suelas hemos preparado una piel que crece de modo particularmente rápido, porque esta parte del zapato se gasta más. Le diré también que la suela puede alimentarse mejor que las demás partes de la bota, porque se halla en contacto con la tierra, donde la humedad y las substancias minerales son más numerosas. La alimentación más substanciosa contribuye a hacer que la suela se regenere más de prisa. Es un proceso imperceptible para el ojo del hombre; si no llega usted a tener las botas encerradas en el armario durante cuatro meses enteros, es probable que nunca hubiera descubierto que éstas crecen realmente. Como es natural, también las botas que crecen tienen sus inconvenientes. No se pueden conservar almacenadas largo tiempo porque su número variaría. Un adulto que se compra hoy un par, un tiempo después las encontraría demasiado grandes. En los zapatos de los adultos sólo puede aplicarse en la suela. Y no es poco; en efecto, hemos recibido muchas cartas de agradecimiento de carteros y de personas cuya profesión les obliga a caminar mucho, entre los cuales hemos distribuido un cierto número de pares, a título de prueba.
»Pero las botas de los chicos se pueden fabricar todas ellas con piel creciente. Creemos haber resuelto un problema que preocupa a todos: la confección de botas que puedan ser llevadas durante varios años seguidos. En nuestros experimentos hemos sometido ya a desgaste artificial varios pares, calculando un consumo normal de cinco años, pero una cosa es la experimentación y otra la prueba práctica. Por esta razón me interesa muchísimo saber el fin que tendrán las botas de Petja. Escríbame, por favor, si no le molesta demasiado, al menos una vez cada seis meses. Tenemos bajo nuestro «patrocinio» muchos escolares que usan nuestras botas, pero las de Petja forman parte de la primera partida y todas las noticias al respecto nos son particularmente precisas. Yo ya le he escrito dos veces, pero debo haber confundido la dirección, porque tampoco mis parientes me han contestado.
»Para nuestros experimentos no escogemos a los chicos especialmente inquietos, pero eso no significa que nuestras botas sean tratadas de la peor manera. Como en todas las demás cosas, también con ellas es necesario un cierto cuidado.
»Al probar una nueva marca de bicicleta, se la somete a las pruebas más difíciles, pero al usarlas normalmente, es bueno observar todas las normas prescriptas de mantenimiento. Nuestras botas están destinadas a los adultos obligados por su profesión a caminar mucho y a los chicos, pero no a las personas descuidadas. Dígaselo a Petja. Cuidar un objeto significa doblar su vida. Si Petja quiere convertirse en un ejemplo en materia de botas, no como destructor, sino por saberlas conservar y sacarles rendimiento, deberá observar estas sencillas normas, que adjunto a la carta. Esto también es un experimento y le ruego que colabore. Antes era un caso desesperado de descuido, pero hoy, sin embargo, se me cita como ejemplo de orden. Quisiera saber precisamente lo que duran nuestras botas cuando se las cuida bien. Escríbame.
»P.S.: Dentro de unos días entrara en servicio la primera fábrica experimental para la producción en serie de las ?botas mágicas?.»
Una semana más tarde, Petja y su madre asistieron en un cine a la proyección de un documental sobre la fábrica de «suelas autorregeneradoras», como las llamaba el locutor.
?Tenemos «sierras autoafiladas» ?decía el locutor?, existen relojes de cuerda automática, relojes para los distraídos que, una vez se les ha dado cuerda, ya no se paran nunca. Ahora nos llega la suela que no se gasta nunca. Ahí está, ante vuestros ojos.
En la pantalla aparecieron enormes tinas poco profundas que contenían un caldo nutritivo en el que se cultivaban pequeñísimos organismos vegetales que, vistos al microscopio, parecían minúsculas estrellas amarillas.
El documental mostraba cómo estos organismos, al crecer, formaban una delgada hoja, tan ligera que flotaba sobre el caldo. La hoja seguía creciendo, haciéndose poco a poco más espesa.
?Con el desarrollo de los microorganismos ?explicaba el locutor?, el material resulta cada vez más compacto. Ahora, la piel ya está lista. Puede ser enviada al corte.
En un departamento cerrado, numerosas máquinas automáticas recortaban, en la «piel» artificial que allí llegaba, miles de suelas de varias dimensiones.
?Y la suela sigue creciendo ?añadió el locutor.
Se vio una enorme suela que ocupaba toda la pantalla. La toma en acelerado proporcionaba una rápida visión del crecimiento. El espesor de la suela aumentaba a ojos vistas.
?El tiempo transcurrido es, en realidad, de dos meses ?explicó el locutor?. La suela ha crecido tanto, que ha compensado el desgaste producido por un uso prolongado y constante. Y seguirá creciendo indefinidamente, como los hongos que quizá alguno de ustedes cultiva. ¡Gastarán los zapatos, pero esta suela no se desgastará jamás!
?¡Menos mal! ?apenas salió del cine Antonina Ignatevna lanzó un suspiro de alivio?. Ahora todo está claro…
Al encontrarse a María Petrovna, se enfrentó con ella sin miedo:
?¡Vaya al cine! ?le aconsejó?. Vera cómo se hacen los zapatos de Petja. ¡Ya no podrá decir que le compro un par nuevo cada mes!
?Ya sé lo que hacen en el cine ?replicó la vecina?. Un montón de trucos. Tengo un sobrino que estudia en el Instituto de Cinematografía y precisamente estos días han dado una clase especial sobre ilusiones ópticas.
?Pues estas botas existen ?replicó la madre de Petja, acercando su hijo a Maria Petrovna?. Y Petja, también. No son ninguna ilusión óptica.
?Bueno. Supongamos que sea verdad ?concedió la vecina, con superioridad?. Pero todos los chicos son unos mentirosos. Y el suyo no es mejor que los demás. No comprendo por qué lo mima así. ¿Qué necesidad tenía de hacerle esas botas especiales?… ¿No le basta con las botas corrientes?

Edición digital de Tecum
Revisión de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

Los colmillos de los árboles

Los colmillos de los árboles
Robert Silverberg
The fangs of the trees, © 1968 (The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Octubre de 1968). Traducido por ? en La otra sombra de la Tierra, Super Ficción 62, Ediciones Martínez Roca S. A., 1981.

