Respaldo de material de tanatología

EL FIN DE LA VIDA

EL FIN DE LA VIDA

Cuando quiero vivir, pienso en la muerte.
Y cuando quiero ver, cierro los ojos.?
Manuel Machado.

NO HAY NADA MEJOR PARA MORIRSE EN PAZ
QUE VIVIR EN PAZ

Para algunos filósofos el sinsentido de la muerte es la muestra más contundente del absurdo de la vida. Para otros filósofos y para muchos creyentes la muerte es un trámite, más o menos importante, para el acceso a la otra vida. Y para otros, la muerte es un hecho. Ante el hecho de la muerte no hay más posibilidad, ni más remedio: no podemos dejar de morirnos, somos humanos y eso implica que somos mortales por naturaleza.

Si quisiéramos vislumbrar alguna característica positiva en el hecho de la muerte, creo que la única sería la de que morirse es algo que todo el mundo hacemos impecablemente a la primera, y este trato igualitario introduce una justicia en este mundo, aunque sólo sea al final de la estancia en él. En efecto, no hay posibilidad de trampa ni excepción para las reglas del juego que rigen: aquí nos morimos todos.

Así pues, la muerte es el fin de la vida, entendiendo este complemento ?de la vida? como genitivo objetivo, a saber, la vida se acaba con ese hecho. Mas si la muerte es un hecho, no deja intacto el sentido de la vida: al estar ésta limitada por ese final que es la muerte, adquiere unos rasgos que no tendrá la de un ser que pudiera vivir eternamente. No estoy diciendo que el sentido a la vida se lo concede el hecho de la muerte, pero lo que es innegable es que sí le cambia la perspectiva.

Desde esta posición no tenemos mucho interés en aprender a morir, sí, en cambio, y mucho por la cuenta que nos trae -no hay alternativa-, en aprender a vivir; ante esta panorámica la muerte convierte al hombre en un ser ?para la vida?. De modo que lo único que podemos hacer es lo que los hechos irrebatibles como el de la muerte permiten: aceptarlo y aprender cómo aceptarlo de manera que nos ayude a vivir mejor, que es de lo que se trata una vez que estamos aquí.

Ahora bien, eso de vivir mejor supone una vertiente física de bienestar y salud y una vertiente moral. El final de la salud es la muerte, de ahí que sean convenientes, en aras de potenciar la calidad de vida, el cuidado y la prevención. No obstante, lo terrible de la muerte no es tanto ella misma, en tanto que final, como el proceso previo, siempre lento, que es el morirse, el mal de morirse radica en el dolor físico y desasosiego espiritual. Con el primero, el dolor físico, algo puede hacer la técnica; lo segundo, el desasosiego, incumbe a la ética.

De la muerte propia podemos decir con Epicuro que ella y nosotros somos incompatibles, porque cuando nosotros somos ella todavía no está, y cuando ella está nosotros ya no somos. Respecto al temor a la muerte el mismo filósofo griego insiste en que vivimos nuestra propia muerte, de modo que el temor sólo tiene sentido cuando pensamos en la muerte como si no muriéramos del todo, como si todavía pudiéramos sentir la muerte, lo cual es simplemente estúpido: la muerte es ausencia de toda sensación y entendimiento. A decir verdad, no creo que sea cuestión de preocuparse en eso de la propia muerte pensando excesivamente en ella, mas tampoco se trata de ignorar su peculiar ?existencia? pues ello puede inducir a malgastar la vida. De ahí la llamada epicúrea al cálculo racional de los placeres para obtener la ataraxia -ausencia de dolor físico y de perturbación del alma-.

Mas si bien es cierto que no podemos vivir nuestra propia muerte, sí vivimos nuestro proceso de morir, y ante esto sólo podemos apelar a los cuidados de la medicina para aminorar en lo posible el dolor, y a nuestra conciencia moral para que nos permita morirnos en paz.

Y aquí la ética sólo permite cierta tranquilidad de conciencia cuando uno considera, en un cierto estado de contento consigo mismo, que en lo posible ha cumplido con el deber, que no es otra cosa en formulación kantiana, que tratar a la humanidad, tanto en nuestra persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin es sí mismo y nunca sólo como un mero medio. Más concretamente, uno sólo puede morirse más o menos tranquilo si se ha ocupado a autoperfeccionarse como persona y ha procurado hacer felices a los demás de la manera que los demás desean. No hay nada mejor para morirse en paz que vivir en paz consigo mismo, algo para lo que la conciencia moral no acepta sobornos. De ahí que sea prudente hacer balances, cuando todavía hay tiempo: decir lo que debemos y queremos decir, hacer lo que debemos y queremos hacer, y saber, antes del último momento, la hora de la verdad, lo que tiene importancia y lo que no es importante. Por supuesto que todo eso implica tomarse la vida muy en serio. Y como dijo el poeta: ?Si no he tenido en mi vida / en donde caerme muerto / ¿para qué voy a querer / después de muerto tenerlo??

Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
WIKIPEDIA: http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Arias_Sol%C3%ADs

La paz no se reduce a la ausencia de guerras

ELEGÍ LA VIDA – Rudyard Kipling

ELEGÍ LA VIDA

No quise dormir sin sueños:
y elegí la ilusión que me despierta,
el horizonte que me espera,
el proyecto que me llena,
y no la vida vacía de quien no busca nada,
no desea nada más que sobrevivir cada día.

No quise vivir en la angustia:
y elegí la paz y la esperanza,
la luz,
el llanto que desahoga, que libera,
y no el que inspira lástima en vez de soluciones,
la queja que se denuncia, la que se grita,
y no la que se murmura y no cambia nada.

No quise vivir cansado:
y elegí el descanso del amigo y del abrazo,
el camino sin prosas compartido,
y no parar nunca, no dormir nunca.
Elegí avanzar despacio, durante más tiempo,
y llegar más lejos,
habiendo disfrutado del paisaje.

No quise huir:
y elegí mirar de frente,
levantar la cabeza,
y enfrentarme a los miedos y fantasmas
porque no por darme la vuelta volarían.

No pude olvidar mis fallos:
pero elegí perdonarme, quererme,
llevar con dignidad mis miserias
y descubrir mis dones;
y no vivir lamentándome
por aquello que no pude cambiar,
que me entristece, que me duele,
por el daño que hice y el que me hicieron.
Elegí aceptar el pasado.
No quise vivir solo:
y elegí la alegría de descubrir a otro,
de dar, de compartir,
y no el resentimiento sucio que encadena.
Elegí el amor.

Y hubo mil cosas que no elegí,
que me llegaron de pronto
y me transformaron la vida.
Cosas buenas y malas que no buscaba,
caminos por los que me perdí,
personas que vinieron y se fueron,
una vida que no esperaba.
Y elegí, al menos, como vivirla.

Elegí los sueños para decorarla,
la esperanza para sostenerla,
la valentía para afrontarla.

No quise vivir muriendo:
y elegí la vida.
Así podré sonreír cuando llegue la muerte,
aunque no la elija…
…que moriré viviendo.

RUDYARD KIPLING

ENTREVISTA A LUZ CASAL

(ENTREVISTA SACADA DEL PERIÓDICO “EL CORREO ESPAÑOL-EL PUEBLO VASCO DEL DOMINGO 18 DE NOVIEMBRE DE 2007)

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Desde que en Navidades le detectaron un cáncer de pecho, la cantante ha tenido tiempo de recuperarse y de sacar nuevo disco, “vida tóxica”
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ISABEL IBÁÑEZ MADRID

          Por vez primera en su vida, lleva el pelo corto. Luz brilla igual que antes porque la fuerza la tiene en los ojos, pero ha tenido que pasar algo como un cáncer en su pecho para que se dejara ver sin su melena. <>.
      Nunca le ha gustado andarse con tonterias, pero ahora, como a todos los que de golpe -una mala noticia, un mal día, un aml…- se les para el reloj, sabe mejor lo que vale el tiempo. Y no está dispuesta a perderlo. Mucho menos con quejas. Tanto lo ha aprovechado en los nueve meses que ha durado la quimioterapia que esta semana saca nuevo CD. <>. Y sí, claro que hay que hablar del disco, pero ha sido tal el fenómeno de apoyo generado en la web de la cantante, tantos cientos de mensajes de cariña, que ella sabe que muchas mujeres -y hombres- estaban deseando oirla hablar de ello. Así que toca preguntar por el cáncer. El domingo pasado fue su cumpleaños: que nació en los 60 es todo lo que se puede decir.

-Felicidades. ¿Cómo lo ha celebrado?
-Bueno, no ha sido un año que deseara celebrarlo de manera especial. Todavía colea cierto cansancio después del disco y lo que me apetecía era quedarme en casa y no hacer nada, ni soplar velas. Pero afortunadamente otras personas pensaron lo contrario y me hicieron una pequeña fiesta.
-Con la que festejar también la salida de “Vida tóxica”. ¿El título se refiere al tratamiento?
-Creo que no hay un reflejo de mi estado físico, a lo mejor pinceladas. En “Sueños raros”, la canción final, hablo de los sueños extraños producidos por algunos fármacos, sobre todo al principio, porque no soy nada pastillera y todo me funcionaba amplificado. Hay algunos otros detalles, pero no es reflejo de que he estado enferma.
-En las fotos ríe.
-Es la parte irónica que le suelo sacar a las cosas, me río de mi misma y de mi situación.
-Y los músicos con los que grabó en Londres dicen que no se quejó ni una vez.
-Es que no me quejo casi nunca. No me gusta el lamento. La queja es una pérdida de tiempo y si algo he aprendido, es que el tiempo es importantísimo, finito, y si tienes un rato y lo pierdes haciendo tonterias, pensando cosas que te hacen daño… Además, no me podía quejar, porque tuve muchos mimos.
-Fuera pesimismo.
-De “qué palo, qué miedo” no hay nada. Es normal que el título dé pie a penar que es consecuencia de esta experiencia, pero me lo he tomado como un episodio más. No he dramatizado la situación, y comparativamente sigo siendo una mujer con muchísima suerte. Todos estos meses he recibido mensajes de chicas muy jóvenes, con metástasis, sin una mama, sin las dos… En fin, cosas mucho más graves y situaciones mucho más dolorosas que las mías. Y como yo no he estado tan mal como se presupone… Hombre, te quitan cosas y ya no tengo el brazo como lo tenía, pero lo levanto estupendamente. ¡Mira! (hace una demostración). Puse el título porque la vida es tóxica en general, los productos químicos y la cantidad de cosas que tenemos alrededor, como una noticia en el periódico o la tele; tú no te das cuenta, pero tu cuerpo sí. Y ya te pasará factura.

Incapaz de leer
-¿Cuál ha sido la noticia más tóxica que ha leído durante su recuperación?
-He leído muy poco porque tenía muy poca concentración. Sí he escrito mucho, no sólo lo que está en el disco, sino cosas; acordarme de repente de un encuentro con un colega y echarme a escribir páginas sobre ello. Peor he pasado semanas sin leer un periódico y sin ver la tele, no porque no lo deseara, sino porque no podía. Me ha producido ansiedad la cantidad de libros que me han regalado y he sido incapaz de leer. Sería la quimioterapia.
-Pero si habrá visto el tóxico episodio del Rey con Chávez. Por cierto, ¿es usted monárquica?
-Para mí la figura del Rey es importantísima, no entro en otro análisis. Ha sido una situación esperpéntica y compleja, pero, cuando yo me siento atacada o estoy enfrente de una persona que dice estupideces, paso de todo y digo: <<¡Qué te zurzan!>>. Así que entiendo muy bien lo que pasó.
-El bulto que se descubrió en septiembre de 2006 resultó inofensivo, pero el otro, el que se palpó en Navidades, no. ¿Cómo le cayó la noticia?
-Fíjate lo que es la ingenuidad que produce la ignorancia. Pensaba que me quitarían el bulto y que podría seguir actuando. Me imaginé calva, me imagine sin mama, me imagine en todos los posibles estados, pero estaba dispuesta a lo que fuera. Algunas veces he dicho que no le tengo miedo ni siquiera a la muerte, con lo cual te puedes hacer un poco a la idea que no dije: <>. Y lo digo pensando con la misma entereza y fortaleza.
-¿Reaccionó usted como pensaba?
-La verdad es que hay ciertas cosas que hasta que no las vives… Yo tengo mucha capacidad de invención y un don natural de imaginar cómo se siente el otro, pero cuando te pasa es cuando percibes en esencia lo que es la cosa. Es un palo y piensas en los demás, en que van a estar peor que tú. Yo temía decirselo a mi madre, pero me demostró que en eso nos parecemos porque me dijo: <>. Eso me dijo, ja, ja, ja.
-¿Qué edad tiene ella?
-Pues… exactamente no lo sé,ja ja. Debe andar por los 70. Cualquiera sabe.
-Le operaron de urgencia. ¿Qué pensó justo antes de la anestesia y al despertar?
-Pues que todas la personas que más quiero se estaban despidiendo con besos yo decía: <<¡Cómo mola!>>. Ja, ja, ja. Si acaso, lo peor de todo este periodo fue sentirme frágil y dependiente. Para una persona independiente como yo, que te tengan que ayudar a vestirte, a lavarte, y ver que vas a coger algo y no puedes.
-¿Ha necesitado marihuana para paliar los efectos de la quimio?
-No, he sido escrupulosa seguidora de lo que me dijo el oncólogo, pero todo lo que sea favorecer el estado de uno, como creo que hace la marihuana, me parece perfecto.
-¿Pidió algo a alguien antes de quedarse dormida? Me refiero a Dios.
-Hombre, yo soy una persona creyente y tengo mis formas que son privadas y no son para contar, pero no. Sólo que saliera todo como tuviera que salir; estaba en manos de profesionales.

