Respaldo de material de tanatología

Gibrán Khalil Gibrán: LA VOZ DEL MAESTRO

Gibrán Khalil Gibrán
LA VOZ DEL MAESTRO
(1959)

I

EL MAESTRO Y EL DISCÍPULO

1. VIAJE DEL MAESTRO A VENECIA

Y sucedió que el Discípulo vio al Maestro pasear en silen¬cio arriba y abajo del jardín, y en su pálido semblante mostrá¬banse señales de profunda .tristeza. El Discípulo saludó al Maestro en nombre de Alá y le preguntó cuál era la causa de su dolor. El Maestro hizo un ademán con el báculo y rogó al Discípulo que se sentase en la piedra junto al estanque de los peces. Así lo hizo el Discípulo, preparándose a escuchar la voz del Maestro.

Y éste dijo:

Quieres que te relate la tragedia que mi Memoria repite cada día y cada noche en el escenario de mi corazón. Estás cansado ya de mi prolongado silencio y del secreto que no te revelo, y te atribulas ante mis suspiros y -lamentaciones. Te dices a tí mismo: “Si el Maestro no me admite en el templo de sus tristezas, ¿cómo voy a poder penetrar jamás en la morada de sus afectos?”
Escucha mi historia… Préstame oído, pero no me compa¬dezcas, porque la piedad es parados débiles, y yo estoy fuerte todavía en medio de mi aflicción.
Desde los días de mi juventud me ha venido persiguiendo en el sueño y en la vigilia el fantasma de una extraña mujer. La veo cuando estoy a solas por la noche, sentada junto a mi lecho. En el silencio de la medianoche escucho, su dulce voz. Muchas veces, al cerrar los ojos, siento el tacto de sus suaves dedos en mis labios; y cuando abro los ojos, el miedo me invade y repentinamente empiezo a escuchar el susurro de los ecos de la Nada…
Frecuentemente me siento desorientado y me digo: “¿No será mi fantasía la que me hace dar vueltas hasta parecer que me pierdo entre las nubes? ¿No habré forjado yo desde lo más hondo de mis sueños una nueva divinidad de voz melo¬diosa y manos tibias? ¿He perdido acaso los sentidos y, en medio de mi locura, he creado esta cara y amada compañera? ¿Me he retirado de la sociedad de los hombres y del bullicio de la ciudad para poder estar a solas con el objeto de mi ado¬ración? ¿Habré cerrado los ojos y los oídos a las formas y rumores de la Vida, para poder admirarla mejor y escuchar su melodiosa voz?
Me pregunto a mí mismo muchas veces: “¿Soy un loco a quien le place estar solo, y que de los fantasmas de su soledad modela una compañera y esposa para su alma?”
Te hablo de una Esposa y te asombra el oír esta palabra. Pero, ¿cuántas veces nos desconcertamos ante una experien¬cia extraña que rechazamos como imposible, aunque su reali¬dad no puede borrarse de nuestra mente por mucho que lo intentemos?
Esta mujer de mis visiones ha sido en realidad mi esposa, y ha compartido conmigo los gozos y sinsabores de la vida. Cuando me despierto por la mañana, la veo reclinada sobre mi almohada, mirándome con ojos rutilantes de bondad y amor maternal. Está conmigo cuando planeo cualquier empresa y me ayuda a realizarla. Cuando me siento a comer, ella toma asiento junto a mí e intercambiamos ideas y pala¬bras. Al anochecer, está conmigo de nuevo y me dice:
-Llevamos mucho tiempo encerrados en este lugar. Salga¬mos a caminar por los campos y las praderas.
Entonces dejo mi trabajo y la sigo por el campo, nos sentamos en una piedra elevada y contemplo el horizonte distante. Ella me señala la nube dorada y me hace notar la canción que gorjean los pájaros antes de retirarse a pasar la noche, agradeciendo al Señor por la dádiva de su libertad y de su paz.
De cuando en cuando viene a mi habitación, en mis momentos de ansiedad y tribulación. Pero, en cuanto la diviso, todos mis cuidados y zozobras se truecan en alegría y calma. Cuando mi espíritu se subleva contra la injusticia del hombre para el hombre, y veo su rostro entre otros rostros de los cuales estoy dispuesto a huir, sosiégase la tem¬pestad de mi corazón, a la que sucede su voz celestial de paz. Cuando estoy sólo y los crueles dardos de la vida despedazan mi corazón y me encadenan a la tierra los grilletes de la vida, observo que mi compañera me mira con los ojos llenos de amor, y mi amargura se torna en mansedumbre, y la Vida se me antoja un Edén de felicidad.
Acaso me preguntes cómo puedo estar contento con esta existencia tan rara, y cómo un hombre como yo, en plena primavera de la vida, es capaz de encontrar alegría en fantas¬mas y ensueños. Pero yo te digo que los años que he pasado en tal estado constituyen la piedra angular de cuanto he llega¬do a conocer sobre la vida, la Belleza, la Dicha y la Paz.
Porque la compañera de mi fantasía y yo hemos sido como pensamientos que flotan libremente ante la luz del Sol o sobre la superficie de las aguas, entonando un cántico a la luz de la Luna… Un cántico de paz que endulza el espíritu y conduce a la belleza inefable.
Vida es lo que vemos y experimentamos a través del espíritu; pero llegamos a conocer el mundo que nos rodea a través de nuestro entendimiento y de nuestra razón. Y ese conocimiento nos produce gran alegría o tristeza. Yo estaba destinado a experimentar la tristeza antes de llegar a los treinta años. Ojalá hubiese muerto antes de alcanzar los años que secaron la sangre de mi corazón y la savia de mi vida, deJ andome como un árbol seco con ramas que ya no se columpian a la dulce brisa, y en las que no construyen sus nidos los pájaros.
El Maestro se calló y sentándose junto a su Discípulo, continuó:

Hace veinte años, el gobernador del Monte Líbano me mandó a Venecia en una misión de estudio, con una carta de recomendación para el alcalde de la ciudad, a quien había conocido en Constantinopla. Zarpé del Líbano a borde de una nave italiana en el mes de Nisán. El aire primaveral era fragante y las nubes blancas se cernían sobre el horizonte como hermosas pinturas. ¿Con qué palabras podré describir¬te el júbilo que sentí durante la travesía? Todas son muy pobres y muy escasas para expresar los sentimientos que laten en el corazón del hombre.
Los años que pasé con mi etérea compañera estuvieron llenos de gozo, de delicias y de paz. Jamás sospeché que el Dolor estuviese esperándome, ni que el Sufrimiento acechase en el fondo de mi copa de Alegría.
Cuando el vehículo me apartaba de mis montañas y valles nativos y me acercaba a la costa, mi compañera iba sentada a mi lado. Estuvo conmigo los tres días jubilosos que pasé en Beirut, recorriendo la ciudad junto a mí, deteniéndose donde yo me detenía, sonriendo cuando me topaba con algún amigo.
Cuando me senté en el balcón del hotel que dominaba la ciudad, ella se incorporó a mis sueños.
Pero un gran cambio se efectuó -en mí cuando estaba a punto de embarcarme. Sentí una mano misteriosa que me agarraba y tiraba de mí hacia atrás; y oí en mi interior una voz, que murmuraba:
– ¡Regresa! ¡No te vayas! ¡Vuélvete al puerto antes de que se dé el barco a la vela!
Pero yo no quise escuchar aquella voz. Cuando izaron las velas, me sentí como un pájaro que de repente hubiera caído entre las garras de un halcón y que lo arrebataba a lo alto del cielo.
Al anochecer, cuando las montañas y las colinas del Líba¬no no se perdían en el horizonte, me encontré solo en la popa de la embarcación. Miré en torno, buscando a la mujer de mis sueños, a la mujer que amaba mi corazón, a la esposa de mis días, pero ya no estaba junto a mí. La hermosa doncella cuyo semblante veía cada vez que miraba al cielo, cuya voz escuchaba en el sosiego de la noche, cuya mano sostenía cuando vagaba por las calles de Beirut… ya no estaba junto a mí.
Por vez primera en mi vida me encontré completamente solo en un bajel que surcaba el mar profundo. Me puse a pasear por cubierta, llamándola desde el fondo de mi cora zón, mirando a las olas con la esperanza de descubrir su rostro. Pero todo fue en vano. A medianoche, cuando todos los pasajeros se habían retirado, yo seguía en cubierta, solo, atormentado y lleno de ansiedad.
De repente levanté los ojos, ¡y allí estaba la compañera de mi vida, por encima de mí, en una nube, a corta distancia de la proa! Salté de gozo, abrí anchurosamente los brazos y exclamé:
-¡Por qué me has abandonado, amada mía! ¿Adónde te has ido? ¿Dónde has estado? ¡Acércate amorosamente a mí y ya no me dejes solo jamás!
Pero ella no se movió. En su cara advertí señales de pena y amargura, que jamás hasta entonces había visto. Hablando quedamente y en tono triste, me dijo:
-He surgido de las profundidades del mar para verte una vez más. Vete ahora a tu camarote y duérmete,. entr.egado al sueño.
Dichas estas palabras, se fundió con las nubes y se desva¬neció. La llamé a gritos frenéticamente, como un niño hambriento. Abrí los brazos en todas las direcciones, pero lo único que estrecharon fue el aire nocturno, denso de humedad. Bajé a mi litera, sintiendo dentro de mí el flujo y el reflu¬jo de los furiosos elementos. Era como si estuviese a bordo de otra nave completamente distinta, agitado por las ríspidas marejadas de la Perplejidad y la Desesperación.
Por extraño que parezca, en cuanto toqué con el rostro la almohada, me quedé profundamente dormido.
Soñé, y en mi sueño vi un manzano en forma de cruz, pendiente de la cual, como crucificada, estaba la compañera de mi vida. De sus manos y pies manaban gotas de sangre, que caían sobre las flores marchitas del árbol.
La embarcación bogaba día y noche, pero yo me sentía como en trance, no sabiendo si era un ser humano que viajaba a un clima distinto o un espectro que se movía a través de un cielo encapotado. En vano imploré a la Providencia para que me concediese oír el rumor de su voz, o ver un atisbo de su sombra, o gozar la suave caricia de sus frágiles dedos sobre mis labios.
Transcurrieron catorce días y seguía todavía solo. El día decimoquinto, a la luz de la Luna, avistamos la costa de Italia a lo lejos y entre dos luces arribamos al puerto. Un gentío a bordo de góndolas ornamentadas con insignias salió al encuentro de la nave para dar la bienvenida de la ciudad a los pasajeros.
La ciudad de Venecia está situada sobre muchas pequeñas islas, próximas la una a la otra. Sus calles son canales y sus numerosos palacios y residencias están construidas sobre el agua. Las góndolas son su único medio de transporte.
Mi gondolero me preguntó adónde iba, y cuando le dije, que quería visitar al alcalde de Venecia, me miró con extraño misterio. Según nos internábamos por los canales, la noche fue extendiendo su manto negro sobre la ciudad. Brillaban luces en las ventanas abiertas de los palacios y de las iglesias, y sus reflejos en el agua daban a la ciudad el aspecto de algo entrevisto en la visión fantasmagórica de un poeta, hechicera y encantadora a la vez.
Cuando la góndola llegó a la confluencia de los canales, escuché de pronto el trágico tañido de las campanas de una iglesia. Aunque estaba en trance espiritual, ausente total¬mente de la realidad, los ecos se hundieron en mi corazón y me deprimieron el espíritu.
La góndola atracó y quedó amarrada al pie de una esca¬linata de mármol que llevaba a una calle enlosada. El gondo¬lero señaló hacia un suntuoso palacio que se erguía en medio de un jardín, y me dijo:
-Aquí está tu destino.
Lentamente fui subiendo los peldaños que conducían hasta el palacio, seguido por el gondolero que cargaba mis pertenencias. Al llegar a la puerta, le pagué y despedí, dándo¬le las gracias.
Llamé y la puerta se abrió. Cuando entré, me saludaron rumores de llantos y sollozos. Me estremecí y me quedé estupefacto. Se me acercó un anciano criado de la casa que me preguntó en tono sombrío qué deseaba.
-¿Es éste el palacio del alcalde? -le pregunté.
Me dijo que sí con una inclinación de cabeza. Entonces le entregué la misiva que me diera el gobernador del Líbano. La miró y se retiró solemnemente hacia la puerta que comu¬nicaba con el salón de recepciones.
Me volví hacia el criado joven y le pregunté la causa de la tristeza que se cernía sobre la habitación. Me contestó que ese mismo día había muerto la hija del alcalde, y mientras decía estas palabras, se cubrió el rostro y derramó lágrimas amargas.
Imagínate lo que podía sentir un hombre que acababa de surcar el océano, fluctuando entre la esperanza y la desespe¬ración y que-, al terminar su viaje, se encontraba a la puerta de un palacio poblado por los crueles fantasmas de la consterna¬ción y el llanto. Imagínate los sentimientos de un extranjero que busca hospitalidad y descanso en un palacio, y que sólo se halla con las alas blancas de la muerte.
No tardó en regresar el viejo criado, y con una inclinación me dijo¬:
-El álcalde os espera.
Me acompañó hacia otra puerta que había al extremo de un pasillo y con un ademán me invitó a pasar. Allí me encon¬tré con un conjunto de sacerdotes y otros dignatarios, hundi¬dos en el más profundo silencio. En el centro de la estancia me recibió un hombre anciano de luenga barba blanca, que me estrechó la mano y me dijo:
-Tenemos la desgracia de daros la. bienvenida cuando venís de tierras tan remotas, en un día que lloramos la pérdi¬da de nuestra amadísima hija. Sin embargo, confío en que nuestra pena no interfiera para nada con vuestra misión, que puedo aseguraros haré lo posible por atender.
Le di las gracias por su bondad y expresé mis condolen¬cias más sinceras. Tras lo cual me señaló un asiento y yo me incorporé al austero y silencioso grupo.
Al contemplar los tristes rostros de los presentes y escu¬char sus sollozos ahogados, sentí que el corazón se me agobia¬ba de abatimiento y dolor.
No tardaron en marcharse uno tras otro los dolientes y sólo quedamos el atribulado padre y yo. Cuando también yo hice ademán de retirarme, me retuvo y me dijo:
-Amigo mío, os suplico que no os vayáis, Sed nuestro huésped, si es que no tenéis inconveniente en acompañarnos en nuestro luto.-Sus palabras me conmovieron hondamente, asentí con un ademán y él siguió diciendo:-Los hombres del Líbano son sumamente hospitalarios con los extranjeros; no debemos dejarnos ganar en bondad y cortesía por nuestro invitado del Líbano.
Tocó una campanilla y apareció un mayordomo, vestido con un magnífico uniforme.
-Muestra a nuestro huésped el aposento del ala oriental -le dijo- y haz que lo atiendan como se merece mientras está con nosotros.
El mayordomo me condujo a una habitación espaciosa y amueblada con lujo. En cuanto se retiró, me dejé caer en el diván y empecé a reflexionar sobre mi situación en esta tierra extranjera. Pasé revista á las primeras horas que había pasado en ella, tan lejos de mi patria nativa.
A los pocos minutos regresó el mayordomo, trayéndome la cena en una bandeja de plata. Después de comer, me puse a pasear por la estancia, asomándome de cuando en cuando a la ventana para contemplar el cielo veneciano y escuchar las voces de los gondoleros y el rítmico batir de sus remos. No tardé en sentirme adormilado y, reclinando mi fatigado cuerpo en la cama, me entregué completamente a un olvido de todo, en que se mezclaba el aturdimiento del sueño con el despejo de la vigilia.
No sé cuántas horas estaría sumido en este estado, porque hay grandes espacios de la vida que atraviesa el espíritu y no seríamos capaces de medir con el tiempo, ese invento del hombre. Lo único que sentí entonces y siento todavía es la poco venturosa condición en que me encontraba.
De pronto advertí qué un fantasma flotaba sobre mí; era un espíritu sutil que me llamaba, aunque no con señales sensibles. Me levanté y me dirigí hacia el pasillo, como impe¬lido o arrastrado por alguna fuerza divina. Caminaba sin voluntad, como en sueños y se me antojaba que me movía en un mundo más allá del tiempo y del espacio.
Cuando llegué al fondo del corredor, abrí una puerta y me encontré en una antecámara de vastas proporciones, en cuyo centro se levantaba un féretro rodeado de cirios llamean¬tes y guirnaldas de flores blancas. Me arrodillé junto al ataúd y miré a la figura que yacía inerte en él. Allí, delante de mí, cubierta por el velo de la muerte, estaba la faz de mi adora¬da, de la compañera de mi vida. Era la mujer a quien tanto amara, yerta ahora en el frío de la muerte, envuelta en un sudario blanco, rodeada de blancas flores y velada por el silencio de los siglos.
¡Oh Señor del Amor, de la Vida y de la Muerte! Tú eres el creador de nuestras almas. Tú guías nuestros espíritus hacia la luz y hacia las tinieblas. Tú calmas nuestros corazones y los sobresaltas de dolor o de esperanza. Tú me acabas de mostrar a la compañera de mi juventud en esta forma helada e inerte. Señor, Tú me has arrancado de mi patria para llevarme a otra y me has revelado el poder de la muerte sobre la vida y del dolor sobre la alegría. Tú has plantado un lirio blanco en el desierto de mi quebrantado corazón y me has trasladado a un valle remoto para enseñarme otro lirio seco.
¡Oh amigos de mi soledad y mi destierro! Dios ha queri¬do que apure el cáliz amargo de la vida. Hágase su voluntad. No somos más que frágiles átomos en el cielo infinito; y sólo nos cabe obedecer y acatar la voluntad de la Providencia.
Si amamos, ese amor no es de nosotros ni para nosotros. Si nos regocijamos, nuestro gozo no está en nosotros sino en la vida misma. Si padecemos, nuestro sufrimiento no está en nuestras heridas, sino en el corazón mismo de la Naturaleza. No estoy lamentándome al narrarte esta historia, porque el que se lamenta duda de la vida, y yo soy un firme creyente. Creo en el valor de las hieles que van mezcladas en cada brebaje que apuro en la copa de la vida. Creo en la belleza del dolor que penetra y satura mi corazón. Creo en la compa¬sión última de estos dedos de acero que me despedazan el alma.
Esta es mi historia. ¿Cómo voy a poder terminarla, cuando en realidad no tiene fin?
Me quedé arrodillado ante el féretro, hundido en el silen¬cio y estuve contemplando aquél semblante angelical hasta que llegó la aurora. Entonces me levanté y volví a mi aposen¬to, abatido bajo el peso abrumador de la Eternidad y soste¬nido por el dolor de toda la humanidad sufriente.
Tres semanas después abandoné Venecia y regresé al Líbano. Antojábaseme que había vivido miles de años en las vastas y mudas profundidades del pasado.
Pero la visión me siguió. Aunque la volví a encontrar muerta, en mí continuaba viva aún. A su sombra he padecido y he aprendido. Tú sabes perfectamente bien, discípulo mío, cuáles han sido mis sufrimientos.
Me he esforzado por comunicar a mi pueblo y a sus gobernantes el conocimiento y la sabiduría: Llevé a Al-Haris, gobernador del Líbano, el llanto de los oprimidos que esta¬ban siendo vejados y aplastados por las injusticias y perversi¬dades de los funcionarios de su Estado y de los dignatarios de la iglesia.
Le aconsejé que siguiese el camino de sus antepasados y tratase a sus súbditos como ellos, con clemencia, caridad y comprensión. Le dije: “El pueblo es la gloria de nuestro reino y la fuente de su prosperidad.” Díjele más todavía: “Cuatro cosas hay que un gobernante debe desterrar de su reino: la ira, la avaricia, la mentira y la violencia.”
Por estas y otras enseñanzas, fui castigado, desterrado y excomulgado por la Iglesia.
Pero llegó una noche en que Al-Haris, con el corazón atribulado, no podía conciliar el sueño. De pie ante su venta¬na contemplaba el firmamento. ¡Qué maravilla! ¡Cuántos cuerpos celestes perdidos en el infinito! ¿Quién creó este mundo misterioso y admirable? ¿Quién dirige las trayectorias de estas estrellas? ¿Qué relación tienen estos remotos cuerpos con el nuestro? ¿Quién soy yo y por qué estoy aquí? Todas estas preguntas se formulaba Al-Haris a sí mismo.
Entonces se acordó de mi destierro y se arrepintió del duro trato a que me había sometido. Inmediatamente mandó a buscarme, implorando mi perdón. Me hizo merced de un manto oficial y me proclamó su consejero ante todo el pueblo, mientras me colocaba una llave de oro en la mano. No siento la menor pesadumbre por mis años de destie¬rro. El que quiera buscar la verdad y anunciarla a la humanidad tiene que sufrir. Mis dolores me han enseñado a comprender los de mi prójimo; ni la persecución ni el destierro han empa¬ñado la visión que palpita dentro de mí.
Y ahora estoy fatigado…

Terminada su historia, el Maestro despidió a su Discípulo, que se llamaba Almuhtada, lo cual quiere decir “el Converso”, y se dirigió a su retiro para reposar en cuerpo y alma del cansancio de los viejos recuerdos.

2. MUERTE DEL MAESTRO

Dos semanas después, el Maestro enfermó y una multitud de admiradores suyos acudió a la ermita para preguntar por su salud. Cuando llegaron a la puerta del jardín, vieron que salían de las habitaciones del Maestro un sacerdote, una monja, un médico y Almuhtada. El Discípulo amado anunció la muerte del Maestro. El gentío empezó a llorar y a sollozar, pero Almuhtada no derramó una sola lágrima ni habló una palabra.
Quedóse algún tiempo hundido en sus propios pensa¬mientos, hasta que por fin se irguió sobre la piedra del estan¬que de los peces y habló:
Hermanos y compatriotas: acaban todos de escuchar la triste noticia de la muerte del Maestro. El inmortal Profeta del Líbano se ha entregado al sueño eterno y su alma bien¬ aventurada se eleva por encima de nosotros en los cielos del espíritu, más allá de la tristeza y de la pesadumbre. Su alma se ha desprendido de la esclavitud del cuerpo,y ha arrojado las cargas y la fiebre de esta vida terrenal.
El maestro ha abandonado este mundo material, ataviado con las vestiduras de la gloria y ha pasado a otro mundo libre de penalidades y aflicciones. Ahora está donde nuestros ojos no pueden verlo ni nuestros oídos escucharle. Mora en el mundo del espíritu, cuyos habitantes lo necesitan acuciosa¬mente. Está ahora adquiriendo el conocimiento de un nuevo cosmos, cuya historia y hermosura siempre lo han fascinado y cuya lengua él se ha esforzado siempre por aprender.
Su vida en esta tierra constituyó una larga cadena de hechos gloriosos. Fue una vida de meditación constante, porque el Maestro no descansaba más qué en el trabajo. Amaba el trabajo, que definió como amor visible.
Fue la suya un alma inquieta, que no podía descansar sino en el regazo de la vigilia. Fue el suyo un corazón amante que rebosaba de bondad y de celo.
Tal fue la vida que llevó en esta tierra…
Era un manantial de sabiduría que brotaba del seno de la Eternidad, una corriente pura de ese conocimiento que riega y vivifica la mente del Hombre.
Y ahora ese río ha desembocado en las playas de la Eter¬nidad. ¡Que ningún intruso lo llore ni derrame lágrimas por su partida!
Debe tenerse presente que sólo los que han estado frente al Templo de la Vida, sin hacer fructificar la tierra con una gota de sudor de su frente, se hacen acreedores a las lágrimas y a las lamentaciones cuando la abandonan.
Pero, ¿no pasó por ventura el Maestro todos los días de su vida trabajando en beneficio de la Humanidad? ¿Hay entre los presentes alguno que no haya bebido de la fuente pura de su sabiduría? Por eso, el que desee honrarlo que ofrezca a su alma bienaventurada un himno de alabanza y acción de gracias, no los ecos lúgubres de sus lamentos. El que desee rendirle el homenaje que se merece, que asimile el conoci¬miento en los libros llenos de sabiduría que ha legado al mundo.
¡Al genio nada se le da, sólo se recibe de él! Sólo así debe honrárselo. No hay que llorar por él, sino alegrarse y beber de lo hondo de su sabiduría. Solamente así podrá pagársele el tributo que se le debe.