Desde la casa de la plantación, sobre la colina de Dolan, gris y esbelta como la aguja de una torre, Zen Holbrook alcanzaba a ver todo cuanto le interesaba: las alamedas de los árboles del jugo en el amplio valle, la corriente rápida donde su sobrina Naomi prefería bañarse, el lago tranquilo y sereno más allá. También veía la zona amenazada de infección en el Sector C, al lado norte del valle, donde ?¿o era sólo su imaginación?? las lustrosas hojas azules de los árboles parecían ya manchadas con el tono naranja de la enfermedad del moho.
Si su mundo iba a acabarse, aquello significaba el principio del fin.
Permaneció en pie ante el curvado ventanal del centro de información, sobre la casa. Era a primera hora de la mañana. Dos lunas pálidas pendían aún en el cielo del amanecer, pero el sol se levantaba ya sobre el país de las colinas. Naomi estaba levantada y fuera de la casa, jugueteando en el arroyo. Cada mañana, antes de dejar la casa, Holbrook pasaba revista a toda la plantación. El radar y los sensores ofrecían a su vista planos de todos los puntos clave. Adelantando el cuerpo, Holbrook pasó sus manos de dedos gruesos sobre los mandos y encendió las pantallas que flanqueaban el ventanal. Poseía mil setecientas hectáreas de árboles del jugo… Una fortuna, aunque, debido a la hipoteca, lo que ganaba era poco en comparación con lo mucho que daba a ganar. Su reino. Su imperio. Registró el Sector C, su favorito. Sí, en la pantalla se veían largas filas de árboles, de quince metros de altura, agitando sus miembros inquietos. Ésta era la zona de peligro, el sector amenazado. Holbrook examinó intensamente las hojas de los árboles. ¿Tenían ya manchas de moho? Los informes del laboratorio llegarían un poco más tarde. Estudió los árboles, vio el brillo de sus ojos, el destello de sus colmillos. Eran muy buenos los árboles de este sector. Cumplidores, unos productores magníficos.
Sus árboles favoritos. Le gustaba tratar de convencerse a sí mismo de que los árboles tenían personalidad, nombre, identidad. No hacía falta simular demasiado. Puso en marcha el audio.
?Buenos días, César ?dijo?. Buenos días, Alcibíades, Héctor. Buenos días, Platón.
Los árboles reconocían su nombre. En respuesta a su saludo, agitaron las ramas como si el viento barriera la alameda. Holbrook vio el fruto casi maduro, largo e hinchado, cargado de jugo alucinógeno. Los ojos de los árboles ?placas brillantes y escamosas incrustadas en varias filas sobre el tronco? brillaron y se volvieron buscándole.
?No estoy en la alameda, Platón ?advirtió Holbrook?. Todavía me encuentro en la casa de la plantación. Pronto iré ahí. Hace una mañana preciosa, ¿verdad?
Entre la penumbra, a nivel del suelo, surgió el hocico largo y sonrosado de un ladrón de jugo, saltando de un montón de hojas caídas. Disgustado, Holbrook observó cómo el roedor, pequeño y audaz, cruzaba la alameda en cuatro saltos rápidos y venía a caer sobre el enorme tronco de César, trepando con destreza entre los grandes ojos del árbol. Los miembros de César se agitaban furiosos, pero no conseguía localizar al monstruo. El ladrón de jugo se desvaneció entre las hojas y reapareció nueve metros más arriba, moviéndose ahora en el nivel donde crecía el fruto. Fruncía ansiosamente el hocico. Luego, se incorporó sobre las cuatro patas posteriores y se dispuso a chupar un fruto casi maduro, por un valor de ocho dólares en alucinógenos.
De la copa del Alcibíades surgió, como una serpentina estrecha y sinuosa, un zarcillo, un tentáculo poderoso. Cruzó el espacio que le separaba de César y cayó como el rayo en torno al ladrón de jugo. El animal apenas tuvo tiempo de gemir al comprender que había sido atrapado cuando ya el tentáculo acababa con él, estrangulándole. En un gracioso arco, el zarcillo regresó a la copa de Alcibíades, y la boca abierta del árbol quedó a la vista cuando las hojas se entreabrieron. Los dientes se separaron, el tentáculo se desprendió de su presa y el cuerpo del ladrón cayó en la boca del árbol. Alcibíades se estremeció de placer. Fue un ligero temblor de las hojas, una afectación de modestia, la satisfacción en realidad por sus rápidos reflejos que le habían proporcionado un bocado tan exquisito. Era un árbol muy listo y muy hermoso, y estaba muy satisfecho de sí mismo. «Una vanidad perdonable ?pensó Holbrook?. Eres un buen árbol, Alcibíades. Todos los del Sector C sois buenos árboles. ¿Pero si tienes la enfermedad del moho, Alcibíades? ¿Qué será de tus hojas brillantes, de tus ramas esbeltas, si tengo que quemarte y eliminarte de la alameda?»
?Muy bien hecho ?le dijo?. Me gusta verte siempre tan alerta.
Alcibíades siguió agitándose. Sócrates, a cuatro árboles en diagonal, en la misma fila, apretó las ramas contra el tronco en lo que Holbrook reconoció como un gesto de disgusto, un gruñido torvo. No a todos los árboles les gustaba la vanidad de Alcibíades, su orgullo y su rapidez.
De pronto, Holbrook no pudo soportar la vista del Sector C. Tocó los botones de mando y pasó al Sector K, el nuevo, al extremo sur del valle. Aquí los árboles no tenían nombres, ni los recibirían tampoco. Holbrook había decidido hacía tiempo que era una afectación tonta considerar a los árboles como si fueran amigos o animalitos domésticos. Eran, sencillamente, productores de ingresos. Y suponía un error encariñarse con ellos…, según comprendía con mayor claridad ahora que algunos de sus amigos se veían amenazados por el moho, que se contagiaba de un mundo a otro para arruinar las plantaciones de árboles del jugo.
Registró el Sector K con mayor frialdad.
Debería pensar en ellos como árboles, se dijo. No como animales, ni como personas. Árboles. Raíces muy largas que se hunden a dieciocho metros bajo el suelo para nutrirse. No pueden moverse de un lugar a otro. Se desarrollan por fotosíntesis. Florecen, son fecundados por el polen y producen grandes frutos como falos, cargados de alcaloides capaces de inducir sombras muy interesantes en la mente de los hombres. Árboles, árboles, árboles. Pero tienen ojos. Y dientes. Y boca. Poseen miembros prensiles. Piensan. Reaccionan. Tienen un alma. Cuando se les hiere, incluso gritan. Están adaptados para perseguir animales pequeños. Digieren carne. Algunos prefieren el cordero a la ternera. Unos son pensativos y solemnes; otros, alegres y saltarines; otros plácidos, casi bovinos. Aunque todos son bisexuales, algunos presentan una personalidad decididamente masculina; hay otros femeninos, otros ambivalentes. Almas. Personalidades.
Árboles.
Los árboles sin nombre del Sector K le tentaban a cometer el pecado de apegarse a ellos. Ese gordo podía llamarse Buda. Y aquél, Abe Lincoln. Y tú, tú eres Guillermo el Conquistador…
Árboles.
Había hecho el esfuerzo y había triunfado. Examinó fríamente la alameda, asegurándose de que no había sufrido daño durante la noche a causa de los animales de presa; comprobando los frutos maduros; leyendo los informes que proporcionaban los sensores, monitores que vigilaban el nivel del azúcar, la etapa de la fermentación, la toma de manganeso, todo el proceso complicado y equilibrado de la vida del que dependía el éxito de la plantación. Holbrook lo manejaba todo prácticamente solo. Tenía a sus órdenes tres vigilantes humanos y tres docenas de robots. El resto se hacía por telemetría y, por lo general, todo iba bien. Por lo general. Adecuadamente guardados, cuidados y alimentados, los árboles daban su fruto tres veces al año. Holbrook lo enviaba a la planta de transformación, junto al puerto espacial de la costa, donde se sometía el jugo al debido proceso y se embarcaba hacia la Tierra. Holbrook no participaba en eso; no era más que un productor del fruto. Llevaba aquí diez años y no tenía planes para cambiar de profesión. Llevaba una vida tranquila, una vida solitaria, la vida que él había elegido.
Hizo girar los registros del radar de un sector a otro, hasta haberse asegurado de que todo iba bien en la plantación. En el recorrido final, captó la corriente y a Naomi justo en el momento en que salía del baño. La muchacha subió a un acantilado rocoso, sobre las aguas agitadas; y agitó sus largos cabellos, lisos y dorados. Daba la espalda a la cámara. Holbrook observó con placer cómo goteaba el agua de su cuerpo esbelto. Las sombras delineaban su silueta; la luz del sol brillaba en la cintura estrecha, en la curva de las caderas, en las nalgas tensas. Tenía quince años, estaba pasando un mes de sus vacaciones de verano con el tío Zen y se divertía como nunca entre los árboles del jugo. Su padre era el hermano mayor de Holbrook. Éste sólo había visto antes a Naomi en dos ocasiones, una cuando era aún un bebé y otra cuando tenía unos seis años. Se había sentido algo inquieto cuando le hablaron de enviársela, ya que no entendía nada de niños y, además, no estaba muy ansioso de compañía. Pero no se negó a la petición de su hermano. Por otra parte, tampoco era ella una niña. Se volvió ahora, y la cámara mostró a Holbrook los senos como manzanas, el vientre liso, el ombligo hundido, los muslos esbeltos. Quince años. No, ya no era una niña. Era una mujer. No ocultaba en absoluto su desnudez y nadaba así cada mañana, aun no ignorando la existencia de las cámaras. Holbrook no se sentía cómodo observándola. ¿Debía hacerlo? La verdad, no resultaba adecuado. La vista de la muchacha le agitaba sospechosamente. «¡Qué diablos, soy su tío!» Un músculo se le crispó en la mejilla. Se dijo que la única emoción que le invadía al verla era el placer y el orgullo de que su hermano hubiera engendrado algo tan encantador. Sólo admiración, eso era todo lo que se permitía sentir. Ella estaba morena, de color miel, con tonos rosados y dorados. Parecía emitir una radiación más brillante que la del sol. Holbrook apretó el botón de mando. «He vivido demasiado tiempo solo. Mi sobrina. Mi sobrina… Sólo una niña. Quince años. Encantadora.» Cerró los ojos, los abrió apenas, se mordió el labio. «¡Vamos, Naomi, cúbrete!»
Cuando la chica se puso los shorts y el sujetador, fue como un eclipse de sol. Holbrook cerró el centro de información y bajó a la casa de la plantación, tomando al pasar un par de cápsulas como desayuno. Un cochecito reluciente salió del garaje, Holbrook saltó al interior y se puso en camino para dar los buenos días a la chiquilla.
Todavía estaba junto a la corriente, jugando con una cosita peluda, enroscada en un arbusto, semejante a un gatito con muchas patas.
?¡Mira esto, Zen! ?le gritó?. ¿Es un gato o un ciempiés?
?¡Apártate de eso! ?le gritó con tal vehemencia que ella dio un salto atrás, aterrada.
Él ya tenía el arma en la mano y el dedo en el gatillo. El pequeño animal, impasible, seguía enroscando las patas en torno a las ramas.
Muy cerca de él, Naomi se asió a su brazo y dijo roncamente:
?No lo mates, Zen. ¿Es peligroso?
?No lo sé.
?Por favor, no lo mates.
?Es la regla en este planeta ?dijo?. Cualquier cosa con columna vertebral y más de una docena de patas es probablemente mortal.
?¡Probablemente!
La voz sonó burlona.
?Aún no conocemos toda la fauna local. A éste no lo había visto antes, Naomi.
?Es demasiado lindo para ser peligroso. ¿No quieres guardar el arma?
La guardó y se acercó a la bestezuela. No había garras, tenía los dientes pequeños, el cuerpo débil. Mala señal. Una criatura así, sin medios visibles de defensa… Había muchas probabilidades de que ocultara un aguijón venenoso en la peluda cola. La mayoría de los animales con tantas patas lo tenían. Holbrook cogió una rama de un metro de largo y precavidamente, la arrojó contra la sección media del animal.
Rápida respuesta. Un siseo, la parte trasera se volvió como un relámpago… y ¡bum! un aguijón de muy mal aspecto se clavó en la corteza de la ramita. Cuando la cola se retiró, unas cuantas gotas de un fluido rojizo cayeron de la madera. Holbrook se alejó y el animal le miró furioso, como esperando que se acercara más a él.
?¡Qué rico! ?dijo Holbrook?. Una monada. Naomi, ¿es que no quieres vivir ni hasta cumplir los dieciséis años?
Ella seguía de pie muy pálida y agitada, casi atónita ante la ferocidad del ataque.
?Parecía tan cariñoso ?dijo?. Casi domesticado.
Zen sacó el arma y lanzó un rápido rayo a la cabeza del animal, que cayó del árbol, se enroscó y no se movió más. Naomi apartó la vista. Holbrook la sujetó por los hombros.
?Lo siento, cariño ?dijo?. No quería matar a tu amiguito. Pero un minuto más y él te habría matado a ti. Cuenta las patas cuando juegues con los bichos de aquí. No lo olvides. Cuenta siempre las patas.
Asintió ella. Le resultaría muy útil esta lección de no fiarse de las apariencias. No es oro todo lo que reluce. Holbrook miró la hierba de un tono cobrizo y pensó por un momento en lo que significaba tener quince años y despertar a la horrible verdad del universo. Propuso amablemente:
?Vamos a visitar a Platón, ¿quieres?
Naomi olvidó su tristeza. La otra cara de la moneda de tener quince años: uno se recupera pronto.
Aparcaron el cochecito al llegar al Sector C y entraron a pie. A los árboles no les gustaba que los vehículos motorizados circularan entre ellos. Estaban conectados, a pocos centímetros por debajo de la tierra arcillosa de la alameda, por una red de filamentos entremezclados que tenían cierta función neurológica y, aunque no registraban el peso de un humano, cualquier vehículo que cruzara el camino originaba un coro de gritos entre los árboles. Naomi iba descalza. Holbrook, junto a ella, llevaba botas hasta la rodilla. Se sentía grande y torpón a su lado. Era bastante corpulento, pero la ligereza de la muchacha intensificaba aún más el contraste.