Desbordada
-¿Cómo se siente hablando de su enfermedad en una entrevista? ¿Temía este momento?
-No, yo no suelo tener miedo. Desde que supe que estaba enferma, asumí que pertenezco a un grupo de personas afectadas. No es que desee hablar todo el tiempo del tema, pero me siento obligada a hacerlo con la naturalidad que me caracteriza por todas esas personas que me han eviado sus mensajes y están deseando que yo hable de ello.
-Es curioso cómo se ha creado una corriente de ida y vuelta, com mujeres que le escribían para enviarle fuerza y que a la vez sentían recibirla de usted.
-Sí esta circunstancia por la que he pasado puede servir de ejemplo a alguien me alegro. Pero el ejemplo mejor más que cualquier tonteria que pueda salir de mi boca, es que tengo un disco. Todo ese periodo que se presupone que estás debil y deprimida, porque hay gente a la que perder el pelo le resulta muy traumático, en vez de dejar que te afecte, le das la vuelta y lo que haces es disciplinarte y exigirte, trabajar aunque sea mermada. Yo salía de la “quimio” y no me metía a la cama, me iba por ahí y cuando veía que se me acababa la pila, decía: <> y ya me quedaba así hasta que volvía a recuperar la fuerza.
-¿Esperaba toda esta reacción de la gente, algo que le llevó a hacer público un emotivo comunicado de agradecimiento?
-Me he sentido un poco desbordada. Soy consciente de que hay mucha gente que me aprecia de manera muy amplia, con mucho cariño, pero había otros que decían: <>. En la enfermedad ha habido cosas que me han servido de medicina: los propios farmacos y la música, y dentro de esta, el testimonio de la gente, los mensajes diarios. Los he leido todos, aunque no he podido constestar porque es imposible. Pero algunos me hicieron llegar hasta las lágrimas de los fuertes, de lo francos, de lo emotivos que eran.
-Como el de Rosa, de 41 años, que estaba pasando por lo mismo y le recomendó que estampase contra el suelo la vajilla de Lladró. ¿Lo necesitó?
-Ja, ja. No porque me siento una persona afortunada. En muchos momentos de la vida te tienes que comparar con el prójimo y lo mío, en comparación con otros, es casi como un regalo.
      En la web de Luz Casal, hay una ventanita en la que aparece su cara. Pinchando en su boca roja, ésta se abre y comienza un extraño viaje por el interior de la cantante. Bajando por su garganta, su esófago… De repente, surgen, como flotando, cinco expresiones: malas noticias, hipocresia, mentiras, soledad, falsedades.
-¿Por qué ésas y sólo esas?
-Tengo poca capacidad para analizar las cosas que hago, supongo que cuando lo hice, hace unos días, eran las palabras más presentes, más numerosas, aunque luego mi disco sea positivo cien por cien. Tendría un día raro. Hay malas noticias, viene alguién te lo cuenta y ¡qué bofetón! Y las mentiras salen diariamente porque mentir es lo que hace el 99% de las personas. Quizás exagero un poco, el 98%.
-¿Dónde estaría Luz si no se hubiera enfrentado a su madre para irse a Madrid?
-Pues en ningún sitio, porque siempre he tenido pocos objetivos, pero muy seguros.
-¿Sigue cantando esa gran canción (sin ironías) qie es “Rufino”?
-“Rufino” no deja de ser una canción estúpida con un personaje interesante, que la haces al final del concierto y que sirve para reirte y que la gente se descojone un poco. Seguimos haciéndola y me sorprende mucho queme la piden incluso antes que llegue el momento de cantarla.
-¿Dónde ha quedado esa imagen de rockeras macarrillas que cantanes como usted, Aurora Beltrán y Mercedes Ferrer cultivaron en los 80? Han ganado las muñecas.
-Cuando yo saqué el primer “single” en 1980 ni siquiera había otros nombres. Muchas de las mujeres de haora, no todas, me producen rechazo porque tienen que ponerse en braga y sujetador y eso me parece extraño y me cuesta aceptarlo. Yo siempre he pecado de ponerme más ropa de la que incluso me apetecía, porque no quería anteponer mi físico a mi faceta de cantante y compositora. Me siento en las antípodas de todo eso. La sensualidad debe ser sutil, no hay que andar mostrando las partes más íntimas.
-¿Qué imagen cree que la gente tiene de usted?
-Ése es un análisis que hace tiempo deje de hacerme. Quizás haya quien está acostumbrado a que un cantante le diga en una frase que la música es lo mejor de su vida y si de repente ve que yo necesito 15 minutos para explicarme y decir eso mismo, pues puede que diga: <<¡Qué tía más lenta, qué pesada!>>. Pero yo soy como soy y no le permito a nadie que venga a molestarme. Pueden decir qu Luz es más en esto o que hace peor lo otro, cuando estás en el escaparate hay gente que saca conclusiones que no tienen nada que ver con la realidad.
-Suele recordar muchas veces a los amigos que van quedando por el camino. El último en irse ha sido Hilario Camacho. ¿Tan cruel puede ser el mundo de la música?
-Tan cruel… No sé. Bueno, es duro, pero no me puedo poner en el pello de alguien que llegue a quitarse la vida, porque es algo muy personal.
-En 2006 sacó un libro autobiográfico, “Memoria de agua” (Ediciones B). Con todo lo que ha pasado este año va a tener que sacar una segunda parte.
Pues sí… sí. Ja, ja, ja, pero dentro de otros treinta.

Espiritualidad al final de la vida

EN LA MUERTE, LA ESPIRITUALIDAD PUEDE HACER MÁS PROFUNDO EL SIGNIFICADO DE LA VIDA

Por Martha Rutland-Wallis y Hugh Maddry

Gina Pavone sabe que le queda poco tiempo en este mundo. Si no logran curar el cáncer de ovario que se ha extendido a su hígado, los médicos dicen que le quedan uno, dos, quizá hasta tres años de vida.
Tiene miedo, pero también está preparada debido a un sistema de creencias espirituales que le asegura que la vida no termina con la muerte.
“Es difícil enfrentar la muerte cuando uno no sabe realmente que hay al otro lado” dijo. “Y si bien creo que hay que pensarlo, uno no puede obsesionarse”.
Para llegar a este punto se apoyó en todas las lecciones de religión que aprendió y cada suceso espiritual del que ha oído hablar, del que leyó o vivió.
“Los primeros seis meses después del diagnóstico, me quedé aplastada en el sofá con mi perro”, dijo Pavone, de 54 años, de Troy, Michigan. “Cuando no dormía, leía libros espirituales. Creo que buscaba una manera de acercarme a Dios. Quería creer que ‘Dios’ me iba a cuidar”.
Pavone fue criada como católica, pero dice que se alejó de la iglesia después de la niñez, aunque sigue convencida de algunas de sus enseñanzas. También se apoya en su fortaleza espiritual.
“Realmente necesitaba saber por qué estoy aquí” dijo. “Creo que todos nos hacemos esa pregunta”.
Esa pregunta se responde de muchas maneras porque la espiritualidad tiene muchos rostros diferentes. Es un aspecto central de todas las religiones y, de un modo u otro, es en lo que se apoya la gente cuando se da cuenta que está por ir a un lugar desconocido.
“Estamos comenzado a comprender que la espiritualidad  es de la mayor importancia al final de la vida” dijo el reverendo Kevin Calloway, que trabaja en la iglesia africana metodista episcopal de St. Paul en Olathe, Kansas. “Eso es lo que nos preocupa. Cuando alguien sabe que se está muriendo, se ve la vida de otra manera”.
La espiritualidad puede encontrarse en las conexiones, relaciones y significados que dan pasión, compromiso y esperanza a la vida: un grupo que se reúne a escribir poesía, un programa de doce pasos, el amor a la naturaleza, la meditación. Puede venir a través de una relación personal con un poder superior, pero también puede alcanzarse por vía de la contemplación, el arte o la música.
John Rudd, coordinador de la atención espiritual del Hospice of Bluegrass en Lexington, Kentucky, supervisa un programa de capacitación que enseña a los capellanes a comprender mejor cómo la espiritualidad, por oposición a la religión, se relaciona con la muerte y morir. Rudd dijo que es importante para la comunidad religiosa respetar las diferencias de la gente en cuanto a espiritualidad.
“Es interesante ver que mucha gente no está asociada con ninguna iglesia o grupo pero tiene una profunda conexión y conciencia espiritual y se esfuerza por relacionarse con los aspectos más elevados de su existencia” dijo.
Algunos encuentran profundas reservas de fe que nunca sospecharon que estuvieran allí. Karen Boland, pastora asociada de la Unity Church of Today de Warren, Michigan, lo ha visto suceder frecuentemente. Dice que un diagnóstico de enfermedad terminal puede hacer que la gente se lance a una búsqueda, que la lleva a comprender que hay verdades más profundas. Y esa comprensión, aunque es repentina, es profunda.
“A veces esa gente puede profundizar más en un instante que los que han estado buscando muchos años” dijo Boland.
Pueden aterrizar en cualquier dirección, incluyendo el retorno a una fe que creyeron que habían abandonado hacía tiempo.
“La fe religiosa profunda y participar de una comunidad de fe es muy importante para la gente con enfermedades graves o terminales” dijo el doctor Harold G. Koenig, autor de “The Healing Power of Faith” (El poder curativo de la fe) y profesor de la Duke University. “Los estudios muestran que involucrarse en esas cuestiones se relaciona con menos depresión y ansiedad, mayor bienestar y una mejor calidad de vida. También puede vincularse con un mejor funcionamiento del sistema inmune, presión sanguínea más baja y una supervivencia más prolongada”.
Pese a ello en Estados Unidos no se alienta a confrontar la muerte y no se hable ya de analizar su significado.
“Vivimos en una cultura que niega la muerte” dijo Rudd. “Sabemos en el fondo de nuestras mentes que va a suceder pero no lo pensamos demasiado a menudo. Es un evento de una vez en la vida y nuestra cultura nos enseña que está lejos, al final del camino”
A decir verdad, dijo Boland, “todos estamos en la línea de salida. Y no sabemos en qué punto de la fila estamos. Hay hijos que mueren antes que sus padres, padres antes que abuelos. Es ese azar lo que aumenta el temor”.
Para algunos es el momento de enseñarle el puño a Dios, un temor abrumador al dolor físico y la preocupación por los seres queridos. Cuando se acaba ese choque inicial, la gente realmente desea hablar de lo que logró en la vida y todo lo que queda por hacer.
Pavone dijo que durante el “período de llanto” tuvo muchos interrogantes, preguntas tales como: “¿Por qué yo?”
En el caso de Rich Lech fue: “¿Por qué no yo?” según su esposa Kathy Lech.
  Para Cathy de 41 años, sus fuertes creencias religiosas le han dado la fuerza para soportar la larga enfermedad de su marido, diagnosticada como cáncer del cerebro. Pero su marido es ateo.
“Cuando la gente le decía que debía agradecer a Dios que los médicos descubrieron su cáncer en fase temprana dijo: ‘No agradezco a Dios. Le agradezco a Aristóteles, porque es el que inventó el método científico que ayudará a salvar mi vida”.
Pero Kathy Lech dijo: “Yo sé que el Espíritu Santo nos ha ayudado a ambos. Rich tiene una ayuda especial lo sepa o no”.
Lech dijo que tenía esperanzas de que su marido, que ahora recibe atención domiciliaria (“hospice”) cambiaría su modo de pensar.
No importa, dijo “algún día estaré con él (en el Cielo) y le diré: ‘Te lo dije'”.
Mientras algunos se sienten seguros de su fe única, otros creen que la respuesta es la búsqueda y la mezcla de ideas.
Ese fue el caso de Rose Thomason, una escritora de Palm Coast, Florida, que siguió un camino espiritual diverso y todo lo que vivió le resultó reconfortante cuando a los 60 años se le diagnosticó un cáncer de pecho avanzado.
Se nutrió de una variedad de tradiciones espirituales, incluyendo la cristiandad con la que se había criado. La atraían las tradiciones contemplativas del este y el oeste por igual. Practicaba kum nye, una forma budista de plegaria corporal, similar al yoga. Meditaba regularmente.
Por sobre todo reflexionaba sobre su alma en lo que escribió. Cuando le diagnosticaron el cáncer, inició un diario que fue publicado luego en forma de libro. “Resumiendo Mi Alma: Un Año con el Cáncer “. El libro describió la relación entre la espiritualidad y morir: “Enfrentarse a la muerte hace que uno se concentre -escribió- clarificando el alma y haciendo delgadas las membranas que separan el espíritu y la materia”.
Mark , su hijo, recuerda a la familia sentada tranquila junto a la cama de Rose hacia el final de su vida. Cada uno rezaba en silencio. Una mujer jamaiquina del círculo de la iglesia de Rose se acerco con toda su familia. Le pidió permiso a Mark para rezar una plegaria de sanación. Mark estuvo de acuerdo y se sorprendió cuando la familia jamaiquina rodeó la  cama, tocando a Rose y rezando en voz muy alta. Rápidamente sintió el poder de esta ceremonia, una cura de manos tradicional. “No la entendí -explicó- pero me hizo sentir bien”.
Si bien los líderes espirituales concuerdan en que morir podría muy bien ser una experiencia profundamente positiva, comprenden los temores humanos al respecto. La noción de la muerte hace perder el control y a menudo genera una batalla con la desesperanza y la impotencia.
“Nos empezamos a preguntar ‘¿De qué sirve todo?'” dijo Boland. “Y ése es comúnmente el momento en el que comienza la búsqueda de un sentido en la vida”.
Si bien Pavone está convencida que “hay algo más después de la vida en la tierra” aún no está lista para dejar su cuerpo.
Ahora con su tercer tratamiento con drogas de quimioterapia, sus tumores se están reduciendo, ofreciendo esperanzas de una prolongación de su vida. Pero por fin dijo “uno tiene que olvidarse de los números y comenzar a concentrarse en vivir”.
Pavone se está mudando a New York para estar más cerca de su familia. Ella y su compañero acaban de comprar una casa en el lago Champlain en Vermont, donde piensan pasar un tiempo.
“No sé qué es lo que Dios ha resuelto para mí”, dijo. “Simplemente sigo la rutina, hago mi quimioterapia y todos los exámenes de sangre”.
Cuando su mente va hacia lugares que le provocan temor “pienso, me siento y hablo con Dios. No hay nada que nos separe”.
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(Martha Rutland-Wallis es directora de educación pastoral de clínicas en el centro de cuidados de salud VITAS de Miami. Hugh Maddry es vicedirector del Servicio Nacional de Capellanes de la Administración de Salud para Veteranos, en Hampton, Virginia)
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Para más recursos y contactos sobre cuestiones del fin de la vida vaya a www.findingourway.net
XXX (c)2001, Partnership for Caring, Inc.  Distribuido por Knight Ridder/Tribune Information Services

espiritualidad en el ambiente laboral

Estudio exploratorio sobre el tema de la espiritualidad en el ambiente laboral
DOCUMENTO COMPLETO EN PDF

Autores: José Armando Pérez Santiago
? Localización: Anales de psicología, ISSN 0212-9728, Vol. 23, Nº. 1, 2007 , Págs. 137-146
? Resumen:
Este estudio tuvo el propósito de identificar las percepciones de un grupo de empleados/as hacia el tema de la espiritualidad y su consideración en el ambiente laboral. Un total de 250 empleados/as participa-ron en el estudio. El Cuestionario sobre Espiritualidad en el Trabajo (CET) fue utilizado para recopilar los datos. El diseño investigativo utilizado fue el expofacto. Los resultados muestran que la dimensión espiritual es importante para la mayoría de los/as empleados/as. Las actividades mayormente mencionadas para estimular el crecimiento y desarrollo de esta dimensión fueron la lectura de libros de nueva era, escuchar música para la relajación y realizar acciones benéficas. En cuanto al tema de la espiritualidad en el trabajo, la mayoría de los/as empleados/as opinan que sus trabajos deben proveerles oportunidades para el crecimiento y desarrollo personal y espiritual. De igual forma, la mayoría indicó que el tema de la espiritualidad debe tratarse abiertamente en el área de trabajo. Estos resultados se discuten considerando las investigaciones sobre el tema y sus posibles aplicaciones en el contexto laboral.

http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2312626

Proceso de formación laboral como problemática de la filosofía de la educación

www.monografias.com

El proceso de formación laboral
como problemática de la filosofía de la educación.

