Respaldo de material de tanatología

Carne de su carne, sangre de su sangre

Carne de su carne, sangre de su sangre
(Padre fundador)
Isaac Asimov
Founding father, © 1965 by Galaxy Publishing Corporation. Traducido por ? en nueva dimensión 51, Ediciones Dronte, Noviembre de 1973.

Uno de los más grandes nombres en el campo de la SF, Asimov siempre se ha distinguido por su interés especial hacia las grandes epopeyas espaciales. Y, en este relato corto, nos encontramos con una mini-epopeya, que no desmerece en nada a sus mejores obras.

La serie de catástrofes había tenido lu¬gar hacía cinco años: cinco revoluciones de aquel planeta, HC-12549d según los ma¬pas, y desprovisto de cualquier otro nom¬bre. Más de seis revoluciones de la Tierra; pero, ¿quien lo contaba… ya?
Si la gente, allá en casa, lo supiera, qui¬zá dijesen que era una lucha heroica, una epopeya del Cuerpo Galáctico: cinco hom¬bres contra un mundo hostil, mantenien¬do una amarga defensa durante cinco (o más de seis) años… Y ahora estaban muriendo, perdida la batalla después de todo. Tres habían entrado en el coma final, un cuarto tenía aún abiertos sus ojos teñi¬dos de amarillo, y el quinto seguía aún en pie.
Pero no se trataba, en lo más mínimo, de una cuestión de heroísmo. Habían sido cinco hombres enfrentándose con el aburrimiento y la desesperación y mantenien¬do su burbuja metálica de condiciones vi¬tales únicamente por la menos heroica de las razones: que no había otra cosa que hacer mientras les quedase vida.
Si alguno de ellos se sintió estimulado por la batalla, jamás lo mencionó. Pasado el primer año, dejaron de hablar de res¬cate, y tras el segundo la palabra «Tierra» pasó a ser tabú.
Pero una palabra estaba siempre pre¬sente, y si no la pronunciaban, al menos la tenían en mente: amoníaco.
La habían pronunciado por primera vez cuando estaban tratando, contra toda posibilidad, de lograr un aterrizaje con sus motores averiados y su casco maltrecho.
Naturalmente, uno acepta la mala suer¬te… pero sólo si no es demasiado mala. Una explosión estelar quema los hipercircuitos: pueden repararse con el tiempo. Un meteorito desalinea las válvulas de ali¬mentación: eso puede arreglarse, con el tiempo. Una trayectoria es mal calculada en un momento de tensión, y un instante de aceleración arranca las antenas de na¬vegación y merma los sentidos de todos los hombres de la nave: pero las antenas pueden ser remplazadas y los sentidos se recobran, si hay tiempo.
Las posibilidades de que estas tres ma¬las pasadas del destino sucedan al mismo tiempo son una por un número inconta¬ble de veces; y aún menos de que sucedan durante un aterrizaje particularmente complejo, cuando lo que más falta es ese factor indispensable para la corrección de todo error: el tiempo.

El Cruiser John se había encontrado con esa posibilidad casi imposible y había realizado su último aterrizaje, pues nunca volvería a alzarse de una superficie planetaria.
El que hubiera aterrizado prácticamen¬te intacto era ya de por sí casi un milagro. Al menos, a los cinco les quedaba vida para algunos años; aparte de esto, sólo la accidental llegada de otra nave podría ayudarles, pero nadie lo esperaba. Habían tenido ya una cuota de coincidencias su¬perior a la que cabe esperar en toda una vida, y todas ellas habían sido malas.
Así estaban las cosas.
Y la palabra clave era «amoníaco». Con la superficie subiendo en espiral hacia la nave y la muerte (piadosamente rápida) aguardándoles con una casi total seguri¬dad, Chou había tenido, de alguna manera, tiempo para fijarse en el espectrógrafo de absorción, que estaba funcionando a toda marcha.
?Amoníaco ?gritó.
Los otros lo oye¬ron, pero no tenían tiempo para prestarle atención. Sólo lo tenían para una lucha de¬sesperada contra una muerte rápida, para lograr una muerte lenta.
Cuando finalmente aterrizaron, en un terreno arenoso, con una escasa y maltre¬cha vegetación azulada ?hierbas, y unos objetos con forma de árboles, de corteza azul y sin hojas?, ningún signo de vida animal, y con un cielo casi verdoso cruza¬do por algunas nubes, la palabra volvió a su atención.
?¿Amoníaco? ?dijo en voz alta Petersen.
?Cuatro por ciento ?confirmó Chou.
?Imposible ?exclamó Petersen.
Pero no lo era. Los libros no decían que fuera imposible. Lo que el Cuerpo Galác¬tico había descubierto era un planeta de una cierta masa y volumen y que se halla¬ba a una determinada temperatura: era un planeta oceánico; y los planetas oceáni¬cos siempre tenían uno de estos dos tipos de atmósfera: nitrógeno/oxígeno o nitrógeno/dióxido de carbono.
En el primer caso la vida era abundan¬te; en el segundo, primitiva.
Nadie se preocupaba ya en comprobar más que la masa, el volumen y la temperatura. Se suponía que la atmósfera sería una de las dos citadas. Pero los libros no decían que tuviera que ser así; sino que, hasta entonces, siempre había sido así. Termodinámicamente, eran posibles otras atmósferas; pero eran muy poco proba¬bles, así que, en la práctica, no eran ha¬lladas.
Hasta entonces. Los hombres del Crui¬ser John se habían encontrado con una, y tenían que permanecer durante todo el tiempo que pudieran sobrevivir bajo una atmósfera de nitrógeno/dióxido de carbo¬no/amoníaco.
Los tripulantes convirtieron su nave en una burbuja subterránea con condiciones de vida de tipo terrestre. No podían des¬pegar de la superficie ni trasmitir una onda de comunicación a través del hiperespacio, pero todo lo demás podía utili¬zarse. Para compensar las deficiencias de su sistema de reciclado, incluso podían aprovechar el suministro de aire y agua del propio planeta: siempre, claro está, que le quitasen el amoníaco.
Organizaron grupos de exploración, da¬do que sus trajes estaban en excelentes condiciones, y aquello ayudaba a pasar el tiempo. El planeta era inofensivo: no ha¬bla vida animal, y por todas partes la vida vegetal era escasa. Azul, siempre azul: clorofila amoniacada; proteína amoniacada.
Montaron laboratorios, analizaron los componentes de las plantas, estudiaron secciones microscópicas de las mismas, compilaron grandes volúmenes con sus hallazgos. Intentaron hacer crecer plantas nativas en una atmósfera sin amoníaco, y fracasaron. Se convirtieron en geólogos y estudiaron la corteza del planeta; en astrónomos, y estudiaron el espectro del sol del sistema.
A veces, Barrere decía:
?Algún día el Cuerpo llegará a este pla¬neta y encontrará esperándole nuestro le¬gado de conocimientos. Después de todo, es un planeta único. Quizá no haya otro planeta de tipo terrestre con amoníaco en toda la Vía Láctea.
?Maravilloso ?dijo Sandropoulos, con amargura?. ¡Qué suerte hemos tenido!
Sandropoulos estudió el aspecto termodinámico de la situación.
?Es un sistema metaestable ?dijo?. El amoníaco desaparece constantemente a causa de una oxidación geoquímica que forma nitrógeno; las plantas utilizan el nitrógeno y vuelven a producir amoníaco, adaptándose a la presencia de ese amonía¬co. Si la producción de amoníaco por las plantas descendiese en un dos por ciento, se produciría una espiral descendente. La vida vegetal iría muriendo, reduciendo aún más el amoníaco, lo que influiría en las plantas que quedasen, etc., etc..
?¿Quieres decir que si matásemos su¬ficientes plantas ?preguntó Vlassov? podríamos acabar con el amoníaco?
?Si tuviéramos deslizadores aéreos y atomizadores de gran potencia, y un año para trabajar, quizá lo lográsemos ?contestó Sandropoulos?, pero no lo tenemos, y hay un método mejor. Si lográsemos ha¬cer crecer nuestras plantas, la formación de oxígeno a causa de la fotosíntesis incre¬mentaría la velocidad de oxidación del amoníaco. Incluso un aumento pequeño y localizado haría disminuir el amoníaco de la región y estimularía aún más el creci¬miento de las plantas terrestres, y, al inhi¬bir el crecimiento de las nativas, haría que aún descendiese más el amoníaco, etcéte¬ra.
Se convirtieron en agricultores durante la estación de la siembra. Después de to¬do, aquello era rutina para el Cuerpo Ga¬láctico. La vida en los planetas parecidos a la Tierra era habitualmente del tipo agua/proteína, pero la variación era infi¬nita, y pocas veces los alimentos extraterrestres eran nutritivos, mientras que a menudo (no siempre, pero a menudo) su¬cedía que algunos tipos de plantas terres¬tres se imponían y acababan con la flora nativa. Y con la flora nativa en disminu¬ción, otras plantas terrestres podían echar raíces.

Docenas de planetas habían sido con¬vertidos en nuevas Tierras mediante este método. En el proceso, las plantas terrícolas se habían desarrollado en centena¬res de variantes muy resistentes que flo¬recían en las más difíciles condiciones; lo que mejoraba las posibilidades de que so¬breviviesen en el siguiente planeta.
El amoníaco podía matar a cualquier planta de la Tierra, pero las semillas de que disponían en el Cruiser John no eran verdaderas plantas de la Tierra, sino mutaciones de esas plantas obtenidas en otros mundos. Lucharon bien, pero no lo bas¬tante. Algunas variedades crecieron de forma débil y enfermiza, y acabaron muriendo.
Aún así se portaron mejor que la vida microscópica. Los bacterioides de aquel planeta eran mucho más florecientes que la anémica vida vegetal de color azul. Los microorganismos nativos acabaron con cualquier intento de competencia de sus congéneres terrestres. El intento de sem¬brar el suelo del planeta con flora bacte¬riana de tipo terrícola, con el fin de ayu¬dar a las plantas de la Tierra, fracasó.
Vlassov agitó la cabeza:
?De todos modos, no iba a servir de nada. Si nuestras bacterias sobreviviesen, sería únicamente adaptándose a la presen¬cia del amoníaco.
?Las bacterias no van a ayudarnos ?di¬jo Sandropoulos?. Necesitamos las plan¬tas; ellas son las que tienen sistemas de fabricación de oxígeno.
?Podríamos fabricarlo nosotros mis¬mos ?dijo Petersen?. Podríamos electro¬lizar el agua.
?¿Y cuánto tiempo nos duraría nuestro equipo? Si pudiésemos conseguir que nuestras plantas prosperasen, eso equival¬dría a estar electrolizando agua constantemente, poco a poco, pero año tras año, hasta que el planeta se rindiese.
?Entonces, tratemos el suelo ?inter¬vino Barreré?. Está podrido de sales de amoníaco. Sacaremos las sales y dejare¬mos un suelo limpio de amoníaco.
?¿Y qué hay de la atmósfera? ?pre¬guntó Chou.
?En un suelo limpio de amoníaco qui¬zá sobrevivan a pesar de la atmósfera. Ya casi lo consiguen sin eso.
Trabajaron como posesos, pero sin lo¬grar ver un final a sus esfuerzos. Ninguno de ellos creía verdaderamente que fuera a funcionar y, aunque lo hiciese, no había futuro para ellos. Pero el trabajar ayuda¬ba a pasar los días.
En la siguiente época de siembra tenían su suelo libre de amoniaco, pero las plan¬tas terrestres seguían creciendo enfermi¬zas. Incluso colocaron domos sobre algu¬nas plantas y bombearon en su interior aire libre de amoníaco. Sirvió de algo pero no fue suficiente. Ajustaron la com¬posición química del suelo de todas las maneras que les era posible, No obtuvie¬ron premio.
Las débiles plantas producían sus pe¬queñas vaharadas de oxígeno, pero no era bastante para alterar el equilibrio de la atmósfera de amoniaco.
?Un empujón más ?dijo Sandropou¬los?, uno más. Estamos haciéndola tam¬balearse; se tambalea; pero no podemos derribarla.