Ella se entregó a su juego habitual con los árboles. Su tío se los había presentado a todos, y ahora pasaba de uno a otro, saludando a Alcibíades y Héctor, a Séneca, a Enrique VIII, a Tomas Jefferson y al rey Tut. Naomi conocía a todos los árboles tan bien como él, mejor quizás, y ellos la conocían a su vez. Cuando pasaba entre ellos, los árboles se agitaban y se acicalaban, enderezándose y disponiendo sus miembros y ramas del mejor modo posible. Incluso el viejo Sócrates, retorcido y rechoncho, parecía deseoso de gustar. Naomi se acercó a la caja gris colocada en medio del camino donde los robots dejaban trozos de carne cada noche y lanzó algunos a sus preferidos. Pedazos de carne cruda y roja. Cargados los brazos con aquellos trofeos sanguinolentos, bailaba alegremente por el camino, ofreciéndoselos a sus árboles favoritos. Una ninfa en medio de sus ritos, pensó Holbrook. Tiraba la carne a lo alto, vigorosamente. Cuando ésta iba por el aire, salían tentáculos de un árbol u otro para atraparla al vuelo y metérsela en la garganta. Los árboles no necesitaban carne, pero les gustaba, y era una tradición muy corriente entre los cultivadores que los árboles bien alimentados producían más jugo. Holbrook daba carne a sus árboles tres veces a la semana, excepto al Sector D, que tenía ración diaria.
?No te saltes a ninguno ?recomendó.
?Sabes que no lo haré.
Ningún trozo volvía a caer al suelo de la alameda. A veces, dos árboles trataban de coger el mismo a la vez, lo que daba por resultado una ligera pelea. No se mostraban precisamente amistosos entre ellos. Por ejemplo, había mucha inquina entre César y Enrique VIII y era indudable que Catón despreciaba tanto a Sócrates como a Alcibíades, aunque por razones diferentes. De vez en cuando, por la mañana, Holbrook y su personal hallaban miembros arrancados, yaciendo en el suelo. Sin embargo, y por lo general, incluso los árboles con personalidades conflictivas se las arreglaban para tolerarse mutuamente. Tenían que hacerlo, ya que estaban condenados a una proximidad constante. Holbrook había intentado en una ocasión separar dos árboles del Sector F enfrentados en una enemistad constante, pero era imposible arrancar del suelo un árbol ya crecido sin matarlo y estropear el sistema nervioso de los treinta vecinos más próximos, según aprendió a su costa.
Mientras Naomi daba de comer a los árboles, les hablaba y acariciaba sus troncos escamosos como podría hacerlo con un rinoceronte domesticado, Holbrook desenrolló en silencio una escalera telescópica e inspeccionó de nuevo las hojas buscando manchas de moho. En realidad, apenas servía de nada. El moho no se hacía visible en las hojas hasta que había penetrado ya en las raíces del árbol. Probablemente, las manchas de tono naranja que creía ver eran puro producto de su imaginación. Tendría el informe del laboratorio en una o dos horas, y él le diría cuanto necesitaba saber, bueno o malo. Sin embargo, no podía dejar de mirar. Cortó un puñado de hojas de una de las ramas bajas de Platón, disculpándose por ello, y las volvió entre sus manos, frotando la superficie brillante. ¿Qué eran estas pequeñas colonias de partículas rojizas? Su mente trató de rechazar la posibilidad de la peste. ¿Una plaga que saltara de un mundo a otro y que caía sobre él, arruinándole? Había creado su plantación a base de créditos. Un poco de dinero propio y mucho del banco. Pero el crédito es un arma de dos filos. Si la peste atacaba la plantación y mataba un número de árboles suficiente para que su parte quedara por debajo del nivel que el banco consideraba necesario como garantía, éste se apoderaría de todo. Aunque podrían contratarle para que trabajara como administrador suyo. Ya había oído hablar de cosas así.
Platón se agitó inquieto.
?¿Qué ocurre, viejo? ?murmuró Holbrook?. Lo has pillado, ¿verdad? Sientes algo por dentro… Lo sé, lo sé. También yo lo siento en mi interior. Tenemos que tomárnoslo con filosofía. Los dos. ?Dejó caer las hojas al suelo y pasó con la escalerilla a Alcibíades?. Vamos, hermoso, vamos. Déjame mirar. No te cortaré ninguna hoja. ?Le pareció que aquel árbol orgulloso gruñía irritado?. Estás un poco manchado aquí debajo, ¿sabes? También te has contagiado.
Las ramas exteriores del árbol se contrajeron, como si Alcibíades las ciñera contra sí angustiado. Holbrook siguió adelante por la fila. Las manchas de moho resaltaban mucho más que la víspera. No, no se dejaba llevar por la imaginación. El Sector C había sido alcanzado. Ya no necesitaba recibir el informe del laboratorio. Se sintió extrañamente tranquilo ahora, aunque aquello le anunciaba su ruina.
?¿Zen?
Bajó la vista. Naomi estaba al pie de la escalera, sosteniendo un fruto casi maduro en la mano. Había algo grotesco en ellos. Los frutos parecían una broma de la botánica. Presentaban una forma tan claramente fálica que un árbol maduro con cien o más frutos pendientes de sus ramas resultaba el arquetipo del macho por excelencia. Todos los visitantes lo encontraban muy gracioso. Pero la mano de una chica de quince años sosteniendo aquel objeto rozaba con la obscenidad. Naomi jamás había hecho comentarios sobre la forma de los frutos, ni mostraba ahora el menor sonrojo. Al principio, Holbrook lo había tomado por inocencia o timidez. Al conocerla mejor, empezó a sospechar que simulaba deliberadamente ignorar aquella coincidencia biológica tan absurdamente cómica sólo para no molestarle a él. Puesto que la juzgaba una niña, se comportaba decorosamente como tal, se dijo Holbrook. La fascinante complejidad de la interpretación que daba a la actitud de Naomi le había mantenido ocupado durante días.
?¿Dónde lo encontraste? ?preguntó.
?Aquí mismo. Alcibíades lo dejó caer.
«El asqueroso bromista», pensó Holbrook.
?¿Y qué? ?dijo.
?Está maduro. Llegó el momento de la cosecha, ¿no?
Apretó el fruto. Holbrook sintió que el rostro le ardía.
?Échale una mirada ?continuó ella. Y se lo tiró.
Tenía razón. Iba a empezar la época de la cosecha en el Sector C. Cinco días antes de lo debido. No se alegraba. Suponía otra prueba de la enfermedad, que, como bien sabía ahora, se había extendido a estos árboles.
?¿Qué hay de malo? ?preguntó ella.
Bajó y le mostró el montón de hojas que cortara de Platón.
?¿Ves estas manchas? Es moho. Una enfermedad que ataca a los árboles del jugo.
?¡No!
?Ha ido pasando de un sistema a otro durante los últimos cincuenta años. Y a pesar de las cuarentenas, ha llegado hasta aquí.
?¿Qué les pasa a los árboles?
?Se produce una aceleración metabólica ?explicó Holbrook?. Por eso empiezan a caer ya los frutos. Se aceleran sus ciclos hasta recorrer todo un año de vida en un par de semanas. Se vuelven estériles. Pierden las hojas. Seis meses después del contagio, están muertos ?hablaba abrumado, con los hombros hundidos?. Lo sospechaba desde hacía dos o tres días. Ahora lo sé.
?¿Y cuál es la causa, Zen?
Parecía interesada, pero no realmente preocupada.
?En último término, un virus. Las etapas son tan diversas que no puedo explicarte toda la secuencia. Se trata de un vector de intercambio: el virus inunda una planta y se introduce en sus semillas, los roedores se las comen y así entra en su sangre, que luego chupan los insectos que les pican y que transmiten a un mamífero y… ¡Oh, diablos! ¿Qué importan los detalles? Se necesitaron ochenta años para seguir la huella de una sola secuencia. No es posible poner en cuarentena un mundo entero contra todo, claro. El moho acaba por llegar a él viajando sobre cualquier criatura viviente. Y aquí lo tenemos.
?Supongo que fumigarás la plantación.
?No.
?¿No se acaba así con el moho? ¿Cuál es el tratamiento?
?No hay ninguno ?contestó Holbrook.
?Pero…
?Mira, he de volver a la casa. Puedes entretenerte sin mí, ¿verdad?
?Claro. ?Señaló la carne?. Ni siquiera he terminado de darles de comer. Y están muy hambrientos esta mañana.
Iba a decirle que ya era completamente inútil alimentarles, que todos los árboles de aquel sector estarían muertos a la caída de la noche. Pero el instinto le advirtió que sería demasiado complicado empezar a explicárselo ahora. Le envió una rápida sonrisa, carente de alegría, y se dirigió al vehículo. Cuando la miró de nuevo, Noemí lanzaba una gran trozo de carne hacia Enrique VIII, que la atrapó con destreza y se la metió en la boca.
El informe del laboratorio salió por la ranura de la pared un par de horas más tarde, confirmando lo que Holbrook sabía ya: moho. Por lo menos la mitad del planeta se había enterado de la noticia para entonces y Holbrook había recibido ya a una docena de visitantes. En un planeta con una población humana inferior a las cuatrocientas personas, constituía todo un récord. El gobernador del distrito, Fred Leitfried, fue el primero en aparecer, lo mismo que el comisionado agrícola local, puesto que Fred Leitfried ocupaba también ese cargo. A continuación, acudió una delegación formada por dos hombres del Gremio de Cultivadores de Árboles del Jugo. Luego vino Mortensen, el hombrecillo rechoncho que dirigía la planta de transformación, y Heemskerck, de la línea de exportación, y algunos empleados del banco, junto con un representante de la compañía de seguros. Una par de cultivadores vecinos se presentaron un poco más tarde. Le sonrieron compasivamente y, como buenos camaradas, le dieron unos golpecitos de ánimo en el hombro. Sin embargo, bajo esa conmiseración latía una hostilidad en potencia. No se lo dirían claramente, pero Holbrook no necesitaba de la telepatía para saber lo que pensaban: Líbrate de esos árboles enfermos antes de que infesten todo el maldito planeta.
En su caso, él habría opinado lo mismo. Aunque los vectores del moho hubiesen llegado a su mundo, en realidad la enfermedad no era tan contagiosa. Quedaría confinada, las plantaciones vecinas se salvarían, incluso se salvarían las alamedas aún no dañadas de su propia plantación…, siempre que actuase con la rapidez suficiente. Si fuera un vecino suyo el que tuviera el moho en los árboles, Holbrook tendría tantos deseos como ellos de que los cortara inmediatamente de raíz.
Fred Leitfried, un hombre alto, de rostro amable, ojos azules y sombríos incluso en una ocasión alegre, parecía ahora a punto de estallar en llanto.
?Zen ?dijo?, he ordenado la alerta en todo el planeta. Los biólogos estarán preparados en treinta minutos para interrumpir la cadena de transmisión. Empezaremos en tu propiedad y trabajaremos en un radio cada vez más amplio hasta haber aislado todo este sector. A partir de ese momento, confiaremos en la suerte.
?¿En qué vector de transmisión estás pensando? ?preguntó Mortensen, mordiéndose nerviosamente el labio inferior.
?En los saltadores ?respondió Leitfried?. Son los más grandes y más fáciles de cazar y sabemos que son portadores potenciales del moho. Si todavía no se les ha contagiado el virus, tal vez interrumpamos ahí la secuencia y nos libremos de ello.
Holbrook preguntó hoscamente:
?¿Sabes que hablas de exterminar quizás un millón de animales?
?Lo sé, Zen.
?¿Crees que podrás hacerlo?
?Hay que hacerlo. Además ?añadió Leitfried?, los planes de contingencia fueron redactados hace mucho tiempo y todo está dispuesto para llevarlos a cabo. Haremos que un producto letal para los salteadores cubra como una neblina la mitad del continente antes de la caída de la noche.
?Una vergüenza ?murmuró uno de los hombres del banco?. Unos animales tan pacíficos…
?Pero ahora suponen una amenaza ?adujo uno de los cultivadores?. Tienen que desaparecer.
Holbrook soltó un gruñido. A él le gustaban los saltadores. Mansos como conejitos, aunque casi del tamaño de un oso, mordisqueaban los arbustos y no hacían daño a los humanos. Desdichadamente, se les había identificado como susceptibles a la infección por el virus del moho y, en otros mundos, se había demostrado que, interrumpiendo una etapa básica en la secuencia de transmisión, se detenía el contagio del moho, ya que el virus moría si no encontraba terreno adecuado para la etapa siguiente de su ciclo vital. A Naomi le gustan los saltadores, pensó. Nos juzgará unos canallas por aniquilarlos. Pero hemos de salvar nuestros árboles. Si realmente fuéramos unos canallas, los habríamos exterminado antes incluso de que el moho apareciese, sólo para asegurarnos.
Leitfried se volvió a él:
?¿Sabes lo que tienes que hacer ahora, Zen?
?Sí.
?¿Necesitas ayuda?
?Prefiero actuar solo.
?Podemos conseguirte diez hombres.
?Se trata sólo de un sector ¿no? ?protestó?. Puedo hacerlo. Y debo hacerlo. Son mis árboles.
?¿Cuándo empezarás? ?preguntó Borden, el cultivador cuya plantación lindaba con la de Holbrook por el este. Había casi cien kilómetros de monte bajo entre las dos propiedades, pero no era difícil comprender que se mostrara impaciente y deseoso de que se adoptaran las medidas de protección necesarias.
?Dentro de una hora, supongo ?respondió Holbrook?. Primero he de efectuar algunos cálculos. Fred, ¿y si subieras conmigo y me ayudaras a comprobar el área infectada en la pantalla?
?De acuerdo.
?Antes de que se vaya, señor Holbrook… ?empezó el de la compañía de seguros, avanzando un paso.
?Dígame.
?Quiero que sepa que lo aprobamos por completo. Le apoyaremos en todo.
Muy amable de su parte, pensó Holbrook con amargura. ¿Para qué servían los seguros, si no para apoyar siempre? No obstante, consiguió devolverle una amable sonrisa, acompañada de un murmullo de gratitud.
El del banco no dijo nada, y Holbrook se sintió agradecido por su silencio. Habría tiempo más tarde para hablar de la garantía, la nueva negociación de las acciones y todo lo demás. Primero se precisaba saber qué parte de la plantación sobreviviría después de adoptar las necesarias medidas de protección.
En el centro de información, él y Leitfried pusieron en marcha todas las pantallas a la vez. Holbrook indicó el Sector C e introdujo un plano esquemático de la alameda en la computadora. Añadió los datos del informe del laboratorio.
?Ésos son los árboles infectados ?dijo, utilizando una pluma luminosa para trazar un círculo en la pantalla?. Tal vez unos cincuenta en total ?amplió un poco el círculo?. Y ésta es la zona de incubación posible. Entre ochenta y cien árboles más. ¿Qué te parece, Fred?
El gobernador del distrito cogió la pluma luminosa de manos de Holbrook y se acercó a la pantalla. Hizo un círculo todavía más amplio, que llegaba casi a la periferia del sector.
?Han de desaparecer todos ésos, Zen.
?Son cuatrocientos árboles…