1. Resumen
2. Introducción
3. Desarrollo
4. Bibliografía

Resumen
En el presente trabajo se abordan diferentes perspectivas de análisis pedagógico de la proble-mática de la formación laboral desde la óptica de la filosofía de la educación, particularizando como ha sido analizado este proceso por la pedagogía tradicional, la escuela nueva y la peda-gogía progresista. 
Categoría: Estudio teórico
Palabras claves
Formación laboral ? Pedagogía Tradicional ? Escuela Nueva ? Pedagogía Progresista.

Introducción
  El análisis que se realiza en este artículo no pretende en modo alguno atomizarse en la am-plia variedad de enfoques y corrientes de pensamiento existentes. Se pretende partir de posi-ciones que permitan una integración de saberes en torno al fenómeno objeto de estudio y clari-ficar las posiciones de mayor coherencia para la estructuración del proceso de formación labo-ral.
En este análisis se parte del reconocimiento de que la condición de hombre concita la necesidad de educación. Tal premisa establece una relación directa entre el acto educativo y la condición de hombre. En la misma se instauran y manifiestan algunas de las tareas esenciales de la Filosofía de la Educación.
Teniendo en cuenta estas tareas y el interés de este estudio se centrará la atención en el ?para qué? se educa al hombre, destacando el papel que se ha otorgado al proceso de prepa-ración para su inserción en el mundo del trabajo.
La teleología del proceso educativo se concreta en torno al modelo de hombre que persi-gue una sociedad determinada, su esencia radica en que la construcción de tal modelo debe responder necesariamente a las exigencias que dicha sociedad le plantea al sector educativo.
Una de estas exigencias está referida a la forma en que el individuo se relaciona con el conjunto de valores, las habilidades y los conocimientos que son necesarios adquirir  para in-corporarse a la estructura sociolaboral.
La valoración en torno al ?para qué? se educa a los hombres posibilita comprender, des-de la perspectiva de la Escuela tradicional, la Escuela Nueva y la Educación Progresista, los principales presupuestos que sirven de base para estructurar el proceso de formación laboral.
Se resalta la necesidad de educar a los individuos en un contexto educativo activo que comprenda el conjunto de relaciones que en él se establecen, incluyendo la participación de los contextos familiar y comunitario; la utilización de modelos que faciliten la relación con lo que se quiere mostrar, tratando de acercar lo que se modela a la realidad contextual en la que se des-envuelve el educando; se presta especial atención a las relaciones que se establecen entre los participantes del proceso docente educativo, con énfasis en el grupo escolar y la necesidad del desarrollo de procesos comunicativos que posibiliten una interacción participativa en el diálogo.
Se tiene en cuenta, además, el carácter político y comprometido con la transformación de la realidad del proceso docente educativo, con una participación de los alumnos que contri-buya a la solución de problemas que se presentan en los ámbitos escolar, familiar y comunita-rio.

Desarrollo
Establecer una clasificación que resulte consecuente con la amplia variedad de perspec-tivas de abordaje del proceso docente educativo con la forma en que la escuela ha enfocado la formación laboral de los escolares resulta una tarea compleja. Se empleará la clasificación dada por Snyders en su obra Pedagogía Progresista (Snyders, 1974), donde declara tres co-rrientes fundamentales que representan los elementos centrales para garantizar la compren-sión e interpretación  de las diferentes lecturas del proceso educativo: La Educación Tradicio-nal, La Escuela Nueva y la Educación Progresista.
Este deslinde metodológico se ha tenido en cuenta para evitar maniqueísmos simplistas que niegan el valor de las propuestas hechas por las escuelas que se abordarán. Siguiendo esta línea se considera también que la praxis educativa manifiesta la coexistencia de opciones teóricas declaradas oficialmente y prácticas pedagógicas ejecutadas en el aula; las propias contradicciones, racionalizaciones, ambigüedades y la falta de criticidad al implementar las acciones educativas por parte del personal docente, muchas de las cuales se desarrollan sin conciencia de su presencia.
La propuesta que desarrolla la pedagogía tradicional tiene como antecedente el ideario pedagógico de las grandes civilizaciones de la antigüedad y los regímenes esclavistas de Gre-cia y Roma y, como apunta Álvarez de Zayas, ?aparece en el siglo XVII en Europa con el sur-gimiento de la burguesía y como expresión de modernidad. Encuentra su concreción en los siglos XVIII y XIX con el surgimiento de la Escuela Pública en Europa y América Latina, con el éxito de las revoluciones republicanas de doctrina político-social del liberalismo.?
  Desde esta perspectiva el fin educativo se enmarca en la formación del hombre ideal, conocedor de las grandes realizaciones de la humanidad, consideradas como modelos básicos a alcanzar.
Partiendo de estos razonamientos podemos valorar que el escolar debe entrar en con-tacto con las grandes obras de la literatura y del arte y lograr conocimientos obtenidos por los métodos  más seguros, lo que posibilitará la realización plena como persona, a partir del sa-ber.  Se exige la adquisición de una elevada cultura, entendida sólo como la acumulación de las experiencias válidas para la humanidad, destacándose el carácter academicista del proceso docente educativo.
En el campo de la formación laboral se persigue la preparación del hombre en función de lograr puestos de dirección o para puestos de trabajo que incluyen cada vez más alejarse de la actividad manual, lo que tiende a una creciente separación de trabajo intelectual y manual. Sin embargo en las tesis de la pedagogía tradicional aparece como elemento relevante la necesi-dad de la unidad entre la actividad práctica y la intelectual.
Dentro de los pedagogos que primero se refirieron a esta necesidad se encuentra Platón que en uno de sus diálogos con Glaucón plantea ?¿Y no hablamos de llevar a los niños a la guerra, p  mara que la contemplasen de cerca montados en sus caballos, pero en condiciones de seguridad? Así podrían gustarle la sangre, como ocurre a los cachorros. […] Pertenecerá por tanto […] al grupo de los elegidos aquel que demuestre siempre una mayor agilidad en to-dos estos casos, esto es en los trabajos, los estudios y los peligros? 
  Tal contradicción encuentra respuesta en el hecho de que solo sea entendida como ac-tividad práctica a las acciones que ejecuta el escolar en el contexto educativo, como respuesta a las orientaciones reducidas de los docentes. De forma general el escolar se limita a realizar acciones para reproducir un contenido que es trasmitido por el docente como contenido acaba-do, a partir de la realización de ejercicios de lectura y copia, con énfasis en la retención, aten-ción y memorización del contenido con lo cual se limita el verdadero potencial formativo de la actividad. 
En la concepción tradicional se concibe al hombre como un ser en constante formación, pero con la limitante de ver al niño como un ser incompleto al cual hay que actualizar y comple-tar para que en un futuro sea capaz de desarrollar sus potencialidades profesionales e intelec-tuales.
Desde la perspectiva de la pedagogía tradicional es evaluable positivamente el hecho de reconocer en la formación de los escolares la presentación de modelos referenciales que sirvan de guía en el acto educativo. Tal hecho favorece el proceso de formación laboral en la medida en que los docentes sean capaces de dirigir la atención de los escolares hacia el sistema de valores asociados al trabajo, el reconocimiento a las personalidades que se destacan en las esferas laborales y productivas, así como del conjunto de características que conforman el contenido de las profesiones y oficios que pueden ser de interés para los educandos. La limi-tante en este sentido se refiere al hecho de que la escuela no hace un real ajuste de las posibi-lidades de esos escolares para el alcance de los modelos de referencia.
De forma general el sistema de valores que promueve la educación está guiado por los valores universales resultantes de la tradición cultural ya establecida, que se presenta en sus formas abstractas, genéricas y universales promoviendo un tipo de educación que no dirige su atención fundamental a las particularidades e individualidades de los escolares.
Finalmente, esta perspectiva, aplicada al campo de la formación laboral promueve un ti-po de hombre inadaptable a las condiciones cambiantes de las actividades laborales, donde los continuos descubrimientos tecnológicos y científicos necesitan un sujeto presto a la innovación y adaptación a los cambios. 
El movimiento denominado Escuela Nueva tiene sus orígenes más remotos en el rena-cimiento, específicamente en las obras de los humanistas Luis de Vives, Erasmo de Rótterdam; en las obras de los pedagogos realistas Rabelais, Montaigne, Comenius. Sus bases más con-sistentes están en el naturalismo de Rousseau, en el cientificismo de Spencer, en el psicolo-gismo de Pestalozzi; en el individualismo de Tolstoi; en el funcionalismo de Durkheim y en el pragmatismo de Pierce, Dewey, James y en las propuestas didáctico pedagógicas de Decroly, Kerschensteiner y Piaget. 
Dewey es uno de los principales teóricos de la Escuela Nueva, logra resolver la antino-mia ?entre un sujeto a ser instruido y un objeto a ser trasmitido?.  La respuesta a tal problemá-tica no solo se presenta en la superación de la incongruente relación entre sujeto y objeto de la educación, sino en la posibilidad que brinda al favorecer un tipo de aprendizaje más interactivo con el medio social que rodea al individuo, tomando como base el interés que se despierte en los escolares.
Las principales críticas al pensamiento de Dewey se dirigen a que solo se reconoce, en el intercambio del individuo con el medio social, como verdad, aquello que es prácticamente útil y ventajoso, obviándose que la verdad es el reflejo de la realidad objetiva en la conciencia. Sobre este tópico Pierce plantea ?la verdad es lo que funciona mejor para nosotros? 
El sistema pedagógico defendido por Dewey define el carácter competitivo del acceso a los puestos de trabajo en la estructura sociolaboral, destacándose los dirigidos a resaltar las cualidades de los hombres de negocios.
La Escuela Nueva supera la idea del alumno como ser inmaduro y desposeído de un co-nocimiento inicial por lo que el centro de la atención educacional se dirige al propio niño. Este en su quehacer educativo es activo, no por las acciones que ejecuta en la escuela como mu-chos teóricos plantean, reduciendo el alcance de la propuesta, sino a partir del nivel de partici-pación que alcanza en la elaboración de su propio aprendizaje.
Por otra parte rechaza el reconocimiento y abordaje de modelos axiológicos rígidos que sirvan de base a la educación, partiendo del presupuesto de la libertad de los sujetos con res-pecto del medio y de las condiciones sociohistóricas en que se desenvuelven los individuos. 
Esta propuesta dirige su atención a las posibilidades de libertad y cooperación entre el alumno y el profesor; la concepción de que la escuela es vida y no preparación para la vida y que la solución de problemas es más efectiva que la simple trasmisión de conocimientos. 
La práctica pedagógica de los escuelanovistas toma posiciones que se distancian hacia un polo opuesto con respecto a los de la escuela tradicional, planteando puntos de vista espon-taneístas y de un activismo radical que ?traerá como consecuencias el aislamiento del mundo infantil, la desvalorización del mundo adulto y de la herencia cultural?.
El carácter memorístico del proceso de aprendizaje de los escolares es sustituido por las experiencias, las observaciones y todos aquellos elementos que pueda ser de utilidad en su formación. Para ello se recalca el valor del respeto de los intereses, la iniciativa y la actividad que desarrollan en el contexto escolar y extraescolar.
Esta nueva forma de concebir el proceso de formación recalca la necesidad de que el alumno logre comunicarse con sus compañeros, que establezca un trabajo cooperado con el grupo como vía para el establecimiento de relaciones en comunidad. Busca como idea central que el alumno desarrolle actitudes personales a partir de la experimentación, de estudios dirigi-dos, de debates, de excursiones a industrias, comercios y empresas.
De esta forma el escolar se prepara resolviendo problemas prácticos de su entorno, lo que garantiza un futuro trabajador imbuido en el espíritu que mejor representa los intereses de eficiencia y eficacia necesarios en el ámbito productivo. Este escolar independiente, creativo y que necesita del grupo para ejecutar sus funciones o roles es aprovechado por las esferas industriales de la sociedad en la proyección de su desarrollo.
Estas características permiten el reciclaje constante de la mano de obra y la incorpora-ción de los trabajadores a las cadenas productivas de las grandes empresas, donde los pro-ductos que se elaboran tienen cada vez más un carácter interdependiente entre los participan-tes del proceso productivo.
De esta propuesta es válido para el proceso de formación laboral el carácter activo del proceso y la confirmación de la necesidad del trabajo en grupos, elemento que se ajusta a la perspectiva pragmática del individuo insertado en el mundo empresarial, donde la hiperbolizada eficiencia del proceso productivo marcará en buena medida la dirección de las acciones educa-tivas que se ejecutan en la escuela.
La Escuela Nueva capacita a los escolares para la competencia en la esfera laboral , a partir de la iniciativa personal, la actividad libre y la autonomía dentro de la sociedad, lo que posibilitará acceder a puestos de trabajo y de dirección que se deben corresponder con esos esfuerzos. Es necesario aclarar que tales esfuerzos serán mayores o menores en dependencia de la escala social a la cual se pertenezca.
Los elementos anteriormente planteados y expresados en su forma edulcorada buscan encubrir un modelo de escuela que solo responde a los intereses de la empresa en lo referido a la formación laboral. Esta formación se realiza en una dirección que suprime las libertades del individuo en otras esferas de actuación. Se educa para el trabajo y solo para el trabajo, desta-cándose el sistema de valores asociado a la obtención de ganancias, la rentabilidad y la com-petencia como formas de satisfacción personal. Se suprime también el conjunto de valores relacionados con la actividad laboral como expresión de la espiritualidad y el disfrute por lo que se construye y se crea como parte de la sociedad.
La tercera propuesta de enfoque para el análisis, parte de buscar los aspectos críticos y las problemáticas de la Educación Tradicional y de la Escuela Nueva, presentando una alterna-tiva que se constituye en síntesis de los aspectos positivos de las anteriores. 
La educación progresista parte de reconocer al hombre como un ser de la praxis, un ser concreto, comprometido con la transformación de la realidad, insertado en un contexto social, económico y político. Esta perspectiva concibe al hombre no solo como ser adaptable, capaz de vivir con eficiencia y competencia en su esfera sociolaboral, como defiende la Escuela Nue-va, sino que incluye sus sentimientos, pasiones, intuiciones y aspectos relacionados con su espiritualidad.
La formación de los alumnos bajo esta perspectiva de análisis afirma el compromiso y la finalidad sociopolítica de la educación, toda vez que debe dirigir su atención al conjunto de las relaciones sociales. Al referirse a la actividad laboral de los hombres es entendida como fuente de realización personal y colectiva, a partir de la contribución que hace cada uno en el desarro-llo del proyecto social que se construye. 
Desde la perspectiva de la Educación Progresista, el fin de la educación, no puede diri-girse a un hombre aislado o desnaturalizado, sino enfocarse hacia un hombre que está locali-zado en un contexto socio?histórico con determinadas condiciones que lo distinguen, a partir de la riqueza simbólica y del conjunto de valores asociados a su contexto.
Para la concepción de la formación laboral es preciso resaltar el valor que tiene  el ajuste a esas condiciones al sistema de valores, lo que posibilita que las necesidades e intereses de los escolares encuentren una adecuada respuesta dentro del modelo social y político que se construye colectivamente.
Resulta positivo destacar que esta nueva forma de plantear la dirección del proceso edu-cativo sustituye métodos de disciplina que solo reconocen la obediencia como forma de expre-sión del interés por los nuevos contenidos. Se instaura como forma de expresión de esa disci-plina el deseo de cumplir con las normas de comportamiento y por las relaciones que se esta-blecen dentro del proceso con el resto de los compañeros de grupo.
Durante el desarrollo de actividades que orienten la formación laboral de los alumnos se establece una comunicación que posibilita su conocimiento e inserción en el entramado socio-cultural de su comunidad. Esta comunicación se orienta a partir de patrones que permiten al escolar el intercambio con sus maestros, con sus compañeros de brigada y con el resto de las personas que interviene en el proceso, el acto comunicativo permite un intercambio recíproco de información, teniendo en cuenta que el conocimiento y la experiencia que poseen los esco-lares son tenidos en cuenta como saber válido en el acto comunicativo.
En esta relación comunicativa se valoriza el conocimiento del escolar por su significación social, superándose el saber artificial y hermético de la propuesta tradicional y el saber espon-táneo de la Escuela Nueva. El alumno confrontará siempre su experiencia, aprendida en la práctica y a través de las relaciones con otros, con los contenidos que debe aprender en la escuela. El alumno comprenderá el valor práctico del contenido a partir de la correspondencia que establece con su experiencia y con la posibilidad de resolver situaciones o problemas que se le presentan.
En su relación con el contexto y a través de la comunicación que establece el escolar, este se esclarece, se orienta, conoce las distintas perspectivas para su futura inserción laboral. En esta relación se favorece el proceso de asunción del sistema de valores asociados a las profesiones lo que facilita y garantiza el conocimiento y compromiso con su realidad.