Su equipo y herramientas se desgastaron y fueron fallando con el tiempo, y el futuro fue terminando para ellos. Cada mes tenían menos posibilidades de ma¬niobra.
Cuando por último llego el final, fue con una premura que casi era de agrade¬cer. No sabían qué nombre darle a aquella debilidad y aquellos vértigos, que nadie su¬ponía que fueran debidos a un envenena¬miento directo del amoníaco. Sin embargo, estaban viviendo de las algas que ha¬bían formado parte del sistema hidropónico de la nave, y durante aquellos años era posible que las algas hubieran sufrido una contaminación  del medio ambiente.
O tal vez hubiese sido la obra de algún microorganismo nativo que, al fin, hubie¬se aprendido cómo alimentarse de ellos. Aunque quizá hubiese sido un microorga¬nismo terrestre, mutado bajo las condicio¬nes de un mundo extraño.
Así que tres murieron por fin aunque, afortunadamente, lo hicieron sin sentir dolor. Estaban contentos de irse y poder dejar aquella inútil lucha.
Chou dijo en un susurro casi inaudible:
?Es tonto perder de esta manera.
Petersen, el único de los cinco que se¬guía en pie (¿sería inmune a aquella do¬lencia, fuera la que fuese?) volvió su ros¬tro dolorido hacia su único compañero con vida.
?No mueras ?le dijo?. No me dejes solo.
Chou trató de sonreír.
?No tengo elección, pero puedes se¬guirnos, viejo amigo. ¿Para qué luchar? Ya no tienes herramientas, y no hay for¬ma de vencer, aunque quizá no la hubo nunca.
Aún así, Petersen combatió la desespe¬ración final, concentrándose en la lucha contra la atmósfera. Pero su mente estaba cansada y su corazón desgastado, y cuan¬do Chou murió a la hora siguiente, se que¬dó con cuatro cadáveres que eliminar.
Miró los cuerpos, evocando los recuer¬dos, volviendo hacia atrás (ahora que es¬taba solo y se atrevía a llorar) hasta llegar a la misma Tierra, que había visto por úl¬tima vez en una visita hacia once años.
Tendría que enterrar los cuerpos. Rom¬pería las azuladas ramas de los árboles nativos desprovistos de hojas y construiría cruces con ellas. Encima, colgaría el casco espacial de cada hombre y recosta¬ría contra ella los cilindros de aire. Cilin¬dros vacíos para simbolizar la lucha per¬dida.
Un sentimiento estúpido dedicado a hombres a los que ya no les importaba, y para ojos futuros que quizá jamás llega¬sen a verlo.
Pero en realidad lo estaba haciendo pa¬ra él mismo, para mostrar respeto por sus amigos y también por sí mismo, pues no era el tipo de hombre que no se cuidase de sus amigos muertos mientras le fuera posible.
Además…
¿Además? Se sentó cansado, pensando durante un rato.
Mientras siguiera vivo lucharía con las herramientas de que dispusiese y enterra¬ría a sus amigos.
Enterró a cada uno de ellos en un pun¬to del suelo libre de amoníaco que habían logrado con tanto trabajo; los enterró sin sudario y sin ropa alguna, dejándolos desnudos en el suelo hostil, a merced de la lenta descomposición que producirían sus propios microorganismos antes de que también ellos muriesen por la inevitable invasión de los bacterioides nativos.
Petersen colocó cada cruz, con su casco y cilindros de aire, la aseguró con piedras y se volvió, hosco y triste, para regresar a la nave enterrada en la que ahora vivía solo.
Siguió trabajando y, al fin, también a él le llegaron los síntomas.
Se metió trabajosamente en su traje es¬pacial y salió a la superficie en lo que sa¬bía que sería su última visita.
Cayó de rodillas en los espacios culti¬vados. Las plantas terrestres se veían verdes. Habían vivido mucho más que nunca antes. Tenían un aspecto lozano, incluso vigoroso.
Habían tratado el suelo, cuidado la at¬mósfera, y ahora Petersen había utilizado la última herramienta, la única de que ya disponía, y también les había dado fertilizantes…
De la carne, en lenta descomposición, de los terrestres, salían los productos nutritivos que estaban proporcionando el úl¬timo empujón. De las plantas terrestres surgía el oxígeno que derrotaría al amo¬níaco y sacaría al planeta del inexplicable nicho ecológico en el que se había visto encerrado.
Si los terrestres volvían alguna vez (¿cuándo?, ¿dentro de un millón de años?) se encontrarían con una atmósfera de ni¬trógeno/oxígeno y una flora limitada que recordaría extrañamente a la terrestre.
Las cruces se pudrirían y descompon¬drían, el metal se oxidaría y convertiría en polvo. Quizá los huesos se fosilizasen y quedasen para dar una pista de lo que había sucedido. Tal vez fueran hallados sus informes, que había dejado sellados.
Pero nada de aquello importaba. Si no encontraban ninguna de esas cosas, el planeta mismo, todo el planeta, sería su mo¬numento.
Y Petersen se recostó para morir en me¬dio de la victoria de aquel grupo de terrestres.

Edición digital de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

Retoños

Retoños
Luisa Axpe

Había en aquella casa un ventanal de marcos blancos dividido en pequeños rectángulos, por donde el Sol llegaba hasta todos los rincones, en verano e invierno. También había, contra el ventanal, un asiento mullido con almohadones redondos y un gato blanco que parecía un almohadón. La cocina estaba llena de sabrosos presagios: frascos de vidrio con ramas de canela o vainilla, tarros de crema casera, galletas de chocolate que se deshacían al mirarlas. Había casi siempre olor a mermelada de frambuesa, y un pastel de manzanas que se horneaba lentamente a pesar del agua en la boca. El gato a veces bostezaba, y eso parecía una señal para que el piano sonara en la sala con un aniñado teclear de estudio vespertino. La escalera que llevaba a los dormitorios tenía las barandas torneadas, Y uno podía sentarse allí y ver todo como recortado por un molde, curva arriba y curva abajo, dibujando la sala y sus alrededores en una simetría silenciosa y perfecta. Casi todas las habitaciones tenían las paredes cubiertas por un papel floreado, de dibujos muy pequeños que hacían cosquillas en los ojos a la hora de apagar el velador.
Era una delicia, aquella casa. Mis hermanos y yo la habíamos querido así.
Tenía también una gran chimenea para el invierno, y una alfombra redonda formada por aros de colores que parecía tejida a mano y un altillo repleto de cosas divertidas, y muchos rincones para escondernos mis hermanos y yo. Pero eso no era lo más extraordinario que tenía la casa. Lo importante es que aquella casa, que era como siempre la quisimos, había brotado.
Empezó a brotar una mañana de agosto, cuando todavía el frío nos dejaba del lado de adentro de las ventanas, en nuestro viejo hogar. Una mañana, mientras hacíamos crujir la escarcha en el pasto del fondo, vimos un cuadradito de ladrillos que se asomaba entre dos arbustos que no conseguían esconderlo del todo. Era la chimenea, lo supimos después A la semana ya habían salido diez centímetros, sin que pudiéramos saber de qué se trataba. Cuando salieron otros diez centímetros empezamos a sospechar que aquello era, en verdad, una chimenea.
Sin estar totalmente seguros de que a continuación vendría la casa, mis hermanos y yo empezamos a regarla.
Para la primavera ya había comenzado a brotar parte del techo, y empezamos a pensar en mudarnos. Los mayores hicieron todo lo que había que hacer, y sin pensarlo más fuimos todos a parar a una pieza alquilada, a dos cuadras de casa.
La casa vieja pronto se vendría abajo, empujada por la nueva. Era tan vieja; ni los escombros podrían aprovecharse. Sacamos todas las cosas que servían, y la dejamos morir en paz.
Gracias a nuestros riegos la casa nueva despuntaba cada día con mayor vigor. Las tejas relucían, y hasta los ladrillos de la chimenea parecían más nuevos y más rojos que al principio. Entonces mis hermanos y yo empezamos a pensar cómo queríamos que fuera.
Cuando asomó la ventanita del altillo nos atropellamos para mirar; pero adentro todo estaba aún muy obscuro.

?Tengo miedo ?dijo un día mi hermano menor.
?¿De la casa que brota? ?pregunté.
?No; tengo miedo de que ellos también estén tratando de hacer que la casa sea como ellos quieren.
Hablaba de papá y mamá, por supuesto.
?Pero, ¿cómo podrían ellos conseguir que la casa fuera para ellos?
?Igual que nosotros. Pensando ?dijo; y se quedó callado, y nosotros también.
Para entonces ya no regábamos más alrededor de la casa, que estaba muy grande; hubiera sido como regar un árbol viejo.
Antes que el Sol pudiera alumbrar adentro nos conseguimos una linterna, y sin decir nada fuimos a escudriñar aquellos interiores nacientes. La luz de la linterna era más débil que nuestra curiosidad, pero igual pudimos ver que el altillo era como lo habíamos pensado: tenía vigas con ganchos para colgar viejas lámparas, varios arcones, una escalera de mano, una silla de montar, una colección de sombreros de explorador y muchos libros y revistas formando tentadoras pilas sobre una cama marinera.
Nos pasamos el resto del día tratando de imaginar qué habría dentro de los arcones. Esa casa que estaba creciendo parecía una caja de sorpresas.
En pocos días más empezaron a salir las ventanas del primer piso, y aunque todavía estaba muy obscuro pudimos descubrir cuál era la de nuestro cuarto, por las tres camas iguales. La de arriba era la que más se veía. Enseguida empezamos a peleamos por ella. Finalmente me tocó a mí, no por ser la única mujer sino porque lo echamos a suertes. Ese cuarto igual prometía: podía adivinarse una soga con nudos, y una escalera de ésas que hay en los gimnasios, para colgarse y jugar a los monos. Y mucho, mucho lugar…
Mientras la casa crecía íbamos adivinando todo lo que no podía verse desde las ventanas, pero que sabíamos que allí estaría. El baño con la mampara de estrellas, los espejos del pasillo, los grandes armarios para guardar nuestras cosas, la escalera que nos llevaría como un tobogán a costa de nuestros pantalones, la chimenea llena de brasas donde se asarían las papas y batatas en las vacaciones de invierno…

Cuando por fin pudimos entrar en la casa crecida, no nos causó demasiada sorpresa ver la mesa de la cocina pintada de blanco, tal como la habíamos imaginado, o las puertitas gateras, como las de los dibujos animados; ni siquiera nos sorprendió el gato que, desparramada su indolencia sobre la alfombra, nos recibió con un bostezo. Al parecer, papá y mamá tampoco se sorprendieron demasiado. ¿Lo habrían conseguido?, nos preguntamos en silencio.
Pero no, no lo habían conseguido. La casa era enteramente nuestra. Estaba de nuestro lado. Velaba nuestros sueños, encubría nuestras picardías y vigilaba los pasos que nos rondaban. Por ejemplo, si el entusiasmo de algún invento milagroso nos había llevado a la cocina en busca de los ingredientes necesarios, hacía que el ruido de las pisadas de mamá fuera más fuerte, para darnos tiempo a guardar todo. O cerraba alguna puerta indiscreta con un golpe de viento apropiado, ocultando a los adultos la escena transgresora.
A ellos todo les parecía natural: tenían su dormitorio con mucha luz por la mañana, un sillón en la sala para sentarse frente al fuego, el piano para nuestros estudios… Pero los encantos de aquella casa eran sólo visibles a nuestra mirada. De noche nos acunaba con un suave murmullo de vigas de madera, llevándonos por sueños abrigados y fantásticos a la vez. De día hacía que nuestras horas de juego fuesen una aventura inefable, con la cual soñábamos en el banco de la escuela. Nuestros amigos habían aprendido también a amar aquella casa espaciosa, aunque no, claro está, con la misma pasión.

En el segundo verano mis padres decidieron que iríamos a las montañas un mes entero. Nosotros no queríamos. Era demasiado tiempo, y había tanto que jugar en la casa, tantos rincones aún inexplorados, que preferíamos quedarnos. Nuestros padres no entendían por qué no nos entusiasmaba la idea de viajar; no podían comprender nuestro amor por la casa. Convencidos de que se trataba de un capricho más, siguieron haciendo los preparativos, con la clara convicción de que ya se nos pasaría. Mamá iba de un lado para otro con ropas y valijas, ignorando nuestras caras largas. Entonces la casa intervino.
Con un bolso en una mano y un par de botas de abrigo en la otra, mamá pisó el primer escalón para bajar. La madera pareció perder estabilidad: se curvó primero en forma apenas visible para luego balancearse de izquierda a derecha. Totalmente mareada, mamá cayó rodando por la escalera.
Traumatismo de cráneo, dijo el doctor. Por supuesto, no pudimos irnos. Mamá tuvo que permanecer bastante tiempo quieta en la cama, y papá tenía que hacer la comida. Ellos se quedaron sin sus montañas aburridas, y nosotros nos quedamos con la casa.

Cuando se casó el primero de mis hermanos la casa se puso triste: estaba más obscura que de costumbre, y hasta el piano parecía sonar sin brillo entre aquellas paredes sensibles. Así fue cada vez que uno de nosotros se iba, aunque fuera por un tiempo. Cuando quedamos solamente papá y yo ?a mamá la habíamos despedido hacía un año? la casa empezó a envejecer. Habría que hacer unos arreglos, decía papá. Pero él y yo sabíamos que todo quedaría igual.
Durante su larga enfermedad la casa me ayudó a cuidarlo con todo el silencio de que era capaz. Al casarme, mi marido aceptó sin preguntar demasiado que viviéramos en la casa despoblada. Allí nacieron nuestros tres hijos, y allí vivimos hasta que el mayor cumplió diez años, cuando no pudimos soportar más la humedad y las grietas.