Siembra de Marte

Siembra de Marte
Clark Ashton Smith & E. M. Johnson (argumento)
Seedling of Mars or The planet entity, © 1931.

Fue en el otoño de 1947, tres días antes del encuentro de balompié anual entre Stanford y la Universidad de California, cuando el extraño visitante procedente del espacio exterior aterrizó en mitad del enorme estadio en Berkeley donde debía celebrarse el encuentro.
Descendiendo con una curiosa intención, fue visto y señalado por multitudes en los pueblos que bordean la bahía de San Francisco, en Berkeley, en Oakland, en Alameda y en el propio San Francisco. Brillando con una luz rojiza, de un tono cobre dorado, flotó descendiendo desde un cielo azul celeste sin nubes, dejándose caer en una especie de lenta espiral sobre el estadio. Era completamente diferente de cualquier otro tipo de nave aérea y tenía casi cien pies de longitud.
La forma general era ovoide, y, más o menos, angular, con una superficie dividida en docenas de planos distintos, además de muchas escotillas, con forma de diamante, de un material de color purpúreo, diferente del que se había empleado para construir el cuerpo de la nave. Incluso a primera vista, sugería el genio inventivo y la artesanía de un mundo extraterrestre, de una gente cuyas ideas sobre la simetría mecánica habían sido condicionadas por necesidades evolutivas y por sentidos y facultades distintos de los nuestros.
Sin embargo, cuando la extraña nave hubo aterrizado en el anfiteatro, muchas teorías conflictivas en relación a su origen y a su propósito se propagaron por los pueblos de la bahía. Había quien temía la invasión de algún enemigo extranjero, y quien pensó que la extraña nave era la vanguardia de algún ataque, planeado durante mucho tiempo, desde los soviets de Rusia y China, o incluso desde Alemania, cuyas intenciones eran aún sospechosas, y muchos de entre los que postulaban un origen ultraplanetario estaban también preocupados, considerando que quizá el visitante fuese hostil, y podría señalar el comienzo de alguna incursión desde otros mundos.
Mientras tanto, completamente inmóvil y en silencio, y sin signos de vida o de ocupación, la nave reposaba sobre el estadio, donde las multitudes empezaron a amontonarse para mirarla. Estas multitudes, sin embargo, fueron pronto dispersadas por orden de las autoridades civiles, ya que la naturaleza e intenciones del extraño eran tan indeclaradas como sospechosas. El estadio fue cerrado al público; y, para el caso de manifestaciones de hostilidad, se montaron nidos de ametralladoras en las gradas superiores con la presencia de una compañía de infantes de marina, y con bombarderos revoloteando preparados para soltar su letal carga sobre la brillante masa cobriza.
El interés más intenso fue sentido por la hermandad científica, y un gran grupo de profesores, de químicos, de metalúrgicos, de astrónomos y de biólogos fue organizado para visitar y estudiar el objeto desconocido. Cuando, a la tarde siguiente a su aterrizaje, los observatorios locales emitieron un boletín indicando que la nave había sido vista acercándose a la Tierra desde el espacio traslunar la noche anterior a su aterrizaje, quedó establecido, más allá de cualquier discusión, el hecho de su génesis no terrestre a los ojos de la mayoría; y la discusión se centró en sobre si había venido de Marte, Venus, Mercurio o uno de los planetas superiores; o si, quizá, se trataba de un vagabundo que procedía de un sistema solar distinto del nuestro.
Pero, por supuesto, los planetas más cercanos eran preferidos en esta discusión por la mayoría, especialmente Marte; porque, según podían determinar los que habían observado con mayor exactitud, la línea de acercamiento de la nave habría formado una trayectoria al planeta rojo.
Durante todo aquel día, mientras hervían las discusiones, mientras números extras con titulares vívidamente especulativos y fantásticos eran editados tanto por la prensa local como por la prensa de todo el mundo civilizado, cuando el sentimiento del público estaba dividido entre el miedo y la curiosidad, y los infantes y pilotos de guardia continuaban expectantes ante signos de posible hostilidad, la nave sin identificar mantenía su silencio e inmovilidad iniciales.
Los telescopios y catalejos estaban fijos sobre ella desde las colinas próximas sobre el estadio; pero incluso éstas mostraban poco en relación a su carácter. Aquellos que la estudiaban vieron que sus ventanas numerosas estaban hechas con algún tipo de material vítreo, más o menos transparente; pero nada se movía detrás de aquél, y las imágenes de rara maquinaria que permitían ver en el interior de la nave carecían de sentido para los observadores. Una de las ventanas, más grande que las demás, se creía que era una especie de puerta o escotilla; pero nadie se acercó para abrirla; y, detrás de ella, había una extraña fila de bastones inmóviles, muelles y pistones, que impedían ver más lejos.
Fue considerado que sin duda los ocupantes de la nave eran tan cautelosos ante el entorno extraterrestre como las gentes de la bahía ante la nave. Quizá tenían miedo de mostrarse ante los ojos humanos; quizá tenían dudas respecto a la atmósfera terrestre y del efecto que podría tener en ellos; o quizá estaban sencillamente al acecho y planeando algún ataque demoníaco con armas inconcebibles o ingenios de destrucción.
Aparte de los miedos de algunos, y el asombro y las especulaciones de otros, una tercera división de los sentimientos del público comenzó a cristalizarse. En círculos estudiantiles y entre los amantes del deporte, el sentimiento era que la extraña nave se había tomado una libertad inadmisible al ocupar el estadio, especialmente en un momento tan próximo a un acontecimiento deportivo. Circuló una petición para que se retirase, y fue presentada a las autoridades de la ciudad. El gran casco metálico, se sentía, sin importar de dónde procediese o por qué, no debía ser permitido que se interfiriese con algo tan sacrosanto, o de tanta importancia, como un partido de balompié.
Sin embargo, a pesar de la intranquilidad que había creado, la nave se negó a moverse ni siquiera una fracción de pulgada. Muchos empezaron a creer que los ocupantes habían sido aplastados por las circunstancias de su tránsito a través del espacio; o quizá habían muerto, incapaces de soportar la atmósfera y la presión gravitatoria de la Tierra.
Se decidió no acercarse a la nave hasta la mañana del día siguiente, cuando el comité de investigación la visitara. Durante la tarde y la noche, científicos de muchos Estados se dirigieron a California por aeroplano o cohete para llegar a tiempo al acontecimiento.
Se consideró aconsejable limitar el número de miembros de este comité. Entre los sabios afortunados que habían sido seleccionados estaba John Gaillard, astrónomo asistente en el observatorio de Monte Wilson. Gaillard representaba la corriente más radical y libremente especulativa del pensamiento científico y se había hecho famoso por sus teorías concernientes a la habitabilidad de los planetas inferiores, especialmente Marte y Venus. Desde hacía largo tiempo, había defendido la idea de vida inteligente, y altamente desarrollada, en aquellos mundos, y había incluso publicado más de un tratado relativo a estos temas. Su emoción ante la noticia de la extraña nave fue intensa. Era uno de los que habían visto la mota, brillante e inclasificable, en el espacio más allá de la órbita de la Luna, a última hora de la noche anterior; y había sentido, incluso entonces, una premonición de su verdadera naturaleza. Otros miembros del grupo también eran de mente libre y abierta, pero ninguno tenía un interés tan vital y profundo como Gaillard.
Godfrey Stilton, profesor de astronomía de la universidad de California, que también estaba en el comité, podía haber sido como la verdadera antítesis de Gaillard en sus ideas y tendencias. Estrecho, dogmático, escéptico de todo aquello que no pudiese demostrarse matemáticamente, despreciativo de todo aquello que quedase fuera de los límites del más estrecho empirismo, era contrario a admitir el origen extraterrestre de la nave, e incluso la posibilidad de vida orgánica en otro mundo que no fuese la Tierra. Varios de sus cofrades pertenecían al mismo tipo intelectual.
Aparte de estos dos hombres y sus compañeros científicos, el grupo incluía tres periodistas, además del jefe de policía local, William Polson, y el alcalde de Berkeley, James Gresham, ya que se consideraba que las fuerzas del gobierno deberían estar presentes. El comité al completo constaba de cuarenta hombres, y cierto número de mecánicos expertos, equipados con sopletes de acetileno e instrumentos de cortar, fueron mantenidos en reserva fuera del estadio para el caso de que fuese necesario abrir la nave a la fuerza.
A las nueve de la mañana, los investigadores entraron en el estadio y se acercaron al objeto brillante multiangular. Muchos sintieron la emoción que acompaña al acercarse a un imprevisible peligro; pero estaban animados por la más viva curiosidad y por sentimientos del más vivo asombro. Gaillard, especialmente, se sentía en presencia de un misterio de más allá de este mundo y se maravilló al acercarse a la masa cobriza dorada, su sentimiento aumentó hasta ser un auténtico vértigo, como sentiría quien contempla las simas insondables de los secretos arcanos y las pasmosas maravillas de un mundo extraterrestre. Le parecía estar en el mismo borde entre lo concreto y lo inconmensurable, entre lo finito y lo infinito.
Otros del grupo, en un grado menor, estaban poseídos por idéntica emoción. E incluso el duro y poco imaginativo Stilton se sintió algo afectado por un raro nerviosismo, que, con la mentalidad que tenía, atribuyó al tiempo que hacía… o a un toque de su úlcera.
La extraña nave reposaba en una completa tranquilidad, como antes. Los miedos de quienes esperaban a medias una mortífera emboscada se calmaron mientras se acercaban; y las esperanzas de los que contaban con una manifestación amistosa de ocupantes vivos quedaron insatisfechas. El grupo se reunió ante la puerta principal, que, como todas las demás, tenía la forma de un gran diamante. Se levantaba varios pies por encima de sus cabezas en un ángulo del casco; y se quedaron mirando, a través de su transparencia malva, los intrincados mecanismos, coloreados como los ricos paneles de una catedral medieval.
Todos dudaban sobre lo que debía hacerse, porque parecía evidente que los ocupantes de la nave, si estaban vivos y conscientes, no tenían prisa en mostrarse al escrutinio humano. La delegación decidió esperar unos pocos minutos antes de requerir los servicios de los mecánicos que se habían reunido y de sus antorchas de acetileno; y, mientras esperaban, dieron un paseo e inspeccionaron las paredes de metal, que parecían estar hechas con una aleación de cobre y oro rojo, templado a una dureza sobrenatural mediante un proceso desconocido para la metalurgia terrestre. No había signos de unión en la miríada de planos y facetas, y todo el enorme casco, aparte de sus ventanas transparentes, podría haber estado hecho con una sola lámina de la rica aleación.
Gaillard se quedó mirando hacia arriba a la puerta principal, mientras sus compañeros daban vueltas en torno a la nave hablando y discutiendo entre ellos. De alguna manera, tuvo una intuición de que algo extraño y milagroso estaba a punto de suceder, y, cuando la gran puerta comenzó a abrirse lentamente, sin ninguna agencia visible, dividiéndose en dos válvulas que se apartaron a los lados, la emoción que sintió no fue por completo de sorpresa. Tampoco se quedó sorprendido cuando una especie de escalera metálica, consistente en estrechos escalones que eran poco más que barrotes, descendió paso a paso desde la escotilla hasta el suelo a sus propios pies.
La ventana se había abierto y la escalera se había estirado en silencio, sin el menor crujido o sonido metálico; pero otros, además de Gaillard, se habían fijado en el acontecimiento, y todos se dieron prisa muy excitados y se agruparon ante los escalones.
Contrariamente a sus lógicas expectativas, nadie salió de la nave; y podían ver poco más del interior de lo que había sido visible por las válvulas cerradas. Esperaban a algún exótico embajador de Marte, a algún precioso y raro plenipotenciario de Venus que descendiese por la curiosa escalera; pero el silencio y la soledad de la habilidad mecánica de todo ello resultaban pasmosos. Parecía que la gran nave fuese una entidad viviente, y poseyese cerebro y nervios propios, ocultos en su interior forrado de metal.
La puerta abierta y los escalones representaban una clara invitación, y, después de algunas vacilaciones, los científicos se decidieron a entrar. Algunos todavía estaban temerosos de una trampa; y cinco de los cuarenta hombres decidieron, desconfiados, permanecer fuera; pero todos los demás se sentían atraídos poderosamente por una ardiente curiosidad y por el entusiasmo investigador, y, uno por uno, ascendieron por las escaleras y entraron en la nave.
Encontraron el interior todavía más causante de asombro de lo que lo habían sido las paredes exteriores. Era bastante amplio y se hallaba dividido en varios espaciosos compartimentos, dos de los cuales estaban en el centro de la nave, amueblados con sofás bajos cubiertos con tejidos suaves y lustrosos de color gris perla amontonados. Los otros, además de la antecámara detrás de la entrada, estaban llenos de maquinaria, cuya fuerza motriz y modo de funcionamiento resultaban igualmente obscuros para los más expertos de entre los investigadores.
Raros metales y extrañas aleaciones, algunos de ellos difíciles de clasificar, habían sido empleados en la construcción de esta maquinaria. Cerca de la entrada, se encontraba una especie de mesa tripodal, o tablero de instrumentos, cuyas extrañas filas de palancas y botones no eran menos misteriosas que los caracteres de algún criptograma. Toda la nave parecía estar completamente abandonada, sin ningún rastro de vida humana o extraterrestre.
Vagabundeando por los apartamentos y asombrándose ante las maravillas mecánicas sin resolver que se encontraban ante ellos, los miembros de la delegación no se dieron cuenta de que las anchas válvulas se habían cerrado detrás de ellos con el mismo sigilo con el que se habían abierto.
Ni tampoco escucharon los gritos de advertencia de los que se habían quedado fuera.
La primera sugerencia de algo fuera de lo normal vino de una repentina inclinación y levantamiento de la nave. Sorprendidos, miraron por las escotillas como ventanas, y vieron por los paneles, violetas y vítreos, el alejarse y el girar de las innumerables filas de asientos que rodeaban el enorme estadio. La nave extraterrestre, sin ningún piloto visible para guiarla, estaba elevándose en el aire rápidamente en una especie de movimiento espiral. Se estaba llevando hacia algún mundo desconocido a toda la delegación de atrevidos científicos que la habían abordado, junto al alcalde de Berkeley y el jefe de policía, además de los tres privilegiados reporteros, que habían pensado que obtendrían una ultrasensacional exclusiva para sus respectivos periódicos.
La situación era por completo sin precedente, y más que sorprendente; y las reacciones de los distintos hombres, todas estuvieron señaladas por la sorpresa y la consternación. Muchos estaban demasiado pasmados y confundidos para darse cuenta de todas las implicaciones y las consecuencias; otros estaban francamente aterrorizados; y todavía otros estaban indignados.
?¡Esto es un abuso! ?exclamó Stilton, tan pronto como se hubo recobrado un poco de su sorpresa inicial.
Hubo exclamaciones similares procedentes de otros de temperamento parecido al suyo; todos consideraban de una manera enfática que algo debía hacerse respecto a la situación, y que alguien (a quien desafortunadamente no eran capaces de identificar) debería sufrir las consecuencias de esta audacia sin paralelo.
Gaillard, aunque compartía el asombro generalizado, estaba emocionado en el fondo de su corazón por una sensación de prodigiosa aventura ultraterrena, por una premonición de una empresa ultraplanetaria. Sentía una certeza mística de que él y los demás se habían embarcado en un viaje a un mundo que nunca antes había sido pisado por el hombre; y que la extraña nave había descendido a la Tierra y abierto sus puertas para cumplir con este propósito; que un poder esotérico y remoto estaba guiando cada uno de sus movimientos y los estaba extrayendo a su destino preestablecido. Vastas imágenes, incoadas, de un espacio sin límites y de un esplendor de rareza interestelar llenaban su mente, e imágenes que no podrían dibujarse se alzaron para asombrar su vista desde unos límites ultratelúricos.
De alguna manera incomprensible, sabía que el deseo de toda su vida de penetrar en los misterios de las distantes esferas pronto sería gratificado; y él (si no sus compañeros) estuvo resignado desde el primer momento de su extraño secuestro y cautividad en la nave espacial voladora.
Discutiendo su situación de una manera muy voluble y vociferante, los sabios reunidos se apresuraron a las distintas ventanas y miraron abajo, al mundo que estaban abandonando. En una simple fracción de tiempo, se habían elevado a la altitud de las nubes. Toda la región en torno a la bahía de San Francisco, así como los bordes del océano Pacífico, se extendía a sus pies como un inmenso mapa en relieve; y podían ver la curvatura del horizonte, que parecía torcerse y hundirse conforme se elevaban.
Era una perspectiva terrible y magnífica; pero la aceleración creciente de la nave, que había ganado ahora una velocidad igual, y mayor, que la de los cohetes que eran utilizados en aquellos tiempos para circunvalar el globo en su estratosfera, les obligó enseguida a abandonar su postura vertical y a buscar el refugio de los cómodos sofás. También se abandonó la conversación, porque casi todo el mundo empezó a sentir una constricción y presión intolerable, que sujeto sus cuerpos como por argollas de un inflexible metal.
Sin embargo, cuando todos se hubieron tumbado en los sofás, sintieron un misterioso alivio cuyo origen no pudieron determinar. Parecía como si una fuerza emanase de los sofás, aliviando de alguna manera el peso plomizo de la gravedad aumentada a causa de la aceleración y haciendo posible a los hombres soportar la terrible velocidad con que la nave se alejaba de la Tierra y de su campo gravitacional.
De repente, se encontraron capaces de levantarse y andar una vez más. Sus sensaciones, en conjunto, eran prácticamente normales; aunque, contrastando con el aplastante peso inicial, había ahora una extraña ligereza que les impulsaba a acortar sus pasos para evitar chocarse con la maquinaria y las paredes. Su peso era menor de lo que habría sido en la Tierra, pero la pérdida no era suficiente como para producirles incomodidad o mareo, y era acompañada por una especie de alborozo.
Se dieron cuenta de que estaban respirando un aire fino, rarificado y estimulante que no era diferente del que se respira en la cima de las montañas de la Tierra, aunque impregnado por uno o dos elementos desconocidos que le daban un toque de acidez cítrica. Este aire tendía a aumentar el regocijo y a acelerar su pulso y sus respiraciones un poco.
?¡Esto es lamentable! ?farfulló el indignado Stilton, tan pronto como descubrió que sus facultades de moverse y respirar se encontraban razonablemente controladas?. Esto resulta contrario a toda ley, decencia y orden. El gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica debería hacer algo inmediatamente al respecto.