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Datos del autor
Eduardo Rafael Avila Rumayor.
Institución en que trabaja: Instituto Superior Pedagógico de Holguín. Cuba.
Aspirante a doctor en Ciencias Pedagógicas (presentará su tesis doctoral sobre la formación laboral en noviembre del 2003)
Ha participado en múltiples eventos nacionales e internacionales de pedagogía y de las Cien-cias Sociales en General. Trabaja la línea temática de la Sociología Rural y la Educación Rural.
Tiene publicaciones en Revistas latinoamericanas y en Monografías. com
eavila@fh.uho.edu.cu

Morir con dignidad

Morir con dignidad

Doris Suchecki
“Nada es permanente excepto el cambio”
Heráclito (540-480 a.C.)

Sumario

Hace algunos años, surgió la tanatología como disciplina de estudio de la muerte y el morir. Esta especialidad se originó y desarrolló a partir de investigaciones que se hicieron dentro del campo de la medicina contemporánea, la psicología y la sociología. Su objetivo es rescatar y valorizar el bien morir. Pero, para que esto realmente suceda, estas tres disciplinas científicas tendrán su razón de ser, si se nutren en la filosofía, la teología, (aunque uno mismo sea agnóstico), en el amor, la compasión y en la creatividad necesaria para acompañar a cada ser absolutamente singular.
En este marco de ideas se abordan los antecedentes; el proceso tanatoterapéutico; la cultura, creencias y expectativas; la familia, el/la muriente y el momento del ciclo vital. Preocuparse por la muerte no significa una evasión ante la vida, todo lo contrario. La integración de la idea de muerte en el pensamiento permite erigir nuestras vidas de acuerdo a propuestas más conscientes y meditadas, no derrochando “demasiado tiempo en cosas sin importancia”.

Palabras clave
Bien morir. Interacción. Cultura. Singularidad.

Dying with dignity. Summary
Some years ago, tanatology appeared as a field that study death and the way to die. This field of research did originate in investigations made by contemporary medicina, psychology and sociology. Its objective is to salvage and valorize the good dying. In order for this to succeed, those three scientific disciplines will have its reasons of existence, if they feed on philosophy, theology (even though one es agnostic), on the love, the compassion and the creativity necessary to accompany each singular human being.
In this frame of ideas one focuses on: the tanatotherapeutic process; the culture, beliefs and expectations; the family, the dying and the moment of the vital cycle. To worry about death does not mean an escape from life, quite the contrary. The integration or the idea of death in the thinking process allows us to build our lives according to a more conscious and meditated basis, without wasting “too much time in unimportant things.”
Key words
Death. Interaction. Culture. Singularity.

Introducción

Pareciera que hablar de la muerte es convocarla y efectivamente, así es. Imágenes de seres queridos que ya no están físicamente con nosotros, se superponen con nuestras fantasías más temidas. La fascinación por lo desconocido se superpone con el miedo al deterioro, al dolor y al desapego.
Hace algunos años, surgió la tanatología como disciplina de estudio de la muerte y el morir. Esta especialidad se originó y desarrolló a partir de investigaciones que se hicieron dentro del campo de la medicina contemporánea, la psicología y la sociología. Su objetivo es rescatar y valorizar el bien morir. Pero, para que esto realmente suceda, estas tres disciplinas científicas tendrán su razón de ser, si se nutren en la filosofía, la teología (aunque uno mismo sea agnóstico), en el amor, la compasión y en la creatividad necesaria para acompañar a cada ser absolutamente singular.
Examinar la muerte, como examinar la vida, requiere la escucha y la lectura de una pluralidad de discursos. Cada uno de ellos tiene un contexto de validez y un ámbito de aplicación. Sin embargo, es posible que no estemos en condiciones de comprender muchos de esos discursos, pero esto no quiere decir que por el sólo hecho de no comprender no existan o no sean realidades. El lenguaje del moribundo es caótico, y obliga a quienes nos especializamos en esta disciplina a colocar el caos dentro del orden. Pero, colocar el caos dentro del orden no significa ordenar el caos sino respetarlo. Acomodar con este pensamiento nos remite a uno de los puntos fundamentales que tiene que ver con el misterio de la vida y de la muerte, la humildad frente a lo desconocido.

Antecedentes

Hablar de la muerte y sus circunstancias se ha convertido en un tema tabú. A muchos de nosotros, admitir que la vida es limitada, nos produce una horrible sensación de vacío. Nos cuesta reconocer que parte del proceso de crecer, es aprender a convivir con la paradoja de “nacimos para morir”.
Desde el principio de los tiempos el hombre luchó contra la idea de la muerte. Brujería, religiones, incluso la medicina fueron territorios en donde se combatía o por lo menos, donde se postergaba la muerte. Cuentan los narradores en los libros sagrados, en la literatura, en la poesía y en la filosofía, que el hombre notaba la proximidad de su muerte y actuaba en consecuencia según su momento histórico cultural. Eran tiempos en que las enfermedades algo graves casi siempre eran mortales. Por ejemplo en la Roma Imperial la longevidad no superaba los veinticinco años, promedio que se mantuvo durante la Edad Media y que aumentó en cinco años hasta mediados del siglo XIX, en que se llegaba a vivir treinta y cinco años. La longevidad era excepcional, se convivía con la muerte en lo cotidiano. Un documento pontificio de la Edad Media estipulaba que era obligación del médico no privar al moribundo de su muerte y que convenía que la presidiera. La proximidad de la muerte trasformaba la habitación del moribundo en un lugar público. Las artes moriendi del siglo XV, ya recomendaban dejar al moribundo a solas con su alma para que no hubiese distracciones en su intimidad con Dios. A partir del siglo XVII, el moribundo dejó de ser el único dueño de su muerte. La compartió con su familia. Los médicos ilustrados de finales del siglo XVIII se quejaban de esta mala costumbre de invadir las habitaciones de los enfermos, e intentaban poner orden en ese caos de familiares, vecinos, y plañideras; velas y ventanas cerradas con el objeto de preparar al enfermo para un final más digno. La costumbre en el siglo XVIII y XIX, exigía que la muerte fuera el centro de una ceremonia ritual donde si bien el sacerdote tenía su sitio, era uno más entre los demás participantes. El moribundo estaba investido de una autoridad soberana, dictaba recomendaciones, daba órdenes y hacía las bendiciones.
Estudios antropológicos, sociológicos, y psicológicos muestran que cuanto más avanzamos en el tiempo, y más ascendemos en la escala social y urbana, hay menos proximidad con la muerte, menos conciencia de muerte y más soledad. La muerte antaño era una figura familiar, era parte de la cotidianeidad. Admitirla hoy, es casi provocar una situación excepcional teñida de dramatismo. Algunos estamos saliendo de ese período de negación de la muerte: en que se la escondía, se tenía vergüenza, se la negaba. “De eso no se habla”, “Es obsceno”, “Es demasiado triste”. Los ritos de la muerte habían perdido validez. Frente a la muerte sólo se intentaba eliminar el cuerpo que delataba el fracaso humano.
El desarrollo contemporáneo de la ciencia y la tecnología ha contribuido a fortalecer la creencia a esperar imposibles. Nadie debiera enfermar. Nadie debiera envejecer, nadie debiera morir. Nadie debiera sufrir. Esta negación de la muerte y de la naturaleza humana, no logra sostenerse en la realidad. En consecuencia, se asocia la muerte al fracaso de la tecnología y la ciencia.

Albert Schweitzer escribió:

“Si queremos llegar a ser buenas personas de verdad, debemos familiarizarnos con la idea de la muerte. No necesitamos pensar en ella todos los días ni a cada hora. Pero cuando la senda de la vida nos conduzca a una posición ventajosa donde el paisaje alrededor desaparezca, y contemplemos la vista distante hasta el mismo final, no cerremos los ojos. Hagamos una pausa por un momento, observemos el paisaje lejano, y luego prosigamos. Pensar en la muerte de este modo produce amor por la vida. Cuando estamos familiarizados con la muerte, aceptamos cada semana, cada día como un don. Sólo cuando somos capaces de aceptar así la vida, poco a poco, ésta se torna preciosa.”

A partir de los años cincuenta de este siglo, médico y enfermeras del tenor de Elisabeth Kubler-Ross y Cecily Saunders comenzaron a plantearse problemas acerca de la muerte y el proce
so de morir. Crearon un movimiento basado en el amor y la escucha. Observaron reacciones, estados, etapas por los que transitan los murientes en el tiempo de vida. Fundaron hospicios con cuidados paliativos para acompañar en los últimos momentos a personas afectadas de enfermedades terminales. En la década de los setenta, los Simonton y Stephen Levine encontraron caminos alternativos basados en programas grupales o individuales de meditación y resignificación de la enfermedad y la muerte. Muchos enfermos lograron revertir el diagnóstico, o simplemente recuperar la dignidad para morir. Este movimiento se ha ido expandiendo, y con ello se está rompiendo el tabú.
El hecho de preocuparse de la muerte no significa una evasión ante la vida, todo lo contrario. La integración de la idea de la muerte en el pensamiento, permite erigir nuestras vidas de acuerdo a propuestas más conscientes y meditadas, no derrochando “demasiado tiempo en cosas sin importancia”.