Hoy hace tres meses que nos mudamos a otra casa, y he comenzado a sentir una antigua inquietud. Sé que algo va a cambiar. Es como si la historia se repitiera, como esos cuentos que se cuentan siempre de la misma manera, a través de los años y los años. Lo sé, ante todo por el brillo especial que he visto en la mirada de los chicos durante toda esta semana. Y estoy preocupada. Al principio no le daba importancia, pero ahora sí. A medida que pasan los días se hace más evidente. Esta mañana salieron a dar una vuelta en bicicleta, y casualmente se acercaron a la casa vieja. «Tendrías que venir uno de estos días, mamá. El ciruelo se está cubriendo de flores.» Nada más; y todo el tiempo ese brillo en los ojos. No hay duda: en el fondo de la casa ha comenzado a brotar una chimenea.

Edición digital de Sadrac
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Los árboles parlantes

Los árboles parlantes
Juan-Jacobo Bajarlía
En Historias de monstruos, Ediciones de la Flor S. R. L., 1969.

Hay árboles que hablan y hay árboles que formulan enigmas. En mi cuaderno de apuntes tengo algunos ejemplos que probarían esta monstruosidad. Pierre Desvignes, canciller de Federico II (siglo XIII) acusado in¬justamente de traición, fue condenado a perder sus ojos. Sobrevivió al suplicio. Pero ya en la prisión, golpeó su cabeza contra los muros hasta quitarse la vida. Con éste hablará el Alighieri en un bosque cuyos árboles eran las estructuras de los que un día eligieron el suicidio. Metamorfosis de los violentos contra sí mismos (Inf. 33/151).
Los que creen que esto es una ficción, no han podido explicar por qué Charles Sorel en el siglo XVII habló con su hermano suicida dirigiéndose a un árbol tres días después del fallecimiento. Este árbol le reveló el secreto del suicida y de la traición que acechaba al mismo Charles Sorel si no mataba en duelo a su propio padre, casado incestuosamente con su hermana, y de los cuales descendían ellos. El duelo se realizó. Pero Charles Sorel fue vencido y murió decapitado. El padre lo había traicionado denun¬ciándolo a los “cazadores de brujas”. Pero al día siguien¬te el progenitor fallecía envenenado con arsénico. La madre incestuosa sobrevivió un año y después murió de cierto “ataque a la sangre” cuando atravesaba un puente. Nadie pudo descifrar el misterio de estas muertes imprevisibles. Pero el árbol suicida siguió emitiendo ex¬traños sonidos hasta que los vecinos de Fontembleau re¬solvieron prenderle fuego y acabar con lo que denomi¬naban “el hechizo del siglo”.
El segundo ejemplo está extractado de las primeras líneas del Hay Benyocdán (siglo XII) de Abentofail. Es una cita de Almasudí en la que se habla de un árbol de la India que en vez de frutos producía mujeres a las que éste llama las niñas del Uac Uac. Los escoliastas, siguiendo el árabe Albiruní, nos informan, en cambio, de un árbol que crecía en la isla de Uac Uac, cuyo fruto to¬maba la forma de una cabeza de mujer que se expresaba a través de un grito monosilábico en que repetía su uac uac. Otra leyenda árabe posterior (siglo XIII) asegu¬raba que la cabeza era la Esfinge arbórea que interro¬gaba sobre el misterio de la vida en la esperanza de que alguien advirtiera la vacuidad de los instintos. Nadie pu¬do contestar el enigma, y el fruto con cabeza de mujer no pudo ser fecundado y se marchitó.
Por la misma fecha, cuando las Abil Leylah wa leylah (Las mil noches y una noche) llegaban a su redacción definitiva entre 1475 y 1525 (habían arrancado del Hezar Efmmeh o Mil cuentos, en el siglo VIII) hallamos, en la historia de Scheherazada, otro ejemplo de árboles parlan¬tes. Es el relato en el que la vieja dice a Farizada que su vivienda admirable carecía de tres cosas importan¬tes: el pájaro que habla, el agua de oro y el árbol que canta. Bachman, hermano de Farizada, sale en busca de estas tres maravillas, internándose en un sendero escalofriante, sembrado de piedras y voces amenaza¬doras, por cuya línea hay que avanzar sin retroceder para no petrificarse. Cuando halla el árbol que canta confirma lo que la vieja le había dicho a Farizada. Las hojas del árbol eran otras tantas voces que producían “armonías incomparables”.
El cuarto ejemplo pertenece a la ciencia-ficción. Al¬guna vez lo he mencionado al referirme a los sueños in¬terplanetarios. Lo vivió en la imaginación Cyrano de Bergerac al escribir Les voyages aux États de la Lune et du Soleil (1643). La obra fue escrita cuando éste tenía veintitrés años y ningún rival que pudiera opo¬nérsele a lo que él llamaba la hoja centelleante al aludir a su espada. Describió sus viajes oníricos a la Luna y el Sol. Describió el primer solnizaje del hombre demos¬trando que el Sol estaba poblado de manchas donde era posible detenerse sin temor al fuego. Pero advirtió que en ese astro existía algo así como la memoria del mundo que se manifestaba a través de estructuras arbóreas in¬verosímiles cuya voz era semejante a la del hombre. Cyrano, lleno de asombro, midiendo su propia finitud, habló con ellos. Dialogó sobre el misterio que persigue al hombre. Formuló preguntas y obtuvo las respuestas. Pensó posiblemente que el ser humano era un árbol par¬lante que en vez de crecer y morir en profundidad, cre¬cía y se perdía en las alturas.

Edición digital de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

El jardín del tiempo

El jardín del tiempo
J. G. Ballard
The garden of time, © 1961.

Al atardecer, cuando la gran sombra de la villa alcanzaba la terraza, el conde Axel abandonó su biblioteca y bajó los anchos escalones de estilo rococó que conducían hacia las flores del tiempo. Una figura alta e imperiosa con una chaqueta de terciopelo negro; un alfiler de corbata de oro brillaba bajo su barba a lo Jorge V. En una de sus enguantadas manos mecía ligeramente un bastón. Comenzó a inspeccionar las exquisitas flores de cristal, sin emoción, mientras escuchaba los sonidos del clavicordio de su esposa, que estaba tocando un rondó de Mozart en la sala de música. Los ecos de la melodía vibraban a través de los translúcidos pétalos.
El jardín de la villa se extendía unos doscientos metros bajo la terraza, llegando hasta un lago en miniatura cruzado por un puente blanco que conducía a un menudo pabellón en la orilla opuesta. Axel nunca se aventuraba más allá del lago. La mayor parte de las flores del tiempo crecían en un pequeño arriate justamente bajo la terraza, amparadas por el alto muro que circundaba la finca. Desde la terraza, el conde podía ver por encima del muro la llanura que había más allá; una gran extensión de terreno abierto que avanzaba en ondulaciones hasta el horizonte, donde ascendía suavemente antes de perderse de vista. La llanura rodeaba la casa por todas partes, y su monótono vacío acentuaba la soledad y la suave magnificencia de la villa. Aquí, en el jardín, el aire parecía más brillante y el Sol más cálido, mientras que en la llanura estaba siempre pálido y remoto.
Como de costumbre, antes de empezar su usual paseo vespertino, el conde Axel miró a lo largo de la llanura hasta la última elevación, donde el horizonte estaba iluminado como un escenario por los rayos del Sol vespertino.
Cuando las delicadas y armoniosas notas de Mozart llegaban a él procedentes de las graciosas manos de su esposa, vio que las primeras filas de un enorme ejército se movían lentamente en el horizonte. A primera vista le pareció que avanzaban ordenadamente, pero en una inspección más detallada pudo comprobar que el ejército estaba formado por un vasto y confuso tropel de gente hombres y mujeres entremezclados con unos cuantos soldados de raídos uniformes, y todos ellos avanzando como una marea humana. Algunos lo hacían dificultosamente, bajo pasadas cargas suspendidas de toscos yugos que rodeaban sus cuellos; otros luchaban con toscas carretas de madera, ayudando con sus manos el girar de las ruedas. Solo unos cuantos caminaban libres, pero todos avanzaban al mismo paso, recortándose sus figuras a la luz del huidizo Sol.
La multitud estaba casi demasiado lejos para ser visible; sin embargo, Axel siguió observando, con expresión fría y vigilante, hasta que se hizo claramente perceptible la vanguardia de un inmenso populacho. Por último, cuando la luz del día comenzó a desvanecerse, la multitud alcanzo la cresta de la primera ondulación bajo el horizonte; entonces, Axel abandonó la terraza y descendió a pasear entre las flores del tiempo.
Las flores crecían a una altura de dos metros; sus delgados tallos, como varillas de cristal, sostenían una docena de hojas. Al extremo de cada tallo estaba la flor del tiempo, del tamaño de una copa. Los opacos pétalos exteriores guardaban su corazón de cristal. Su brillantez diamantina presentaba mil facetas. Al ser movidas ligeramente por la brisa vespertina, refulgían como lanzas de fuego.
Muchos de los tallos habían perdido su flor, y Axel los examinaba cuidadosamente, con un destello de esperanza en los ojos en su búsqueda de algún nuevo brote.
Por último, seleccionó una gran flor de un tallo cercano al muro, se quitó los guantes y la arrancó con sus fuertes dedos.
Cuando llevaban la flor a la terraza esta comenzó a centellear y a deshacerse, y la luz procedente del corazón fue desvaneciéndose. Lentamente, el cristal también empezó a disolverse, y sólo los pétalos de alrededor permanecían intactos. El aire que rodeaba a Axel se tomó brillante y vívido. En un instante, la tarde pareció transformarse, alternando sutilmente sus dimensiones de tiempo y espacio. El obscurecido pórtico de la casa quedó despojado de su pátina, y relumbraba con una espectral blancura, como surgido repentinamente de un sueño.
Alzando la cabeza, Axel miró fijamente otra vez por encima del muro. Sólo el lejano borde del horizonte estaba iluminado por el Sol, y la gran multitud que antes había avanzado casi una cuarta parte del camino de la llanura, había retrocedido ahora basta el horizonte. Todos habían vuelto atrás abruptamente, en una reversión del tiempo, y ahora parecían inmóviles.
La flor, en la mano de Axel, se había contraído hasta adquirir el tamaño de un dedal de cristal. Los pétalos estaban crispados alrededor del desvanecido corazón. Un desmayado centelleo tembló por un instante desde el centro y se extinguió rápidamente; entonces, Axel sintió derretirse la flor como una gota de rocío en su mano.
El crepúsculo se cerraba alrededor de la casa, extendiendo sus grandes sombras sobre la llanura, fusionando el horizonte con el cielo. El clavicordio estaba silencioso y las flores del tiempo no reflejaban su música, ahora inmóviles, formando parte del bosque embalsamado.
Durante unos minutos Axel las miró, contando las flores que aún quedaban; después saludó a su esposa, que cruzaba la terraza arrastrando el borde de su vestido de noche, de brocado, por las baldosas.
?Qué hermoso atardecer, Axel ?habló la mujer, conmovida como si fuesen obra de su marido las ornamentales sombras y el nítido aire.
Su rostro era sereno e inteligente; llevaba el pelo recogido por detrás con un broche de piedras montadas en plata. El vestido, escotado, revelaba un largo y delgado cuello y una barbilla altanera. Axel la examinaba con profundo orgullo. Le ofreció su brazo y juntos bajaron las escaleras hasta el jardín.
?Uno de los más largos atardeceres de este verano ?confirmó Axel, añadiendo?: He arrancado una flor perfecta, querida. Una joya. Con suerte nos servirá para varios días ?frunció el entrecejo y miró involuntariamente al muro?. Cada vez parecen estar más cerca.
Su mujer le sonrió alentadoramente y apretó su brazo con efusión. Ambos sabían que el jardín del tiempo estaba muriendo.

Tres tardes después, como había previsto (aunque más pronto de lo que esperaba), el conde Axel arrancó otra flor del jardín del tiempo.
Cuando aquel día miró por encima del muro, la chusma había alcanzado la mitad de la llanura, extendiéndose como una masa ininterrumpida. Creyó oír murmullos de voces traídos por el aire, un hosco ronroneo pleno de lamentos y gritos. Afortunadamente, su mujer estaba ante el clavicordio y los maravillosos contrapuntos de una Fuga de Bach se esparcían a través de la terraza, ocultando otros ruidos.
Entre la casa y el horizonte la llanura estaba dividida en cuatro grandes declives, y la cresta de cada uno de ellos era visible en la declinante luz. Axel se había prometido a sí mismo que nunca los contaría, pero el número era demasiado pequeño para pasar inadvertido, particularmente porque servían de referencia en el avance del ejército.
Ahora la avanzadilla había traspasado la primera cresta e iba camino de la segunda, y el grueso de la multitud presionaba detrás de los primeros. Mirando a izquierda y derecha de aquel compacto grupo, Axel pudo apreciar la ilimitada extensión del mismo. Lo que al principio pudo creer que formaba el cuerpo total de la masa no eran sino las avanzadillas. El verdadero centro no era visible todavía y Axel estimaba que cuando este, por fin, alcanzara la llanura no quedaría un palmo de terreno sin hollar.
Intentaba ver algunos vehículos o máquinas pero todo aquello era una maraña amorfa y sin coordinación. No había estandartes, banderas, mascotas ni cortapicas; con la cabeza inclinada, la multitud avanzaba sin tregua.
Repentinamente, las avanzadillas de la chusma aparecieron en lo alto de la segunda cresta y avanzaron hormigueando por la llanura. Lo que más asombró a Axel fue la increíble distancia que habían cubierto en tan poco tiempo. Las figuras se veían mucho más grandes que la vez anterior.
Rápidamente, Axel salió de la terraza, seleccionó una flor del tiempo del jardín y la arrancó del tallo. Esta despidió su compacta luz y Axel volvió a la terraza. Cuando la flor se redujo a una perla helada en su mano miró hacia la llanura y vio con alivio que el ejército había retrocedido hasta el horizonte. Entonces advirtió que el horizonte estaba mucho más cerca que cuando arrancó la flor; lo había confundido con la primera cresta.