?Me temo ?comentó Gaillard? que nos encontramos fuera de la jurisdicción de los U.S.A., además de la de todos los demás gobiernos mundanos. Ningún avión ni ningún cohete podría atravesar las capas del aire por las que nos estamos moviendo; y, en breves momentos, penetraremos en el éter interestelar. Presumiblemente, esta nave está regresando al mundo desde el que partió; y nosotros vamos con ella.
?¡Absurdo! ¡Descabellado! ¡Indignante! ?la voz de Stilton era un rugido, apenas atenuado por la finura de la atmósfera?. Siempre he defendido que el viaje por el espacio era completamente quimérico. Ni siquiera los científicos de la Tierra han sido capaces de inventar una nave semejante; y es ridículo suponer que exista vida muy inteligente, capaz de desarrollar inventos semejantes, en otros planetas.
?Entonces, ¿cómo explica nuestra situación? ?preguntó Gaillard.
?La nave es, por supuesto, de fabricación humana. Debe ser un nuevo, y ultrapoderoso, tipo de cohete, diseñado por los soviéticos, y bajo control automático o por radio, que probablemente aterrizará en Siberia, después de viajar por las capas más elevadas de la estratosfera.
Gaillard, sonriendo con amable ironía, consideró que podía abandonar con seguridad la discusión. Dejando a Stilton mirando indignado, por una de las ventanas traseras, la masa que se alejaba del mundo, de la cual el conjunto de Norteamérica, junto con Alaska y Hawai, había empezado a mostrar las siluetas de la costa, se reunió con el resto del grupo en una renovada investigación de la nave.
Algunos aún defendían que tenía que haber seres vivientes ocultos en el interior de la nave; pero una búsqueda cuidadosa en cada uno de los apartamentos, esquinas y rincones obtuvo el mismo resultado que antes. Abandonando ese objetivo, los hombres comenzaron a examinar de nuevo la maquinaria, cuya fuerza motriz y método de funcionamiento aún eran incapaces de comprender. Completamente perplejos y confundidos, miraron el tablero de instrumentos, sobre el cual ciertas llaves se movían ocasionalmente, como manejadas por una mano invisible. Estos cambios de situación siempre iban acompañados de algún cambio en la velocidad de la nave, o por una ligera alteración de su rumbo, posiblemente para evitar la colisión con un fragmento meteórico.
Aunque nada concreto podía descubrirse respecto al mecanismo por el que la nave era empujada, ciertos factores negativos quedaron enseguida establecidos. El método de propulsión era claramente no explosivo, ya que no había un rugido ni una estela llameante dejada por los cohetes. Era un deslizamiento silencioso y sin vibraciones, sin nada que indicase actividad mecánica, que no fuese el movimiento de ciertas palancas y el brillo de ciertos intrincados mecanismos y pistones con una extraña luz azul. Esta luz, tan fría y temblorosa como la del Ártico, no era de naturaleza eléctrica, sino que sugería más bien una fuente desconocida de radiactividad.
Después de un rato, Stilton se reunió con los que estaban agrupados en torno al tablero de instrumentos. Murmurando aún a causa de la ilegal y poco científica indignidad a la que se habían visto sometidos, contempló las palancas alrededor de un minuto, y entonces, agarrando una entre sus dedos, experimentó con la idea de ganar el control de los movimientos de la nave.
Para su pasmo y el de todos sus colegas, la palanca resultó ser imposible de mover. Stilton se esforzó hasta que se le marcaron venas azules en su mano, y le corría el sudor a chorros por su cabeza medio calva. Entonces, una por una, intentó mover las otras palancas tirando de ellas, pero siempre con el mismo resultado. Evidentemente, las palancas estaban bloqueadas a otro control que no fuese el del piloto desconocido.
Persistiendo aún en su intento, Stilton se aproximó a otra palanca de un tamaño más grande y de una forma diferente al resto. Al tocarla, gritó con agonía, y retiró sus dedos del extraño objeto con alguna dificultad. La palanca estaba fría como si estuviese sumergida en el frío absoluto del espacio exterior. De hecho, parecía quemar sus dedos con su extremada congelación. Después de esto, desistió, y no hizo ningún nuevo intento de interferir en el funcionamiento de la nave.
Gaillard, después de contemplar estos acontecimientos, había vagabundeado a uno de los apartamentos principales. Mirando una vez más desde su asiento en el sofá de una blandura y elasticidad sobrenaturales, contempló un espectáculo que le dejó sin aliento. El mundo entero, un gran globo brillante, de muchos colores, estaba flotando detrás de la nave en la negra sima salpicada de estrellas. Lo terrible de las profundidades sin dirección, el impensable aislamiento del infinito, cayeron sobre él, y se sintió mareado y con la cabeza dándole vueltas, y fue arrastrado por un pánico que le dominaba, sin límites ni nombre.
Entonces, extrañamente, el terror desapareció, en un regocijo que surgía ante la perspectiva de un viaje por cielos vírgenes hasta costas que nadie había pisado. Ignorando el peligro, olvidando el terrible distanciamiento del entorno acostumbrado al hombre, se entregó por completo a la mágica convicción de una maravillosa aventura y de un destino único que estaba por llegar.
Otros, sin embargo, eran menos capaces de orientarse en esas circunstancias raras y terribles. Pálidos y horrorizados, con una sensación de pérdida irreparable, de un peligro omnipresente y de una confusión mareante, miraban cómo se alejaba la Tierra, de cuyos confortables entornos habían sido arrancados de una manera tan inexplicable y tan terriblemente repentina.
Muchos estaban mudos a causa del miedo, al darse cuenta más claramente de su impotencia en manos de una fuerza todopoderosa y desconocida.
Algunos hablaban en voz alta y sin sentido sobre cosas banales, en un esfuerzo para ocultar su alteración. Los tres periodistas lamentaron ser incapaces de comunicarse con los periódicos a los que representaban. James Gresham, el alcalde, y William Polson, el jefe de policía, estaban estupefactos y eran completamente incapaces de decir qué hacer bajo circunstancias que anulaban su acostumbrada importancia en los asuntos cívicos. Y los científicos, como podría haberse esperado, estaban divididos en dos grandes grupos. Los más radicales, y aventureros, estaban más o menos inclinados a recibir favorablemente lo que quiera que estuviese por venir, a causa de los nuevos conocimientos; mientras que los otros aceptaban su destino con distintos grados de desgana, de protesta o de miedo.
Pasaron varias horas; y la Luna, una esfera de cegadora desolación en el gris abismo, había sido dejada atrás junto a la menguante Tierra. La nave aceleraba sola a través de la extensión cósmica, en un Universo cuya grandeza era una revelación hasta para los astrónomos, familiarizados como estaban con las magnitudes y las multitudes de los soles, las nebulosas y las galaxias. Los treinta y cinco hombres estaban siendo apartados de su planeta natal, por una inmensidad impensable, a una velocidad mayor que la de cualquier cuerpo del sistema solar o satélite.
Era difícil medir la velocidad exacta; pero podían formarse una idea de ésta basándose en la velocidad con la que los planetas más próximos, Marte, Mercurio y Venus, iban modificando sus posiciones relativas. Parecían casi estar saliendo disparados como las pelotas de un malabarista.
Resultaba claro que alguna especie de gravedad artificial estaba funcionando en la nave; porque la falta de peso, que de otra manera habría sido inevitable en el espacio exterior, no era sentida en ningún momento. Además, los científicos descubrieron que estaban siendo aprovisionados con aire de ciertos tanques de forma rara. Evidentemente, además, había algún sistema de calefacción oculto alguna especie de aislamiento ante la frialdad del espacio; porque la temperatura del interior de la nave se mantenía constante en torno a unos 65 a 70 grados Fahrenheit.
Mirando sus relojes, algunos del grupo descubrieron que ya había pasado la hora del mediodía en la Tierra; aunque hasta los menos imaginativos se dieron cuenta de lo absurda que resultaba la división del tiempo en veinticuatro horas del día y de la noche, en medio de la eterna luz de Sol del vacío.
Muchos comenzaron a sentir sed y hambre, y a mencionar sus apetitos en voz alta. No mucho más tarde, como respondiendo, igual que el servicio que se proporciona a una buena mesa, en un hotel o en un restaurante, ciertos paneles de la pared metálica del interior, hasta entonces inadvertidos por los sabios, se abrieron sin ruido ante sus ojos y dejaron al descubierto mesas sobre las cuales había curiosos aguamaniles de boca ancha y platos profundos, parecidos a soperas, llenos hasta el borde con comidas desconocidas.
Demasiado sorprendidos para comentar durante mucho tiempo este nuevo milagro, los miembros de la delegación procedieron a probar las viandas y las bebidas que así se les ofrecían. Stilton, todavía sumido en su indignado silencio, se negó a probarlas, pero se quedó solo en su negativa.
El agua era, por supuesto, potable, aunque con un sabor ligeramente alcalino, como si procediese de pozos del desierto; y la comida, una especie de pasta rojiza, respecto a cuya naturaleza y composición los químicos dudaban, sirvió para apagar las punzadas del hambre, aunque no resultase especialmente seductora para el paladar.
Después de que los hombres de la Tierra hubiesen tomado esta comida, los paneles se cerraron de una manera tan silenciosa y discreta como se habían abierto. La nave avanzó por el espacio, hora tras hora, hasta que resultó evidente para Gaillard y sus compañeros astrónomos que o bien se dirigía directamente al planeta Marte, o bien pasaría muy cerca del mismo, en su camino a otro planeta.
El planeta rojo, con sus señales familiares, que habían contemplado tan a menudo por los telescopios del observatorio, y sobre cuya naturaleza y origen se habían hecho muchas preguntas, empezó a alzarse ante ellos y a crecer con una velocidad taumatúrgica. Entonces, notaron una señalada disminución en la velocidad de la nave, que continuó directa hacia el planeta cobrizo, como si su objetivo estuviese oculto entre el laberinto de manchas obscuras y singulares; y resultó imposible dudar por más tiempo que Marte era su punto de destino.
Gaillard y aquellos que le eran más o menos afines en sus intereses e inclinaciones se emocionaron con expectativas, pavorosas y sublimes, cuando la nave se aproximó al planeta extraño. Entonces, empezó a flotar delicadamente sobre un exótico paisaje en el que los famosos ?mares? y ?canales?, enormes a causa de su proximidad, podían ser claramente reconocidos.
Pronto se acercaron a la superficie del planeta rojizo, describiendo espirales por su atmósfera sin nieblas ni nubes, mientras la deceleración aumentaba hasta alcanzar la velocidad de un paracaídas. Marte les rodeaba con horizontes rígidos y monótonos, más próximos que los de la Tierra, sin mostrar ninguna otra elevación saliente, como colinas o lomas; y pronto colgaban sobre él a una altura de media milla o menos. Aquí la nave pareció frenar y pararse, sin descender más.
Debajo de ellos, podían ver un desierto de bajas elevaciones y arena amarilla rojiza, interseccionado por uno de los llamados ?canales?, que se extendía sinuosamente a cada lado hasta desaparecer en el horizonte.
Los científicos estudiaron este terreno con una sorpresa que iba en continuo aumento, al imponerse en sus percepciones la verdadera naturaleza del venoso canal. No era agua, como muchos antes de entonces habían supuesto, sino una masa de pálida vegetación verde, de vastas hojas o frondes dentados, todos los cuales parecían emanar de un único tallo rastrero de color carne, de varios cientos de pies de diámetro y con hinchadas articulaciones nodulares a intervalos de media milla. Aparte de esta parra anómala y supergigantesca, no había signos de vida, animal ni vegetal, en todo el horizonte; y la longitud del tallo rastrero, que cubría todo el horizonte visible pero que, por su forma y características, parecía ser un simple zarcillo de algún crecimiento aún más grande, era algo que hacía temblar las ideas previas de la botánica terrestre.
Muchos de entre los científicos estaban casi estupefactos a causa del asombro mientras miraban abajo, desde las ventanas violetas, a esta titánica enredadera. Más que nunca, los periodistas elevaron un lamento por los avasalladores titulares que, bajo las circunstancias que prevalecían, serían incapaces de proporcionar a sus periódicos respectivos. Gresham y Polson creían que había algo vagamente ilegal en la existencia de un ser tan monstruoso bajo la forma de una planta; y la desaprobación científica sentida por Stilton y sus cofrades de mentalidad académica era la más pronunciada.
?¡Escandaloso! ¡Inaudito! ¡Ridículo! ?murmuro Stilton?. Esta cosa desafía las leyes más elementales de la botánica. No existe un precedente concebible para ella.
Gaillard, que se hallaba de pie a su lado, estaba tan arrebatado por su concentración en la contemplación de la nueva planta, que apenas escuchó el comentario. El convencimiento de una aventura vasta y sublime, que había estado creciendo en su interior desde el inicio de aquel viaje, raro y estupendo, se veía ahora confirmado con diáfana claridad. No podía dar forma definitiva o coherencia al sentimiento que le poseía; pero le inundaba el presentimiento de una maravilla presente y de un milagro futuro, y la intuición de revelaciones, extrañas y tremendas, que estaban por venir.
Pocos del grupo querían hablar, o habrían sido capaces de hacerlo. Todo lo que les había sucedido durante las horas recientes, y todo lo que ahora veían, estaba tan alejado del alcance de los actos y de la inteligencia humanos, que el ejercicio normal de sus facultades estaba más o menos inhibido por el esfuerzo para ajustarse a estas condiciones únicas.
Después de que hubiesen contemplado la parra de proporciones gigantescas durante un par de minutos, los sabios se dieron cuenta de que la nave se movía de nuevo, esta vez en una dirección lateral. Volando muy lentamente y con intención, seguía lo que parecía ser el rumbo del zarcillo en dirección al oeste de Marte, sobre el que estaba descendiendo un Sol pequeño y pálido por un cielo quemado y empañado, vertiendo una luz débil y gélida sobre el desolado paisaje.
Los hombres fueron abrumadoramente conscientes de una voluntad inteligente detrás de todo lo que estaba ocurriendo; y la sensación de esta supervisión, remota y desconocida, era más fuerte en Gaillard que en los demás. Nadie podía dudar que cada movimiento de la nave estaba medido y predestinado; y Gaillard sentía que la lentitud con que seguían el curso de la gran planta estaba calculada para proporcionar a la delegación tiempo suficiente como para estudiar su nuevo entorno; y, en particular, para estudiar la misma planta.
En vano, sin embargo, observaron su cambiante entorno para descubrir algo que pudiese indicar la presencia de formas orgánicas de tipo humano, no humano o sobrehumano, como se podría imaginar que existían en Marte. Por supuesto, Sólo entidades semejantes, se creía, podrían haber construido, enviado y guiado la nave en que ahora se encontraban cautivos.
La nave continuó avanzando durante por lo menos una hora, recorriendo un territorio inmenso, en el cual, después de muchas millas, la desolación inicial cedía su lugar a una especie de pantano. Aquí, donde las aguas lodosas se entretejían con la tierra gredosa, el retorcido tallo se hinchaba hasta proporciones increíbles con hojas lustrosas que emparraban el suelo pantanoso casi a una milla por cada lado del elevado tallo.
Aquí también, el follaje asumía una verdosidad más viva y más rica, cargada con una sublime exuberancia vital; y el propio tallo mostraba una increíble suculencia, junto con un barniz y un brillo lustrosos, un florecimiento que, de manera rara e incongruente, sugería carne bien alimentada. La cosa parecía palpitar a intervalos regulares y rítmicos, bajo los ojos de los observadores, como una entidad viva; y. en algunos lugares, había nódulos de forma rara, o uniones al tallo, cuyo propósito nadie conseguía imaginar.
Gaillard llamó la atención de Stilton al extraño latido que podía notarse en la planta; un latido que parecía comunicarse a las hojas de cien pies que temblaban como si fuesen plumas.
?¡Humpf! ?exclamó Stilton agitando la cabeza con un aire en que se mezclaba la incredulidad y el asco?. Esta palpitación es del todo imposible. Tiene que haber algo que esté más en nuestra vista…, quizá alguna alteración en el foco a causa de la velocidad de nuestro viaje. Es eso, o que hay una cualidad reflectiva en la atmósfera que da una ilusión de movimiento a los objetos estables.
Gaillard se abstuvo de llamarle la atención sobre el hecho de que este supuesto fenómeno de enfermedad visual o refracción atmosférica se limitaba en su aplicación enteramente a la planta y no extendía sus límites al paisaje que les rodeaba.
Poco después de esto, la nave llegó a una enorme ramificación de la planta; y aquí los terrestres descubrieron que el tallo que habían estado siguiendo no era más que uno de tres que se separaban para interseccionar el suelo pantanoso desde ángulos muy distintos entre sí y luego desaparecían por horizontes opuestos. La intersección estaba señalada por un doble nódulo, del tamaño de una montaña, que tenía una extraña similitud con unas caderas humanas. Aquí, el latido era más fuerte y se notaba más fácilmente que nunca; y extrañas manchas variadas y venosidades de color rojizo resultaban visibles en la pálida superficie del tallo.
Los sabios se sintieron cada vez más emocionados ante la magnitud, sin precedentes, y las singulares características de la notable planta. Pero les aguardaban revelaciones de una naturaleza aún más extraordinaria. Después de posarse durante un momento sobre la monstruosa juntura, la nave voló elevándose más a una velocidad acelerada, a lo largo del tallo principal, de una longitud incalculable, que se extendía por el horizonte de Marte occidental. Revelaba nuevas ramificaciones e intervalos variables, volviéndose incluso más grande y lujuriante al penetrar regiones pantanosas que eran, sin duda, el barro residual de un mar hundido.
?¡Dios mío! La cosa debe rodear todo el planeta ?dijo uno de los periodistas con voz impresionada.
?Eso parece ?Gaillard asintió gravemente?. Tenemos que estar viajando casi en línea paralela con el ecuador; y ya hemos seguido a la planta a lo largo de cientos de millas. Basándonos en lo que hemos visto, parece que los ?canales? marcianos son sencillamente sus ramificaciones, y quizá las masas señaladas por los astrónomos como ?mares? son masas de su follaje.
?No puedo comprenderlo ?gruñó Stilton?; la maldita cosa es completamente contraria a la ciencia y a la naturaleza…, no debería existir en ningún Universo racional o concebible.
?Bueno ?dijo Gaillard un poco frívolamente?. Existe; y no veo cómo te puedes librar de eso. Además, aparentemente se trata de la única forma de vida vegetal en el planeta; por lo menos, hasta el momento hemos fracasado en encontrar algo remotamente parecido. No hay ninguna razón en absoluto para suponer que los reinos animal y vegetal tengan que exhibir en otros reinos la misma naturaleza y multiplicidad que muestran en la Tierra.
Stilton, mientras escuchaba el poco ortodoxo argumento, miraba a Gaillard fijamente como un mahometano miraría a algún infiel descarriado, pero estaba demasiado furioso o demasiado asqueado como para decir nada más.
La atención de los científicos fue ahora atraída a un área verdosa en la línea de su vuelo, cubriendo muchas millas cuadradas. Aquí, vieron que el tallo principal había echado una multitud de raíces, cuyo follaje ocultaba el suelo de debajo igual que un denso bosque.