Relación terapéutica

La relación tanatoterapéutica es una relación compleja en donde se plasma el interjuego de las dinámicas culturales, interpersonales e interpsíquicas.
Estamos en presencia de la muerte, pero de hecho nos ocupamos de la vida en sus últimos momentos.
Frente a este desafío debiéramos preguntarnos: ¿Qué es la muerte? ¿Cómo la definimos? ¿Nos atrevemos a nombrarla? ¿Cómo se construyó este concepto en nuestra historia personal? ¿Qué nos sucede cuando un ser querido, un conocido, un paciente muere, o cuando nos informan que tiene una enfermedad terminal? Nos rebelamos. Lo negamos, nos resignamos, o lo aceptamos. ¿Tenemos consciencia que la muerte está presente en toda la vida? Cada muerte, como cada vida es singular y deja en nosotros una huella única. Todos quisiéramos saber cómo es la muerte, aunque pocos estemos dispuestos a admitirlo. Para muchos, la muerte sigue siendo un secreto oculto tan erotizado como temido.
Situaciones fortuitas, muertes repentinas, accidentes, catástrofes y guerras, replanteos éticos consecuencia de nuestras profesiones, o crisis existenciales hacen que nos ocupemos de la muerte. En general, la muerte se asocia a la vejez y la enfermedad, este mito hace que nos interese más la muerte a medida que envejecemos. Tanto el envejecimiento como la muerte son cosas normales y naturales, pues una y otra son universales y sin excepción entre los “mortales”. La vejez y la muerte son, al mismo tiempo que normales, patológicas, es decir se manifiestan por desórdenes y enfermedades. La vejez y la muerte como perturbaciones abren, pues, la vía a la acción. Acción práctica que, por el momento, sólo puede ser paliativa pero que puede llegar a ser restauradora.
Volvamos al desafío de atender, de acompañar a una persona afectada de una enfermedad terminal o moribunda, y escuchemos los interrogantes que debiéramos permitir que se nos planteen: ¿Cuál es mi grado de compromiso emocional, físico, técnico y espiritual? ¿Cuál es la manera más eficaz de colaborar en el proceso de la enfermedad y/o de muerte? ¿Cuál es el contexto en que está inmerso el paciente? ¿Cuáles son los recursos con los que él/ella cuenta: físicos, psíquicos, afectivos, económicos, espirituales, sociales? ¿Cuál es mi lugar dentro de ese contexto? ¿Qué se espera de mí y que es lo que estoy dispuesto a dar? ¿En qué momento del ciclo vital del paciente la enfermedad se despliega? ¿Y en qué momento del ciclo vital familiar?, y ¿cómo estos datos resuenan en mi persona en este momento particular de mi vida? En general, nuestro sufrimiento es mayor cuando se trata de un niño o un joven, que cuando se trata de una persona adulta de mayor edad. De cualquier manera, es importante recordar lo que Cecily Saunders dijo: “La verdadera cuestión no es qué le decimos a nuestros pacientes, sino qué es lo que nosotros permitimos que ellos nos digan”, y ese permiso para hablar, para preguntar y para morir se lo daremos acorde a la elaboración de nuestros propios interrogantes existenciales.
Parto de la idea de que somos seres singulares y sociales en permanente interacción con todo cuanto nos rodea, en nuestro contexto y en nuestro tiempo. La vida cotidiana es, de hecho, una vida en la que cada uno juega varios roles sociales de acuerdo a quien sea en soledad, en su trabajo, con amigos o con desconocidos. Vemos así, que cada sujeto tiene una multiplicidad de personajes en sí mismo, un mundo de fantasmas y de sueños que acompañan su vida.
El mundo en el que vivimos es un mundo de la experiencia, que se construye a través de la percepción y el lenguaje que se genera en la interacción. Afectamos y somos afectados, somos causa y consecuencia en los múltiples eventos correlativos donde participamos modificando la percepción y a la que a través del lenguaje, le damos significado. Somos constructores de realidades. Somos presente dentro de un flujo continuo de presentes. Estamos influenciados por nuestras memorias de pasado y de futuro, por ciertos mitos y costumbres de nuestra cultura, por nuestra etnía, por nuestro contexto geográfico, por nuestras mudanzas, por nuestro género, por nuestras familias, por nuestra experiencia de ser seres vivos en permanente cambio, aunque en algunos niveles esos cambios sean imperceptibles. Comparto con autores como Gergen, que: “El conocimiento no es algo que esté en la cabeza de las personas, sino algo que las personas llevan a cabo conjuntamente”. Para Gergen, la realidad es producida por acuerdo de significados, esto no ocurre fuera del contexto lingüístico humano. Maturana dice que: “Lo humano se vive en el conversar, en el entrelazamiento del lenguajear y el emocionar que es el conversar. Más aun, lo humano se vive en redes de conversaciones que constituyen culturas.”
Para ayudar-acompañar al paciente terminal, propongo un esquema cuyos bordes debieran ser permeables por los que atraviesan infinitas líneas y redes de información, que se interceptan, generan y/o bloquean nuevas formas de información y acción (véase el gráfico).

Cultura-sistema de creencias-equipo asistencial

Como ya he señalado, es en el mundo de las conversaciones, en el intercambio de palabras, emociones y acciones, donde se generan y negocian las creencias con respecto a la salud, a la enfermedad, a la familia, al poder, a los valores y a todo tipo de definiciones, que normalizan y dan un determinado perfil a cada grupo económico-socio-etno-cultural. Cada cultura tiene rituales para señalar pérdidas importantes, para manejar el dolor de los sobrevivientes y para facilitar la continuación de la vida después de tal pérdida. Aparecen entonces, diferencias significativas en las definiciones que se dan acerca de la enfermedad y la muerte. En cuáles son las obligaciones de la comunidad para acompañar-ayudar al enfermo/muriente y su familia. En qué constituye una familia, cuál es la responsabilidad de la familia en el cuidado de sus miembros enfermos, quién y cómo se lo atiende. Cuáles son las expectativas frente al tratamiento, al dolor y al sufrimiento. Cómo debieran ser las manifestaciones de dolor o quejas, cuánto debiera durar el duelo.
Por ejemplo, los enfermos de origen italiano o judío tienden a quejarse de sus síntomas y a describirlos en detalle, mientras que los enfermos de origen anglosajón protestantes tienden a no quejarse, a negar o encubrir estoicamente las dolencias. El tener conocimiento de estas tendencias diferenciadas dentro de los grupos étnicos y económico-socio-culturales, invita a relativizar nuestros propios valores acerca de cómo, cuánto, y dónde el paciente y su familia, y otros significativos debiesen quejarse o sufrir.
El objetivo del equipo asistencial es el logro de una muerte digna. Para ello se asiste a cada enfermo en cuatro niveles: el nivel físico, el nivel emocional, el nivel intelectual y el nivel espiritual. El paciente terminal necesita ayuda para aliviar su dolor, la información justa para romper las fantasías negativas y enfrentar los miedos; afecto de quienes están cerca de él y también algo espiritual que lo contenga y ayude en el tránsito hacia no sabemos qué. Asistir es contener afectivamente y colaborar en el bloqueo de situaciones y conductas que mantengan o incrementen el sufrimiento. Informar para que el paciente y la familia puedan evaluar y tomar decisiones acerca del tratamiento adecuado, y/o para morir. En nuestro tiempo, en nuestras sociedades, el sufrimiento físico se ha vuelto psicológicamente intolerable; la agonía se ha vuelto “inhumana”. Lo moralmente digno ya no es el deber de vivir y de aceptar el dolor, es el deber del médico de abreviar los sufrimientos y respetar la voluntad de sus pacientes.
Los pacientes necesitan que sus médicos les digan cuál es su posibilidad de vida. No todos los médicos quieren hablar ni todos saben cómo hacerlo. La ciencia médica no es una ciencia exacta, no hay certeza, hay probabilidades. Por eso es importante manejar la información con cautela. Un buen cirujano quizá no pueda lograr una conversación fluida con su paciente, pero alguien de su equipo tiene que poder suplir la carencia.
Lo que se intenta es que el enfermo recupere su autonomía ejerciendo la capacidad de elegir con libertad. Esta elección depende del conocimiento que tiene el enfermo de la enfermedad y los posibles riesgos y beneficios del tratamiento que está evaluando. El conocer los riesgos también le permite pensar y elegir en dónde morir, así como reordenar sus lazos familiares en los aspectos afectivos, económicos y sucesorios. De esta manera, el enfermo tiene la oportunidad de saldar deudas y de despedirse de quienes no estuvieran cerca por problemas de distancia real o afectiva.
Recordemos que el factor tiempo es desencadenante de acciones. El tener en cuenta una tipología de enfermedades psicosociales nos permite preparar a la familia, a la persona enferma, y a nosotros mismos en los complejos desafíos y crisis que provocan la enfermedad y la muerte. ¿Cuáles son las características de la enfermedad que padece el paciente en cuestión? ¿Cuál es la probable evolución?

Propongo este conocido esquema a modo de recordatorio:
Aparición: aguda o gradual.
Su trayectoria: progresiva, constante. o episódica.
Su desenlace: progresivo (de cronicidad y deterioro en corto tiempo, en tiempo largo, o muerte súbita) o sorpresivo.
Su posibilidad de incapacitar: ninguna, suave, moderada o severa: a nivel cognoscitivo, cinético o sensorial.
La aparición de una enfermedad o una muerte súbita, implica una ruptura en el equilibrio del afectado y su entorno. Esto provoca el estrés. El estrés a su vez provoca una crisis que si la persona y la familia son capaces de usar recursos existentes y definir la situación de tal manera que acompañen el cambio que se produce dentro del sistema familiar y social será una crisis para el crecimiento.
La crisis se presenta cuando algún elemento presiona el sistema pidiendo cambio fuera del repertorio usual de ese sistema.
Crisis de acuerdo con el diccionario Webster es: “Un estado de cosas entre las cuales de una u otra manera es inminente un cambio decisivo”. A pesar que la definición de crisis en Occidente, no menciona como lo hacen los chinos la palabra “oportunidad”, en nuestra cultura es muy común considerarla como algo que debe ser evitado, pero es imposible lograr cambios sin crisis.
El vocablo chino “wei-ji”, que significa “crisis”, es una combinación de los caracteres correspondientes a peligro y oportunidad.
Es evidente que toda crisis genera anticuerpos, la persona o grupo que está en crisis como cualquier especie en peligro de extinción apela a anticuerpos para sobrevivir. Pero también la crisis en sí, como ente independiente, obedece a ese mandato de supervivencia y lucha por no desaparecer.
Cuando alguien entra en estado de crisis, generalmente debe actuar como un nadador experto frente a una corriente que le impide acercarse a la costa. Enfrentar la corriente es suicida, las fuerzas se agotan inútilmente y la diagonal salvadora surge de la convicción de que el camino directo para llegar a la costa no existe más. Cuando el nadador llega a esa convicción, ya se ha salvado. Tal vez necesite dejarse llevar por la corriente durante un rato para recuperar las fuerzas y sólo después negociar con las circunstancias.
Las crisis son oportunidades para la creatividad, la reparación y el crecimiento. Las personas luchan por darle un nuevo significado a la situación. Cuando son capaces de redefinir la situación como un “desafío”, una “oportunidad de crecer”, o dotar a la crisis con un significado particular, tal como “creer que es lo mejor para todos”, las situaciones críticas se convierten en fuentes de aprendizaje. El hecho de no minimizar ni negar la realidad de la situación facilita el desenvolvimiento de ajuste y adaptación exitosas.
Es común el pensar que el presente es consecuencia del pasado. Cuando en realidad todo empieza ahora y acá. Lo que llamamos pasado es la estela del presente visto con los manipuladores ojos de la memoria. Incluso esa manipulación que estamos haciendo ahora y acá, la hacemos combinando elementos que si fueran combinados en otra forma serían otro pasado. El fabricar el pasado, es como las palabras que nosotros colocamos en un orden determinado sobre el papel para ser leídas cuando terminemos de escribirlas. Por lo tanto, lo que estamos haciendo es también fabricar futuro. Las crisis son las grandes fábricas de futuro, pensamos aceptar que ese pasado lo estamos fabricando nosotros en el presente, la situación cambia totalmente. Y esa realidad, construida desde el desafío de nuevos aprendizajes, tal vez sea una plataforma de lanzamiento para elevarnos quién sabe a donde.
Los tanatoterapeutas trabajamos dentro de la ambivalencia entre intimidad y diferenciación, y su manejo es una cuestión de dosis y prudencia. Muchas veces nos sentimos agraviados por las presentaciones de impotencia del enfermo, quien ubica demandas excesivas en nuestra capacidad de resolución. Ira y tristeza son emociones con las que tenemos que lidiar.
Investigaciones que se hicieron en Francia a partir de doce cuestionarios recogidos entre oncólogos y del estudio de cierto número de autores, demuestran que la elección de la profesión médica o asistencial, no se apoya sólo en motivos racionales o contingentes (interés intelectual o cultural, prestigio social, vocación humanitaria), sino también en razones más profundas en parte inconscientes y cuya función es reparadora. Frente a la enfermedad incurable, se asiste una vez más a la reactivación del sentimiento de impotencia, a la frustración de las aspiraciones salvadoras y a la confrontación con la muerte.
El modo en que cada uno de los miembros del equipo asistencial confronta, elabora y transforma la angustia, la frustración y la impotencia, abundará en efectos positivos o negativos para el paciente y su entorno significativo. Lo óptimo sería: integrar conocimientos, eficacia técnica y compasión amorosa.
En un contexto donde entrar en fase terminal es vivido por el mundo médico como un fracaso, es necesario reevaluar el trabajo técnico realizado y elaborar los duelos. Duelo utilizado con término que hace referencia a la capacidad emocional para superar las pérdidas y las separaciones. Duelo por nuestras limitaciones, por nuestra impotencia, duelo por los afectos que se desarrollaron con nuestros pacientes y sus allegados significativos.
Despedirnos con amor, perdonar y perdonarnos. A posteriori, replantear los éxitos y fracasos en la metodología abordada y aprender de los errores cometidos transformándolos en enseñanzas.
Familia-sistema de creencias-momento del ciclo vital
La familia es un grupo de personas que transita por un largo camino de continuas transformaciones. Atraviesa cambios en su composición (casamiento, nacimiento, escolaridad, adolescencia, alejamiento de los hijos del hogar, jubilación, muerte), por una amplia gama de circunstancias adversas o favorables.
Cada familia es diferente en su manera de comunicarse y conversar, de darse afecto, de resolver conflictos, de cuidar la intimidad, de enfrentar las crisis y los duelos. Cada familia va creando un estilo de funcionamiento con más o menos flexibilidad en el diálogo, con distintos acuerdos y escritos, y con actitudes que frente a la muerte próxima de un miembro, se comporta como un sistema facilitador o no facilitador del despegue.
La edad en que aparece la enfermedad incurable, producirá variaciones en cuanto a los miedos, el dolor, y la desesperanza. El duelo por la familia que fue toca a cada uno de sus miembros, y cada uno de ellos reaccionará a su vez de manera diferente, “ya nada será como antes”. Ayudar a la familia o a ese otro significativo que está involucrado en la muerte de un ser querido, es ayudar a expresar con palabras la reorganización de sus sistemas de valores, a que puedan desvelarse los secretos, a enterrar juntos algunos sueños, a perdonar y a conectarse con el amor que trasciende los cuerpos físicos, con ese amor construido de a dos, pero que ya es parte de cada uno. Ayudar a limpiar las culpas, que no son más que errores en el aprendizaje. Ayudar a recuperar los rituales y las ceremonias de la muerte que, aunque dolorosas, ayudan a aceptar la irreversibilidad de los hechos. Para lograr colaboración del equipo familiar y de otros significativos es útil recoger ciertos datos que nos acercan al estilo particular con que cada familia vive sus circunstancias, por ejemplo:
– Historia, creencias, mitos y teorías acerca de la enfermedad que lo aqueja (causas y consecuencias).
– Mitos de incapacidad y muerte.
– Actitudes socioculturales acerca de la salud y enfermedad.
– Actitudes y respuestas familiares ante la enfermedad y el sufrimiento/dolor. Palabras innombrables, temores ocultos, mandato familiar.
– Momento de ciclo vital de la familia: estructura familiar abierta o cerrada. Grado de permeabilidad y flexibilidad de límites entre lo individual, familiar y el exogrupo.
– Impacto de la enfermedad en las relaciones maritales, sexuales y familiares.
– Factores que incrementan o alivian el dolor.
– Situaciones que elevan el estrés familiar.
Individuo-momento del ciclo vital-tipo de enfermedad-el proceso de morir
La vida es un progreso que se paga con la muerte biológica de los individuos, pero no sólo somos seres biológicos, somos también seres culturales y espirituales, y transcendemos a través del recuerdo.
Como individuos-sujeto somos cuerpo, mente y espíritu. No existe un conocedor abstracto que esté separado de la experiencia misma. Por lo tanto, el cuerpo toma diferentes significados en el transcurso del tiempo. Algunas veces, el cuerpo responde como un sumiso y utilitario animal. Otras veces le atribuimos la responsabilidad de lo que nos pasa. Otras veces es un cómplice de nuestros deseos, otras no es más que un saboteador de nuestros proyectos.