Después de oír las palabras del Discípulo, la muchedum¬bre se retiró y todos volvieron a sus casas con una sonrisa en los labios y con cánticos de acción de gracias en el corazón.
Almuhtada quedó solo en este mundo, pero la soledad jamás tomó posesión de su corazón, porque la Voz del Maestro resonó siempre en sus oídos, exhortándolo a seguir trabajando y a sembrar las palabras del Profeta en los cora¬zones y mentes de cuantos querían escucharlo por su libre voluntad. Pasaba muchas horas en el jardín meditando a solas sobre los pergaminos que le entregara el Maestro, y en los cuales había dejado escritas sus palabras de sabiduría.
A los cuarenta días continuos de meditación, Almuhtada abandonó el retiro de su Maestro y empezó a peregrinar por los villorios, aldeas y ciudades de la Antigua Fenicia.
Un día que cruzaba la plaza del mercado de la ciudad de Beirut, lo siguió una muchedumbre. Se detuvo en un paseo público, el gentío se agolpó en torno suyo y él les habló con la voz del Maestro, diciendo:

El árbol de mi corazón está cargado de frutos; venid, vosotros los hambrientos y recogedlos. Comed y saciaos… Venid y recibid de la abundancia de mi corazón y aliviadme la carga. Mi alma se abate bajo el peso del oro y de la plata. Venid, buscadores de tesoros ocultos, llenad vuestras bolsas y aligerad mi peso…
Mi corazón rebosa hasta los bordes con el vino de los siglos. Venid, todos los sedientos, bebed y apagad vuestra sed. El otro día vi a un rico de pie a la puerta del templo, extendiendo sus manos llenas de piedras preciosas a los transeúntes, mientras los llamaba y decía:
Tengan piedad de mí. Quítenme estas joyas de encima, porque han debilitado mi alma y endurecido mi corazón. Compadézcanse de mí, llévenselas y devuélvanme la salud.
Pero ninguno de los fieles prestaba oídos a sus súplicas. Me quedé mirando al hombre y dije para mis adentros: Seguramente sería mejor que fuese un mendigo, que vagase por las calles de Beirut alargando su mano temblorosa, pidien¬do limosnas y que se volviese a casa por la noche con las manos vacías.
He visto a un acaudalado y generoso jeque de Damasco plantar sus tiendas en el desierto árido de Arabia y en las laderas de las montañas. Al anochecer enviaba a sus esclavos a buscar viajeros para darles albergue y acogida en sus tiendas. Pero los ásperos caminos estaban solitarios y los criados no le llevaron jamás invitado alguno.
Y reflexioné sobre la suerte del triste jeque y el corazón me habló, diciendo: “Indudablemente, sería, mejor que fuese un pordiosero, con un báculo en la mano y una escudilla colgándole del brazo y que compartiese al mediodía el pan de la amistad con sus compañeros junto a los montones de basu¬ra de las afueras de la ciudad…”
Vi en Líbano a la hija del gobernador, que se levantaba del lecho ataviada con un manto precioso. Llevaba la cabelle¬ra ungida de almizcle y su cuerpo estaba envuelto en perfu¬mes. Paseaba por el jardín del palacio de su padre en busca de un enamorado. Las gotas de rocío que humedecían la hierba mojaban la orla de su vestido. ¡Pero ay! Entre todos los súbditos de su padre no había quien la amase.
Al reflexionar sobre el ánimo atribulado de la hija del gobernador, mi alma me advirtió, diciéndome: “¿No sería mejor para ella acaso ser la hija de un oscuro labrador, que condujese al pasto las ovejas de su padre y las volviese al aprisco al anochecer, entre las fragancias de la tierra y de las viñas, con su tosco vestido de pastora?” Por lo menos, por mal que le fuesen las cosas, podría huir furtivamente de la cabaña de su padre y en el silencio de la noche salir en busca de su amado, que la esperaría junto al arroyuelo murmurante.
El árbol de mi corazón está cargado de frutos. Venid, almas hambrientas, recogedlos, comed y saciaos. Mi espíritu rebosa de vino añejo. Venid, corazones sedientos, bebed y apagad vuestra sed…
Ojalá fuera yo un árbol que no floreciese ni diese fruto; porque el dolor de la fertilidad es más cruel que la amargura de la infecundidad; y el sufrimiento del generoso acaudalado es más terrible que la miseria del pobre mendigo…
Ojalá fuera yo un pozo seco, para que la gente arrojase piedras a mis profundidades. Porque es preferible ser un pozo vacío -que una fuente de agua pura, no tocada por labios sedientos.
Pediría a Dios ser una caña rota, pisoteada por el pie del hombre, porque eso es mejor que ser una lira en casa de alguien que tenga los dedos llagados y todos los miembros de su hogar sean sordos.
Oídme, hijos e hijas de mi patria; meditad sobre estas palabras que os han llegado a través de la voz del Profeta. Haced un hueco para ellas en los senos de vuestro corazón y que la semilla de la sabiduría germine en el jardín de nuestra alma. Porque este es el don precioso del Señor.

Y la fama de Almuhtada se extendió por toda la tierra y mucha ‘gente acudía a rendirle homenaje de otros países y a escuchar al vocero del Maestro.
Acosábanle médicos, letrados, poetas y filósofos con diversas preguntas, dondequiera que lo encontraban, lo mismo en la calle que en la iglesia, en la mezquita, en la sinagoga o en cualquier lugar en que se, congregasen los hombres. Sus mentes quedaban enriquecidas con sus hermo¬sas palabras, que pasaban de boca en boca.
Les hablaba de la Vida y de la Realidad de la Vida, dicién¬doles así:

El hombre es como la espuma del mar, que flota sobre la superficie del agua. Cuando sopla el viento, se desvanece como si nunca hubiese existido. Así son nuestras vidas arre¬batadas por el soplo de la Muerte…
La Realidad de la Vida es la Vida misma, que no comien¬za en el vientre de la madre ni termina en la tumba.
Porque los años que pasan no son más que un momento en la vida eterna; y el mundo de la materia y cuanto en él hay no es sino un sueño comparado con el despertar que llama¬mos el terror dula Muerte.
El éter propaga todos los ecos de nuestra risa, todos los suspiros que exhalan nuestros corazones y conservan su reso¬nancia, que responde a cada veso nacido de la alegría.
Los ángeles llevan la cuenta de cada lágrima derramada por la tristeza, y llevan a los oídos de los espíritus que flotan en el cielo del Infinito cada canción de Alegría emanada de nuestros afectos.
Allí, en el mundo futuro, vamos a ver y sentir todas las vibraciones de nuestras emociones y todos los movimientos de nuestro corazón. Comprenderemos el significado de la divinidad que hay dentro de nosotros y a la que no presta¬mos atención porque estamos arrastrados por la Desespera¬ción.
Esa acción que, en medio de nuestra culpa, llamamos hoy flaqueza, aparecerá mañana como eslabón esencial de la cade¬na completa del Hombre.
Las tareas crueles por las que no hemos recibido compen¬sación vivirán con nosotros e irradiarán su esplendor y serán heraldos de nuestra gloria; y las penalidades que hemos sopor¬tado serán como una guirnalda de laurel en nuestras cabezas glorificadas…

Después de pronunciar estas palabras, estaba el Discípulo a punto de retirarse de la muchedumbre para descansar corporalmente de los afanes del día, cuando divisó a un joven que miraba a una hermosa doncella con ojos en los cuales se reflejaba la perplejidad.
Y el discípulo se dirigió a él, diciendo:

¿Estás preocupado por los numerosos credos que profesa la Humanidad? ¿Estás extraviado en el valle de-las creencias contrarias? ¿Crees que el estar libre de energía es menos grave y pesado que el yugo de la sumisión, y que la opcion a disen¬tir proporciona al hombre más seguridad que el baluarte del asentimiento?
Si estás en este caso; haz de la Belleza tu religión y adóra¬la como si fuese tu diosa; porque es la obra visible, manifies¬ta y perfecta de las manos de Dios. Aléjate de los que han jugado con lo divino como si fuese una farsa y se han asocia¬do con la codicia y el orgullo; cree en cambio en lo divino de la belleza, que es al mismo tiempo el comienzo de nuestro culto a la Vida y la fuente de nuestra hambre de Felicidad.
Haz penitencia ante la Belleza y expía por tus pecados, porque la Belleza acerca más tu corazón al trono de la mujer, que es el espejo de tus afectos y la maestra de tu corazón en los secretos de la Naturaleza, hogar de tu vida.
Y antes de despedir al gentío que lo rodeaba, añadió:
En este mundo hay dos linajes de hombres: los hombres de ayer y los hombres de mañana. ¿A cuál de ellos pertene¬céis, hermanos . míos? Venid, permitidme que os observe y averiguad si sois de los que entran en el mundo de la luz, o de los que avanzan por el país de las tinieblas. Venid, decidme quién sois y qué sois.
¿Eres un político que dice para sus adentros: “Voy a valerme de mi patria en beneficio propio?” Entonces, no eres sino un parásito que vive de los demás. O bien, ¿eres un patriota sinceró, que susurra al oído de su yo interior: “Me gusta entregarme al servicio de mi país como ciudadano fiel?” En ese caso, eres un oasis en el desierto, dispuesto a apagar la sed del caminante.
¿O eres un mercader que te aprovechas y explotas las necesidades de la gente, acumulando bienes para revenderlos a precios exhorbitantes? Si es así, eres un réprobo; y lo mismo da que mores en un palacio o que tu casa sea la cárcel. ¿O eres un hombre honrado que facilitas al labrador y al tejedor dar salida a sus productos, medias entre comprador y vendedor y permites que ganen también los demás y no tú solo? Entonces, eres un hombre justo; y no importa que te colmen de elogios o de ignominia.
¿Eres un líder religioso, que tejes con la sencillez y simplicidad de los creyentes un manto escarlata para tu cuerpo, y con su bondad una corona de oro para tu cabeza y aunque te aprovechas de la abundancia de Satanás, vas predicando el odio a Satanás? En ese caso eres un hereje y lo mismo da que ayunes todo el día y’reces toda la noche. ¿O eres el hombre fiel que ve en la bondad del pueblo una base para el mejoramiento de toda la nación y en cuya alma está la escala de la perfección que lleva hasta el Espí¬ritu Santo? Si eres de esos, vienes a ser como un lirio en el jardín de la Verdad; y no importa que tu fragancia se propa¬gue entre los hombres o se disipe en el aire, porque allí será conservada eternamente.
¿O eres un periodista que vende sus principios en los mercados de esclavos y se realiza en la calumnia, en la desven¬tura de la gente y en el crimen? Entonces eres como un buitre voraz que trata de hartarse de carne putrefacta.
¿O eres un maestro que se asoma al escenario de la histo¬ria e inspirado en las glorias del pasado, predica a la humani¬dad y obra de conformidad con lo que predica? Si es así, constituyes un remedio para la humanidad doliente y un bálsamo para los corazones dolidos.
¿Eres acaso un gobernador que mira por encima del hombro a sus gobernados y que no se afana más que por exprimirles la bolsa y explotarlos en beneficio propio? Pues entonces, eres como cizaña en el granero de la Nación.
¿Eres un servidor público dedicado, que ama al pueblo y está siempre alerta para proporcionarles bienestar y eres celoso por su prosperidad? Si es así, eres una verdadera bendi¬ción en los campos de pan de la nación.
¿O eres uno de esos maridos que se considera con dere¬cho a cometer toda clase de atropellos, pero estima ilegal cúalquier acción reprensible de su esposa? En ese caso, eres como los salvajes ya desaparecidos, que vivían en las cavernas y se tapaban la desnudez con pieles de alimañas.
O bien, ¿eres un compañero fiel, cuya esposa está siempre a tu lado, compartiendo cada uno de tus pensamientos, de tus alegrías y de tus triunfos? Si eres así, vienes a ser como el que camina al amanecer al frente de una nación hacia el mediodía de la justicia, de la razón y de la sabiduría.
¿Eres un escritor que yergue ufanamente su cabeza por encima del vulgo, mientras su cerebro se empantana en el abismo del pasado, lleno de andrajos y desechos inútiles de las edades?. Si es así, eres como un charco de agua estancada, ¿O eres uno de esos pensadores profundos que escudriñan su yo interior, eliminando lo que es inútil, gastado y malo, para quedarse únicamente con lo que es útil y bueno? En ese caso, eres maná para el hambriento y agua clara y fresca para el sediento.
¿Eres un poeta lleno de ruido y vacío de ecos musicales? Entonces eres como uno de esos payasos que nos hacen reír cuando lloran y nos hacen llorar cuando ríen.
¿O eres una de esas almas privilegiadas en cuyas manos ha puesto Dios un laúd para que solaces el espíritu de los hombres con sones celestes y lleves a tus prójimos hacia la Vida y la Belleza de la Vida? Si te cabe esa suerte, eres como una antorcha que ilumina nuestro camino, una dulce inspira¬ción para nuestros tristes corazones y una revelación de lo divino en nuestros sueños.
Por lo tanto, la humanidad está dividida en dos largas hileras, una integrada por los ancianos y tullidos, que se apoyan en débiles bastones y van jadeando al avanzar por el camino de la Vida como si estuviesen escalando la cumbre de una montaña cuando, en realidad están descendiendo al abismo.
Y la otra hilera está integrada por jóvenes que parecen correr con alas en los pies, cantando como si tuviesen cuerdas argentinas en sus gargantas y ascienden hacia las cumbres como arrastrados por algún poder mágico e irresistible.
¿A cuál de estos dos grupos pertenecéis, hermanos míos? Formulaos vosotros mismos esta pregunta, cuando estéis solos en el silencio de la noche.
Juzgad por vosotros mismos si pertenecéis a los Esclavos del Ayer o a los Hombres Libre del Mañana.