El jardín de Adompha

El jardín de Adompha
Clark Ashton Smith
The garden of Adompha, © 1938. Traducido por Inmaculada de Dios en Zothique (el último continente), Ciencia Ficción 16, EDAF, 1977.

«Señor de los bochornosos y rojos parterres y de los huertos soleados por las inquietas llamas, en tu jardín florece el Árbol que sostiene el Infierno, frutos de innumerables cabezas de demonios y corre la raíz llamada Baaras, parecida a una escurridiza serpiente. Y allí las bifurcadas y pálidas mandrágoras, desgajadas del suelo por sí solas, van de un lado a otro pronunciando tu nombre hasta que los últimos entre los condenados piensan que los demonios están pasando gritando con airado frenesí y extraño espanto.»
Letanía a Thasaidón de Ludar

Era bien sabido que Adompha, rey de la extensa isla oriental de Sotar, poseía en los amplios dominios de su palacio un jardín secreto para todos los hombres, excepto para él mismo y para el mago de la corte, Dwerulas. Las cuadradas murallas de granito del jardín, altas y formidables como las de una prisión, eran claramente visibles, elevándose sobre los majestuosos bosques y árboles del alcanfor y las anchas parcelas de flores multicolores. Pero nada había podido saberse nunca respecto a su interior, porque todo el cuidado que era necesario era prestado únicamente por el mago bajo la dirección de Adompha y los dos se referían a él en obscuras adivinanzas que nadie podía interpretar. Las gruesas puertas de bronce respondían a un mecanismo cuyo secreto no compartían con nadie más, y el rey y Dwerulas, bien por separado o juntos, visitaban el jardín únicamente durante aquellas horas en las que nadie estaba fuera. Y en verdad, no había quien pudiera alardear de haber visto ni siquiera la apertura de la puerta.
Se decía que el jardín había sido protegido contra el Sol por grandes láminas de plomo y cobre, que no dejaban ni la menor grieta por donde la estrella más diminuta pudiese mirar al interior. Algunos juraban que la intimidad de sus dueños durante sus visitas era asegurada por un sueño letal que Dwerulas, por miedo de sus mágicas artes, acostumbraba a provocar sobre toda la vecindad, durante aquel tiempo.
Un misterio tan sobresaliente difícilmente podría dejar de provocar curiosidad y surgieron varias versiones distintas, con relación a la naturaleza del jardín. Algunos aseguraban que estaba lleno de plantas siniestras de hábitos nocturnos que proporcionaban rápidos y poderosos venenos para uso de Adompha, junto con esencias más insidiosas y siniestras empleadas por el mago en la fabricación de sus conjuros. Probablemente estas historias no dejaban de tener algo de razón, porque, después de la construcción del vallado jardín, habían sobrevenido en la corte real numerosas muertes atribuibles a envenenamientos y desastres que eran claramente obra de un brujo, junto con la desaparición física de gente cuya presencia en el mundo no agradaba ya a Adompha o a Dwerulas.
Los crédulos susurraban otras historias más extravagantes. Aquella leyenda de infamia fuera de lo normal que había rodeado al rey desde la infancia adquirió un tinte más odioso y la fama de Dwerulas, que con certeza había sido vendido antes de nacer al Archidemonio por su madre bruja, adquirió una nueva negrura, pues excedía a todos los demás hechiceros en la profundidad y maldad de su abandono.
Despertando del sopor y los sueños producidos por el jugo de la amapola negra, el rey Adompha se levantó en las horas muertas y estancadas que van de la salida de la Luna a la aurora. El palacio a su alrededor estaba silencioso como un cementerio, pues sus ocupantes habían cedido al sopor nocturno inducido por el vino, las drogas y el aguardiente. Alrededor del palacio dormían los jardines y la ciudad de Loithé, bajo las lentas estrellas de los tranquilos cielos meridionales. Adompha y Dwerulas acostumbraban visitar el recinto de altas murallas a aquellas horas, con poco temor de ser seguidos u observados.
Adompha salió, deteniéndose brevemente para iluminar con el cubierto ojo de su linterna de negro bronce la cámara en penumbra que estaba contigua a la suya. La habitación había estado ocupada por Thuloneah, su odalisca favorita, durante el pocas veces igualado período de ocho noches, pero sin sorpresa ni desconcierto vio que el lecho de desordenadas sedas estaba ahora vacío. Esto le confirmó que Dwerulas le había precedido al jardín. Y supo, además, que no había ido ociosamente ni de vacío.
El recinto del palacio, rodeado por todas partes por sombras continuas, parecía mantener aquel secreto que el rey prefería. Llegó junto a las cerradas puertas de bronce de la enorme pared de granito y emitió, cuando se acercaba, un fuerte silbido parecido al de una cobra. En respuesta a la subida y bajada de este silbido, la puerta se abrió silenciosamente hacia dentro y se cerró a su espalda, también en silencio.
El jardín, plantado y cultivado en privado, y separado por el techo metálico de las esferas del cielo, estaba iluminado únicamente por un extraño globo ardiente que colgaba en su centro en medio del aire. Adompha contempló este globo con horror, porque su naturaleza y origen le eran desconocidos. Dwerulas pretendía que había salido del Infierno en una medianoche sin Luna y por su voluntad, que levitaba debido al poder infernal y que se alimentaba de las incesantes llamas de aquel clima en que los frutos de Thasaidón adquieren un tamaño fuera de lo normal y un sabor encantado. Despedía una luz sanguínea en la que el jardín temblaba y se agitaba, como visto a través de una luminosa neblina de sangre. Incluso en las lúgubres noches de invierno, el globo despedía un fuerte calor y nunca se apartaba de su extraña suspensión, aunque no tenía ningún soporte visible; bajo él, el jardín florecía malignamente, lozano y exuberante como cualquier parterre del círculo profundo.
Indudablemente, ningún Sol terrestre podría haber producido los frutos de aquel jardín, y Dwerulas decía que sus semillas eran del mismo origen que el globo. Había troncos pálidos y bifurcados que se lanzaban hacia arriba como queriendo desgajarse del suelo, desplegando hojas inmensas como las obscuras y nervudas alas de los dragones. Había flores del color del amaranto, tan anchas como bandejas y sostenidas por tallos del grueso de un brazo que temblaban continuamente.
Y había muchas otras plantas diversas, extrañas como los siete infiernos y sin otra característica común que los injertos que Dwerulas había implantado aquí y allá con sus innaturales y hechiceras artes.
Aquellos injertos eran diversos miembros y partes de seres humanos. Habilidosamente, y con un éxito constante, el mago los había unido a las brotes, mitad vegetales, mitad animales, sobre los que después vivieron y crecieron, sorbiendo una savia parecida al íchor de los demonios. Así eran preservados los recuerdos, cuidadosamente escogidos, de una multitud de personas que habían provocado el disgusto o el aburrimiento del rey o de Dwerulas. Sobre los troncos de palmeras, bajo el follaje plumoso, colgaban en racimos las cabezas de los eunucos, como enormes dátiles obscuros. Una desnuda enredadera sin hojas tenía por flores las orejas de soldados castigados. Cactos deformes tenían como fruta pechos de mujeres, o sus cabellos como hojas. Extremidades o torsos completos habían sido unidos con monstruosos árboles. Algunas de las gigantescas hojas del tamaño de una bandeja portaban corazones palpitantes y ciertas flores más pequeñas tenían en el centro ojos que todavía se abrían y cerraban entre las pestañas. Otros injertos eran demasiado obscenos o repelentes para ser relatados.
Adompha avanzó entre las híbridas plantas que se agitaban y susurraban ante su proximidad. Las cabezas parecieron tenderse ligeramente hacia él, las orejas se agitaron, los pechos se estremecieron un poco, los ojos se dilataban o se entornaban como si vigilasen su avance. Sabía que aquellos restos humanos vivían únicamente con la perezosa vida de las plantas, compartiendo únicamente su actividad subanimal. Las había considerado como un placer estético curioso y mórbido, había encontrado en ellas la infalible atracción de cosas enormes y sobrenaturales. Ahora, por primera vez, pasó entre ellas con un lánguido interés. Comenzó a vislumbrar el momento fatal en que el jardín, con todos sus nuevos prodigios, no ofrecía ya un refugio para su inexorable aburrimiento.
En el centro del extraño vergel, donde un espacio circular todavía estaba vacío entre las apiñadas plantas, Adompha se acercó a un montón de tierra arcillosa recién excavada. A su lado, completamente desnuda, pálida y con aspecto de estar muerta, yacía la odalisca Thuloneah. Cerca de ella habían sido depositados varios cuchillos y otros utensilios, junto con redomas de bálsamos líquidos y de viscosas gomas que Dwerulas utilizaba para sus injertos y que había sacado de una bolsa de cuero. Una planta conocida como el dedaim, de tronco bulboso, pulposo y de color blanco y tirando a verde, de cuyo centro irradiaban varias ramas sin hojas que recordaban reptiles, dejaba caer de cuando en cuando sobre el pecho de Thuloneah una gota de un líquido amarillo?rojizo procedente de unas incisiones practicadas en su suave corteza.
Dwerulas apareció por detrás del túmulo arcilloso con la brusquedad de un demonio emergiendo de su caverna subterránea. En sus manos sostenía el pico con el que acababa de terminar de cavar un agujero profundo y semejante a una tumba. Comparado con el porte y estatura reales de Adompha; no parecía más que un enano envejecido. Su aspecto mostraba todas las señales de una edad inmensurable, como si los polvorientos siglos hubiesen deseado su carne y sorbido la sangre de sus venas. Sus ojos resplandecían en el fondo de órbitas semejantes a fosas, sus rasgos eran negros y resecos como los de un cadáver muerto hacía largo tiempo, su cuerpo engarfiado como un milenario cedro del desierto. Siempre estaba inclinado, de forma que sus brazos largos y huesudos llegaban casi hasta el suelo. Como siempre, Adompha se sintió maravillado por la demoníaca fuerza de aquellos brazos, maravillado de que Dwerulas manejase tan rápidamente aquel pesado pico y de que hubiese podido llevar sin ayuda humana hasta el jardín las cargas de aquellas víctimas cuyos miembros utilizara en sus experimentos. El rey nunca se había dignado asistir a tales trabajos, sino que, después de indicar de tiempo en tiempo las personas cuya desaparición no le desagradaría en absoluto, no había hecho más que observar y supervisar el barroco jardín.
?¿Está muerta? ?preguntó Adompha, observando sin emoción alguna los voluptuosos miembros y cuerpo de Thuloneah.
?No ?dijo Dwerulas, con voz tan dura como el herrumbroso gozne de un ataúd?, pero le he administrado el todopoderoso y adormecedor jugo del dedaim. Su corazón late impalpablemente y su sangre fluye con la lentitud de ese mezclado líquido. No se despertará…, excepto como una parte de la vida del jardín, compartiendo su obscura cadencia. Ahora, espero vuestras instrucciones. ¿Qué parte… o partes?
?Sus manos eran muy hábiles ?dijo Adompha como murmurando en voz alta en respuesta a la pregunta apenas formulada?. Conocían las sutiles formas del amor y eran diestras en todas las artes amorosas. Me gustaría que conservases sus manos… pero nada más.
La singular y mágica operación había sido completada. Las bellas, finas y alargadas manos de Thuloneah, limpiamente cortadas por las muñecas, fueron unidas, sin apenas señal de la sutura, a los pálidos y podados extremos de las dos ramas más altas del dedaim. En este proceso, el brujo empleó la goma de plantas infernales y había invocado repetidamente los curiosos poderes de ciertos genios subterráneos, según acostumbraba a hacer en tales ocasiones. Los brazos semivegetales se tendieron ahora hacia Adompha con sus manos humanas, como en ademán de súplica. El rey sintió que su viejo interés en la horticultura de Dwerulas se reavivaba, una extraña excitación se despertó en él ante la mezcla de lo bello y lo grotesco en la planta injertada. Al mismo tiempo su carne volvió a vivir los sutiles ardores de noches pasadas…, porque las manos estaban cargadas de recuerdos.
Se había olvidado por completo del cuerpo de Thuloneah, que yacía cerca de él con los brazos mutilados. Despertado de su ensoñación por el brusco movimiento de Dwerulas, se volvió y vio al mago inclinarse sobre la muchacha inconsciente, que no se había movido durante el proceso de la operación. La sangre todavía manaba de los muñones de sus muñecas, formando charcos sobre la obscura Tierra. Dwerulas, con ese vigor innatural que envolvía todos sus movimientos, cogió a la odalisca en sus nervudos brazos y la subió con facilidad. Tenía el aire de un trabajador que continúa una tarea interrumpida, pero pareció vacilar antes de arrojarla al agujero que le serviría de tumba. Allí, durante las estaciones calentadas e iluminadas por el globo traído del infierno, su cuerpo oculto, al pudrirse, alimentaría las raíces de aquella planta anómala que tenía sus propias manos como injerto. Parecía como si fuese remiso a desprenderse de su voluptuosa carga. Adompha, que le observaba con curiosidad, fue consciente, como nunca lo había sido antes, de la siniestra maldad, de la lujuria que fluía del jorobado cuerpo de Dwerulas y de sus torcidas extremidades, como un hedor todopoderoso.
Aunque él mismo había caído profundamente en todo tipo de iniquidades, el rey sintió una vaga repulsión. Dwerulas le recordaba un insecto horroroso que había sorprendido una vez dedicado a sus vampíricas actividades. Recordó cómo había aplastado al insecto con una piedra…, y al hacerlo concibió una de esas inspiraciones atrevidas y repentinas que siempre le habían impulsado a una acción igualmente brusca. Se dijo a sí mismo que no había venido al jardín con aquella idea, pero la oportunidad era demasiado urgente y perfecta para dejarla pasar. En aquel momento, el mago le daba la espalda y sus brazos estaban ocupados por su pesada y hermosa carga. Agarrando el pico de hierro, Adompha lo dejó caer sobre el pequeño y seco cráneo de Dwerulas con una fuerza bastante considerable, heredada de antepasados heroicos y piratas. El enano, sujetando a Thuloneah, se derrumbó en la profunda fosa.
Preparando el pico por si fuese necesario un segundo golpe, el rey esperó, pero no hubo ningún sonido ni movimiento provenientes de la tumba. Sintió cierta sorpresa de haber vencido con tanta facilidad al formidable mago, de cuyos poderes sobrehumanos estaba casi convencido, y una cierta sorpresa también ante su propia temeridad. Después, tranquilizado por su triunfo, el rey pensó que podría intentar un experimento propio, puesto que creía haber adquirido gran parte de la habilidad y conocimientos de Dwerulas por medio de la observación. La cabeza de Dwerulas formaría una adición apropiada y única en una de las plantas del jardín. Sin embargo, después de echar un vistazo al interior de la fosa, sé vio obligado a abandonar la idea, porque vio que había golpeado demasiado bien y reducido la cabeza del hechicero a un estado en el que sería inútil para su experimento, puesto que tales injertos requerían una cierta integridad de la cabeza o miembro humano.
Reflexionando, no sin disgusto, en la inesperada fragilidad de los cráneos de los hechiceros, que se dejaban aplastar con tanta facilidad como las cáscaras de los huevos, Adompha comenzó a rellenar la fosa con arcilla. El cuerpo de Dwerulas y la acurrucada forma de Thuloneah bajo él fueron pronto cubiertos por los blandos y frágiles terrones, mientras compartían una misma inmovilidad. El rey, que había llegado a temer a Dwerulas en el fondo de su corazón, fue consciente de un profundo alivio cuando pisoteó la tumba fuertemente y la igualó con el suelo que la rodeaba. Se dijo a sí mismo que había hecho bien, porque los conocimientos del mago habían llegado a incluir últimamente demasiados secretos regios, y un poder como el suyo, fuese natural o proveniente de regiones ocultas, nunca era completamente compatible con el seguro dominio y el prolongado imperio de los reyes.