Lo que nos cuesta asumir es que el cuerpo es lo que es, en su circunstancia, y la armonía entre el cuerpo y su circunstancia, es uno de los grandes secretos de la vida.
Napoleón decía: “No existen grandes hombres, sino hombres normales, ante circunstancias especiales”. Pero hubo otros hombres normales en las mismas circunstancias que Napoleón, y no fueron Napoleón.
Cada uno de nosotros está colocado en un tapete de ruleta circunstancial. Nos toca en cada momento un ahora y un acá.
La enfermedad o la muerte irrumpe o se agudiza en un momento del ciclo de vida, y quien lo transita percibe la sensación de un tiempo sin tiempo, un tiempo suspendido por la enfermedad. Un tiempo donde la historia del sujeto se convierte en la historia de su enfermedad, su dolor y sufrimiento.
El enfermo terminal necesita ser escuchado, y escuchar es estar receptivos al misterio, sin esperar nada en particular, sin juzgar y en un primer momento sin interpretar ni traducir, sino escuchar sus propias palabras. El enfermo necesita confiar en nosotros, y que nosotros confiemos en ellos, que confiemos en su fortaleza interior, de la que tal vez no tienen conciencia, pero que nosotros debemos intentar recuperar. Entonces, además de escuchar, hay que poder hablar y facilitarle al enfermo las preguntas difíciles.
Los enfermos terminales nos informan y muestran con sus conductas las etapas del morir. Siguiendo a Elizabeth Kubler Ross, podemos reducirlo a cinco etapas. Los enfermos terminales pasan por estados de negación y aislamiento: “¿Se habrán equivocado en el laboratorio?” “No, no soy yo, no es verdad”. De cólera, ira y desesperación: “¿Por qué a mí?” “¿Qué culpa estoy pagando?” Regatean e intentan negociar con Dios y con los hombres, hacen promesas, proyectan llegar con vida a momentos importantes de su historia de futuro: “Si por lo
menos mi hija pudiera conocerme”, “Llegar a la fiesta de fin de año”, “La graduación de un hijo”, “La llegada de un amigo”. Se sienten abatidos, y caen en depresiones más o menos profundas. Se producen distorsiones de la realidad. El cuerpo está decrépito, pero la imagen corporal no se modificó, acusan sensaciones de extrañeza: “La semana pasada podía caminar, no entiendo por qué ahora no puedo si soy el mismo”. Y finalmente la aceptación y esperanza, que está ligada a la espera de ser liberado de su sufrimiento, a la espera y encuentro con sus mitos y sus creencias, a sus imágenes del más allá, a sus sueños, Una suspensión del tiempo que abre el camino al desapego.
Estas cinco fases pueden aparecer en forma ordenada, caótica, o en simultaneidad. Durante el proceso de morir se entra, se sale o se queda instalado en cualquiera de estas etapas. Cada una de estas etapas requiere el conocimiento de las individualidades, el consenso en los objetivos de ayuda que han de prestar el equipo asistencial y el equipo familiar o de seres queridos. Si a lo largo de estas fases el muriente está acompañado por alguien que lo ama, que lo contiene, podrá resignificar las pérdidas y los duelos. Como habíamos señalado, duelo es la capacidad emocional de superar las pérdidas y las separaciones (pérdida de partes del cuerpo y funciones debido a la enfermedad, pérdida del rol familiar y social, de sus proyectos y expectativas). Acompañar al muriente desde el lugar tanatoterapéutico, es ayudarlo a expresar con palabras o silencios la reorganización interior de su sistema de valores. Se crece cuando se está enfermo o cuando hay que hacer frente a una perdida dolorosa. Se crece si se acepta el sufrimiento y se intenta comprenderlo no como una maldición o un castigo, sino como una enseñanza.
La crisis y el duelo, así como la negación y la esperanza, son conceptos que se transforman momento a momento. El enfermo es quien nos dicta cuándo está en condiciones de recibir más información (verdad acumulativa). Hiperinformar es tan nocivo como no informar. La franqueza puede convertirse en una forma solapada de hacer daño. Cada uno de estos enfermos puede no solamente aprender y recibir nuestra ayuda, sino además convertirse en nuestro maestro. Ellos nos enseñan acerca de la necesidad de negar, total o parcialmente, lo que ya saben. Nos cuesta admitir que nuestra tarea, a veces, consiste sólo en estar con la persona cuando sufre, estar sencillamente junto a ella, sin asustarnos de su miedo, de su dolor o de su ira. Permitir que apoye sobre nosotros su grito silencioso y la mirada vacía.
Para cerrar, recuerdo lo que alguien dijo alguna vez: “No se puede mirar al sol todo el tiempo y tampoco a la muerte”.

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TRABAJANDO POR LA PAZ DESDE LA UNIVERSIDAD

TRABAJANDO POR LA PAZ DESDE LA UNIVERSIDAD

JOSÉ ELLACURÍA S.J. HERMANO DE IGNACIO ELLACURÍA S.J

(ARTÍCULO DE OPINIÓN TOMADO DEL PERIÓDICO EL CORREO ESPAÑOL-EL PUEBLO VASCO DEL VIERNES 16 DE NOVIEMBRE DE 2007)

        Aunque este artículo se centra en la figura de Ignacio Ellacuría, no hay que olvidar que con él fueron asesinados otros cinco jesuitasy dos colaboradoras en la madrugada de aquel 16 de noviembre. Todos eran conscientes del peligro que corrían y decidieron quedarse con el pueblo.
        En los años 1960-1970, El Salvador (Centroamérica) se encontraba en un estado de ebullición, con asesinatos de gente indefensa organizados por los paramilitares, con una pobreza creciente y con movimientos sindicales que protestaban porque la reforma agraria no acababa de llegar. Y de aquí nace el punto de partida y el motor de reflexión-acción de Ignacio: La experiencia del sufrimiento y de la opresión de las grandes mayorías populares del país, por un lado. Él la llamaba inhumana pobreza y se le removieron las entrañas al ver a todo un pueblo postrado, oprimido, engañado, burlado. Por otra parte, veía la buena nueva de Jesús para que los hombres y mujeres tengan vida y la tengan en abundancia. Y su conclusión fue que las destinatarias pirncipales de su trabajo deberían ser las inmensas mayorías del mundo a las que la vida les resulta casi imposible: para los que el mero sobrevivir es una cuestión fundamental.
        Desde esta perspectiva Ignacio reflexionaba, actuaba y meditaba; por eso su filosofía, teología y la vida no quedaban separadas. Su reflexión teológica tenía carne en las mayorías populares y las mayorías populares tenían un compañero de reflexión y de orientación. Ellacuría ayudó a construir una teología que partiera del presente histórico del país y del continente americano, en los que vivía. Un día, Ignacio, hablando con Zubiri sobre su filosofía esencial, le decía que su pensamiento segía a Heidegger -Filosofía pura-; que si no le parecía mejor enfocarlo en su dimensión socio-política. Ignacio ya había escrito un libro importante, que no llegó a ser publicado en vida: “Filosofía de la realidad histórica”. La filosofía, dice, debe interpretar los signos que nos permiten entender lo que ocurre e influir en los acontecimientos para hacer que la historia vaya no hacía una catastrofe, sino haci8a una utopía en términos civiles, hacia el Reino de Dios en términos teológicos.
        Entre los dos, discutieron sobre la inteligencia sentiente, es decir, el discurrir y el sentir la realidad, dos elementos de un único acto, el conocer la realidad par no pararse en ella (puro intelectualismo), sino para sentirla y mejorarla, y lo plasmaron en estas tres frases que se han hecho célebres:
      Hacerse cargo de la realidad = Dimensión noética.
      Cargar con la realidad = Dimensión ética.
      Encargarse de la realidad = Dimensión práctica.
      Hacerse cargo de la realidad: Supone el abrirse a la realidad; darse cuenta de lo que pasa y de sus causas. Objetividad para acercarse a la realidad, captarla, analizarla tal como es en toda su complejidad, descubriendo sus estructuras de dominación e injusticia. Supone un estar en la realidad de las cosas no de un modo pasivo, sino con implicación en un esfuerzo activo.
        Cargar con la realidad: Es un mensaje ético; yo también soy responsable de lo que pasa.
        Encargarse de la realidad: Es el caracter práctico; sólo comprende la realidad cuando me hago cargo de un hacer real. Profecia para denunciar los males existentes en la realidad y no acomodarse a ella de modo conformista. Utopía para proponer aquello a lo que apunta la causa de los males de la sociedad y el horizonte de justicia dque se vislumbra.
      El fin de la filosofía no es sólo avanzar en el conocimiento -aunque esto sea bueno y necesario-, sino en encargarse de la manera más adecuada posible de la realidad. Y todo esto hecho universitariamente.
      Ignacio insistió desde los años 70 en que una universidad está al servicio de la sociedad, y no cerrada sobre sí misma. Por tanto, el fín último de la universidad no deben ser los estudiantes universitarios sino la realidad nacional. En el caso del Salvador la realidad nacional primaria era la pobreza de la mayoría del pueblo, debida a la injusticia institucionalizada. De ahí que los estudiantes deben ser formados-preparados para conocer, cargar y encargarse de la realidad. En una universidad se estudian ciencias de la naturaleza, las ciencias del hombre, carreras técnicas y artísticas, entre otras. Todas esas carreras están al servicio de la sociedad, para ayudarle a conocer mejor su realidad bajo prismas analiticos, constructivos, artísticos y de toda índole.
        Esto lo señalo el Padre General de los Jesuitas, Peter Hans Kolvenbach, cuando decía: <>.
        La UCA adoptó una relación con la realidad social y política que da que pensar hoy a universidades, centros educativos e instituciones sociales en general. ¿Al servicio de quién están? ¿Para qué existen? ¿Hacia dónde pretenden dirigirse? Cuántas facultades están completamente desconectadas de la realidad humana de sus alumnos y de los miembros de la sociedad. Cuántas escuelas y centros culturales se olvidan de los problemas fundamentales de los hombres al servicio de los que supuestamente están.
        Ignacio insistía en que el servicio de la Universidad a la sociedad debía ser <>.
        En una ocasión, los universitarios hicieron una huelga en contra del Gobierno y se alojaron en el salón de actos de la universidad. Enterado Ignacio, se fue donde ellos, mandó que se callaran y les dijo: <>.
        Hacerlo univesitariamente no es apoyar una tendencia política frente a otras, sino <>.
      A él no le gustaba ver cómo ciertas universidades, pretendiendo acercarse a la problemática política del país, se convertían casi en locales de partido, perdían la seriedad en los estudios, en los exámenes, y se dedicaban a organizar manifestaciones, conferencias contestatarias, panfletos populares. Ignacio era académico hasta la médula y no soportaba nada de eso. La Universidad tenía que servir a la sociedad en cuanto universidad, y no en cuanto sindicato, partido o grupo popular. Lo mismo habría dicho de una escuela, de un centro cultural o de un sindicato, si él hubiera trabajado en ellos.
      Cada institución debe preguntarse qué pretende, a quién quiere servir, y debe hacerlo según el tipo de institución que es, y no según otra cosa. La Universidad universitariamente, la parroquía parroquialmente, el partido partidariamente, la escuela escolarmente.
      Hay que reconocer que la Universidad que dejó Ignacio a su muerte es un modelo de centro universitario serio, tanto en lo académico como en la investigación al servicio de un país y de un continente en ebullición socio-política. Ese modo de ser universidad, ese modo de ser institución cultural, puede muy bien ser adoptado en nuestro días, no sólo en América Latina, sino también en otros continentes. ¿Seremos capaces de dejarnos interpelar por el legado de Ignacio Ellacuría?. 

Trabajo y espiritualidad (catholic.net)

Axesa1 01/09/2007 6:29

Trabajo y Espiritualidad

http://es.catholic.net/empresarioscatolicos/436/1219/articulo.php?id=13112

Autor: José Luis Illanes

Ante Dios y en el mundo
Apuntes para una teología del trabajo
Eunsa, Pamplona 1997, cap. II, pp. 39-50

La palabra italiana «lavoro» –del latín labor — hace referencia, por su etimología, al esfuerzo, penosidad o cansancio que acompaña, de hecho, a la tarea a la que designa. Lo mismo ocurre en otras lenguas del origen latino, aunque el término usado sea diverso: «trabajo» en castellano, «travail» en francés, «travalho» en portugués, que provienen del latín tripalium , termino que, en el hablar latino tardío, designaba precisamente un instrumento de tortura. En las lenguas sajonas o germánicas algunos vocablos («werk» en alemán, «work», en inglés) evocan más bien la obra o producto realizado; otros en cambio («labor», en inglés, «Arbeit» en alemán) tienen resonancias análogas a las ya señaladas.

Desde diversas perspectivas, esas breves referencias etimológicas apuntan al carácter complejo que la experiencia del trabajo atestigua. La actividad a la que designamos con la palabra trabajo connota aspectos esenciales del ser humano y de su relación con el mundo. Cabe, en efecto, caracterizarlo por tres rasgos fundamentales:

a) ser una actividad transitiva, que, naciendo del hombre, desemboca en el mundo al que modifica y transforma;

b) ser una actividad que implica esfuerzo, puesta en marcha de energías en orden a dominar una realidad exterior que se deja vencer solo gracias a la perseverancia y al empeño;

c) ser una actividad en la que se entremezclan la intelectualidad y la corporalidad humanas: todo trabajo es, de un modo u otro, y como ya dijeran los clásicos, obra de la inteligencia y de las manos, fruto de un proyecto de acción que se plasma y realiza a través de órganos corporales.

Los tres rasgos que acabamos de reseñar, son, precisamente, los que subrayó la reflexión filosófica griega y recogió luego la teología en la época patrística y en el medioevo. A partir de los siglos medievales y, sobre todo, en la época moderna, se inició un proceso a la vez fáctico y teorético que condujo, de una parte, a ampliar el campo de aplicación de la palabra trabajo, refiriéndola no sólo a las actividades manuales sino también a las intelectuales; y, de otra, a poner de manifiesto, de manera cada vez más clara, la importancia del trabajo como factor decisivo de la dinámica histórica. Todo lo cual llevó a tomar conciencia de que no es posible tratar del trabajo desde una perspectiva exclusivamente antropológico-individual: hablar del trabajo reclama, en efecto, hablar de la sociedad humana que se estructura y desarrolla gracias al mutuo entrecruzarse de actividades diversas, cada una de las cuales debe ser considerada no solo en sí misma, sino en relación con el conjunto. Y esto, como es obvio, tiene repercusiones no solo a la hora de definir el trabajo –a los tres rasgos antes mencionados debe añadirse en efecto, la referencia a la dimensión histórico-social– sino también, en orden a la espiritualidad (1) .