Y Almuhtada se volvió a su retiro y no se dio a ver en muchos meses, porque se entregó a la lectura y a la reflexión de las sabias palabras que su Maestro dejara escritas en los pergaminos de que lo hizo heredero. Aprendió mucho, sobre todo muchas cosas que jamás había oído de los labios de su Maestro y de las cuales no tenía la menor idea. Hizo voto de no abandonar la ermita hasta haber estudiado y dominado a fondo cuanto el Maestro había dejado en la tierra, para podérselo comunicar, a sus conciudadanos. De esta manera Almuhtada se impuso en las doctrinas de su Maestro, olvida¬do de sí mismo y de cuanto lo rodeaba, así como de todos aquellos hombres que habían escuchado su palabra en los mercados y calles de Beirut.
En vano intentaron sus seguidores localizarlo y llegar hasta donde estaba, cuando empezaron a preocuparse por su suerte. El mismo gobernador del Monte dirigiéndose a los funcionarios del estado, se encontró con que declinaba tal honor con el mensaje siguiente:
“Volveré pronto a verte y traeré un mensaje especial para todo el pueblo.”
El gobernador decretó que todos los ciudadanos saliesen a recibir a Almuhtada el día que iba a aparecer en público, para darle la bienvenida con todo género de honores en sus casas, en las iglesias, mezquitas, sinagogas y centros de estu¬dio y que estuviesen dispuestos a escuchar con reverencia sus palabras, porque su voz era la voz del Profeta.
El día en que por fin salió Almuhtada de su retiro para dar comienzo a su misión se convirtió en una jornada de rego¬cijo y celebración popular. Almuhtada se expresó con toda libertad y sin rebuscamientos ni rodeos de ningún género, predicó el evangelio del amor y de la hermandad. Nadie se atrevió a amargarlo siquiera con el destierro del país, ni con las excomuniones de la Iglesia. ¡Cuán otro había sido el sino triste de su Maestro, al cual habían desterrado y exco¬mulgado, sin otorgarle un perdón eventual y sin volverlo a llamar de su exilio!
La voz de Almuhtada resonó bajo los cielos de todo el Líbano. Pasando el tiempo, sus palabras se imprimieron en un libro en forma de.epístolas, que se distribuyó por la Antigua Fenicia y otros países árabes. Algunas de las epístolas estaban redactadas con las palabras mismas del Maestro; pero otras fueron rescatadas por Maestro y Discípulo de volúmenes antiguos de sabiduría y tradiciones populares.

 

II LA VOZ DEL MAESTRO 1. DE LA VIDA

La Vida es una isla en un océano de soledad, una isla cuyos macizos de rocas son esperanza, cuyos árboles son sueño, cuyas flores son soledad y cuyos arroyuelos son sed.
Vuestra vida, hombres compañeros míos, es una isla sepa¬rada de todas las demás islas y regiones. Por muchas que sean las naves qué zarpan de vuestras costas rumbo a otros climas, por muchas que sean las embarcaciones que tocan vuestras playas, seguís siendo una isla solitaria que adolece de las angustias de la soledad y de ansia de felicidad. Sois descono¬cido para vuestros semejantes y estáis muy lejos de su simpa¬tía y de su comprensión.
Hermano mío, yo te he visto sentado sobre tu montaña dorada, regodeándote en tus riquezas, ufano de tus tesoros y seguro en tu fe ciega de que cada puñado de oro qué has amasado constituye un eslabón invisible que une los deseos y pensamientos de los demás hombres con los tuyos.
Te he visto con los ojos de mi mente como a un gran conquistador que acaudillase sus tropas, empeñado en destruir las fortalezas de sus enemigos. Pero, al mirarte de nuevo, no he encontrado más que un corazón solitario ancla¬do en tus arcones, un pájaro sediento encerrado en una jaula dorada, con su vasija de agua vacía.
Te he visto, hermano mío, encaramado al trono de la gloria, mientras tu pueblo te rodeaba aclamando tu majestad, cantando las glorias de tus grandes hazañas, encomiando tu sabiduría y alzando hacia ti sus ojos con la expresión de quien mira a un profeta, exultantes y jubilosos sus espíritus hasta el mismo pabellón de los cielos.
Y cuando paseabas la mirada sobre tus súbditos, observé en tu faz las señales de la felicidad y del poder y del triunfo, como si fueses tú el alma de su cuerpo.
Pero, al volver a mirarte, he aquí que te encontré solo en tu soledad, de pie junto a tu trono, como un desterrado que alarga su mano en todas direcciones, suplicando compasión y piedad a espectros invisibles, mendigando albergue, aunque sólo haya dentro de él un poco de calor y amistad.
Te he visto, hermano mío, enamorado de una hermosa mujer, entregando el corazón ante el altar de su belleza. Cuando sorprendí la mirada de ternura y amor maternal que te lanzaba, me dije: “¡Viva el Amor que ha desterrado la soledad de este hombre y ha unido su corazón con otra!” Pero, cuando levanté nuevamente hacia ti mis ojos, vi dentro de tu amante corazón otro corazón solitario, derra¬mando en vano amargas lágrimas por revelar sus secretos a una mujer; y tras tu alma transida de amor, otra alma soli¬taria que era como una nube vagarosa, deseaba en vano disol¬verse en lágrimas que anegasen los ojos de tu amada.
Tu vida, hermano mío, es una morada solitaria separada de las viviendas de los demás hombres. Es una casa en cuyo interior no puede penetrar la mirada del vecino. Si se hundie¬ se en las tinieblas, la lámpara de tu vecino no podría alum¬brarla. Si estuviese vacía de provisiones, no podrían llenarla las despensas de tus vecinos. Si estuviese en un desierto, no podrías pasar a los jardines de los demás hombres, labrados y cuidados por otras manos. Si se levantase en la cumbre de una montaña, no podrías bajarla al valle hollado por los pies de otros hombres.
El espíritu de tu vida, hermano mío, está asediado por la soledad y si no fuese por esa soledad y ese abandono, tú no serías tú, ni yo sería yo. De no ser por esta soledad y este abandono desolado, llegaría a creer, al oír tu voz, que era la mía; y al ver tu rostro, que era yo mismo mirándome en un espejo.

 

2. MÁRTIRES DE LA LEY DEL HOMBRE

¿Has nacido acaso en la cuna del dolor y criado en el regazo de la desventura y en la casa de la opresión? ¿Estás comiendo un mendrugo seco, humedecido sólo con tus lágri¬mas ?
¿Eres un soldado a quien la dura ley del hombre obliga a abandonar a tu esposa y a tus hijos, para lanzarte al campo de batalla a defender la Avaricia, que tus gobernantes llaman falsamente Deber?
¿Eres un poeta contento con las migajas de la vida, feliz con tu posesión de pergamino y tinta, que habitas como un extranjero en tu patria, desconocido para tus semejantes?
¿Eres un prisionero, aherrojado en oscura celda por algún delito insignificante y condenado por quienes tratan de reformar al hombre, corrompiéndole?
¿Eres una joven a la que Dios ha otorgado el don de la belleza, pero víctima de la torpe licencia del rico que te enga¬ñó y compró tu cuerpo, pero no tu corazón y te abandonó a la miseria y a la desgracia?
Si eres uno de estos seres, eres mártir de la ley del hombre. Eres un desdichado y tu desdicha es fruto de la iniquidad del fuerte y de la injusticia del tirano, de la brutalidad del rico y del egoísmo del libertino y del avaro.
¡Animo, dolientes amados míos, porque tras este mundo de materia hay un Gran Poder, un Poder que es todo justicia, misericordia, piedad y amor!
Sois como una flor que crece a la sombra; la suave brisa llega y se lleva nuestra semilla a la luz del Sol, donde volveréis a vivir en la belleza.
Sois como el árbol desnudo que se encorva bajo las nieves del invierno. ¡Llegará la Primavera y extenderá sobre voso¬tros sus lozanas ropas verdes! ¡Y la Verdad rasgará el velo de lágrimas que oculta nuestra brisa! Yo os meto dentro de mí, afligidos hermanos míos, yo os amo y desprecio a vuestros opresores.


2 thoughts on Gibrán Khalil Gibrán: LA VOZ DEL MAESTRO

  1. [align=center]3. PENSAMIENTOS Y MEDITACIONES[/align]

    La vida nos lleva de un lugar a otro; el Destino nos trasla¬da de un punto a otro. Y nosotros, conducidos en vilo por estos dos gemelos, escuchamos voces temerosas y sólo vemos lo que se interpone como obstáculo en nuestro camino.

    La Belleza se nos revela sentada en trono de gloria; pero nosotros nos. acercamos a ella en nombre de la Lujuria, la despojamos de su corona de pureza y manchamos su vesti¬dura con nuestra perversidad.

    El Amor pasa junto a nosotros con un manto de manse¬dumbre; pero nosotros huimos de él por temor, o nos escon¬demos en las tinieblas; o también lo seguimos para hacer el mal en su nombre.

    Hasta el hombre más sabio se inclina ante el peso impo¬nente del Amor; pero en verdad es tan liviano como la brisa juguetona del Líbano.

    La Libertad nos invita a su mesa para que participemos de sus sabrosos manjares y de su generoso vino; pero, cuando nos sentamos a ella, comemos vorazmente y nos atraganta¬mos.

    La Naturaleza extiende hacia nosotros sus brazos acoge¬dores y nos invita.a gozar de su belleza; pero nosotros tene¬mos miedo a su silencio y nos abalanzamos a las ciudades populosas, para cobijarnos en ellas cual ovejas que huyen del lobo feroz.

    La Verdad nos visita, atraída por la risa alborozada e ino¬cente de. un niño, o por el beso de un ser querido; pero casi todos nosotros le cerramos las puertas del afecto y la trata¬mos como si fuese un enemigo.
    El corazón humano implora ayuda; el alma humana nos suplica que la liberemos; pero nosotros no escuchamos sus ruegos, ni la oímos ni entendemos. En cambio, llamamos loco al que oye y entiende, y huimos de él.

    Así pasan las noches y vivimos en la inconciencia; y los días nos saludan y abrazan. Pero estamos en temor constante día y noche.

    Nos apegamos a la tierra cuando tenemos abiertas de par en par las puertas del Corazón del Señor. Pisoteamos el pan de Vida, mientras el hambre roe nuestros corazones. ¡Qué buena es la Vida del Hombre, pero qué alejado está el Hombre de la vida!

    [align=center]4.. LA PRIMERA MIRADA

    El primer beso[/align]

    Es el trago primero de la copa del néctar de la Vida escanciada por la diosa. Es la línea que separa la Duda deso¬rientadora del espíritu y entristecedora del corazón, de la Certidumbre que inunda de alegría el yo interior. Es el comienzo del canto de la vida y el acto primero del drama del Hombre ideal. Es el vínculo de unión entre lo extraño del pasado y lo brillante y prometedor del futuro; el enlace del silencio de las emociones con su cántico. Es una palabra musitada por cuatro labios que proclaman rey al Amor, trono al corazón y corona a la fidelidad. Es el delicado toque de los sutiles dedos de la brisa sobre los labios de la rosa, murmuran¬do un prolongado suspiro de alivio y una dulce quejumbre.
    Es el comenzar de esa vibración mágica que transporta a los amantes del mundo de pesos y medidas, al de los sueños y revelaciones.
    Es la unión de dos flores fragantes y la mezcla de sus eflu¬vios perfumados para crear una tercera alma.
    De la misma manera que la primera mirada es como una semilla que la diosa siembra en el campo del humano cora¬zón, y el beso primero es la primera flor que brota en la rama del Arbol de la Vida.