En la corte del rey Adompha y en la marítima ciudad de Loithé, la desaparición de Dwerulas se convirtió en motivo de mucha especulación, pero poca investigación. Las opiniones sobre si era al rey Adompha o al demonio Thasaidón a quien había que estar agradecido por una desaparición tan saludable estaban divididas y, en consecuencia, tanto el rey de Sotar como el señor de los siete infiernos fueron más temidos y respetados que antes. Sólo los más indomables entre los hombres y los demonios podían soportar a Dwerulas, del que se decía que había vivido durante todo un milenio sin dormir ni una sola noche, llenando todas sus horas con iniquidades y hechicerías de una negrura subtartárea.
Después de la inhumación de Dwerulas, un vago sentimiento de miedo y terror, que no podía explicarse por completo, había impedido al rey visitar el cerrado jardín. Sonriendo impasiblemente ante los salvajes rumores de la corte, continuó su búsqueda de nuevos placeres y sensaciones extrañas y violentas. Sin embargo, en esto tuvo poco éxito, pues parecía como si todos los senderos, incluso los más extravagantes y tortuosos, condujesen únicamente a los ocultos precipicios del aburrimiento. Apartándose de extraños amores y crueldades, de extravagantes pompas y enloquecedoras músicas, de los afrodisíacos aromas de flores traídas de muy lejos, de los pechos, extrañamente formados, de muchachas exóticas, recordó con un nuevo deseo aquellas formas florales semianimadas que Dwerulas había dotado con los más provocativos encantos de las mujeres.
Así pues, una noche, en la hora media entre la llegada de la Luna y la del Sol, cuando todo el palacio y la ciudad de Loithé estaban sumergidos en un ebrio sopor, el rey abandonó a su concubina y se dirigió al jardín que era ahora secreto para todos los hombres, excepto para él mismo.
En contestación al silbido de cobra, que era lo único que podía activar su astuto mecanismo, la puerta se abrió ante Adompha y se cerró detrás de él. Cuando aún se estaba cerrando, se dio cuenta de que un cambio singular había sobrevenido en el jardín durante su ausencia. El misterioso globo colgado en medio del aire ardía con una luz más sangrienta, con la radiación más tórrida, como si estuviese avivado por airados demonios; las plantas, que habían crecido excesivamente en altura y estaban recubiertas y camufladas por un follaje más espeso que el que habían ostentado anteriormente, permanecían inmóviles en una atmósfera que era como el caliente aliento de algún rojo infierno.
Adompha vaciló, dudoso del significado de aquellos cambios. Se acordó de Dwerulas por un momento, recordando ciertos prodigios inexplicables y hazañas nigrománticas conseguidas por el mago…, y se estremeció ligeramente. Pero había matado a Dwerulas, enterrándolo con sus propias y reales manos. El creciente calor y brillantez del globo, el excesivo crecimiento del jardín, se debían sin duda a algún proceso natural incontrolado.
Presa de una fuerte curiosidad, el rey inhaló el sofocante perfume que llegó asaltando su olfato. La luz deslumbraba sus ojos. llenándole con extraños y nunca vistos colores; el color le golpeaba como saliendo del solsticio de un verano infernal. Creyó oír voces, al principio casi inaudibles, pero subiendo hasta convertirse en un murmullo semiarticulado que le sedujo con una dulzura extraterrestre. Al mismo tiempo, pareció contemplar, entre la vegetación inmóvil y en rápidas ojeadas, los miembros medio velados de unas bailarinas, miembros que no pudo identificar como ninguno de los injertos hechos por Dwerulas.
Atraído por el encanto del misterio y presa de una vaga intoxicación, el rey se adentró en el laberinto proveniente del Infierno. Cuando se acercó, las plantas retrocedieron suavemente y se apartaron a ambos lados para permitirle el paso. Como en una mascarada arbórea, parecían ocultar sus injertos humanos tras el manto de su reciente follaje. Después, cerrándose tras Adompha, arrojaron su disfraz, revelando fusiones más extrañas y anómalas que las que él recordaba. Cambiaban a su alrededor de instante en instante como formas de delirio, de forma que nunca estaba completamente seguro de qué parte de su apariencia era árbol y flor y cual mujer y hombre. El balanceo de un follaje convulso y las contorsiones de cuerpos y extremidades rebeldes se turnaban. Después, por alguna transición imposible de distinguir, pareció como si ya no estuviesen afianzados en el suelo, sino que se movían a su alrededor sobre pies fantásticos y vagos, formando círculos cada vez más grandes, como los bailarines de algún amenazador festival.
Una vez y otra Adompha recorrió las formas que eran a la vez florales y humanas, hasta que la vertiginosa locura de su movimiento provocó un vértigo semejante en su cerebro. Oyó el rumor de un bosque azotado por la tormenta, junto con el clamor de unas voces familiares que le llamaban por su nombre, que maldecían y suplicaban, se burlaban y pedían, miles de voces de guerreros, consejeros, esclavos, cortesanos, castrados o amantes. Por encima de todas, el sanguíneo globo resplandecía con una refulgencia cada vez más maligna y siniestra, con un ardor casi más insoportable. Era como si toda la vida del jardín girase, se elevase y llamease estáticamente hasta llegar a alguna culminación infernal. El rey Adompha había perdido todo recuerdo de Dwerulas y su obscura magia. En sus sentidos ardía el mismo ardor de la esfera salida del Infierno y parecía compartir el movimiento y éxtasis delirante de aquellas obscuras formas que le rodeaban. Por su sangre subió un líquido enloquecedor, ante él revolotearon las vagas imágenes de placeres que nunca había conocido ni sospechado, placeres en los que traspasaría con mucho los límites impuestos a las sensaciones de los mortales.
Entonces, entre aquella fantasmagoría que se arremolinaba, oyó el chirrido de una voz tan dura como los goznes herrumbrosos de la cubierta de un sarcófago. No pudo comprender las palabras, pero, como si hubiese sido pronunciado algún conjuro ordenando la inmovilidad, todo el jardín adquirió instantáneamente un aspecto tranquilo y silencioso. El rey se quedó completamente estupefacto, ¡porque la voz había sido la de Dwerulas! Miró a su alrededor salvajemente, asombrado y confuso, viendo únicamente las inmóviles plantas con su manto de profuso follaje. Ante él sobresalía una que consiguió reconocer como el dedaim, aunque su tronco en forma de bulbo y sus ramas alargadas habían emitido una enmarañada masa de filamentos obscuros, parecidos a cabellos.
Muy lenta y suavemente, las dos ramas superiores del dedaim descendieron hasta que sus puntas estuvieron al mismo nivel del rostro de Adompha. Las esbeltas y alargadas manos de Thuloneah emergieron de su follaje y comenzaron a acariciar las mejillas del rey, con aquella habilidad amatoria que todavía recordaba. En el mismo momento, vio que la espesa maraña de cabellos sobre el ancho y llano extremo del tronco del dedaim se separaba y, como saliendo de unos hombros jorobados, la pequeña y reseca cabeza de Dwerulas se elevó hasta encontrarse a su altura… Mientras contemplaba con un vacío horror el cráneo aplastado y cubierto por coágulos de sangre, los rasgos resecos y ennegrecidos como por siglos, los ojos que resplandecían en obscuras fosas como brasas sobre las que soplasen los demonios, Adompha tuvo la confusa impresión de que una muchedumbre se lanzaba sobre él desde todas partes. En aquel jardín de enloquecidas fusiones y transmutaciones mágicas no había ya ningún árbol. A su alrededor, en el ardiente aire, nadaban rostros que recordaba demasiado bien, rostros contorsionados ahora por una maligna rabia y un mortal deseo de venganza. Por una ironía que sólo Dwerulas hubiese podido concebir, los suaves dedos de Thuloneah continuaron acariciándole, mientras sentía los tirones de innumerables manos que convertían sus vestiduras en harapos y desgarraban su carne con las uñas.