Cuando se unió a la condesa en el paseo vespertino no le dijo nada de lo sucedido, pero ella se dio cuenta de su desconcierto e hizo todo lo posible para disipar su preocupación.
Mientras bajaban los escalones, la condesa señaló al jardín del tiempo.
?¡Qué maravilloso panorama, Axel! ¡Hay tantas flores todavía!
Axel asintió, sonriendo interiormente ante la tentativa de su mujer para tranquilizarle. La entonación con que ella había pronunciado la palabra «todavía» revelaba su propio conocimiento del próximo fin. De hecho, restaba una escasa docena de flores de los cientos que habían crecido en el jardín, y en su mayor parte eran tan solo capullos. Solamente tres o cuatro habían alcanzado la plenitud. Cuando caminaban hacia el lago, Axel trataba de decidir si debía arrancar primero las flores desarrolladas o dejarlas para el final. Estrictamente, sería mejor dar tiempo suficiente para que los capullos creciesen y madurasen, y este beneficio se perdería si retenía las flores formadas hasta el final, como deseaba hacer para la última acción defensiva. Se dio cuenta, empero, que en cualquier caso era lo mismo; el jardín moriría pronto y las pequeñas flores requerían más tiempo para crecer que el que él podía otorgarles.
Cruzando el lago, él y su esposa miraron sus cuerpos reflejados en las obscuras aguas. Amparado por el «pavillon» por un lado y el muro por el otro, Axel se sentía tranquilo y seguro, y la llanura, con su alborotada multitud, parecía una pesadilla de la cual había despertado felizmente. Puso un brazo alrededor del suave talle de su esposa y la atrajo hacia sí cariñosamente, dándose cuenta de que no la había abrazado desde hacía años, aunque sus vidas habían sido eternas, y podía recordar, como si fuera ayer, cuando la trajo a vivir en la villa.
?Axel ?le preguntó su mujer, con repentina seriedad?. Antes que el jardín muera…, ¿puedo arrancar yo la última flor?
Entendiendo su petición, él asintió lentamente con la cabeza.

Una por una, durante los dos atardeceres siguientes, Axel arrancó las flores que quedaban, dejando tan solo un pequeño capullo que crecía justamente bajo la terraza, destinado a su esposa.
Había cogido las flores al azar, rehusando contarlas o racionarlas y arrancando dos o tres capullos a la vez cuando era necesario. La horda había alcanzado la segunda y tercera cresta; nublaba el horizonte. Desde la terraza, Axel podía ver con claridad la revuelta turba bajando por la depresión hacia la cresta final, y de cuando en cuando los sonidos de sus voces llegaban hasta él mezclados con gritos de cólera y chasquidos de látigos. Las carretas de madera daban tumbos por todos los lados sobre sus ruedas y los conductores luchaban por controlarlas. Por lo que podía distinguir Axel, ni un solo miembro de la multitud estaba enterado de la dirección que llevaban. Más bien cada uno avanzaba ciegamente sobre el terreno, pisando los talones a la persona que iba delante. Sin motivo que aducir, Axel tenía la vaga esperanza de que el verdadero núcleo, bajo el lejano horizonte, pudiera cambiar de dirección y la multitud alterase su curso gradualmente, desviándose de la villa, y retrocediera en la llanura como una resaca en el mar.
En el penúltimo atardecer, cuando arrancó la flor del tiempo, la avanzadilla de la chusma había alcanzado la tercera cresta y pasaba hormigueante ante ella. Mientras esperaba a la condesa, Axel miró las dos florecitas que quedaban; solo conseguirían hacerles retroceder un corto trecho en el próximo atardecer. Los tallos de cristal a los que arrancó las flores se alzaban en el aire, pero todo el jardín había perdido su lozanía.

Axel pasó la mañana siguiente tranquilamente en su biblioteca, encerrando sus manuscritos más raros en las cámaras de cristal situadas en las galerías. Caminó lentamente ante los retratos, puliendo cada uno de los cuadros cuidadosamente; después, puso las cosas en orden en su escritorio y cerró la puerta tras él. Durante la tarde halló trabajo en la sala, ayudando a su esposa que limpiaba sus ornamentos y ponía en orden los jarrones y bustos.
Al atardecer, cuando el Sol declinaba por detrás de la casa, ambos estaban cansados y polvorientos y no habían cruzado la palabra en todo el día. Cuando su mujer se dirigía a la sala de música, la llamó.
?Esta noche cogeremos las flores juntos, querida ?anunció lentamente?. Una para cada uno.
Lanzó una ojeada por encima del muro. Pudo oír a unos seiscientos metros el rugir de la chusma avanzando hacia la casa.
Rápidamente, Axel arrancó su flor, un capullo no mayor que un zafiro. A medida que este iba perdiendo su luz, el tumulto de afuera pareció ceder momentáneamente; después, comenzó de nuevo.
Cerrando sus oídos al clamor, Axel dirigió la vista hacia la villa, contando las seis columnas del pórtico; después, se fijó en la plateada superficie del lago que reflejaba la última luz del atardecer, y en las sombras que se cruzaban entre los árboles y se extendían por el crespo césped. Axel se detuvo sobre el puente donde él y su mujer habían visto sucederse, cogidos del brazo, tantos y tantos veranos.
?¡Axel!
Afuera, el tumulto se hacía ensordecedor; mil voces bramaban a veinte metros escasos de allí. Una piedra cruzó por encima de la valla y cayó en el jardín del tiempo, rompiendo algunos de los vítreos tallos. La condesa corrió hacia él cuando una nueva oleada retumbó a lo largo del muro. Después, una pesada baldosa cruzó por encima de sus cabezas y se estrelló en una de las ventanas del invernadero.
?¡Axel!
La rodeó con sus brazos, ajustándose la corbata que ella había ladeado con su hombro.
?¡Rápido, querida, la última flor!
La condujo al jardín. La condesa tomó el tallo, arrancó la flor limpiamente y la protegió entre las palmas de sus manos.
Por un momento el tumulto desmayó y Axel recobró su sangre fría. Al vívido centelleo de la flor vio el blanquecino rostro y los asustados ojos de su mujer.
?Retenla todo lo que puedas, querida, hasta que muera la última de sus fibras.
Permanecieron juntos en la terraza. De pronto, el griterío de afuera aumentó. La multitud estaba golpeando la verja de hierro y toda la villa temblaba ante este impacto.
Cuando el último rayo de luz desapareció, la condesa elevó sus manos como si liberase un invisible pájaro; después, en un acceso final de valor, tomó las manos de su esposo con una sonrisa radiante que se desvaneció rápidamente.
?¡Oh Axel! ?lloró.
Como una espada, la obscuridad descendió súbitamente sobre ellos.

Pesadamente, la multitud que había afuera pasó por encima de los residuos del muro que cercaba la finca; acarreaban sus carretas por encima de él y a lo largo de los baches que una vez habían sido primoroso camino. Las ruinas de lo que antes fuera una espaciosa villa eran holladas por una incesante marea humana. El lago estaba seco. En su fondo quedaban troncos de árboles quebrados y el viejo puente deshecho. Brotaban las malas hierbas entre el largo césped de la pradera, cubriendo los senderos.
La mayor parte de la terraza se había derrumbado y casi toda la multitud cruzaba rectamente por el césped, desviándose de la destruida villa; pero uno o dos de los más curiosos treparon y buscaron entre su armazón. Las puertas habían sido sacadas de sus goznes y los suelos estaban agrietados. En la sala de música se veía un viejo clavicordio hecho astillas y algunas de sus teclas aún reposaban entre el polvo. Todos los libros estaban esparcidos por el suelo, fuera de sus estantes, y los lienzos habían sido acuchillados, cubriendo con sus tiras el suelo.
Cuando el cuerpo mayor de la multitud alcanzó la casa cubrió el muro en toda su extensión. Toda la gente junta caminaba a tropezones por el seco lago, por la terraza, y atravesando la casa cruzaban hacia la parte norte. Solo una zona soportaba esta ola sin fin. Justamente bajo la terraza, entre el derruido balcón y el muro, había unos matorrales espinosos de unos dos metros de altura. El punzante follaje formaba una masa impenetrable y la gente pasaba a su alrededor cuidadosamente. Muchos de ellos estaban demasiado ocupados buscando su camino entre las destrozadas losas para mirar el centro de los matorrales espinosos, donde dos estatuas de piedra, una junto a la otra, miraban alrededor desde su zona protegida. La mayor de las dos figuras representaba a un hombre con barba que llevaba una chaqueta de cuello alto y un bastón en una mano. Junto a él había una mujer con un traje de seda. Su rostro era suave y sereno. En su mano derecha sostenía ligeramente una rosa de pétalos tan suaves que casi eran transparentes.
Cuando el Sol se puso tras la casa, un rayo de luz pasó a través de una cornisa rota e hirió la rosa y, reflejándose sobre las estatuas, iluminó la piedra gris de tal manera que, por un fugaz momento, esta fue indistinguible de la ya hacía tiempo desvanecida carne de los originales de las estatuas.

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La Mandrágora

La Mandrágora
Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero
En El libro de los seres imaginarios, compilado por Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero, Club Bruguera 33, Editorial Bruguera S. A., 1980.

Como el Borametz, la planta llamada Mandrágora confina con el reino animal, porque grita cuando la arrancan; ese grito puede enloquecer a quienes lo escuchan (Romeo y Julieta, IV, 3). Pitágoras la llamó “antropomorfa”; el agrónomo latino Lucio Columela, “semi-homo”, y Alberto Magno pudo escribir que las Mandrágoras figuran la humanidad con la distinción de los sexos. Antes, Plinio había dicho que la Mandrágora blanca es el macho y la negra es la hembra. También, que quienes la recogen trazan alrededor tres círculos con la espada y miran al poniente; el olor de las hojas es tan fuerte que suele dejar mudas a las personas. Arrancarla era correr el albur de espantosas calamidades; el último libro de la Guerra judía de Flavio Josefo nos aconseja recurrir a un perro adiestrado. Arrancada la planta, el animal muere, pero las hojas sirven para fines narcóticos, mágicos y laxantes.
La supuesta forma humana de las Mandrágoras ha sugerido a la superstición que éstas crecen al pie de los patíbulos. Browne (Pseudodoxia Epidémica, 1646) habla de la grasa de los ahorcados; el novelista popular Hanns Heinz Ewers (Alraune, 1913), de la simiente. Mandrágora, en alemán, es Alraune; antes se dijo Alruna; la palabra trae su origen de runa, que significó “misterio”, “cosa escondida”, y se aplicó después a los caracteres del primer alfabeto germánico.
El Génesis (XXX, 14) incluye una curiosa referencia a las virtudes generativas de la Mandrágora. En el siglo XII, un comentador judeo-alemán del Talmud escribe este párrafo:
“Una especie de cuerda sale de una raíz en el suelo y a la cuerda está atado por el ombligo, como una calabaza, o melón, el animal llamado Yadu’a, pero el Yadu’a es en todo igual a los hombres: cara, cuerpo, manos y pies. Desarraiga y destruye todas las cosas, hasta donde alcanza la cuerda. Hay que romper la cuerda con una flecha, y entonces muere el animal”.
El médico Discórides identificó la Mandrágora con la circea, o “hierba de Circe”, de la que se lee en la Odisea, en el libro décimo:
“La raíz es negra, pero la flor es como la leche. Es difícil empresa para los hombres arrancarla del suelo, pero los dioses son todopoderosos”.

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El Borametz

El Borametz
Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero
En El libro de los seres imaginarios, compilado por Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero, Club Bruguera 33, Editorial Bruguera S. A., 1980.

El cordero vegetal de Tartaria, también llamado Borametz y Polypodium Borametz, y “polipodio chino”, es una planta cuya forma es la de un cordero, cubierta de pelusa dorada. Se eleva sobre cuatro o cinco raíces; las plantas mueren a su alrededor y ella se mantiene lozana; cuando la cortan sale un jugo sangriento.
Los lobos se deleitan en devorarla. Sir Thomas Browne la describe en el tercer libro de la obra Pseudodoxia Epidemica (Londres, 1646). En otros monstruos se combinan especies o géneros animales; en el Borametz, el reino vegetal y el reino animal.
Recordemos a este propósito la mandrágora, que grita como un hombre cuando la arrancan, y la triste selva de los suicidas, en uno de los círculos del Infierno, de cuyos troncos lastimados brotan a un tiempo sangre y palabras, y aquel árbol soñado por Chesterton, que devoró los pájaros que habían anidado en sus ramas y que, en la primavera, dio plumas en lugar de hojas.