1. El trabajo en la historia de la Espiritualidad (2)

Juan Pablo II ha hablado en la Laborem exercens de un «evangelio del trabajo», de un anuncio evangélico referido al trabajo, que tiene sus puntos centrales de referencia, de una parte, en las narraciones genesíacas sobre la creación y, de otra, en la vida de trabajo de Jesús (3) . La riqueza de las enseñanzas bíblicas, vetero y neotestamentarias, sobre la actividad laboral son innegables. Es cierto a la vez que el trabajo no es una realidad de la que el texto bíblico se ocupe de manera frontal y directa, sino más bien un elemento de la condición humana, que el mensaje evangélico presupone, proyectando sobre él, como sobre otros, la luz que deriva de esa revelación sobre el sentido de la existencia que, incoada en la antigua alianza, llegó a su culminación en Cristo.

En todo caso, la posterior reflexión patrística sobre el trabajo fue más bien somera. Hay frecuentes alusiones, incluso amplias, especialmente en algunos autores –Clemente de Alejandría, San Juan Crisóstomo, San Agustín–, pero en ningún caso el trabajo, visto en la plenitud de sus dimensiones, llegó a ser objeto específico de estudio y consideración. Un problema suscitó, no obstante, incluso de manera prolongada, la atención de los Padres: el del trabajo de los monjes; más exactamente, el de la obligación que al monje le incumbe de no estar ocioso; perspectiva que permitió, ciertamente, subrayar algunos aspectos significativos, pero que, al no superar un horizonte de ascetismo individual, hizo que la atención se centrara en el trabajo manual –es ello lo que se recomienda al monje para evitar la ociosidad–, abstrayendo de perspectivas más amplias.

Los cambios socio-culturales acontecidos en la Edad Media provocaron un florecer de cofradías y asociaciones profesionales (agricultores, artesanos de los más diversos tipos), en torno a las que apuntó una consideración espiritual y cristiana del trabajo, aunque más implícita que desarrollada. La recepción de algunas ideas de Aristóteles y, sobre todo, las disputas surgidas con ocasión del nacimiento de las órdenes mendicantes, que renunciaban al trabajo para vivir de la limosna, supusieron un paso adelante: en ese contexto, en efecto, el trabajo dejó, en algunos momentos, de ser contemplado como mera ocupación manual y se abrió camino la idea de profesión, es decir, de trabajo estable que cualifica la existencia. Bien es verdad que todo ello se mantuvo en un estado embrionario y acompañado con frecuencia de juicios negativos sobre las ocupaciones seculares y su inserción en la vida espiritual.

La progresiva maduración de la sociedad con el transcurso de los siglos medievales, y el afirmarse en ella de los estamentos laicales –que fueron accediendo paulatinamente a la cultura, hasta culminar en esos grandes acontecimientos históricos a los que designamos como Humanismo y Renacimiento–, abrió perspectivas importantes, ambiguas en algunos campos, pero prometedoras en otros. La crisis que estalló con la Reforma protestante provocó, en todo caso, un viraje decisivo, que resultó fatal en más de un aspecto. Hay, ciertamente, en Lutero una afirmación del valor cristiano de la profesión ( Beruf ) que el hombre bautizado ejerce en el mundo, pero esa afirmación resulta lastrada por su planteamiento polémico (Lutero formuló su doctrina en contraposición y crítica a la vocación monástica), y, sobre todo, por su concepto del pecado, que llevaba a situar el vivir social, y, con él, el trabajo, en la esfera de la pura profanidad o, al menos, en un ámbito diverso de aquel en que se opera la salvación, con las consecuencias negativas que de ahí derivan.

La teología católica postridentina reafirmó amplia e insistentemente el carácter intrínseco de la justificación, y abordó algunas cuestiones que podrían haber dado origen a una reflexión sobre el trabajo –piénsese, por ejemplo, en las discusiones sobre el derecho de propiedad, surgidas a raíz de la colonización americana, o en las polémicas sobre el préstamo a interés–, pero de hecho no ocurrió así; tal vez por un temor excesivo a planteamientos que pudieran recordar, aunque fuera de lejos, ideas de Lutero y Calvino, por el influjo de la mentalidad aristocrática propia de la época o quizás, incluso, por el talante más jurídico que metafísico del teologizar en aquellos años. Algunos autores espirituales de esa época y de siglos sucesivos –San Francisco de Sales, San Felipe Neri, San Alfonso María de Ligorio, San Juan Bosco, entre otros– desarrollaron una labor literaria y pastoral en la que apuntaban elementos valiosos en orden a una valoración vocacional de las ocupaciones seculares, sea porque afirmaran expresamente la existencia de una llamada universal a la santidad, sea porque aspiraran a promover la evangelización de los estratos populares, dedicados al trabajo, pero en ningún caso se consiguió llegar a planteamientos teoréticamente elaborados.

La realidad es que el tema del trabajo pasó a ocupar un lugar de primer plano –y ello tanto a nivel de la espiritualidad como de la teología y de la filosofía– sólo en la época contemporánea, como resultado de una compleja gama de factores, que van desde la revolución industrial –que subraya la importancia determinante del trabajo como factor de desarrollo histórico– hasta la evolución general de las ideas y la aparición, y posterior difusión, de diversas realidades apostólicas y espirituales que incidían en este campo. Entre estos últimos, mencionemos, en primer lugar, las encíclicas sociales, y otros documentos análogos que, aunque abordan el tema del trabajo desde una perspectiva moral, fueron abriéndose de forma cada vez más clara –la Constitución Gaudium et Spes y la Encíclica Laborem exercens son aquí emblemáticas– a perspectivas dogmáticas y espirituales. En segundo lugar, la Acción Católica, especialmente en su rama obrera, que, al buscar una fundamentación de su praxis apostólica, terminó por suscitar algunos estudios de innegable interés. Y, finalmente, algunas grandes personalidades como Charles de Foucault y, sobre todo, el Fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer, cuya enseñanza sobre la vocación y la espiritualidad laicales se estructura, en gran parte, a través de la proclamación del valor santifica6le y santificador del trabajo.

2. Vocación, misión y trabajo

¿Qué lugar ocupa el trabajo en la vida humana y, concretamente, en la vida espiritual? Tal es la pregunta que el breve recorrido histórico realizado invita a formular. Todo intento de respuesta reclama, como paso previo, una cierta clarificación entre conceptual y terminológica respecto a los significados que la palabra trabajo puede asumir, como lo dicho hasta ahora pone de manifiesto o, al menos, presupone.

En ocasiones –no en el pasado, pero sí con relativa frecuencia en el lenguaje contemporáneo– el término trabajo es empleado con enorme amplitud, hasta identificarlo prácticamente con actividad o tarea, es decir, con cualquier ocupación, sea del tipo que sea, a la que el hombre se dedica con una cierta estabilidad. Entendido así, el trabajo se nos presenta como una dimensión o componente esencial de la condición humana. El hombre es un ser histórico, llamado a la acción, a través de la cual se expresa y realiza como persona, contribuyendo a la vez a la realización de la humanidad como conjunto. Esta realidad tiene, obviamente, profundas consecuencias espirituales: evidencia, en efecto, que la vocación o llamada que Dios dirige al cristiano, es decir, la invitación a la efectiva unión con El, no acontece en el vacío, sino que connota y asume esa dimensión humana básica que es la apertura a la acción, a esa actividad a través de la cual se estructura, despliega y configura la existencia. Vocación y actividad, vocación y misión son, en suma, realidades íntimamente relacionadas; mejor, aspectos de una misma realidad: la realización en cada existencia singular del designio o elección divina.

Estas perspectivas son importantes, pero genéricas. Para seguir adelante y llegar a una ulterior concreción, resulta necesario distinguir entre trabajos y tareas. Entre las diversas clasificaciones o distinciones posibles, acudamos a una, tal vez no la más rigurosa desde una perspectiva teorética, pero útil para clarificar algunas de las cuestiones afloradas en el itinerario histórico antes descrito: la distinción entre tareas eclesiales y tareas profanas o seculares.

La novedad cristiana, esa intervención de Dios en la historia que culmina en la muerte y resurrección de Cristo, se prolonga y llega hasta nosotros no gracias al propagarse de modo difuso a lo largo de las edades de un mensaje que remite a Cristo, sino a través de un organismo sacramental, de una comunidad viva, de una Iglesia, en la que pervive la misión de Cristo, y en y por la que la palabra de la revelación, y la vida a la que esa palabra se refiere, son comunicadas a los hombres. Desde ese mismo momento, pueden darse, y se dan de hecho, tareas, trabajos, que, tanto teológica como sociológicamente, se presentan como formalmente eclesiales, es decir, configurados en su totalidad, o, al menos, en su casi totalidad, a partir de la institución eclesial. Tal es el caso, obviamente y ante todo, del sacerdocio ministerial y, junto a él, de los diversos ministerios gracias a los cuales se despliega la organización eclesiástica, así como, en otro orden, el de las diversas manifestaciones de la vida religiosa o consagrada.

Pero la gracia no quita la naturaleza. La realidad de la Iglesia no destruye las múltiples y variadas realidades y tareas humanas, profanas o seculares, que el mensaje cristiano ni crea ni funda, sino que presupone, puesto que fluyen de la condición y de la experiencia humanas: la familia, la vida ciudadana, la actividad cultural y política, la amplia gama de las ocupaciones o trabajos profesionales. Con todo ello se entremezcla, en uno u otro grado, toda vida humana, también, por tanto, la del cristiano.

Estas realidades temporales o seculares, ese conjunto de actividades, situaciones y tareas con las que se entrecruza el existir cristiano — y particularmente el de los cristianos corrientes o laicos– no constituyen, tampoco desde una perspectiva cristiana, un dato o hecho de valor meramente sociológico. La Iglesia no es una comunidad que se sitúa frente al mundo proclamando la vaciedad de lo temporal y terreno, sino sacramento de una comunicación divina, que es ciertamente don gratuito y trascendente, pero don que asume la entera realidad, más aún, que explica porqué la realidad existe: es con vistas a su comunicación gratuita por la que Dios quiso la creación entera. Por eso podrá haber en la Iglesia un sacerdocio, así como vocaciones –las que dan origen a la vida religiosa y particularmente a la monástica– que testifiquen, mediante el apartamiento del mundo, la trascendencia del don divino, pero habrá también otras –las laicales– que manifiesten la hondura y radicalidad con que la gracia puede y debe informar la naturaleza y cuanto de ella deriva (4) .

Todo ello presupone, desde una perspectiva teológico-dogmática, la compenetración entre creación y redención. A nivel de la teología espiritual, implica que esa conexión entre vocación y misión de la que antes hablamos se predica no sólo respecto a las vidas de aquellos cristianos que se dedican a las tareas que antes calificábamos como eclesiales o religiosas, sino también respecto a las de quienes están llamados a desempeñar las ocupaciones seculares, que constituyen para ellos no mera situación de hecho, sino momento constitutivo de su particular contribución a la misión global de la Iglesia.

Durante largo tiempo la literatura teológico-espiritual presentó las ocupaciones o tareas seculares como obstáculos para el crecimiento en la vida de relación con Dios, concibiendo, en consecuencia, la condición laical como una condición o estado de vida en el que el ideal cristiano no podía realizarse –salvo casos excepcionales– de manera plena. La evolución eclesial y teológica a la que antes nos referíamos hizo saltar por entero ese esquema interpretativo, poniendo de relieve –como proclamara el Concilio Vaticano II– la universalidad de la llamada a la santidad. Lo cual, a su vez, reclama reconocer que las realidades seculares no son ajenas o marginales al plan divino y, en consecuencia, que la vida espiritual del laico o seglar, llamado a santificarse en medio del mundo, no puede ni debe edificarse al margen de esas ocupaciones seculares, sino tomando ocasión de ellas (5) .

3. Trabajo y vida espiritual

El trabajo profesional ejercido en medio del mundo es elemento integrante de la fisonomía espiritual del laico cristiano. Más aún, elemento decisivo, porque la profesión es factor determinante de su vivir y de su insertarse en el mundo. De ahí que pueda decirse que la vida espiritual del laico –fundada, como toda vivencia cristiana, en la gracia, en la fe, en la caridad– se estructura y despliega en torno al trabajo, y que sea factible, en consecuencia, sintetizar su experiencia espiritual diciendo, con palabras del Beato Josemaría Escrivá, que debe santificar la profesión, santificarse en la profesión y santificar con la profesión (6) .

Se trata de una frase a la que el Fundador del Opus Dei acudió en numerosas ocasiones, y que puede considerarse ya clásica o paradigmática (7) . Nos servirá de guía para las consideraciones sucesivas. Recalquemos, antes de seguir adelante, que las expresiones trabajo y trabajo profesional han de ser tomadas en toda su densidad, y referidas, por tanto, no sólo a la acción transformadora de la materia, considerada aislada o precisivamente, sino también, e inseparablemente, a todo el conjunto de obligaciones, relaciones y perspectivas que del trabajo derivan, cualificando al sujeto y determinando su posición en el mundo y su contribución al desarrollo social (8) .

a) Santificarse en el trabajo

Todo cristiano está llamado a la santidad, es decir, a la plenitud de la caridad. Esa llamada es don divino, ofrecimiento que Dios hace de su propio amor. Es, a la vez, exigencia, invitación a la entrega de la propia vida en correspondencia a la entrega que Dios hace de Sí. La santidad es, en este sentido, meta y tarea, ideal normativo que debe informar la existencia y las acciones concretas, haciendo de todas ellas expresión de amor, momentos de un proceso de identificación con Aquel que nos ama y a quien amamos. Y ello con caracteres de totalidad.

El amor, y sobre todo el amor a Dios, no puede quedar circunscrito a los márgenes del vivir: debe situarse en su centro y, desde ahí, irradiar a la entera existencia. Lo cual, en el laico, en el cristiano corriente –que se sabe no sólo llamado por Dios, sino llamado precisamente allá donde está, es decir en el lugar y situación que ocupa en el mundo–, implica la invitación a informar con ese amor la totalidad de la: realidades y ocupaciones terrenas o seculares entre las que transcurre su vida. El trabajo, las tareas humanas que llenan los días del cristiano corriente, adquieren así un horizonte nuevo: no son ya sólo expresión de la propia personalidad, medio de contribuir al progreso de la sociedad, manifestación de solidaridad, de espíritu creador, sino, además –y conduciendo todo lo anterior a una nueva profundidad y sentido–, concreción del amor a Dios, acto de culto, ocasión de identificación con Cristo y de participar en su tarea redentora.