Edición digital de J. Ruiz
Revisión de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

Las mandrágoras

Las mandrágoras
Clark Ashton Smith
The mandrakes, © 1933. Traducido por Enric Navarro.
En: http://www.eldritchdark.com/wri/translations/spanish/mandragoras.html

Gilles Grenier el hechicero y Sabine, su esposa, procedentes del Bajo Averoigne, de lugares desconocidos o que incluso no constan en ningún mapa, habían elegido con sumo cuidado el emplazamiento de su cabaña, cerca de las marismas cuyas aguas estancadas el río Isoile, una vez superado el gran bosque, estría en canales de aguas inmutables, infestadas de juncos, estanques abotagados de juncias, cubiertos de espuma como los potingues de las brujas. La casa se alzaba entre mimbreras y alisos sobre un pequeño montículo. Y enfrente, orientado a las marismas, había un pequeño prado hundido en tierra rojiza donde crecían los cortos y gruesos tallos con pobladas hojas de mandrágoras cuyo tamaño y abundancia superaban el de cualquier otra marca de la provincia donde latiese la brujería.
Gilles y Sabine empleaban las raíces carnosas y bifurcadas de aquella planta, que en opinión de muchos eran semejantes a las extremidades del cuerpo humano, para confeccionar filtros amorosos. Sus pociones, preparadas con muchísimo esmero y astucia, enseguida adquirieron reputada fama entre la gente común de las villas; incluso recibían pedidos de las clases más elevadas, que acudían de incógnito a la cabaña. Se afirmaba que las pociones producían sorprendentes efectos aun en los corazones más fríos y distantes, que hendían las corazas de las almas más virtuosas y castas.
Así pues, la demanda de aquellas pócimas magistrales devino enorme. Además, la pareja de hechiceros elaboraba preparados más sencillos para pequeños hechizos y diversas artes adivinatorias. Y según la creencia popular, Gilles leía perfectamente los dictados de las estrellas. Teniendo en cuenta la mentalidad del siglo XV, cuando ciencia y brujería aún iban indiscerniblemente unidas, no es de extrañar que tanto él como su mujer gozasen de excelente reputación. Nadie los acusaba de echar maleficios. Y como los bebedizos habían promovido la celebración de un buen número de matrimonios, la Iglesia local estaba contenta porque se arreglaban bien los asuntos ilícitos surgidos a partir de tales prácticas.
Aun así, al principio hubo quien desconfió de Gilles; con cierto temor murmuraban que lo habían expulsado de Blois, pues en aquella zona había la creencia popular de que todos los llamados Grenier eran hombres lobo. Pusieron de relieve su abundante cabellera, el espeso vello negro de las manos y una barba que prácticamente le nacía a la altura de los ojos. Pero en líneas generales, se juzgó que aquellas aseveraciones carecían de fundamento, y que en Gilles no se apreciaban signos ni actitudes propios de la licantropía. Y al poco, a causa de los motivos expuestos antes, los escasos detractores se vieron completamente superados por la tácita aceptación popular que consiguieron sus prácticas.
En realidad apenas nada se sabía de ellos, ni siquiera los visitantes asiduos. Mantenían la discreción propia de los que se mueven entre misterios y hechizos. Sabine, atractiva mujer con ojos grisazulados y cabello color del trigo, aspecto del todo opuesto al de una bruja tradicional, era ostensiblemente más joven que Gilles, con el pelo y la barba ya maculados por la edad. Algunos clientes rumoreaban que, a menudo, se los oía enzarzados en violentas discusiones. Por supuesto, la gente enseguida se burló, diciendo que la causa de tales disputas domésticas era la confección de los filtros. Pero aparte de estas trivialidades, de poco más se podía hablar. Las contrariedades conyugales de Gilles y Sabine, graves o insubstanciales, para nada interferían en los magníficos resultados de sus bebedizos.
Tan poco se notaba la presencia de Sabine que incluso cinco años después de instalarse en Averoigne, los clientes y los vecinos tardaron mucho en percatarse de que Gilles estaba solo. El hechicero respondió que su esposa había emprendido un largo viaje para visitar a los parientes de una lejana provincia. Nadie puso en duda aquellas explicaciones ni se cayó en la cuenta de que nadie la había visto marcharse.
A mediados de otoño, de un modo impreciso y parco Gilles dijo a los que le preguntaron que al menos no regresaría hasta poco antes de la primavera. Aquel año el invierno no solo llegó antes de lo previsto, sino también se demoró más de lo normal: fuertes nevadas y ventiscas azotaron el bosque y las tierras altas, y sojuzgaron las ciénagas con una espesa capa de hielo. Fue una estación dura, dominada por las privaciones. Cuando advino la ansiada primavera, las flores cubrieron los prados y brotaron las hojas en los alisos, muy pocos pensaban en la ausencia de Sabine. Y más adelante, cuando las manzanas sucedieron a las campanillas púrpura de las mandrágoras, su prolongada ausencia dejó de alimentar los temas de conversación.
También parecía que la ausencia no incumbiese para nada a Gilles, plácidamente dedicado a sus libros y marmitas, a la recolección de hierbas y raíces para las fórmulas mágicas. Obraba como si supiera a ciencia cierta que su esposa ya no regresaría jamás. Y es que en realidad la había matado un atardecer de otoño, en el curso de una ácida disputa. En defensa propia, le había arrebatado el cuchillo con el que lo amenazaba y le había abierto el pálido y delicado cuello. Acto seguido, la enterró a la luz de los últimos rayos de la Luna, en el prado de las mandrágoras, procurando tapar bien la tierra removida como si, en realidad, hubiese estado plantando nuevas raíces.
Cuando el deshielo también llegó al prado, ya no estaba seguro del lugar exacto en el que había sepultado el cadáver. Ahora bien, a medida que avanzaba la primavera, se apercibió de que en una de las zonas las mandrágoras crecían con mayor profusión que en el resto. Fue allí donde llegó a pensar que yacía el cuerpo de Sabine. Lo visitaba con frecuencia, y no podía evitar sonreírse con complacida y clandestina ironía, en vez de preocuparse porque gracias a aquel osario las mandrágoras brotasen y crecían como en ninguna otra parte. A decir verdad, también era paradójico que el destino lo hubiese llevado a hacer del prado un cementerio familiar.
El asesinato de su esposa no le suscitaba ningún sentimiento de culpabilidad. Desde el principio habían vivido como el perro y el gato. Sabine tenía un carácter endiabladamente fuerte y ladino. Nunca había amado a aquella taimada bruja; cuando lo dejaba solo se sentía infinitamente mejor, sin soportar sus continuos sarcasmos, su mirada ceñuda, sin temer que sus largos dedos y afiladas uñas le desenredasen la barba.
Como había previsto, con la primavera la demanda de sus filtros amorosos subió como la espuma. Los hombres y mujeres de la vecindad acudían constantemente, tanto los galanes que pretendían asaltar los muros de la virtud como las esposas que ansiaban recobrar la ilusión de sus primeros días de matrimonio, o las mujeres crepusculares que deseaban rejuvenecer con el ardor de hombres jóvenes. Por eso, de nuevo tuvo que dedicarse a abastecer bien sus existencias en pócimas amorosas. Para tal efecto, se dirigió al prado de noche, bajo la Luna llena de mayo, en busca de raíces recién salidas con que elaborar sus bebedizos.
Con una sonrisa algo perversa, comenzó a seleccionar las plantas, bañadas por la luz argéntea de la Luna, que crecían justo donde estaba enterrada Sabine. Con una peculiar paleta hecha a partir del fémur de una bruja, comenzó a desenterrar con mucho cuidado las raíces en forma de hombres diminutos. Aunque completamente familiarizado con las formas extrañas y en cierta manera humanas de la mandrágora, el aspecto de la primera raíz que extrajo lo sorprendió. Inusualmente grande y pálida, cuando se la acercó a los ojos para examinarla mejor vio que sus formas y extremidades ¡eran las propias de una mujer, proporcionada por el justo medio y con los diez dedos de los pies claramente distinguibles! Carecía de brazos y, sin embargo, el pecho estaba formado por una gran mata de hojas ovales.
Gilles se sorprendió sobre todo por el modo en que la raíz semejó girarse y contorsionarse de dolor cuando la arrancó de la tierra. La dejó caer súbitamente y el minúsculo ser se quedó temblando sobre la hierba. Tras reflexionar un poco, juzgó que aquel prodigio era de naturaleza demoníaca y siguió escarbando. Para su sorpresa, la siguiente raíz se parecía extraordinariamente a la anterior. Y la media docena más que extrajo eran la exacta y burda reproducción en miniatura de una mujer de la cabeza a los pies. Y sumido en el desconcierto más absoluto, se dio cuenta del singular parecido que guardaban con la difunta Sabine.
Este hallazgo perturbó profundamente al hechicero, pues superaba aun su enorme capacidad para comprender lo inexplicable. Aquel milagro, divino o diabólico, empezó a cobrar un cariz siniestro e inquietante. Era como si la esposa asesinada hubiera regresado, o que las mandrágoras hubiesen forjado una impía imitación de ella. Le temblaba el pulso cuando se dispuso a desenterrar otra raíz; por eso trabajó con un cuidado menor del acostumbrado y, sin querer, con la paleta de hueso la partió torpemente.
Reparó en que había hendido uno de los minúsculos tobillos. Al mismo tiempo, un grito agudo y lleno de reprobación, parecido al de la voz de Sabine mezclado con furia y dolor, semejó perforarle los oídos pese a percibirlo de forma muy atenuada, como si lo hubiese emitido desde muy lejos. El grito cesó y no lo volvió a oír. Hórridamente aterrorizado, Gilles se dio cuenta de que se había quedado contemplando fijamente la paleta: en ella brillaba una mancha obscura del color de la sangre. Temblando de pies a cabeza, tiró de la raíz mutilada para descubrir que de ella emanaba un líquido parecido a la sangre. Al principio, desarmado por el miedo y algunos escrúpulos, tuvo la intención de enterrar los despojos mutilados y cuyo obsceno parecido con Sabine lo atormentaba. Los escondería en lo más recóndito, fuera de su vista y la de otros; de no ser así, acaso alguien llegaría a sospechar de él o incluso lo acusaría de asesinato.
Sin embargo, comenzó a calmarse. Se le ocurrió pensar que, aunque las viesen otros, aquellas raíces se podrían contemplar como un mero capricho natural, no tenían por qué revelar su delito, puesto que muy pocos identificarían un auténtico parecido con Sabine. Asimismo, pensó que aquellas raíces quizá manifestarían propiedades extraordinarias con las que fabricar pociones de efectos increíbles en cuanto a poder y eficacia. Venciendo por completo sus temores iniciales y la repulsa que le inspiraba la situación, llenó un cesto de mimbre con las figurillas temblorosas y de cabeza vegetal. Retornó a la cabaña, sopesando las posibilidades que le podría reportar semejante fenómeno, menoscabando los normales prejuicios que cualquier otro sentiría en idéntica situación.
Gracias a su manifiesta audacia, cuando se dispuso a aderezarlas para el caldero no le perturbó en absoluto el hecho de descubrir que las mandrágoras estaban bañadas en una substancia sanguinolenta. Consideró que los borboteos frenéticos del caldo, hirviente y espumoso como la saliva de un demonio, se debían a las excepcionales propiedades de tamaños ingredientes. Incluso osó elegir la raíz con las formas más parecidas a una mujer para colgarla en medio de la cabaña, junto a otras hierbas y componentes, con la intención de consultarla cual oráculo del futuro, como se usaba entre hechiceros.
Los nuevos filtros fueron adquiridos por ávidos clientes. Gilles se arriesgó a recomendarlos para vencer las más arduas virtudes, ya que según él sus propiedades inundaban de pasión los pechos más inasequibles y marmóreos; incluso eran capaces de inflamar la pasión de un muerto.
Ahora, al recordar esta antigua leyenda de Averoigne, creo que se dijo que el impío brujo, sin temer a Dios ni al diablo, osó cavar nuevamente en la zona donde yacía Sabine para extraer muchos más ejemplares de raíces blancuzcas y con formas femeninas, las cuales gritaban desesperadas bajo la luz de la Luna o movían sus miembros compulsivamente. Y todos los ejemplares que sacó se parecían sobremanera a la difunta Sabine en miniatura, de la cabeza a los pies. Y a partir de ella compuso nuevos filtros para venderlos cuando se presentase la ocasión.
Sin embargo, nunca llegó a vender estas últimas creaciones, y de las primeras sólo vendió unas pocas debido a las tremendas y calamitosas consecuencias que conllevaron su prescripción. Quienes las tomaron, hombres o mujeres, no se sintieron invadidos por la más inflamada de las pasiones, como era deseable, sino que les atacó una obscura ira, una locura satánica que les impelía de modo irresistible a agredir y aun matar a quienes mediante el bebedizo habían buscado prender en ellas la llama de amor. Así, los maridos se volvieron contra las mujeres, las muchachas contra quienes las cortejaban, con palabras insufladas de odio y acciones deplorables. Un joven galán que había acudido a la cita prometida fue acometido por una mujer vengativa que le clavó en el rostro sus afiladas uñas y le abrió sangrantes canales. Una dama que había creído salir vencedora del torneo amoroso fue maltratada hasta morir por su caballero, hasta entonces dechado de cortesía y respeto.
Tal revuelo armaron aquellos sucesos que se pensó que había una invasión de demonios. Al principio se creyó que todos aquellos hombres y mujeres enajenados estaban poseídos por el diablo. Pero cuando salió a colación el uso de las pociones y se vio claramente de quién procedían, la carga de toda la culpa recayó sobre los hombros de Gilles Grenier, que fue acusado de brujería tanto por las leyes eclesiásticas como las civiles.
Los oficiales encargados de arrestar a Gilles lo encontraron al atardecer en su cabaña, inclinado y murmurando sobre un caldero lleno de espuma y que borboteaba con un fluido que hervía cual detritus del Flegeto. Penetraron y lo prendieron por sorpresa. No ofreció resistencia, pero sí mostró una gran sorpresa cuando le explicaron los devastadores efectos que habían causado sus filtros. No alegó nada en favor ni en contra de las acusaciones de brujería.
A punto de llevárselo prisionero, los oficiales percibieron una voz muy débil y trémula que salía de las sombras de la cabaña, donde colgaban manojos de hierbas y plantas, así como aperos propios de la brujería. Lo parecía emitir una extraña raíz, dividida justo por el lugar que podría equivaler a la cintura de una mujer y ennegrecida por el fuego del caldero. Uno de los oficiales creyó reconocer en ella la voz de Sabine, la esposa del brujo. Todos juraron que la habían oído perfectamente pronunciar estas palabras: “En lo más profundo del prado, donde más crecen las mandrágoras”.
Petrificados de espanto por las misteriosas palabras y por la repulsiva apariencia humana de la planta, aquel fenómeno lo atribuyeron al influjo de Satanás. Asimismo, no sabían qué pensar de aquellas palabras. Preguntaron a Gilles con mucha insistencia, pero el brujo se negó a cooperar. Fue su nerviosismo ante tales cuestiones lo que finalmente les decidió ir a examinar el sitio señalado por la voz.
Comenzaron a cavar alumbrados por linternas. Hallaron gran cantidad de raíces y, por debajo, apareció el cadáver de una mujer en el que aún se distinguían los rasgos de Sabine. A consecuencia del descubrimiento, Gilles Grenier fue acusado de brujería y de uxoricidio. Lo declararon culpable de ambos delitos, aunque él negó firmemente cualquier imputación de intencionalidad en los efectos de los filtros. En cuanto al asesinato, alegó que la había matado en defensa propia.
Lo colgaron en la horca, junto a otros asesinos, y su cadáver fue quemado en la hoguera.

Edición digital en eldritchdark.com
Revisión de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)