La mañana verde

La mañana verde
Ray Bradbury
The green morning © 1950. Traducción de ? en ?.

Cuando el Sol se puso, el hombre se acuclilló junto al sendero y preparó una cena frugal y escuchó el crepitar de las llamas mientras se llevaba la comida a la boca y masticaba con aire pensativo. Había sido un día no muy distinto de otros treinta, con muchos hoyos cuidadosamente cavados en las horas del alba, semillas echadas en los hoyos, y agua traída desde los brillantes canales. Ahora, con un cansancio de hierro en el cuerpo delgado, yacía de espaldas y observaba cómo el color del cielo pasaba de una obscuridad a otra.
Su nombre era Benjamin Driscoll, tenía treinta y un años. Y lo que él deseaba era que Marte creciera verde y alto con árboles y follajes, produciendo aire, mucho aire, aire que aumentaría con cada temporada; árboles que refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, árboles que pararían los vientos del invierno. Hay muchas cosas que un árbol podía hacer: dar color, proporcionar sombra, soltar frutas, o convertirse en parque de juegos para los niños; un amplio universo aéreo de escalas y columpios, una arquitectura de alimento y de placer, eso era un árbol. Pero los árboles, ante todo, destilaban un aire helado para los pulmones y un gentil susurro para los oídos, cuando uno está acostado de noche en lechos de nieve y el sonido invita dulcemente a dormir.
Él permanecía escuchando a la obscura tierra recogiéndose en sí misma, en espera del Sol y las lluvias que aún no habían llegado. Acercaba la oreja al suelo y podía escuchar las pisadas de los años moviéndose en la distancia e imaginaba los verdes brotes de las semillas sembradas ese día; los brotes buscando apoyo en el cielo, echando rama tras rama, hasta que Marte era un bosque vespertino, Marte era un huerto resplandeciente.
En las primeras horas de la mañana, cuando el pequeño Sol se elevase débilmente entre las apretadas colinas, él se levantaría y acabaría en unos pocos minutos con un desayuno ahumado, aplastaría las cenizas de la hoguera y empezaría a trabajar con los sacos a la espalda, probando, cavando, sembrando semillas y bulbos, apisonando levemente, regando, siguiendo adelante, silbando, mirando el claro cielo cada vez más brillante a medida que pasaba la mañana.
?Necesitas el aire ?le dijo a su fuego nocturno.
El fuego era un rubicundo y vivaz compañero que respondía con un chasquido, y en la noche helada dormía allí cerca, entornando los ojos, sonrosados, soñolientos y tibios.
?Todos necesitamos el aire. Hay aire enrarecido aquí en Marte. Uno se cansa tan pronto… Es como vivir en los Andes, en América del Sur, en la cima. Uno aspira y no consigue nada. No satisface.
Se palpó la caja toráxica. En treinta días, cómo había crecido. Para tomar más aire, todos ellos necesitaban desarrollar sus pulmones. O plantar más árboles.
?Para eso estoy aquí ?dijo; el fuego le respondió con un chasquido?. En la escuela nos contaban la historia de Johnny Appleseed caminando a través de Norteamérica plantando semillas de manzano. Bueno, yo estoy haciendo más. Estoy plantando robles, olmos, arces, toda clase de árboles, álamos y cedros y castaños. En vez de pensar sólo en fabricar fruta para el estómago, fabrico aire para los pulmones. Cuando estos árboles crezcan en algunos años, ¡piensa cuánto oxígeno darán!
Recordó su llegada a Marte. Como miles de otros, paseó los ojos por la apacible mañana y pensó: ¿Cómo encajaré aquí? ¿Qué haré? ¿Habrá trabajo para mí?
Luego se había desmayado. Alguien colocó un frasco de amoníaco contra su nariz y, tosiendo, él volvió en sí.
?Usted estará bien ?dijo el médico.
?¿Qué sucedió?
?El aire enrarecido. Algunos no pueden adaptarse. Me parece que usted tendrá regresar a la Tierra.
?¡No! Se sentó y casi inmediatamente se le obscurecieron los ojos y Marte giró dos veces debajo de él. Sus fosas nasales se dilataron y obligó a sus pulmones a que bebieran en el profundo vacío.
?Estaré bien. ¡Tengo que permanecer aquí!
Le dejaron tendido, boqueando horriblemente, como un pez. Y él pensó: Aire, aire, aire. Ellos me envían de regreso a causa del aire. Y volvió la cabeza hacia los campos y colinas marcianos. Cuando se le aclaró la vista, lo primero que notó fue que ahí no había árboles, ningún árbol, ni cerca ni lejos cuando uno miraba en cualquier dirección. La tierra estaba desnuda, negra, desolada, sin ni siquiera hierbas. Aire, pensó, mientras una substancia enrarecida le silbaba en la nariz. Aire, aire. Y sobre la cima de las colinas, en sus sombras, o aun a orillas de los arroyos, ni un árbol, ni una solitaria brizna de hierba. ¡Por supuesto! Sintió que la respuesta no le venía de su cerebro, sino de sus pulmones y su garganta. Y el pensamiento fue como una repentina ráfaga de oxígeno puro, poniéndole de pie. Hierba y árboles. Se miró las manos, el dorso, las palmas. Sembraría hierba y árboles. Ésa sería su tarea, luchar contra la cosa que le impedía quedarse en Marte. Libraría una privada guerra hortícola contra Marte. Ahí estaba el viejo suelo, y las plantas que habían crecido en él eran tan antiguas que al fin habían desaparecido. Pero, ¿y si introdujera nuevas especies? Árboles terrestres, grandes mimosas y sauces llorones y magnolias y majestuosos eucaliptos. ¿Qué ocurriría entonces? Quién sabe qué riqueza mineral ocultaba el suelo, sin explotar porque los viejos helechos, las flores, los arbustos, y los árboles se habían muerto de cansancio.
?¡Permítanme levantarme! ?gritó?. ¡Quiero ver al coordinador!
Él y el coordinador hablaron de cosas que crecían y eran verdes, toda una mañana. Pasarían meses, sino años, antes que se organizasen las plantaciones. Hasta ahora, los alimentos se traían congelados desde la Tierra, en cámaras frigoríficas volantes, y unos pocos jardines públicos verdeaban en instalaciones hidropónicas.
?Entretanto ?dijo el coordinador?, ésta será su tarea. Le entregaremos todas nuestras semillas; una pequeña cantidad. El espacio en los cohetes es sumamente costoso por ahora. Estoy temeroso, puesto que los primeros poblados son colectividades mineras, que sus plantaciones de árboles no cuenten con mucha simpatía…
?¿Pero ustedes me dejarán hacerlo?
Ellos le dejaron hacerlo. Provisto con una simple motocicleta, con una caja llena de semillas y retoños, él había estacionado su vehículo en el desierto valle y echó pie a tierra.
Eso había ocurrido hacía treinta días, y él nunca había mirado hacia atrás. Mirar hacia atrás hubiera sido descorazonarse para siempre. El tiempo era excesivamente seco, parecía poco probable que las semillas hubiesen brotado. Quizá toda su campaña, esas cuatro semanas en que había cavado encorvado sobre la Tierra, estaba perdida. Clavaba los ojos adelante, avanzando poco a poco por el inmenso valle soleado, alejándose del Primer Pueblo, aguardando la llegada de las lluvias.
Las nubes se acumulaban sobre las secas montañas ahora cuando él se cubría los hombros con la manta. Todo en Marte era tan imprevisible como el clima. Sintió alrededor las calcinadas colinas, que la escarcha de la noche iba empapando, y pensó en el suelo del valle, negro como la tinta, tan negro y lustroso que parecía arrastrarse y vivir en el puño, un suelo fecundo en donde podrían brotar unas habas de largos tallos, de donde caerían quizás unos gigantes de voz enorme, dándose unos golpes que les sacudirían los huesos.
El fuego tembló sobre las cenizas soñolientas. El distante rodar de las ruedas de un carro estremeció el aire. Un trueno. Un repentino olor a agua. Esta noche, pensó, y extendió la mano para sentir la lluvia. Esta noche.
Despertó al sentir un golpe muy leve sobre la frente. El agua le corrió por la nariz hasta los labios. Una gota golpeó su ojo, nublándolo. Otra le estalló en la barbilla.
La lluvia. Fresca, dulce y tranquila, caía desde lo alto del cielo, como un elixir mágico que sabía a encantamientos y estrellas y aire, arrastrando un polvo de especias, y moviéndose como raro jerez liviano sobre su lengua.
Lluvia. Se incorporó. Dejó caer la manta y su manchada camisa azul, mientras la lluvia arreciaba en gotas más sólidas. El fuego parecía un animal invisible danzando sobre él, pisoteándolo, hasta convertirlo en un furioso humo. La lluvia caía. La gran tapa negra del cielo se dividió en seis trozos de azul pulverizado, como un maravilloso esmalte fracturado, y se precipitó a Tierra. Él observó diez mil millones de cristales de lluvia, titubeando lo bastante como para ser fotografiados por la descarga eléctrica. Luego obscuridad y agua.
Estaba empapado hasta la piel, pero mantenía su rostro hacia arriba y dejó al agua golpear sus párpados, riendo. Aplaudió y se incorporó y dio una vuelta por el pequeño campamento, y era la una de la mañana.
Llovió sin cesar durante dos horas. Aparecieron las estrellas, frescamente lavadas y más claras que nunca.
Cambiando sus ropas por una muda seca que sacó desde una bolsa de celofán, el señor Benjamin Driscoll se tendió y felizmente se durmió.
El Sol se elevó lentamente entre las colinas. Se extendió pacíficamente sobre la Tierra y despertó al señor Driscoll donde él descansaba.
Esperó por un momento antes de levantarse. Había trabajado y esperado ese momento durante un mes largo y caluroso, y ahora, incorporándose, se volvió y encaró la dirección de donde él había venido.
Era una mañana verde. Tan lejos como él pudo ver, los árboles se erguían contra el cielo. No un árbol, ni dos, ni una docena, sino los miles que él había plantado en semillas y retoños. Y no pequeños árboles, no, ni arbolillos, ni pequeños brotes tiernos, sino grandes árboles, árboles tan altos como diez hombres, verdes y verdes e inmensos y macizos, árboles de resplandecientes hojas metálicas, árboles susurrantes, árboles alineados sobre las colinas, limoneros, secoyas y mimosas y robles y olmos, cerezos, arces, manzanos, naranjos, eucaliptos, estimulados por una tumultuosa lluvia, sustentados por el extraño y mágico suelo, e invariablemente hacia donde él miraba, echando nuevas ramas, nuevos y abiertos brotes.
?¡Imposible! ?exclamó el señor Benjamin Driscoll.
Pero el valle y la mañana eran verdes. ¡Y el aire! De todas partes, como una corriente móvil, como un río de las montañas, llegaba el nuevo aire, el oxígeno soplando de los verdes árboles. Se lo podía ver brillando en las alturas en oleadas de cristal. Oxígeno, fresco, puro y verde, el frío oxígeno que transformaba el valle en un delta fluvial. En un momento las puertas en el pueblo se abrirían de par en par, la gente se precipitaría en el milagro nuevo del oxígeno, aspirándolo en bocanadas, con las mejillas rosadas, narices frías, pulmones revividos, corazones agitados, y cuerpos rendidos animados ahora en pasos de baile.
El señor Benjamin Driscoll aspiró una profunda bocanada de húmedo aire verde y se desmayó. Antes que despertara nuevamente, otros cinco mil nuevos árboles habían subido hacia el amarillo Sol.

Edición electrónica de Arácnido
Revisión de  urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

Margaritas

Margaritas
Fredric Brown
Daisies, © 1954 (Angels and spaceships, SF Book Club, E. P. Dutton). Traducción de Kyo.