La raíz de la santidad en el laico, como en todo otro cristiano es –repitámoslo– la gracia de Cristo y, en consecuencia, la vida sacramental, momento cualificado del encuentro con Cristo y, en el centro de esa vida, la Eucaristía. Pero las realidades sacramentales, y el encuentro con Cristo que de ellas fluye, no pueden ni deben ser vividos como una sucesión de eventos sacros que se yuxtaponen a una existencia confinada a la profanidad, sino como momentos privilegiados para entrar en comunión con un Dios presente no sólo en esos momentos, sino en todo momento y en todo lugar. Las ocupaciones y tareas seculares se revelan, en consecuencia, como oportunidades de expresar con obras el amor, de hacer de la propia vida hostia grata y agradable a Dios (9) . Más aún, de entrar en relación con Dios. Porque la oración no debe estar reservada solo a momentos aislados o a situaciones o lugares especiales, sino constituir una disposición de ánimo y un diálogo efectivo que informen la totalidad de la existencia, y se alimenten, por tanto, de las incidencias del cotidiano vivir, del empeño que el trabajo reclama, de las alegrías que trae consigo, de los sinsabores que en ocasiones lo acompañan. La santidad, en la totalidad de sus dimensiones, puede, y debe, manifestarse y crecer con el trabajo.

b) Santificar con el trabajo

Los documentos del Concilio Vaticano II y diversos textos pontificios posteriores (10) , al describir la misión de la Iglesia, distinguen varios aspectos o dimensiones, de entre los que cabe destacar los tres siguientes:

—-en primer lugar, el ministerium verbi et sacramentorum , la palabra que anuncia el amor salvador de Dios y el sacramento que comunica la vida divina, incorporando así a los hombres a ese designio de salvación que, incoado en el tiempo, culmina en la escatología;

—-en segundo lugar, el testimonio de vida, el existir concreto informado por el espíritu de Cristo que confirma, en y a través de las incidencias del existir humano y de sus limitaciones, la autenticidad de la fe, la vitalidad de la esperanza, la fuerza de la caridad;

—-en tercer lugar, la animación cristiana del mundo, la impregnación de las estructuras temporales con el espíritu cristiano, testificando así, junto a la fuerza salvadora de la gracia, la disposición al servicio propia del existir creyente y la íntima conexión entre lo cristiano y lo humano.

Un análisis de los textos aludidos pone de manifiesto –e importa subrayarlo– que estamos en presencia no ya de tres misiones diversas, aunque coordinadas, sino, más bien, ante tres aspectos o dimensiones de una única misión. Y, en última instancia, que la segunda y la tercera de esas dimensiones se subsumen en la primera: constituyen una forma de anuncio, realizado no con palabras, sino con obras que presuponen la fe y testifican la verdad de la comunión plena con Dios en y a través de su anticipación actual en el don de la gracia.

El trabajo profesional y secular reaparece aquí de nuevo como elemento integrante, eje o canal en torno al cual, o a través del cual, se expresa la vocación apostólica del cristiano y más específicamente la del laico, ya que –como ha recordado también el Concilio Vaticano II– es a los laicos a quienes, por «vocación propia», compete «buscar el Reino de Dios a través de la gestión, ordenada según Dios, de los asuntos temporales» (11) y, por tanto, a través del trabajo.

El trabajo profesional es tarea que, en virtud de su propia dinámica, exige solidaridad y servicio, y, en el cristiano, caridad, amor que lleva esas actitudes humanas a su perfección o cumplimiento. Implica así un testimonio de vida, que por su misma naturaleza –el hombre de fe ha de estar siempre pronto a dar razón de su amor y de su esperanza (12) –, aspira a prolongarse en palabra, que manifieste y desvele el fundamento del propio actuar, es decir que dé a conocer a Cristo e invite a acercarse a El, y por tanto en apostolado. Ni que decir tiene, que esa palabra podrá y deberá surgir con frecuencia del trabajo mismo, de las relaciones interpersonales que el trabajar suscita y de los vínculos de compañerismo y de amistad que de esas relaciones derivan, dando así lugar a ese apostolado individual, que –como subraya el Decreto conciliar sobre el apostolado de los laicos (13) — principio y condición de todo el actuar apostólico del cristiano vive y se santifica en el mundo.

c) Santificar el trabajo

La santificación personal y la acción apostólica a las que acabamos de hacer referencia, no se articulan y desarrollan meramente a partir del trabajo o tomando ocasión de El, sino –lo que es muy distinto, pues excluye toda exterioridad o instrumentalización– entremezclándose con él, formando una sola cosa con él: santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo presuponen y connotan santificar el trabajo, hacer del trabajo mismo tarea profundamente humana y cristiana.

Ello reclama, en primer lugar, realización técnicamente acabada de la tarea laboral, con pleno conocimiento y respeto de las leyes propias de cada actividad, y en consecuencia con competencia y seriedad profesionales, con dedicación, con empeño. Pero no sólo eso: implica además, y por cierto con radicalidad plena, sentido ético y espíritu cristiano. El trabajo y, más concretamente, el trabajo profesional, que es propio del laico o cristiano corriente, no es una actividad aislada ni acto transformador de la materia mediante el cual cada individuo singular se enfrenta separadamente con el cosmos, sino tarea inserta en el vivir social y pletórica de responsabilidades. Y todo ello forma parte del horizonte que implica la santificación del trabajo en cuanto tal.

La ciencia y la técnica no incluyen, en y por sí mismas, las normas para su propio uso, ya que, en cuanto actividades de un sujeto libre, presuponen, para su ejercicio, el juicio ético y, en consecuencia, connotan, en su desarrollo histórico, una visión del hombre y del mundo, al menos implícita. La fe cristiana, luz que revela el destino eterno y la dignidad radical del ser humano, pueden y deben incidir así en la actividad laboral configurándola intrínsecamente y llevándola a perfección. La reflexión sobre la propia tarea para percibir sus exigencias e implicaciones debe ocupar, pues, un lugar importante en la experiencia espiritual de quien está llamado a realizar su vocación cristiana en el entramado del mundo. Así como, en cuanto trasfondo que hace posible esa reflexión, la profundización en la comprensión cristiana del hombre y en las implicaciones históricas y sociales que de esa comprensión derivan; en suma, y con términos más concretos, la profundización en el saber teológico y en la doctrina social de la Iglesia.

La realización de esa síntesis entre lo humano y lo cristiano reclamará, en ocasiones, una distancia crítica frente a las convicciones vigentes en un momento dado, denuncia de cuanto en la propia civilización y en su forma de concebir el trabajo haya de no humano o incluso de antihumano. Siempre y en todo caso exigirá connaturalidad de la mente tanto con la fe como con los aspectos técnicos y humanos de la actividad laboral, para llegar así a una relación armónica, en la que la fe informe la acción humana, pero precisamente desde dentro de ella misma, sin deformaciones ni instrumentalizaciones (14) . Lo que presupone no mero conocimiento teórico de una y otra realidad, sino experiencia vivida, y, por tanto, de una parte, hondura humana y profesional y, de otra –como subraya Juan Pablo II en la Laborem exercens (15) — «una espiritualidad del trabajo», es decir, una vivencia cristiana de la actividad laboral, de modo que se perciba existencial y concretamente el sentido que el trabajo adquiere cuando es vivido en fe, esperanza y caridad, y la fuerza vivificadora que estas virtudes poseen cuando se ponen en ejercicio en el acto mismo de trabajar.

Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar con el trabajo, se nos presentan así no como tres finalidades o dimensiones paralelas, sino como tres aspectos de un fenómeno unitario: el vivir cristiano en el mundo, que tiene en el trabajo uno de sus ejes determinantes. Y esa es la razón por la que el trabajo, la santificación del trabajo, ocupa una posición de primer plano en la experiencia espiritual del cristiano.
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Notas

1. Además de la bibliografía mencionada en el capítulo anterior, y de la que daremos a continuación, parece oportuno recordar aquí, a modo de introducción algunos de los intentos de resumen de carácter manualístico acerca de la reflexión espiritual sobre el trabajo: G. Mattai, Trabajador , en Nuevo Diccionario de Espiritualidad , Madrid 1985, pp. 1368-1382; J. Rivera y J. M. Iraburu, Espiritualidad católica , Madrid 1982, pp. 811-848; K.V. Truhlar, Labor christianus. Para una teología del trabajo , Madrid,1963.

2. Como hemos señalado en la introducción general, este segundo capítulo es, en parte, paralelo al anterior, observación que se aplica particularmente al presente apartado; seremos pues aquí muy parcos en referencias bibliográficas, dando por supuestas las ya dadas en el capítulo que precede. Remitamos, no obstante, a los apuntes históricos incluidos en nuestra obra La santificación del trabajo , Madrid 1980, pp. 44 ss., aunque la perspectiva de la panorámica histórica que allí ofrecíamos es en algunos momentos algo diversa a la que ayuí adoptamos.

3. Laborem exercens , nn. 6, 25 y 36.

4. Cuanto acabamos de escribir presupone la distinción entre esas tres vocaciones o situaciones eclesiales básicas que son la laical, la sacerdotal y la religiosa o consagrada, tema sobre el que, como es bien sabido hay una literatura abundantísima. Para una introducción al tema remitamos a lo que hemos escrito en Mundo y santidad cit, pp. 194 ss. Sobre el debate que hubo al respecto en el periodo preparatorio del Sínodo de los Obispos de 1987 y la posición adoptada por la posterior Ex. ap. Christifideles laici , puede encontrarse un resumen en nuestro estudio La discusión teológica sobre la noción de laico , en “Scripta Theologica” 22 (1990) 771-789.

5. Este punto fue adecuadamente puesto de relieve, en el propio Concilio, por la Constitución Lumen gentium (nn. 11 y 41) y por el Decreto Apostolicam actuositatem (n. 4); un comentario a esos textos y su alcance en Mundo y santidad , cit. pp. 65ss.

6. J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa , Madrid 1973, n. 46 y Amigos de Dios , Madrid 1977, n. 9; otros textos y comentarios en La santificación del trabajo , cit, pp. 94 ss.; sobre algunos de los puntos que tratamos a continuación volveremos, en referencia expresa a la enseñanza de Josemaría Escrivá, en el capítulo VI. Para una delimitación de la noción de “santificación del trabajo”, ver F. Ocáriz, El concepto de santificación del trabajo , en A,A.V., La misión del laico en la Iglesia y en el mundo , Pamplona 1987, pp. 881-891.

7. «¿De qué manera, dominando la faz de la tierra, podrá el hombre plasmar en ella su rostro espiritual?», se preguntaba el entonces Cardenal Karol Wojtyla en una conferencia pronunciada en 1974. «Podemos responder a esta pregunta –continuaba– con la expresión, tan feliz y ya tan familiar a gentes de todo el mundo, que Mons. Escrivá de Balaguer ha difundido desde hace tantos años: “santificando cada uno el propio trabajo, santificándose en el trabajo y santificando a los demás con el trabajo”. Esa conferencia, junto con otros textos, está recogida en el libro La fe de la Iglesia. Textos del Card. Karol Wojtyla , Pamplona 1979; las frases citadas están en pp. 94-95.

8. Sobre el concepto de profesión y sus implicaciones, remito una vez más a La santificación del trabajo , cit, pp. 37 ss.

9. Cfr Rm 12,1.

10. Ver, por ejemplo, Conc. Vaticano II, Const. Lumen gentium , nn. 9 ss., Decr. Apostolicam actuositatem , nn. 5 ss., Decr. Ad gentes , n. 5; Pablo VI, Ex. ap. Evangelii nuntiandi , nn. 17-39; Juan Pablo II, Ex. ap. Christifideles laici , nn. 32-44.

11. Conc. Vaticano II, Lumen gentium , n. 31.

12. Cfr 1 P 3,15.

13. Conc. Vaticano II, Decr. Apostolicam actuositatem , n. 16.

14. Los párrafos de la Constitución conciliar Gaudium et spes (n. 36) sobre la autonomía de las realidades terrenas pueden, en este contexto, ser evocados.

15. Cfr nº 26.


La Iglesia y el Mundo del Trabajo

Muchos identifican la Iglesia sólo con su Jerarquía: Santo Padre, Obispos, Sacerdotes y Diáconos.

Otros, sólo con Templos, Santuarios o lugares de culto.

Pocos, con la totalidad de los bautizados que en su conjunto conforman el Pueblo de Dios, cuya misión es hacer presente al Señor en la tierra y anunciar el Evangelio del Reino.

Entre nosotros, expresión concreta y cercana de la Iglesia es la Parroquia, estructura clásica, nacida ya en el Medioevo, a la cual en más de algún momento, acudimos solicitando un servicio espiritual y religioso, asistencial y solidario.

Todo el que acude a una Parroquia, ya sea de manera puntual o permanente, es un trabajador activo o pasivo, alguien inserto en la cultura laboral actual, que no se caracteriza, en general, por la alegría y la esperanza; sino más bien marcada por el individualismo y el consumismo. Los salarios son bajos para la gran mayoría y altos para muy pocos, de ahí que la brecha entre ricos y pobres es cada día más acentuada. Por lo demás es grande y deprimente el fantasma de la inseguridad laboral, previsional y social. Para el 9,4% de los chilenos, el desempleo no quiere ir en retirada.

Por eso que la Vicaría para la Pastoral de los Trabajadores, ve hoy más urgente que nunca, crear la Pastoral de los Trabajadores en cada una de las alrededor de 230 Parroquias, para así impregnar con el Evangelio a empresarios grandes, medianos y pequeños, funcionarios públicos, trabajadores de la empresa privada y de sectores productivos e informales, es decir, a todos los que de buena voluntad estén dispuestos a trabajar por una vida más digna y humana, por una ética y espiritualidad laboral.

Se trata de hacer posible la existencia de un Equipo de personas que, a nivel parroquial, sean capaces de responder de manera más eficaz e integral a las necesidades tan propias y variadas que se dan en el ámbito laboral.

Sin lugar a dudas, esta Pastoral requiere un poco de comprensión de parte de todos, por cuanto su implementación será lenta y requerirá mucha fe, esfuerzo y creatividad.

Si queremos ?Evangelizar el Corazón de la Gran Ciudad?, desafío que nos hace nuestra Iglesia, no podemos prescindir del corazón de los trabajadores, de sus anhelos y preocupaciones.

Pbro. Ignacio Muñoz M.
Vicario Episcopal
Pastoral de los Trabajadores
Arzobispado de Santiago