    El matrimonio

    Aquí empieza el amor a trocar la prosa de la Vida en himnos y cánticos de alabanza, con música que se compone de noche para ser entonada de día. Aquí las ansias anhelantes del amor descorren el velo e iluminan las cimas del corazón, creando una felicidad que ninguna otra es capaz de superar sino la que siente el Alma cuando abraza a Dios.
    El matrimonio es la unión de dos deidades para que nazca en la tierra una tercera. Es la unión de dos almas en un amor vigoroso, para abolir la separación. Es la unidad augusta que funde en dos espíritus las unidades separadas. Es el eslabón dorado de una cadena que arranca de una mirada y termina en la Eternidad. Es la lluvia pura que cae de un cielo sin mácula, para fructificar y bendecir los campos de la Natura¬leza divina.
    De la misma manera que la primera mirada de los ojos de la amada es como una semilla sembrada en el corazón del hombre, y el primer beso de sus labios como una flor brotada en la rama del Arbol de la Vida, así también la unión de dos amantes en el vínculo matrimonial es como el fruto primero de la primera flor de esa semilla.

    [align=center]5. DE LA DIVINIDAD DEL HOMBRE[/align]

    Llegó la primavera y la Naturaleza empezó a hablar en el murmullo de los regadíos y arroyuelos, y en las sonrisas de las flores; y el, alma del Hombre se sintió feliz y contenta.
    Pero, de repente, la Naturaleza se encrespó de furia y arrasó la bella ciudad. Y el hombre olvidó sus risas, sus hala¬gos y su hospitalidad.
    En una hora terrible, la fuerza ciega de la Naturaleza des¬truyó lo que construyeran mil generaciones. La horrenda muerte despedazó y aplastó entre sus garras hombres y bestias.
    Las llamas devastadoras abrasaron al hombre con sus propiedades y bienes; una noche lúgubre y aterradora sumió a la belleza de la vida como un sudario de cenizas. Los elemen tos desencadenados se enfurecieron y destruyeron al hombre, con sus viviendas y cuanto había salido del trabajo de sus manos.
    En medio de este trueno pavoroso de Destrucción que surgía de las entrañas de la Tierra, en medio de esta miseria y de tanta ruina, se erguía la pobre Alma mirando a toda esta desolación desde lejos y meditando con amargura sobre la flaqueza del Hombre y la omnipotencia de Dios. Reflexiona¬ba sobre el enemigo de la Humanidad, que se escondía bajo los estratos de la tierra y entre los átomos del éter. Oyó el alarido de las madres y el llanto de los niños hambrientos y se sintió partícipe de su dolor. Cavilaba sobre lo salvaje de los elementos y la pequeñez del Hombre. Y recordaba cómo ayer, sin ir más lejos, los hijos del Hombre dormían seguros en sus hogares,. pero eran fugitivos apátridas que lamentaban la ruina de su ciudad opulenta al divisarla allá a lo lejos, trocada esperanza en desesperación, alegría en tristeza, vida de paz en tribulación de guerra. Con el corazón destrozado sufría por los que habían quedado atrapados entre las zarpas de hierro del Dolor, de la Amargura y de la Desesperación.
    Y mientras el Alma meditaba, padecía y dudaba, erguida, de la justicia de la Ley Divina que une a todas las fuerzas del mundo, murmuraba al oído del Silencio:

    Detrás de toda esta creación, está la sabiduría eterna que provoca la cólera y la destrucción, pero que también produ¬cirá una belleza imposible, por lo tanto, de predecir.
    Porque el fuego, el trueno y la tempestad son para la Tierra lo que el odio, la envidia y la maldad para el corazón humano. Mientras la nación afligida poblaba el firmamento de gemidos y lamentaciones, la Memoria reprodujo en mi mente todos los anuncios, calamidades y tragedias que se han desarrollado sobre el escenario del Tiempo.
    Vi al Hombre, a lo largo de la historia, construyendo torres, palacios, ciudades y templos sobre la faz de la Tierra; y vi cómo ésta se revolvía enfurecida contra estas edificacio¬nes y las engolfaba en lo más profundo de su seno.
    Vi cómo hombres fuertes erigían castillos inexpugnables y observé cómo embellecían los artistas sus muros con pin¬turas; después vi abrirse las fauces de la Tierra, desgarrarse sus entrañas y tragar cuanto había modelado la mano hábil y la mente luminosa del genio.
    Y comprendí que la Tierra es como una bella mujer que no necesita las joyas labradas por la mano del hombre para¬adornar su belleza, sino que se siente satisfecha con el lozano verdor de sus campiñas y las doradas arenas de sus playas, y las piedras preciosas de sus montañas.
    Pero vi que el hombre se enderezaba en su Divinidad como un gigante sobre la Cólera y la Destrucción, riéndose de la rabia de la Tierra y de la furia de los elementos.
    Como un pilar de luz, levantábase el Hombre en medio de las ruinas de Babilonia, Nínive, Palmira y Pompeya, y así, erguido, entonaba el cántico de la inmortalidad.

    Que la Tierra arrebate
    Lo que es suyo,
    Porque yo, el Hombre, no tengo fin.

    [align=center]6. RAZÓN Y CONOCIMIENTO[/align]

    Cuando te habla la razón, escucha lo que te dice y serás salvo. Haz buen uso de sus recomendaciones y serás como un hombre armado. Porque el Señor no te ha dado guía mejor que la Razón, ni brazo más fuerte que la Razón. Cuando la Razón habla a tu yo más profundo, te pone a prueba contra el Deseo. Porque la Razón es un ministro prudente, un guía leal y un sabio consejero. La razón es luz en las tinieblas, como la ira es oscuridad en medio de la luz. Sé sabio, que, tu guía sea la Razón, no el impulso.
    Pero debes tener presente que, aunque la Razón esté a tu lado, de nada te vale sin la ayuda del Conocimiento. Sin su hermano de sangre, el Conocimiento, la Razón es como la pobreza sin hogar; y el Conocimiento sin la Razón es como una casa sin protección. Y de poco te valdrá hasta el mismo Amor, la Justicia y la Bondad, si no van acompañados de la Razón.
    El hombre culto, pero carente de juicio, es como un soldado que entra en combate sin armas. Su cólera emponzo¬ñará a su comunidad, y él será como el grano de áloe en una vasija de agua pura.
    Razón y conocimiento son como cuerpo y alma. Sin el cuerpo, el alma no es más que viento vacío. Sin el alma, el cuerpo no es más que una estructura carente de sentimiento.
    La razón sin conocimiento es como la tierra sin labrar, como un campo yermo, o como el cuerpo humano sin ali¬mento.
    La razón no es como las mercancías que se venden en los mercados, que mientras más abundan, menos valen. El valor de la razón merma al abundar. Pero, cuando se vende en el mercado, sólo el sabio es capaz de entender su verdadero valor.
    El insensato no ve sino insensateces; y el loco no ve sino la locura. Ayer rogué a un tonto que contase los tontos que se movían en torno nuestro. Se echó a reír y me contestó:
    “Es una tarea demasiado difícil y me llevaría mucho tiempo. ¿No sería mejor que contase sólo los sabios?”
    Conoce tu verdadero valor y no perecerás. La razón es tu luz y tu antorcha de la Verdad. La razón es la fuente de la Vida. Dios te ha dado el Conocimiento para que a su luz no sólo le adores a él, sino que te veas a ti mismo con tus flaquezas y con tu fortaleza.
    Si no te quitas primero la paja que tienes en el ojo, no podrás ver la de tu vecino.
    Examina cada día tu conciencia y corrige tus faltas; si no cumples con este deber no serás fiel al Conocimiento y a la Razón que hay dentro de ti.
    Obsérvate a ti mismo, como si fueras tu propio enemigo; porque no puesdes aprender a gobernarte, mientras no aprendas primero a gobernar tus pasiones y a obedecer a los dictados de tu conciencia.
    Oí una vez decir a un hombre: “Todos los males tienen remedio, menos la insensatez. Reprender a un necio insensato o predicar a un idiota es como escribir en el agua. Cristo curó a los ciegos, a los lisiados, a los paralíticos y a los leprosos. Pero a los idiotas no pudo curarlos.”
    Estudia un problema desde todos los ángulos y tendrás la seguridad de descubrir dónde se ha deslizado el error. Cuando el portal de tu casa es ancho, procura que el pasi¬llo de atrás no sea demasiado estrecho.
    El que intente aprovechar una oportunidad después que ha pasado junto a él, es como el que la ve acercarse, pero no sale a su encuentro.
    Dios no obra el mal. Nos da la Razón y el Conocimiento para que estemos siempre en guardia contra los peligros del Error y de la Destrucción.
    Bienaventurados aquellos a quienes Dios ha hecho merced con el don de la Razón.

    [align=center]7. DE LA MÚSICA[/align]

    Me senté junto a la amada de mi corazón y escuché sus palabras. Mi alma empezó a vagar por los espacios infinitos en que el universo parecía un sueño y el cuerpo una prisión estrecha.
    La voz encantadora de mi Amada penetraba mi corazón. Es la Música, oh amigos, porque la escuché en los suspiros de aquella a quien amaba, y en las palabras a medio murmu¬rar entre sus labios.
    Con los ojos de mi oír vi el corazón de mi Adorada.
    Amigos míos: la música es el lenguaje del espíritu. Su melodía es la’ brisa juguetona que hace temblar de amor las cuerdas. Cuando los aéreos dedos de la música llaman a la puerta de nuestro sentimiento, despiertan memorias dormidas desde tiempos remotos en las profundidades del Pasado. Las tristes vibraciones de la música provocan en nosotros melan¬cólicas nostalgias; y sus poéticos sones nos traen recuerdos placenteros El vibrar de las cuerdas nos hace llorar cuando se nos va un ser querido o sonreír por la.paz que Dios nos ha concedido.
    El alma de la Música es el Espíritu, y su mente es el Cora¬zón.
    Cuando Dios creó al Hombre, le otorgó la Música como un lenguaje distinto de todos los demás. Y el hombre primi¬tivo cantaba su gloria en la soledad; y ella movía el corazón de los reyes y los hacía salir de su trono.
    Nuestras almas son como delicadas flores a merced de los vientos del Destino. Tiemblan a la brisa matutina e inclinan la cabeza bajo el rocío que desciende del cielo.
    El trino del pájaro despierta al Hombre de su sueño y lo invita a incorporarse a los salmos de gloria cantados a la Sabi¬duría Eterna que ha creado el trino del pájaro.
    Esa música nos hace preguntarnos cuáles el significado de los misterios contenidos en los libros antiguos.
    Cuando cantan los pájaros, ¿llaman a las flores de los campos o hablan a los árboles, o repiten el murmullo de los arroyos? Porque el Hombre, con todo su entendimiento, no es capaz de saber lo que canta el pájaro, ni lo que murmura el arroyuelo, ni lo que susurran las olas cuando lamen la playa lenta y delicadamente.
    El hombre no es capaz de saber con todo su entendimien¬to qué es lo que dice la lluvia al caer sobre las hojas de los árboles, o cuando sus gotas-golpean los cristales de la ventana.
    No puede saber lo que la brisa está diciendo a las flores de los campos.
    Pero el Corazón del Hombre puede sentir y captar el significado de estos sonidos que hacen vibrar sus sentimien¬tos. La Sabiduría Eterna habla frecuentemente en un lenguaje misterioso; Alma y Naturaleza conversan juntas, mientras el Hombre se queda sin habla perplejo.
    Sin embargo, ¿no ha orado el Hombre al escuchar los sonidos? ¿Y no son sus lágrimas un entendimiento elocuente?

    ¡Música Divina!
    Hija del Alma del Amor.

    Copa de amargura
    Y de Amor .
    Sueño del corazón humano,
    Fruto del dolor.

    Flor de alegría, aroma
    Y efluvio del sentimiento.
    Lengua de los amantes, reveladora
    De los secretos.

    Madre de las lágrimas del amor oculto,
    Inspiradora de poetas, músicos y
    Arquitectos.

    Unidad de pensamientos latentes
    En fragmentos de palabras.

    Tú has diseñado con belleza al amor,
    Néctar del corazón, exultante
    Del mundo de los sueños.

    Vigorizadora de los guerreros
    Y fortaleza de las almas,
    océano de piedad y mar de ternura.

    ¡Oh Música!
    En tu seno depositamos nuestros corazones
    Y nuestras almas.
    Tú nos has enseñado a ver
    Con nuestros oídos,
    Y a oír con nuestros corazones.

    [align=center]8.DE LA SABIDURÍA[/align]

    El hombre sabio es el que ama y reverencia a Dios. El mérito del hombre está en su conocimiento y en sus accio¬nes, no en su -color, fe, raza o nacimiento. Porque debes tener presente, amigo mío, que el hijo de un pastor que posee conocimientos vale más para una nación que el heredero de su trono, si éste es un ignorante. El conocimiento es tu verda¬dera ejecutoria de nobleza, sea quien fuere tu padre o tu raza.
    El saber es la única riqueza de que no te pueden despojar los tiranos. Sólo la muerte puede apagar la lámpara del cono¬cimiento que arde dentro de ti. La verdadera riqueza de una nación no consiste en su oro ni en su plata, sino en su saber, en su sabiduría y en la rectitud de sus hijos.