El doctor Michaelson estaba enseñando a su mujer, cuyo nombre era señora Michaelson, su combinación de laboratorio e invernadero. Era la primera vez que ella iba allí en muchos meses y se había añadido un poco más de equipamiento.
?¿Entonces hablabas en serio, John ?le preguntó ella finalmente?, cuando me dijiste que estabas experimentando en la comunicación con flores? Creí que estabas bromeando.
?No del todo ?dijo el doctor Michaelson?. Al contrario de lo que cree la gente, las flores tienen un cierto grado de inteligencia.
?¡Pero seguramente no pueden hablar!
?No como hablamos nosotros. Pero contrariamente a lo que la gente piensa, se comunican. Telepáticamente, eso sí, y en imágenes pensadas más que las palabras.
?Entre ellas quizás, pero seguramente…
?Contrariamente a lo que la gente piensa, querida, incluso la comunicación humano-floral es posible, aunque hasta ahora sólo he podido establecer comunicación en una dirección. Es decir, puedo captar sus pensamientos, pero no enviarles mensajes desde mi mente a la suya.
?Pero… ¿cómo funciona, John?
?Contrariamente a lo que la gente piensa ?dijo su marido?, los pensamientos, tanto humanos como florales, son ondas electromagnéticas que pueden ser… Espera, será más fácil si te lo muestro, cariño.
Llamó a su ayudante que estaba trabajando al otro lado de la habitación:
?Señorita Wilson, ¿podría traer el comunicador?
La señorita Wilson trajo el comunicador. Era una cinta para la cabeza de la que salía un cable que llegaba a una barra delgada con un asa aislada. El doctor Michaelson puso la cinta alrededor de la cabeza de su esposa y la barra en su mano.
?Es muy simple de usar ?le dijo?. Sujeta la barra cerca de la flor y actuará como una antena que recogerá sus pensamientos. Y así veras, que contrariamente a lo que la gente piensa…
Pero la señora Michaelson no estaba escuchando a su marido. Estaba sujetando la barra cerca de un macizo de margaritas en el alféizar. Después de un momento soltó la barra y cogió un pequeño revolver de su bolso. Disparó primero a su marido y después a su ayudante, la señorita Willson.
Contrariamente a lo que la gente piensa, las margaritas hablan.

Traducción y edición digital de Kyo
Revisión de  urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

Introduccion al "herbario" de cuentos verdes de ciencia ficcion

Presentación

Así como compilé un bestiario de ciencia ficción, siquiera por una cuestión de completitud tenía que compilar un ?herbario?. Como ?herbario? no me suena bien va lo de ?cuentos verdes?, que a su vez es algo ambiguo…

Algunos comentarios:
En ?Los colmillos de los árboles? Silverberg describe las plantas alienígenas más memorables del compilado, pero lamentablemente el cuento se malogra por lo innecesariamente macabro. Los vegetales más originales, en cambio, son sin duda los Oscar de ?Lotófagos? de Stanley Weinbaum. Y entre lo mejor de la selección: ?Híbrido? de Keith Laumer y ?Regresa cazador?, bello relato de Richard McKenna.
Mención aparte para las bellas plantas venusinas que nos describe Leigh Brackett en ?Terror en el espacio? y ?Los venusianos evanescentes?. Y siguiendo con los grandes maestros de la scifi, debe leerse ?Simbiótica? de Eric Frank Russell con las aventuras de los muchachos del Marathon en un planeta predominantemente vegetal y hostil. En ?El armonizador?, A. E. van Vogt nos cuenta la historia del árbol de la paz. Ian Williamson por su parte nos describe el planeta de las ?Plantas químicas?.
Fredric Brown nos dice que, contrariamente a lo que la gente piensa, ?Las margaritas? hablan. Y ?La máquina del sonido? de Roald Dahl nos permite escuchar los gritos de flores y de árboles. Respecto a lo que puede decirnos una planta de interior hay que leer ?El judío errante? de Thomas M. Dish.
?Wood?stown? de Alphonse Daudet introduce el concepto del ser bosque, que se desarrolla en ?Proceso? de van Vogt, y que retoma luego, con más vuelo y sutileza, Ursula K. Le Guin en ?Más vasto que los imperios y más lento?. En clave de fantasía es muy grata la lectura de ?La mujer del bosque? de Abraham Merritt. Para una introducción al pensamiento vegetal debe leerse ?Flautistas en el bosque? de Dick.
El gran maestro Clark Ashton Smith en ?Siembra de Marte?, un cuento memorable y maravilloso, nos describe la entidad planetaria de Marte, la utopía que funda con sus ?fieles? en Venus, y la siembra que realiza en la Tierra. De imperdible lectura.
En ?Época de siembra? Adams y Nightingale hacen un buen uso, no obstante lo previsible, del procedimiento utilizado por algunas especies de orquídeas para alcanzar la fecundación cruzada. Y hablando de fecundación, Robert F. Young en ?Las arenas azules de la Tierra?, con un toque de humor y rizando el rizo por todos lados, nos explica como fecundar los árboles de cerveza. También en clave humorística tenemos a ?Luana? de Gilbert Thomas.
Y hablando de orquídeas, tenemos, de la mano de los clásicos: ?La floración de la extraña orquídea? de H. G. Wells, y ?La orquídea indecisa? de Arthur C. Clarke.
Asimov en ?Carne de su carne, sangre de su sangre? nos recuerda que a las plantas hay que fertilizarlas adecuadamente… ?La mañana verde? de Ray Bradbury nos da cuenta de la fertilidad del extraño y mágico suelo marciano. Y ya que estamos con árboles marcianos hay que leer de H. G. Oesterheld ?El árbol de la buena muerte?.
Howard Fast en ?Semilla pragmática? nos da una visión apocalíptica de nuestro planeta, en la línea de ?Pomada azul? de Sturgeon (en el Bestiario).
?Mujer de pie? del japonés Yasutaka Tsutsui es un notable relato de características kafkianas que presenta un futuro totalitario absolutamente terrorífico; y aportando verdor a las megaurbes del futuro, los patéticos hombrárboles.
Y ya que estamos en autores no norteamericanos, el cuento de Efremov ?La bahía de las corrientes irisadas? tiene un “sabor” muy particular; parece haber sido escrito en plena segunda guerra mundial, por las referencias a los fascitas alemanes y a los aviones “Messerchmitt”. La traducción es también extraña como de alguien que aprendió castellano por correo. De cualquier modo la antigua ciencia ficción soviética siempre ha sido para mí una especie de bálsamo mental con su idealismo, su visión positiva, su buscar lo bueno dentro de lo malo, y su confianza en que la humanidad en su conjunto alcanzará grandes logros espirituales y materiales. Al contrario la ciencia ficción ?normal?, mayoritariamente norteamericana generalmente presenta grandes logros materiales, de acceso restringido a grupos de poder, y paralelamente una gran involución ética y espiritual. Otro autor soviético, Victor Saparin, nos describe en ?Las botas mágicas? una posible aplicación de los microorganismos vegetales.
Hans Christian Andersen nos trae un cuento navideño: ?El último sueño del viejo roble?. Miriam Allen DeFord nos cuenta casi en tono de leyenda la historia de ?La hija del árbol?. ?Cad godeau?, anónimo, nos describe ?La batalla de los árboles?. Borges & Guerrero nos traen desde ?El libro de los seres imaginarios?, información sobre el borametz, la planta-cordero que devoran los lobos, y sobre la inefable mandrágora. Juan-Jacobo Bajarlía nos presenta ?Los árboles parlantes?. J. G. Ballard nos ofrece la fantasía surrealista de ?El jardín del tiempo?.
En la vertiente fantástica, y va con particular recomendación, ?La mansión de las rosas?, una hermosa novelette de Thomas Burnett Swann con abundantes referencias a las mandrágoras. Hay que mencionar que se publicó una versión ampliada de la novelette que aun no ha sido digitalizada, pero con el tiempo llegará… Clark Ashton Smith en su ciclo de Averoigne también escribió un relato sobre ?Las mandrágoras?
En ?Retoños?, y en una visión de notable fantasía Luisa Axpe nos presenta la casa que brota y crece a medida que se riega… De Ana María Matute otra bella fantasía: ?El árbol de oro?.
En lo que hace a visiones emparentadas más con el terror que con la scifi, tenemos que mencionar los magníficos relatos: ?La parra? de Kit Reed, ?Tierra extraña? de Edmond Hamilton, ?El pecado de Hyacinth Peuch? de Eric Frank Russell, ?Los comedores de lotos? de Fritz Leiber, ?El roble de Bill? de Brian Lumley, ?Próxima Centauri? de Murray Leinster. De H. P. Lovecraft van dos relatos: ?El árbol? y ?El árbol de la colina?. De Clark Ashton Smith ?El jardín de Adompha?, una fantasía del ciclo de Zothique.
En esta versión agrego (se me había pasado por alto en versiones anteriores) el ya legendario relato de Macedonio Fernández ?El zapallo que se hizo Cosmos?, texto notable si los hay.

El listado completo de los cuentos incluidos, junto con autores y digitalizadores es el siguiente:
Adams&Nightingale-Época de siembra [Umbriel]
Andersen-El último sueño del viejo roble [?]
Anónimo-Cad godeau [Bizien]
Asimov-Carne de su carne, sangre de su sangre [urijenny]
Axpe-Retoños [Sadrac]
Bajarlía-Los árboles parlantes [urijenny]
Ballard-El jardín del tiempo [diaspar?]
Borges & Guerrero-El Borametz-La Mandrágora [?]
Brackett-Los venusianos evanescentes [Umbriel]
Brackett-Terror en el espacio [Questor]
Bradbury-La mañana verde [Arácnido]
Brown-Margaritas [Kyo]
Clarke-La orquídea indecisa [Dabarro]
Dahl-La máquina del sonido [urijenny]
Daudet-Wood?stown [liBROdot.com]
DeFord-La hija del árbol [diaspar?]
Dick-Flautistas en el bosque [Daniel sierras de Córdoba]
Dish-El judío errante [Questor]
Efrémov-La bahía de las corrientes irisadas [urijenny]
Fast-La semilla pragmática [Sadrac]
FernándezM-El zapallo que se hizo Cosmos [urijenny]
Hamilton-Tierra extraña [urijenny]
Laumer-Híbrido [Tecum]
LeGuin-Más vasto que los imperios y más lento [Bizien]
Leiber-Los comedores de lotos [Umbriel]
Leinster-Próxima Centauri [diaspar]
Lovecraft-El árbol [?]
Lovecraft-El árbol de la colina [?]
Lumley-El roble de Bill [J.M.C.]
Matute-El árbol de oro [Bizien]
McKenna-Regresa cazador [Abogada Soltera & Jota]
Merritt-La mujer del bosque [clv]
Oesterheld-El árbol de la buena muerte [Sadrac]
Reed-La parra [urijenny]
Russell-El pecado de Hyacinth Peuch [diaspar]
Russell-Simbiótica [Umbriel]
Saparin-Las botas mágicas [Tecum]
Silverberg-Los colmillos de los árboles [Palazón-Kitiara333]
Smith C. A.-El jardín de Adompha [J. Ruiz]
Smith C. A.-Las mandrágoras [Enric Navarro & eldritchdark.com]
Smith C. A. & Johnson E. M.-Siembra de Marte [Conan]
Swann-La mansión de las rosas [diaspar?]
Thomas-Luana [Arácnido]
Tsutsui-Mujer de pie [urijenny]
vanVogt-El armonizador [urijenny]
vanVogt-Proceso [Sadrac]
Weinbaum-Lotófagos [pinypon2k1]
Wells-La floración de la extraña orquídea [liBROdot.com]
WilliamsonI-Plantas químicas [diaspar]
Young-Las arenas azules de la Tierra [urijenny]

Dado que los relatos de Wells y Clarke están muy relacionados y es conveniente leerlos secuencialmente los he incluido en un solo archivo. Todos los demás relatos van como archivos .rtf independientes, salvo los que contienen ilustraciones que van como .doc.

Entre las novelas relativas a las tremendas plantas alienígenas y a la devastación que provocan sobre la Tierra, cabe citar a: ?Los genocidas? de Thomas M. Dish, simple, entretenida, sin mayores pretensiones literarias, y, tal vez por ello, un texto excepcionalmente agradable y memorable (y que recomiendo con particular énfasis); y ?El día de los trífidos? de John Wyndham, que figura entre las cien mejores de David Pringle, y que cito de oídas puesto que no la he leído. Hay que citar también ?El crisol del tiempo? de John Bunner, y ?Más verde de lo que creéis? de Ward Moore.
Bueno para terminar va el deseo de que tengan una grata lectura de estos relatos.

urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

La hija del árbol

La hija del árbol
Miriam Allen DeFord
The daughter of the tree, © 1951. Traducción de Mireia Bofill en Extraños compañeros de cama, selección de Thomas N. Scortia, Super Ficción 44, Ediciones Martínez Roca S. A., 1979.

Si tuviera que jugarme algo en una apuesta sobre cuál de los dos acabará hundiéndose antes, si el Peñón de Gibraltar o Miriam Allen DeFord, escogería el primero y comenzaría a buscar acomodo para los monos de Gibraltar en el zoológico de San Francisco. Con sus ochenta años bien cumplidos, Miriam puede más que cualquier pareja de nosotros en las reuniones mensuales que celebra Mystery Writers of America en Rocca’s de San Francisco. Se me abre la boca sólo de pensar lo que debió ser cuando estaba en la flor de la vida…, très formidable, como dirían los franceses. Si después de estas palabras se la imaginan como una grande dame de imponente figura que abruma a la gente con su aire de tener un contacto directo con el arcángel Gabriel por lo menos, descarten esa idea. Es una mujer menuda, casi recatada, de voz suave y con un excitante sentido del humor.
En una carta me dice que a este relato, el primero que publicó en «The Magazine of Fantasy and Science Fiction», le siguió luego otro cuento sobre un árbol Gathi, a raíz del cual Tony Boucher la acusó de dendrofilia. Ella reconoce francamente esta peculiar afición. «Hasta el punto en que el muchacho se encuentra con el indio ?escribe?, todo esto le sucedió a mi marido, exactamente tal y como está escrito, cuando se trasladó de Baltimore a Seattle en su primera juventud.»