    Las riquezas del espíritu embellecen la paz del hombre y producen simpatía y respeto. El espíritu de cualquier ser se manifiesta en los ojos, en el semblante y en todos los movimientos y gestos del cuerpo. Nuestra apariencia, nuestras palabras, nuestras acciones no son nunca más grandes que nosotros. Porque el alma es nuestra casa; nuestros ojos, sus ventanas; y nuestras palabras, sus mensajeros.

    El saber y el entendimiento son los fieles compañeros de la vida, que nunca te serán desleales. Porque el conocimiento es tu corona y el entendimiento tu báculo; y no podrás poseer mayores tesoros cuando los llevas contigo.

    El que te entiende es más allegado a ti que tu mismo hermano. Porque los parientes pueden no entenderte ni conocer tu verdadero valor.

    La amistad con el ignorante es tan imbécil como discutir con un borracho.

    Dios te ha dotado de inteligencia y de conocimiento. No apagues la lámpara de la Gracia Divina, ni dejes que se extin¬ga el cirio de la sabiduría en las tinieblas de la licencia y del error. Porque el sabio avanza iluminando cón su antorcha el camino de la humanidad.

    Debes saber que un solo hombre justo produce más aflic¬ción al Diablo que un millón de creyentes ciegos.

    Un poco de conocimiento operante vale infinitamente más que un gran caudal de saber inactivo.
    Si tu saber no te enseña el valor de las cosas y no te libera de la esclavitud a la materia, jamás te acercarás al trono de la Verdad.
    Si tu conocimiento no te enseña a elevarte por encima de la flaqueza y miseria humanas y a conducir a tu prójimo por el sendero de la justicia, eres sin duda alguna hombre de poco valor y seguirás siendo así hasta el Día del juicio.
    Aprende las palabras de sabiduría que pronuncian los sabios y aplícalas a tu propia vida. Vívelas, pero no trates de lucirte recitándolas, porque el que repite lo que no sabe no es mejor que un burro cargado de libros.

    [align=center]9. AMOR E IGUALDAD[/align]

    Mi pobre amigo, si supieras que la Pobreza que te produ¬ce tantas penalidades es precisamente la que revela el cono¬cimiento de la Justicia y la comprensión de la Vida, te sentirías contento con tu suerte.
    He dicho conocimiento de la Justicia: porque el rico está demasiado atareado en amasar una fortuna, para buscar este conocimiento.
    Y también he dicho comprensión de la Vida: porque el fuerte está demasiado ansioso y afanoso por conquistar poder y gloria, para seguir el camino recto de la verdad.
    Así, pues, regocíjate, mi pobre amigo, porque tú eres la boca de la Justicia y el libro de la vida. Alégrate, porque eres la fuente de la virtud de quienes te gobiernan y el pilar firme de la integridad de quienes te guían.
    Si fueras capaz de ver, mi atribulado amigo, que la des¬ventura que te ha postrado en la vida es cabalmente el poder que ilumina tu corazón y rescata tu alma de la sima del des precio para elevarla al trono de la reverencia, estarías conten¬to con tu sino y lo considerarías un patrimonio para instruir¬te y hacerte sabio.
    Porque la vida es una cadena formada de numerosos y heterogéneos eslabones. La amargura es el vínculo de oro entre la sumisión al estado presente y la esperanza prometida del futuro.
    Es la aurora entre sueño y despertar.
    Compañero mío que estás necesitado, la Pobreza sirve para acreditar la nobleza del espíritu, en tanto que la riqueza pone en evidencia su perversidad. El dolor suaviza los senti mientos y la Alegría cura el corazón herido. Cuando se acaba con el Dolor y la Pobreza, el espíritu del hombre queda como una tabla rasa en que no hay nada escrito, como no sean las señales del egoísmo y la codicia.
    Acuérdate de que la Divinidad es el yo verdadero del Hombre. No puede venderse por oro ni puede almacenarse y amontonarse como las riquezas del mundo de hoy. El hombre rico se ha despojado de su Divinidad y se ha aferrado a su oro. Y los jóvenes de hoy han olvidado su Divinidad y se han entregado a la licencia y al placer.
    Mi pobre amado, la hora que pasas con tu esposa y tus hijos, cuando vuelves del trabajo a tu hogar, es el tesoro más preciado que pueden poseer las familias humanas; es el emblema de la felicidad, que será el patrimonio de las gene¬raciones venideras.
    En cambio, la vida que disipa el rico lal amasar su oro no es en realidad sino la de los gusanos en la tumba. Es señal de miedo.
    Las la unas que viertes, mi atribulado amigo, son más puras que a carcajada del que trata de olvidar, y más dulces que el sarcasmo del que te desprecia. Esas lágrimas limpian el corazón de la plaga del odio, y enseña al hombre a com¬partir el dolor de los abatidos por la tristeza. Son las lágrimas del Nazareno.
    La fuerza que estás sembrando para el rico, la cosecharás en el -tiempo venidero, porque todas las cosas revierten a su fuente, según la Ley de la Naturaleza.
    Y el dolor que te ha cabido en suerte se tornará en alegría por la voluntad de los Cielos.
    Y las generaciones venideras aprenderán del Dolor y la Pobreza una lección de Amor e Igualdad.

    [align=center]10. OTROS DICHOS DEL MAESTRO[/align]

    Yo he estado aquí desde el principio, y estaré hasta el fin de los días; porque mi existencia no tiene límites. El alma humana es sólo una parte de la antorcha encendida que Dios separó de Sí al crear el mundo.
    Hermanos míos, aconsejaos unos a otros, porque en ese consejo radica la liberación del error y arrepentimiento fútil. La sabiduría de los más es vuestro escudo contra la tiranía. Porque, cuando nos pedimos consejo uno al otro, reducimos el número de nuestros enemigos.

    El que no pide consejo es un atolondrado. Su irreflexión lo ciega para la Verdad y lo hace perverso y peligroso para su prójimo.

    Una vez que hayas comprendido claramente un problema, afróntalo con resolución, porque eso es lo que hace el fuerte.

    Solicita el consejo de los ancianos, porque sus ojos han mirado a la cara de los años y sus oídos han escuchado las voces de la Vida. Aunque su consejo te parezca desagradable, síguelo.

    No esperes un buen consejo de ningún tirano, malhechor, engreído o desertor del honor. ¡Ay del que colabore con el perverso que viene a pedirle consejo! Porque dar la razón o aliarse con el malhechor es una infamia, y dar oídos a la falsedad es una traición.

    Mientras no esté dotado de gran conocimiento, criterio certero y profunda experiencia, no podré considerarme con¬sejero de los hombres.

    Avanza despacio y no seas negligente cuando se te presen¬te una oportunidad. De esta manera evitarás grandes equivo¬caciones.

    Amigo mío, no seas como él que se sienta frente al fuego y ve cómo éste se consume, intentando en vano soplar las cenizas muertas. No te rindas ni te entregues a la desespera¬ción por lo pasado, porque lamentar lo irremediable es la peor de las flaquezas humanas.

    Ayer me arrepentí de lo que había hecho, y hoy com¬prendo mi error y el mal que atraje sobre mí al quebrar mi arco y destruir mi aljaba.

    Te amo, hermano mío, quien quiera que seas, lo mismo si adoras a Dios en una iglesia, que si te hincas de rodillas en un templo o rezas en una mezquita. Tú y yo somos hijos de una sola fe, porque los diversos caminos de la religión son dedos de la mano amante de un solo Ser Supremo, mano qué se extiende a todos, ofrece la plenitud del espíritu a todos y está deseosa de recibir de todos.

    Dios te ha concedido un espíritu con alas, para que surques firmemente el espacio del Amor y ‘de la Libertad. ¿No es, por tanto, una pena que te arranques las alas con tus mismas manos y tenga después tu alma que arrastrarse como un insecto sobre la tierra?

    Alma mía, vivir es como el corcel de la noche, cuanto más rápida sea su carrera, más pronto llegará el día.

    [align=center]11. EL QUE ESCUCHA[/align]

    Oh viento, tú que pasas junto a nosotros, unas veces cantando suave y dulcemente, otras sollozando y lamentán¬dote: te oímos, pero no podemos verte. Sentimos tu aliento, pero no podemos vislumbrar tu forma. Eres como un océano de amor que engolfa nuestros espíritus, pero no los ahoga.
    Tú subes con las montañas y bajas con los valles, espar¬ciéndote por las campiñas y praderas. Hay fuerza en tu subida y delicadeza en tu bajada, y gracia en tu dispersión. Eres como un rey magnánimo, benigno para los oprimidos, pero severo para los arrogantes y los fuertes.
    En Otoño gimes a través de los valles y los árboles se hacen eco de tus quejumbres. En Invierno quiebras nuestras cadenas y toda la naturaleza se rebela contigo.
    En Primavera te sacudes la modorra invernal, débil toda¬vía y sin fuerzas, y en tu leve rebullir comienzan a despertar los campos.
    En Verano te escondes tras el velo del Silencio, como -si te hubieras muerto, agobiado por los rayos del Sol y los dardos de la canícula.
    ¿Te lamentabas por ventura en los últimos días de Otoño, o te reías ante el rubor de los árboles desnudos? ¿Te encolerizabas en Invierno, o era qu, bailabas en torno a la tumba de la Noche inmensamente cubierta de nieve?
    ¿Languidecías acaso en Primavera, o expresabas tu duelo por la pérdida de tu amada, la juventud de todas las Esta¬ciones?
    ¿Estabas por desgracia muerto en los días de invierno, o sólo dormías en el corazón de los frutos, en los ojos de las viñas o en los oídos del trigo que se trillaba en las eras?
    Te levantas de las calles de las ciudades, portando los gérmenes de las plagas; y desde los huertos propagas el aliento fragante de las flores. Así la gran Alma conforma la tristeza de la vida y se incorpora en silencio a sus alegrías.
    En los oídos de la rosa susurras un secreto cuyo signifi¬cado ella capta; frecuentemente está entristecida, pero luego se alboroza y regocija. Lo mismo hace Dios con el alma del Hombre.
    Ya te detienes morosamente. Ya te apresuras de aquí para allá, moviéndote sin cesar. Lo mismo es la mente del Hombre, que vive cuando está en actividad y muere cuando se deja llevar por la pereza.
    Escribes tus canciones sobre la superficie de las aguas; y después las borras. Otro tanto hace el poeta cuando está creando.
    Del Sur llegas cálido como el Amor; y del Norte, frío como la Muerte. De Oriente, como el toque del Alma; y del Poniente con la violencia de la ira y de la Furia. ¿Eres tan cambiante como la Edad, o eres el correo de nuevas noticias desde los cuatro puntos de la tierra?
    Te encrespas sobre el desierto, aplastas con tu pie a las caravanas inocentes, sepultándolas bajo montañas de arena. ¿Eres por ventura la misma brisa suave y juguetona que tiembla al amanecer entre las hojas y las ramas, y se diluye como un sueño a lo largo de los .sinuosos valles, donde las flores se inclinan para saludarte, y los tallos de la hierba se encorvan con los párpados pesados, cuando -se intoxican con tu aliento?
    Surges de los océanos y sacudes sus profundidades silen¬ciosas con tu cabellera, y devoras en tu cólera las naves y sus tripulaciones. ¿Eres acaso la misma aura sutil que acaricia los bucles de los niños cuando andan jugando por su casa?
    ¿Adónde transportas nuestros corazones, nuestros suspi¬ros, nuestros alientos, nuestras sonrisas? ¿Qué haces con lal llameantes antorchas de nuestras almas? ¿Las llevas más allá del horizonte de la Vida? ¿Las arrastras como víctimas pro¬piciatorias a cavernas distantes y horribles, para destrozarlas?
    En la noche tranquila y sosegada, los corazones te revelan sus secretos. Y al llegar la alborada, los ojos se abren a tu gentil caricia. ¿Reparas en lo que ha sentido el corazón o visto los ojos?
    Entre tus alas deposita el triste el eco de sus melancólicas canciones, el huérfano los fragmentos de su despedazado corazón, y el oprimido sus gemidos dolorosos. Entre los plie¬gues de tu planto pone el peregrino sus anhelos y su nostal¬gia, el abandonado su amargura, y la mujer caída su desespe¬ración.
    ¿Guardas todo esto que te entrega el humilde en tu segu¬ro seno? ¿O eres como la Madre Tierra que sepulta cuanto produce?
    ¿Escuchas estas quejumbres y lamentos? ¿Te haces eco por ventura de estos gemidos y del lloro de estos seres angus¬tiados? ¿O eres como los soberbios y los poderosos, que no ven la mano que se extiende hacia ellos ni escuchan los gritos de los pobres?
    ¡Oh Vida! ¿De todo lo que escuchas qué oyes?

    [align=center]12. AMOR Y JUVENTUD[/align]

    Un joven en los albores de la vida estaba sentado a su mesa de estudio en una mansión solitaria. Ya miraba a través de la ventana al cielo tachonado de fulgurantes estrellas, ya volvía la vista hacia el cuadro de’ una doncella, que sostenía en la mano. Sus líneas y colores eran una verdadera obra maestra; se reflejaban en la mente del joven y le abrían los secretos del Mundo y el misterio de la Eternidad.
    El cuadro de la mujer estaba llamando al joven que, en aquel momento, sintió que sus ojos se convertían en oídos y entendían el lenguaje de los espíritus que flotaba por la estan¬cia; y su corazón se sintió transido de amor.
    Así fueron pasando las horas como si sólo fuesen un momento de algún ensueño maravilloso, o un año nada más en la vida de la Eternidad.
    Entonces colocó el joven la imagen ante sí, cogió la pluma y comenzó a verter sobre el pergamino los sentimien¬tos de su corazón.
    “Amada mía: La gran verdad que trasciende a la Natura¬leza no se comunica de un ser a otro por medio del habla humana. La verdad prefiere el Silencio para llevar su signifi¬cado alas almas amantes.
    Ya sé que el silencio de la noche es el mejor mensajero entre nuestras dos almas, porque es portador del mensaje del Amor y recita los salmos de nuestros corazones. De la misma manera que Dios ha hecho a nuestras almas prisioneras de nuestros cuerpos, el Amor me ha hecho también cautivo de las palabras y del habla.
    Dicen, Amada mía, que el Amor es una llama devoradora que arde en el corazón del hombre. Desde la primera vez que nos vimos, supe que te había conocido durante siglos, y com¬prendí cuando nos separamos que nada era lo bastante fuerte para mantenernos alejados.
    La primera vez que te vi, no fue realmente la primera. La hora en que se encontraron nuestros corazones me confir¬mó en la creencia en la Eternidad y en la inmortalidad del Alma.
    En un momento como ése, la Naturaleza levanta el velo de quien se cree oprimido y descubre y acredita su justicia imperecedera.
    ¿Recuerdas aquel arroyuelo junto al cual nos sentábamos a contemplarnos, Amada mía? ¿Sabes que tus ojos me decían entonces que tu amor no brotaba de la piedad, sino de la justicia? Y ahora puedo proclamarme a mí mismo y al mundo que las dádivas que derivan de la justicia son mayores que las que se deben a la caridad.
    Y puedo también decir que el Amor, hijo de la casuali¬dad, es como el agua estancada de los pantanos.
    Amada mía, ante mí se extiende una vida que puedo convertir en grandeza y belleza, una vida que empezó con nuestro primer encuentro y que durará toda la eternidad.
    Porque sé que tú puedes propagar el poder que Dios me ha otorgado, para expresarlo en grandes palabras y acciones, como el Sol hace nacer las flores fragantes de los campos.
    Y por eso, mi amor hacia ti durará eternamente.”
    El joven se levantó y atravesó lenta y pausadamente la habitación. Miró a través de la ventana y vio que la Luna emergía del horizonte y llenaba el vasto espacio con su deli¬cado resplandor.
    Después volvió a su mesa y escribió:
    “Perdóname, Amada mía, por hablarte, en segunda perso¬na. Porque tú eres mi otra hermosa mitad, que me ha faltado desde que salimos de la mano sagrada de Dios. ¡Perdóname, Amada mía!”

    [align=center]13. LA SABIDURÍA Y YO[/align]

    En el silencio de la noche, la Sabiduría penetró en mi cuarto y se quedó de pie junto al lecho. Me miró con la expresión de una madre cariñosa, enjugó mis lágrimas y me dijo:
    He escuchado los gemidos de tu alma y he venido a consolarte. Abreme tu corazón, que yo lo llenaré de luz. Pregúntame, que yo te mostraré el camino de la Verdad.
    Atendí a su indicación y le pregunté:

    -¿Quién soy yo, Sabiduría, y cómo llegué a este lugar de horrores? ¿Qué son estas inmensas esperanzas, estas monta¬ñas de libros y estas extrañas figuras? ¿Qué son estos pensa¬mientos que vienen y van como bandadas de palomas? ¿Qué son estas palabras que articulamos con deseo y escribimos con alegría? ¿Qué son estas tristes y gozosas conclusiones que abrazan mi alma y envuelven mi corazón? ¿De quién son estos ojos que me miran y taladran hasta los rincones más oscuros de mi alma y, sin embargo, no se ocupan de mi pena? ¿Qué son estas voces que lamentan el paso efímero de mis días y cantan las alabanzas de mi niñez? ¿Quién es este joven que juega con mis deseos y se burla de mis sentimientos, olvi¬dándose de las acciones de ayer contentándose exclusiva¬mente con lo pequeño de hoy y armándose contra el lento acercarse del mañana?
    ¿Qué es este mundo horrible y a qué tierra desconocida me lleva?
    ¿Cuál es esta tierra que abre anchurosamente sus fauces para tragar nuestros cuerpos y prepara un albergue imperece¬dero para los avaros? ¿Quién es este Hombre que se da por contento con los favores de la Fortuna y está suspirando por un beso de los labios de la Vida, mientras la Muerte le abofe¬tea el rostro? ¿Quién es este Hombre que compra un momen¬to de placer con un año de arrepentimiento, y se entrega al sueño, cuando le rondan las pesadillas? ¿Quién es este Hombre que nada en las olas de la Ignorancia, hacia el vértice de las Tinieblas?
    Dímelo, Sabiduría… ¿qué son todas estas cosas?

    Y la Sabiduría abrió sus labios y habló:

    -Tú, Hombre, eres capaz de ver el mundo con los ojos de Dios y captar los secretos del más allá a través del pensamien¬to humano. Este es el fruto de la ignorancia.
    Sal al campo y contempla cómo las abejas rondan las hermosas flores, y el águila se abalanza sobre su presa. Entra en la casa de tu vécino y ve al pequeñuelo fascinado por las llamas del hogar, mientras la madre trajina en sus tareas domésticas. Sé como la abeja y no desperdicies los días de tu primavera mirando lo que hace el águila. Sé como el niño a quien encanta el fuego de la chimenea y deja que la madre se dedique a sus quehaceres. Todo lo que ves fue y sigue siendo tuyo.
    Los numerosos libros, figuras extrañas y bellos pensa¬mientos que te rodean son fantasmas de espíritus que te han precedido. Las palabras pronunciadas por tus labios son los eslabones que te vinculan a tus semejantes. Las conclusiones tristes y alegres son las semillas del pasado arrojadas en el surco de tu alma, para ser cosechadas en el futuro.
    El joven que juega con tus deseos es el que va a abrir la puerta de tu corazón para que entre la luz. La tierra que abre sus voraces fauces para tragar al hombre y, con él, sus obras, es la redentora de nuestras almas, que las liberará de la escla¬vitud a nuestros cuerpos.
    El mundo que se mueve contigo es tu propio corazón, que es el mundo mismo. Y el hombre a quien consideras tan pequeño e ignorante, es el mensajero de Dios que ha venido a aprender la alegría de la vida a través del dolor y de la igno¬rancia.
    Así habló la Sabiduría y poniéndome una mano en la frente calenturienta, me dijo:
    -Sigue adelante. No te detengas. Avanzar es caminar ha¬cia la perfección. Sigue adelante, sin temor a las espinas ni a las piedras cortantes del camino de la Vida.

    [align=center]14. LAS DOS CIUDADES[/align]

    La vida me tomó en sus alas y me condujo a la cumbre del Monte de la Juventud. Después me señaló a su espalda y me invitó a que mirase hacia allá. Ante mis ojos se extendía una ciudad extraña, de la cual emergía una humareda oscura de múltiples matices, que se movían lentamente como fantas¬mas. Una tenue nube ocultaba casi completamente la ciudad de mi vista.
    Tras un momento de silencio, exclamé:
    -¿Qué es lo que estoy viendo, Vida?
    Y la Vida me contestó:
    -Es la Ciudad del Pasado. Mira y reflexiona.
    Contemplé aquel escenario maravilloso y distinguí nume¬rosos objetos y perspectivas: atrios erigidos para la acción, que se erguían como gigantes bajo las alas del Sueño; templos del Habla, en torno a los cuales rondaban espíritus que llora¬ban desesperados o entonaban cánticos de esperanzas. Vi iglesias construidas por la fe y destruidas por la Duda. Divisé minaretes del Pensamiento, cuyas espirales emergían como brazos levantados de mendigos; vi avenidas de Deseo que se prolongaban como ríos a lo largo de los valles; almacenes de secretos custodiados por centinelas de la Ocultación, y saqueados por ladrones de la Revelación; torres poderosas erigidas por el Valor y demolidas por el Miedo; santuarios de Sueños embellecidos por el Letargo y destruidos por la Vigi¬lia; débiles cabañas habitadas por la Fragilidad; mezquitas de Soledad y Abnegación; instituciones de enseñanza iluminadas por la Inteligencia y oscurecidas por la Ignorancia; tabernas del Amor, en que se emborrachaban los enamorados, y el Despojo se mofaba de ellos, teatros en cuyos tablados la Vida desarrollaba su comedia, y la Muerte ponía el colofón a las tragedias de la Vida.
    Tal es la llamada Ciudad del Pasado -aparentemente muy lejos, pero en realidad, muy cerca- visible apenas a través de los crespones tenebrosos de las nubes.
    Entonces la Vida me hizo una señal, mientras me decía:
    -Sígueme. Nos hemos detenido demasiado aquí.
    -¿Adónde vamos, Vida? -le pregunté.
    Y la vida me dijo:
    -Vamos a la Ciudad del Futuro.
    -Ten piedad de mí, Vida -le repuse-. Estoy cansado, tengo los pies doloridos y la fuerza me abandona.
    Pero la Vida insistió:
    -Adelante, amigo mío. Detenerse es cobardía. Quedarse para siempre contemplando la Ciudad del Pasado es Locura. Mira, la Ciudad del Futuro está ya a la vista… invitándonos.

    [align=center]15. LA NATURALEZA Y EL HOMBRE[/align]

    Al romper del día me senté en una vega, en animada con¬versación con la Naturaleza, mientras el Hombre dormía apaciblemente bajo los cobertores del sueño. Me tendí en la verde gama y me puse a reflexionar sobre estas preguntas:
    “¿Es la Belleza la Verdad? ¿Es la Verdad la Belleza?”
    Y en mis pensamientos me sentí transportado lejos de la humanidad, y mi imaginación levantó el velo de la materia que ocultaba mi yo interior. El alma se me abrió y me acerqué más a la naturaleza y calé más hondo en sus secretos, mientras mis oídos se despejaban para entender el lenguaje de sus maravillas.
    Reclinado estaba en las honduras del pensamiento, cuando sentí pasar la brisa entre las ramas de los árboles y oí un suspiro, como el que podía exhalar algún huérfano extra¬viado.
    -¿Por qué suspiras, suave brisa? -pregunté.
    Y la brisa me contestó:
    -Porque llego de la ciudad abrasada por el calor del Sol, y los gérmenes y contaminaciones de las pestes se han pega¬do a mis puras vestiduras. ¿Serás capaz de reprocharme que me lamente?
    Después posé la mirada en los semblantes llorosos de las flores y escuché su tenue congoja. Y les pregunté:
    -¿Por qué lloráis, mis encantadoras flores?
    Una de ellas levantó su hermosa cabeza y musitó:
    -Lloramos porque va a venir el Hombre y nos va a tronchar y después nos pondrá a la venta en los mercados de la ciudad.
    Y otra flor añadió:

  2. -Al oscurecer, por la tarde, cuando estemos marchitas, nos arrojará al montón de la basura. Sollozamos porque la mano cruel del hombre nos arranca de nuestras comarcas nativas.
    Y escuché lamentarse al arroyo, como viuda que girnc por su hijo muerto y le pregunté:
    -¿Por qué lloras, mi puro arroyuelo?
    Y él me contestó:
    -Porque no tengo más remedio que llegar a la ciudad, donde el Hombre me desprecia y me abandona para ingerir bebidas más fuertes y me convierte en devorador de sus suciedades, mancilla mi pureza y trueca mi divinidad en inmun¬dicia.
    Y a mis oídos llegó el doliente gorjeo de los pájaros, a quienes pregunté:
    -¿Por qué sollozáis mis dulces pajarillos?
    Y uno de ellos se me acercó volando, se posó en el extre¬mo de una rama y canturreó:
    -Los hijos de Adán no tardarán en llegar a este lugar secreto con sus armas mortíferas y nos declararán la guerra, como si fuésemos sus enemigos mortales. Ahora nos estamos despidiendo unos de otros, porque no sabemos quiénes van a escapar a la furia del hombre. La Muerte nos sigue dondequie¬ra que vayamos.
    El Sol emergió entonces tras los picachos de las montañas y doró de guirnaldas las puntas de los árboles. Contemplé extasiado esta hermosura y me pregunté:
    -¿Por qué ha de destruir el Hombre lo que ha construido la Naturaleza?