Lo que más le oprimía a Lee era el silencio. En su casa, en Boston, había aprendido de memoria a Longfellow: «El murmullo de los pinos y los abetos». Allí había pinos y abetos del Canadá, aunque la mayor parte del bosque estaba formado por abetos corrientes y, sobre todo, abetos rojos; pero ninguno de ellos murmuraba. No había pájaros cantores y sólo de tarde en tarde escuchaba la llamada de una tórtola. Incluso echaba de menos el rumor del río Snoqualmie que tanto le había importunado la primera noche. El muchacho depositó en el suelo el hornillo de latón y las sartenes y latas, para dar un descanso a sus hombros, y bebió un largo trago de su botella de agua. Pensó que, tal vez, a fin de cuentas, había sido una insensatez no intentar cruzar ese puente a medio terminar.
Pero jamás hubiera podido cruzarlo. Todas las bromas y burlas de Watt sobre los cobardes jovenzuelos de dieciocho años incapaces de mantener el equilibrio sólo sirvieron para encenderle la cara; no pudieron obligarle a poner un pie sobre ese artilugio tambaleante con los enormes boquetes que se abrían en medio. Nunca había soportado la altura. Cierta vez, cuando era un renacuajo y su padre le llevó a Vermont en verano, descubrió que se mareaba y sentía náuseas cuando no tenía un terreno sólido bajo los pies. Se las arreglaría muy bien solo. Tenía un hacha para cortar la maleza si los matorrales y los rododendros se hacían demasiado espesos. Si se topaba con un puma, o incluso con un oso, lo más probable era que éste retrocediera apresuradamente al verle. No tenía miedo. Sólo que todo estaba tan terriblemente callado.
Para darse ánimos, empezó a silbar McGinty bajó al fondo del mar, una cancioncilla en boga en Boston dos años atrás, en 1890, antes de que falleciera su padre y él se encontrara a la deriva. Entonces le había parecido un sueño romántico y aventurero dejar la escuela y dedicar todo lo que le restaba del dinero del seguro para viajar a Seattle con Watt Gibson. Sólo hacía un año que Washington se había convertido en un estado; Watt, con los cinco años que le aventajaba en edad, y un tío que llevaba una década en el Oeste y lo había mandado a buscar, estaba lleno de optimistas historias de futuras perspectivas en las que se mezclaban inextricablemente el dinero y la excitación. Pero los muchachos llegaron a la zaga de un gran incendio que dejó a la pequeña ciudad postrada, con sólo dos edificios comerciales en pie; la gente vivía en tiendas de campaña y había poco trabajo, excepto para carpinteros y albañiles con experiencia. Entonces el tío de Watt se unió a una partida que iba a colonizar el territorio al este del Snoqualmie; y Lee, que había salido raras veces de la ciudad, agradeció abrumado la oportunidad de acompañarles como cocinero.
No había contado con que tendría que recorrer varios kilómetros a lo largo de una quebrada, completamente solo, hasta que ésta se hiciera lo suficientemente estrecha para poder cruzarla, y luego recorrer el camino de regreso hasta el campamento.
Bueno, si los otros eran capaces de sobrevivir todo ese tiempo sin tocino ni tortas, él lograría sobrevivir hasta volver a encontrarlos. Se agachó v volvió a cargarse al hombro la pesada mochila con los utensilios de cocina. No se oyó el menor crujido de ramitas ni un susurro de aire; pero cuando dio un rodeo en torno al enorme tronco de un abeto se encontró cara a cara con un hombre que le aguardaba calladamente.
Lee dio un salto y las latas tintinearon, pero el hombre continuó quieto, esperando. Era un indio, probablemente uno de los indios Flathead de la plantación de lúpulo, pues a veces salían al bosque en busca de bayas, perdices y antílopes durante la temporada baja.
?Klahowya sikhs ?dijo tímidamente Lee.
Todas esas tribus indias de orígenes y lenguas diversas hablaban chinook, la jerga comercial; y también lo hablaban todos los hombres blancos que tenían tratos con ellos; y Lee se había entretenido casi dos años en aprender a hablar con fluidez la curiosa mezcla de inglés, francés, castellano y diversos dialectos indios.
?Klahowya ?respondió tajantemente el desconocido.
Lee no hablaba con tanta facilidad como había imaginado. El impasible rostro moreno que tenía delante casi se sonrió mientras él le explicaba trabajosamente hacia dónde se dirigía, eludiendo los motivos del viaje. Esos tipos eran capaces de cruzar el Gran Cañón sobre un tablón; su delicado sentido del equilibrio los emparentaba con los gatos.
Se enteró de que estaba casi a ocho kilómetros del final de la quebrada. Ya había recorrido al menos cinco, de modo que le quedarían trece kilómetros de regreso por el otro lado. Todavía estaba poco avanzado el día; con suerte, podría reunirse con su grupo al atardecer. Si tenían hambre, podían encender una hoguera, calentar café y comer algunas galletas que habían sobrado del desayuno, pero él, a pesar de llevar el hornillo y todos los utensilios de cocina, no llevaba consigo nada comestible, aparte de la sal y la levadura y una pequeña y solitaria lata de harina. Se sintió bastante aliviado cuando el indio inquirió:
?¿Mesika olo?
Sí, tenía mucha hambre, como sólo puede tenerla un muchacho de dieciocho años en perfecto estado de salud. El indio tenía una bolsa llena de bayas y dos tórtolas. Celebrarían un festín.
Gravemente, sin hablar demasiado, montaron el hornillo y recogieron astillas. Lee preparó unas tortas mientras el indio desplumaba y limpiaba las tórtolas. Se pusieron a comer con buen apetito.
Inesperadamente, las matas de rododendro a su derecha se abrieron sin apenas un sonido y apareció una muchacha. El indio la saludó cortésmente con la cabeza y la muchacha esbozó una tímida sonrisa, pero no pronunció ni una palabra. Lee permaneció sentado con la boca entreabierta, la mirada fija en ella, con un palillo olvidado entre los dedos. La muchacha se dejó caer en el suelo a su lado, con un gracioso gesto, y se dispuso a compartir la comida, sin haber pronunciado aún una palabra.
En medio de su sorpresa, el muchacho se olvidó de la comida. Miró inquisitivamente a su compañero, pero el indio se limitó a menear muy levemente la cabeza y continuó impasible su comida. La muchacha no emitió ni un sonido y no pareció advertir las miradas subrepticias de Lee.
Iba vestida como una india, pero resultaba evidente que era de pura sangre blanca. Su cabello, que llevaba peinado en dos largas trenzas, era de un suave color castaño, y cuando alargó el brazo para coger una torta, Lee pudo distinguir la blancura de su piel, más allá de la parte bronceada. Una vez le miró de lleno, con una curiosidad equivalente a la suya, y Lee vio que tenía los ojos azul obscuro.
Luego se levantó tan sigilosamente como había aparecido, alzó un momento las manos por encima de la cabeza, en señal de saludo y aparentemente también de agradecimiento, y se alejó en silencio. Sus pasos, con los mocasines de ante, no produjeron ni un sonido, y aunque Lee se levantó de un salto y corrió algunos pasos tras ella, no pudo descubrirla por ningún lado.
Cuando volvió, el indio estaba recogiendo las cosas y enterrando los restos de su comida. Parecía divertido, pero esperó que fuera Lee quien hablara.
?¿Quién es? ?preguntó el muchacho en chinook.
El indio estaba atareado encendiendo su pipa. Cuando consiguió que tirara bien, respondió pausadamente, en la misma lengua, aunque sin ir al grano.
?Ella no puede oír ?dijo?, pero si hablamos de ella cuando ella está aquí, ella lo sabe y se pone triste.
?¿Pero quién es?
?Okustie stick?dijo el indio y siguió chupando su pipa en silencio.
?La hija del árbol.
Lee se ruborizó: ¿se estaría burlando de él ese hombre? Pero el indio le miró con amodorrada amabilidad.
Un poco ofendido, el muchacho terminó de empacar sus cosas y se dispuso a continuar su viaje. Sentía los ojos del hombre fijos en él, pero no miró hacia donde se encontraba el indio. Cuando hubo terminado su tarea, dijo secamente:
?Gracias por la comida. Adiós, amigo.
Y le volvió la espalda para marcharse.
El indio soltó una risita.
?Espera. Te lo contaré ?se ofreció secamente.
Eso era justo lo que deseaba Lee. De inmediato dejó caer la mochila y se instaló en cuclillas al lado del hombre, con la espalda apoyada en el gran abeto.
Se produjo un cómodo silencio. Luego el indio, fumando tranquilamente al tiempo que emitía las palabras guturales de la extraña lengua, dijo:
?Hace mucho tiempo yo vine aquí, yo era un niño. Hace mucho tiempo mi padre venía a veces aquí a cazar. A veces hacía un puchero, quería mucha comida para dar a sus amigos. Entonces vivíamos a la orilla del lago, pescábamos. A veces buscábamos carne de oso, carne de antílope, mi padre recorría muchos kilómetros, cazando aquí en los bosques. Yo era un niño, él me trajo, me enseñó a cazar. Y mucho antes de que ella naciera, yo conocí a la madre de esa chica.
?Es una chica blanca, ¿verdad? ?se le escapó a Lee.
El indio arrugó el ceño; había interrumpido el orden de su relato.
?Su madre mujer blanca.
?Pero parece toda blanca. ¿Su padre es un indio?
?Su padre no indio, no hombre blanco. Escucha, no hables. Yo te lo contaré.
Lee se acomodó. Los hombres podían esperar; estarían bastante cómodos y contentos de gozar de un merecido descanso tras varios días de marcar senderos y talar matorrales. El indio levantó una mano admonitoria para atajar nuevas interrupciones y continuó:
?Esa chica más joven que tú. Esto que te diré sucedió cuando yo ya hombre. Pero empezó hace mucho tiempo, cuando mi padre me trajo aquí de niño, me enseñó a cazar. Cuando yo mayor, vine solo. Entonces un hombre blanco y una mujer blanca vinieron de muy lejos, a vivir aquí en los bosques.
»Pronto tal vez muchos hombres blancos vivirán aquí, talarán árboles, construirán casas. Tú vienes hoy, mañana muchos más. Algún día no habrá bosques, todo casas, todo hombres blancos. Pero entonces él primer hombre blanco que vino aquí, y trajo una mujer con él.
»Por qué vino, no lo sé, mi padre no lo sabía. Tal vez hizo algo malo, escapó. Tal vez estaba enfermo, quería curarse en el bosque. Tú vienes aquí enfermo, los árboles te curan. Pero no, era un hombre fuerte, trabajaba mucho, no estaba enfermo. Tal vez estaba loco, no sé. Pero vino, y trajo una mujer.
»Primero acampó, luego taló árboles y construyó una casa. Ahora la casa no está, los árboles crecieron sobre ella. Pero él la construyó y cazó para comer, y la mujer recogía bayas. Ella limpió el terreno e intentó plantar maíz, no pudo. No era mujer para trabajar duro. Cuando la vi noté en sus manos que no era mujer para trabajar.
»El hombre trabajaba mucho, todo el día, talaba árboles construyó una cerca, cazaba. Al final del día, estaba muy cansado; comía, se acostaba, dormía. En la mañana se levantaba salía a trabajar. Nunca hablaba mucho; siempre mucho silencio para la mujer.
Lee pensó en el silencio del bosque, que tanto le había oprimido. Imaginó a una mujer blanca de buena familia condenada a vivir para siempre en ese bosque y se estremeció.
?Cada año, el hombre blanco se marchaba, volvía a su tierra. Tal vez no había hecho cosas malas, tal vez sólo vino porque estaba loco. Pero no estaba tan loco, cuidaba muy bien de todo. Estuvo fuera tal vez dos lunas.
»Esos días, nuestra gente tenía esclavos. Él acudía a nosotros, pedía un esclavo para ayudarle a llevar una carga. Volvía, devolvía el esclavo, nos dejaba regalos. A veces nosotros queríamos cosas, se lo decíamos, las compraba, nos las traía. Siempre volvía muy cargado, todo lo que necesitaba hasta el próximo año. Cuando estaba fuera, dejaba la mujer sola en la casa.
»Un día vino así a nuestro lugar, habló con mi padre. Dijo:
?Mi mujer ha escapado.
»Mi padre dijo:
?¿La has encontrado?
»El dijo:
?Oh, sí, la he encontrado. Ha escapado dos veces, tres veces, tal vez está loca, creo.
»Mi padre dijo:
?¿Qué hizo para que creas que está loca?
»El hombre blanco dijo:
?Cuando la encontré, hacía el amor con un abeto. Abrazaba al abeto, le decía como a un hombre: “Tú me entiendes, tú me quieres”.
»El hombre blanco rió, pero mi padre meneó la cabeza. Sabía que los árboles son buena medicina para los enfermos, mala medicina para los locos. ¿Ves este árbol grande?
Lee asintió con un movimiento de cabeza. El indio rozó levemente el enorme abeto contra el cual estaban apoyados.
?Los árboles quieren a la gente, algunos árboles antes fueron gente, hace mucho tiempo. Este árbol, oye todo lo que decimos. No puede responder, pero oye.
Parecía absurdo, pero a pesar suyo Lee sintió un leve estremecimiento en la espina dorsal. El indio continuó gravemente:
?Tú tratas mal a la mujer, la dejas sola, a lo mejor le pegas, a lo mejor le dices malas palabras, algún árbol lo oye. Ese árbol, llama a esa mujer, se la quita al hombre, tal vez se hace su marido.
Eso era excesivo. El muchacho se rió. El indio arrugó el ceño.
?Tú no rías. El hombre blanco se rió cuando mi padre se lo dijo. Él dijo: «Tú también estás loco, como mi mujer». Él se fue.
»Entre tanto, yo me hice hombre mayor, iba a cazar solo al bosque. Mi padre era hombre viejo, no iba conmigo. Nos hicimos pobres, dejamos nuestra casa, no más esclavos, salimos a trabajar para los hombres blancos en la plantación de lúpulo. A veces, como ahora, recordaba cuando era niño. Volvía a los bosques, vivía aquí dos, tres días. Recordaba los buenos tiempos que viví, olvidaba los malos tiempos. Cada vez que venía, cuando era un hombre joven, veía a la mujer blanca aquí. A veces su marido estaba trabajando en el bosque, a veces estaba lejos, en su tierra. Pero siempre lo mismo: ella paseaba por el bosque, sin miedo a nada. Los jaguares, los osos, los antílopes: ella hablaba con esos animales, nunca le hacían daño. A veces cantaba. Una vez la vi, hace mucho tiempo. Alguien mató una hembra de antílope, tal vez su hombre, tal vez un indio. La pequeña cría estaba sola, tal vez tenía un mes. Ella cogió la cría en los brazos como un niño, le cantó. Yo lo vi.
»Siempre hablaba también con los árboles, como si fueran gente. Eso es malo, hablar con los árboles. Los árboles escuchan, no pueden hablar, pero oyen. Un gran abeto ?grande como éste? la vi abrazarlo, besar la corteza, hablarle al árbol. Lo vi y corrí. No quería que el árbol me castigara porque lo vi con la mujer. Tú no me crees, pero yo te lo digo.
»Luego vino un largo invierno, muy malo. Mucha nieve, muy profunda. No podía trabajar; le dije al patrón; me voy a los bosques, tal vez cace algo para comer, tal vez no. Hace diecisiete años, tal vez.
Diecisiete años. Juzgando su edad lo mejor que pudo, Lee pensó que la muchacha debía tener unos dieciséis.
?Traté de cazar todo el día; ni una perdiz, ni una tórtola, ni un antílope, nada. La nieve caía fuerte, hacía mucho frío. Me acerqué a la casa del hombre blanco. Ahora la casa ya no está, los árboles han crecido sobre ella. Pero entonces la casa estaba allí. Oí voces dentro. Yo no quería entrar, tal vez se peleaban, no querían que un extraño oyese. Esperé fuera, escuché. La mujer blanca estaba muy enfadada, lloraba, decía: «¡Deja esa hacha!» Yo miré por la ventana: sólo había un papel en la ventana y el viento había rasgado una esquina, de modo que pude ver. El hombre blanco tenía un hacha, ella le sujetaba el brazo, muy fuerte.
»Él dijo: «¡Voy a acabar con esta tontería! ¡Acabaré con esto!» Pensé que tal vez iba a hacerle daño, tenía que impedirlo, pero ella le soltó el brazo, corrió a la puerta y él no la tocó. Él dijo: “¿Qué haces? ¿Adónde vas?” Entonces la oí hablar con la voz de otra mujer, no su voz; si no lo veo, pienso que hay otra mujer en la habitación. Aguarda. Recuerdo lo que dijo ella, las palabras. No chinook, las diré en King Chautch le lang.
El indio hizo una pausa, como si intentara recordar exactamente; luego muy despacio, en su voz gutural, dijo en inglés: «He terminado contigo. Me voy a un lugar donde me quieran».
El sonido de esas lentas palabras mal pronunciadas, en la monótona voz del indio, recorrió con un estremecimiento de horror las venas de Lee. Era un muchacho con imaginación ?otro sin imaginación, como Watt Gibson, habría cruzado ese puente colgante sin pensárselo dos veces?, y de pronto oyó a esa criatura perdida, desolada, agotada hasta la locura, pronunciando su terrible desafío. En el silencio que siguió, imaginó por un momento que podía oír los ligeros pasos de la muchacha. Pero cuando se volvió bruscamente, no había nadie a la vista.
?Entonces ?siguió diciendo el indio con deliberación?, porque habló con la voz de otra mujer, supe que estaba loca de verdad. Prefería quedarme afuera en la nieve que estar con una mujer loca. No escuché más, me fui.
?¿Y no averiguaste qué pasó? ?preguntó Lee?. Él debía tener intención de cortar ese gran árbol que tanto le gustaba a ella, ¿no crees? Y ella intentaba impedírselo. ¿Lo cortó?
Con gran turbación, de pronto advirtió que había hablado en inglés, lengua de la cual el indio probablemente no conocía más que un par de palabras. Pero el hombre no hizo caso de su interrupción y siguió hablando plácidamente.
?Me alejé, pero no encontré nada que cazar. Llegó la noche, seguía nevando. Yo tenía mucho frío, no podía hacer fuego en la nieve. No tenía más remedio que pasar la noche con la mujer loca. Volví a la casa del hombre blanco. No había luz. Me acerqué a la puerta para llamar, ni un ruido en la casa. Tropecé junto a la puerta, me agaché. Cogí una rama de árbol, estaba tirada en el umbral. Sacudí la nieve de la rama, la palpé. Era una rama de abeto. Entonces supe.
?¿Supiste qué?
?Supe que el abeto había venido a buscar a la mujer. Supe que la había oído, había venido a buscarla. Supe otra cosa. Abrí la puerta. El hombre blanco estaba tendido en el suelo. Encendí la luz, pero ya lo sabía antes de mirar. Estaba muerto.
?¿Muerto?
?Llevaba cuatro, cinco horas muerto. Miré para ver alguna señal de cómo había muerto, pero lo sabía antes de mirar. La nuca estaba rota.
?¿Con el hacha?
?El hacha estaba en un rincón, estaba limpia. El árbol había oído; había venido a buscar a su mujer, lo había matado.
?¡Pero, por Dios! ?explotó Lee. Se contuvo y continuó pausadamente en chinook?: Un árbol no puede entrar en una casa y matar a un hombre.
?El espíritu del árbol puede entrar en cualquier parte, matar a cualquiera. Escúchame.
»Regresé al rancho, pero volví aquí. Antes del verano vi a la mujer blanca, tal vez dos, tres veces. No lo dije a nadie, ni a mi padre, ni a nadie. No quería que el árbol viniera, me castigara. La primera vez que volví, la luna siguiente, la casa estaba limpia, el cuerpo muerto enterrado. Una mujer puede hacer eso, trabaja lentamente sobre la tierra helada. Hizo mucho frío todo el tiempo, el cuerpo se conservó hasta que ella hubo terminado. Una vez volví, justo antes del verano. Vi a la mujer, ella dijo: «Vuelve cuando caiga la primera nieve». Yo dije: «Vendré».
»Cayó la primera nieve, le dije al patrón: no puedo trabajar, vine aquí, fui a la casa de la mujer blanca. Ahora era su casa, el hombre estaba muerto. Pero ella vivía casi todo el tiempo afuera, en el bosque, con el árbol. Entré en la casa, estaba muy enferma. Iba a morir. Tenía un bebé. Esa niña que has visto.
»Ella dijo: “Yo voy a morir, tú coge la niña, dásela a tu mujer”. Yo dije: “Me quedaré. Esperaré”. Me quedé, tal vez dos, tres días, le di comida. Luego, ella murió. Cavé una fosa, la enterré. Luego, le llevé la niña a mi mujer.
»Era la hija del árbol. El árbol oye demasiado, por eso ella no puede oír, no puede hablar. Pero era una niña muy buena, muy tranquila. Vivió con nosotros, como nuestra hija. Muy bonita, muy buena, pero no podía hablar. Cuando fue una niña mayor, se escapó. Yo sabía dónde estaba. Vine aquí, la encontré, me la llevé. Ella se escapó una y otra vez.
»Ahora está todo el invierno en nuestro campamento. Ayuda a mi mujer, trabaja en el rancho, es muy buena chica. Pero cuando llega la primavera, se escapa, se queda aquí hasta la primera nieve. Ahora no la sigo, sé dónde está. Vengo aquí, a veces la veo, a veces no. Ella vive aquí, coge bayas, se lava en el río, duerme en el suelo. Está con su padre.
Instintivamente, Lee se apartó del abeto gigante contra el cual se había apoyado. El indio casi se sonrió.
?No este árbol. Yo no me apoyo en ese árbol. Ese árbol está muy escondido en el bosque. Si un hombre blanco corta algún día ese árbol, tal vez lo lamente. Tal vez el árbol le mate al caer.
?¡Todo lo que dices es imposible! ?exclamo Lee, en voz excesivamente alta. Luego cambió otra vez al chinook?: Ella es una muchacha mayor. ¿Estará segura en el bosque?
?Está segura ?dijo tristemente el indio?. Mi mujer vigila que esté segura en el campamento, su padre vigila que esté segura en el bosque. Yo pienso que tal vez nunca amará a un hombre. Sólo es medio como tú y como yo.
Lee le miró dubitativo. La muchacha era muy bonita.
El indio se levantó. Sin duda debía estar de regreso en la plantación, en Snoqualmie, al amanecer.
?Tú vuelve con tus amigos, tal vez esta noche. Esta noche hay luna llena, será fácil ?levantó una mano en señal de despedida?: Klahowya sikhs.
?Klahowya ?respondió Lee. Luego, cuando ya se había alejado algunos pasos y empezaba a preguntarse con el pulso acelerado si la muchacha no volvería a aparecer entre los matorrales cuando el hombre se perdiera de vista, le gritó?: No te creo. La mujer blanca mató al hombre. La niña era su hija.
«O la tuya», pensó para sus adentros.
El indio también se volvió y le sonrió con condescendencia. Había vivido con hombres blancos: sabía cómo funcionaba su mente.
?La niña no era su hija ?dijo sin pasión?. La niña no era mi hija, tampoco. Yo no toco una mujer que pertenece a un árbol. Tú eres un hombre, no un niño, no hables como un niño. Esa chica no es la hija de ningún hombre. Nació diez meses después de morir el hombre, cuando empezó a caer la nieve. Es hija del árbol.
Lee también sonrió y meneó obstinadamente la cabeza. El indio se encogió de hombros y dio media vuelta para marcharse. El muchacho le vio desaparecer entre los árboles; luego se ajustó la pesada mochila y empezó a avanzar por el sendero. Era cierto lo que le había dicho Watt; esos indios tenían mentalidad de niños. ¡Todas esas historias fantásticas!
Oyó un leve rumor a su izquierda, entre los matorrales. Lee levantó bruscamente la vista y alcanzó a divisar una larga cabellera castaña.
¡Ajá, se dijo, conque se ha fijado en mí! Tenía mucho tiempo; el día todavía era joven. Deliberadamente depositó la mochila en el suelo ató su pañuelo a una rama para señalar el lugar y se apartó del sendero.
Ella era más ligera que él y el bosque era terreno familiar para ella. Pero se mantuvo lo bastante próxima a su vista y a su oído para seguir atrayéndole. De pronto se detuvo, a menos de veinte metros de él; y sus ojos le miraban invitadores.
?¡Espera! ?le llamó Lee, olvidando que no podía oírle. No se oía ningún otro sonido; los árboles le rodeaban como solemnes guardianes. Echó a correr.
Se encontró ridículamente tendido sobre el duro suelo, con las rodillas lastimadas, la mano izquierda ensangrentada.
Se levantó dolorido. Vio tirada en el suelo la rama caída que le había hecho tropezar.
Se agachó y la recogió. Se la quedó mirando durante un largo minuto. De un vistazo comprobó que los árboles que le rodeaban eran abetos rojos, con algunos pinos.
La rama que tenía en la mano era de un abeto corriente.
La muchacha había desaparecido. Sólo había silencio a su alrededor.
Temblando bajo los cálidos rayos del Sol, Lee regresó cojeando al sendero. Se cargó la mochila a la espalda, tan rápidamente como pudo, y echó a andar rumbo al campamento. Sólo deseaba estar junto a Watt y los otros tan pronto como se lo permitieran sus presurosas piernas.

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