    [align=center]16. LA HECHICERA[/align]

    La mujer que amó mi corazón estaba ayer sentada en esta solitaria habitación, reposando_ su hermoso cuerpo sobre este diván de terciopelo. Y bebía vino añejo en estas copas de cristal.
    Pero es un sueño de ayer; porque la mujer a quien amó mi corazón se ha ido a un lugar lejano… la Tierra del Olvido y del Vacío.
    Aún queda sobre mi espejo la huella de sus dedos; y la fragancia de su aliento sigue todavía entre los pliegues de mi ropa; y puede escucharse aún el eco de su dulce voz en esta habitación.
    Pero la mujer que amó mi corazón ha ido a un paraje remoto, que se llama Valle del Destierro y de la Amnesia. Junto a mi lecho cuelga su retrato. He guardado en un cofre de plata, incrustado de esmeraldas y coral, las cartas de amor que me escribiera. Y todas estas cosas quedarán conmi¬go hasta mañana, cuando el viento las arrebate hacia el olvi¬do, donde sólo reina el silencio mudo.
    La mujer que amé es como todas a las que habéis entrega¬do vuestros corazones. Es de una belleza extraña, como modelada por un Dios; dulce como la paloma, astuta como la serpiente, elegantemente arrogante como el pavo real, cruel como el lobo, esbelta como el blanco cisne y terrible como la negra noche. Está plasmada enteramente de un puñado de tierra y de esencias de espuma marina.
    He conocido a esta mujer desde que era niño. La he segui¬do por los campos y me he aferrado al ruedo de su vestido cuando paseaba por las calles de la ciudad. La he conocido desde los días de mi juventud y he contemplado la sombra vaga de su semblante en las páginas de los libros que he leído. He escuchado su voz celestial en el murmullo del arroyo.
    A ella abrí los desengaños de mi corazón y los secretos de mi alma.
    La mujer a quien ha amado mi corazón se ha ausentado a un lugar frío, desolado y distante… Es la Tierra del Vacío y del Olvido.
    La mujer a quien amara mi corazón se llama Vida. Es de hermosura cautivadora, que arrastra hacia sí los corazones de todos. Toma nuestras vidas en prenda y sepulta en promesas nuestros anhelos.
    La Vida es una mujer que se baña en los charcos de lágri¬mas de sus amantes, y se unge con la sangre de sus víctimas. Los atavíos con que se ciñe son blancos días, franjeados por las tinieblas de la noche. Arrebata el corazón al hombre que la ama, pero no quiere entregarse en matrimonio.

    La Vida es una hechicera…
    Que nos seduce con su beldad…
    Pero el que sabe sus artimañas…
    De sus embrujos escapará.

    [align=center]17. LA JUVENTUD Y LA ESPERANZA[/align]

    La juventud pasó junto a mí, y yo la seguí hasta una campiña lejana. Allí se detuvo y clavó los ojos en las nubes que se cernían sobre el horizonte como un rebaño de blancos corderos. Después miró a los árboles, cuyas ramas desnudas señalaban el cielo, como si pidiesen a la Altura que les devol¬viese su follaje.
    Y yo le dije:
    -¿Dónde estamos, juventud?
    A lo que replicó:
    -Estamos en la campiña de la Perplejidad. Observa.
    Y yo le dije:
    -Volvámonos inmediatamente, porque este paraje tan desolado me da miedo, y la vista de las nubes y de los árboles desnudos entristece mi corazón.
    A lo que replicó:
    -Ten paciencia. La Perplejidad es el principio de la sabi¬duría.
    Entonces miré en torno a mí y divisé una forma que se aproximaba graciosamente a nosotros, y pregunté:
    -¿Quién es esta mujer?
    Y la juventud replicó:
    -Es Melpómene, hija de Zeus y Musa de la Tragedia.
    -Oh, juventud feliz -exclamé-, ¿qué quiere de mí la Tragedia, estando tú a mi lado?
    Y me respondió:
    -Ha venido a enseñarte la Tierra y sus pesadumbres; porque el que no ha contemplado el Dolor jamás verá la Alegría.
    Entonces el espíritu me puso una mano sobre los ojos. Cuando la retiró, la juventud había desaparecido, y.yo me encontraba solo; despojado de mis vestiduras terrenas y excla¬mé acongojado:
    -Hija de Zeus, ¿dónde está la juventud?
    Pero Melpómene no me contestó, sino que me colocó bajo sus alas y me transportó a la cima de una altísima mon¬taña. Allá abajo veía la tierra y cuanto hay en ella, extendida como las páginas de un libro, sobre el cual se hubiesen graba¬do los secretos del universo. Me quedé atónito junto a la doncella, cavilando sobre el misterio del Hombre y afanándo¬me por descifrar los símbolos de la Vida.
    Y contemplé seres medrosos: los Angeles de la Felicidad peleaban con los Diablos de la Miseria, y entre ellos se erguía el Hombre, unas veces arrastrado por la Esperanza, y otras por la Desesperación.
    Vi cómo jugaban el Amor y el Odio con el corazón humano; el Amor, ocultándole su culpa y adormeciéndole con el vino de la sumisión, de la loa y de la adulación; en tanto que el Odio lo:provocaba, sellaba sus oídos y cegaba sus ojos a la Verdad.
    Y observé que la ciudad andaba a.gatas, como un niño de sus suburbios, y que se agarraba al vestido del hijo de Adán. Y allá, a lo lejos, divisé las lozanas campiñas que sollo¬zaban por la tribulación del Hombre.
    Vi sacerdotes echando espumarajos como raposas taimadas; y falsos mesías que conspiraban y maquinaban contra la felicidad del Hombre.
    Y fui testigo de cómo el Hombre pedía auxilio a la Sabi¬duría para que lo liberase; pero la Sabiduría no quiso escu¬char sus gritos, porque la había desairado cuando ella le habló en las calles de la ciudad.
    Y observé cómo los predicadores levantaban su vista hacia los cielos en gesto de adoración, mientras sus corazones se enfangaban en las ciénagas de la Codicia.
    Y vi a un joven que trataba de conquistar el corazón de una doncella con sus palabras seductoras; pero sus verdaderos sentimientos estaban adormecidos, y su divinidad se encon¬traba muy lejos.
    Advertí que los legisladores charlaban como tontos, perdiendo el tiempo y vendiendo sus mercancías en los mercados del Engaño y la Hipocresía.
    Divisé a los médicos, que jugaban con las almas de los ingenuos y de corazón sencillo.
    Vi que los ignorantes estaban sentados junto a los sabios, elevando su pasado al trono de la gloria, adornando su presente con los delicados mantos de la abundancia y prepa¬rando un diván suntuoso para el futuro.
    Observé cómo los pobres, desamparados arrojaban la semilla, y cómo se apoderaban los. fuertes de la cosecha; en tanto que la opresión, mal llamada Ley, hacía centinela a lo que estaba aconteciendo.
    Vi a los ladrones de la Ignorancia saqueando los tesoros del Saber, en tanto que los custodios de la Luz se hundían en el sueño profundo de la inacción.
    Y descubrí a dos amantes; pero la mujer era como un laúd en manos de un hombre que no sabe tañerlo, sino que sólo entiende de ásperas estridencias.
    Y divisé a las fuerzas del Saber sitiando la ciudad del Privilegio Heredado; pero eran escasos en número y no tardaron en ser dispersados.
    Y vi a la Libertad caminando a solas, llamando a las puertas de -las casas e implorando un albergue; pero nadie hacía caso de sus palabras suplicantes.
    Después contemplé el espectáculo de la Prodigalidad avanzando a pasos arrogantes en todo su esplendor ante la multitud, que la aclamaba como si fuese la Libertad.
    Y vi a la Religión sepultada en libros, y a la Duda ocu¬pando su lugar.
    Y presencié cómo el hombre se ataviaba con el ropaje de la Paciencia, como manto para ocultar su Cobardía, y noté que llamaba Tolerancia a la Pereza, y Cortesía al Miedo.
    Y observé cómo el intruso se sentaba a la sabia mesa del Conocimiento, barbotando groserías, en tanto que los invi¬tados guardaban silencio.
    Y vi que el oro llenaba las manos de los despilfarradores, que lo empleaban para obrar el mal y llevar a cabo sus per¬versidades; y vi también el oro en manos de los miserables, como carnaza del odio. Pero, en cambio, no vi oro alguno en manos de los sabios.
    Cuando contemplaba estos tristes espectáculos, exhalé un gemido de dolor, y dije:
    -Oh, Hija de Zeus, ¿pero es ésta la Tierra? ¿Es este el Hombre?
    Y ella me contestó con voz suave y angustiada:
    -Lo que estás viendo es el camino del Alba, pavimentado con piedras de aristas cortantes y alfombrado de espinas. Esto no es más que la sombra del Hombre. Esto es la Noche. ¡Pero espera! ¡La mañana no tardará en llegar!
    Entonces me puso sobre los ojos su mano delicada, y cuando la retiró, he aquí que junto a mí caminaba a pasos lentos la juventud y, por delante de nosotros, marcando el :amino, marchaba la Esperanza.

    [align=center]18. RESURRECCIÓN[/align]

    Ayer, amada mía, yo estaba casi solo en el mundo, y mi soledad era tan miserable como la muerte. Era como una flor que crece a la sombra de un enorme peñasco, de cuya existen¬cia no se percata la Vida, pero él tampoco se percata de ella. Mas hoy se despertó mi alma y te vi de pie juntó a mí. Me levanté y regocijé; después me postré de hinojos ante ti y te adoré.
    Ayer, la caricia de la leve brisa me parecía áspera, amada mía, y débiles los rayos luminosos del Sol, una bruma cubría la faz de la Tierra y las olas del océano rugían como la tem¬pestad.
    Miré en torno de mí, pero no vi más que mi propio sufri¬miento que estaba junto a mí, mientras los fantasmas de las tinieblas se elevaban y abatían en torno de mí como buitres voraces.
    Pero hoy la Naturaleza está bañada de luz, y las olas rugientes de: han calmado y las nieblas disipado. Doquier tiendo los ojos, veo los secretos de la vida que se abren ante mí.
    Ayer era una palabra sin eco en el corazón de la Noche; hoy soy una canción en los labios del Tiempo.
    Y todo esto ha ocurrido en un solo momento y fue obra de una mirada, de una palabra, de un suspiro y de un beso. Ese momento, amada mía, ha fundido el pasado fácil de mi alma con las esperanzas del futuro que abriga mi corazón. Fue como un alba rosa que brota del seno a la luz del día. Ese momento fue para mi vida lo que el nacimiento de Cristo ha sido para los siglos de la Humanidad, porque estaba lleno de amor y de bondad. Trocó en luz las tinieblas, en júbilo el dolor, en dicha la desesperación.
    Amada, los fuegos del Amor descienden del cielo en múl¬tiples formas y contornos, pero la impresión que producen en el mundo es una sola. La minúscula llama que ilumina el cora¬zón humano es como una antorcha crepitante que baja del cielo para alumbrar las sendas de la Humanidad.
    Porque en una sola alma caben las esperanzas y sentimien¬tos de toda la Humanidad.
    Los judíos, amada mía, esperaron el advenimiento de un Mesías que les había sido prometido, y que iba a liberarlos de la esclavitud.
    Y la Qran Alma del Mundo pareció rendir un culto que ya no era necesario, a Júpiter y a Minerva, porque los sedientos corazones de los hombres no podían refrescarse con aquel vino.
    En Roma; los hombres ponían en duda la divinidad de Apolo, dios exento de misericordia, y la belleza de Venus ya se había marchitado.
    Porque, en lo más hondo de sus corazones, estas naciones tenían hambre y sed, aunque no lo entendiesen, de la ense¬ñanza suprema que iba a trascender a cuantos se hallaban sobre la faz de la Tierra. Suspiraban ardientemente por la libertad de espíritu que enseñase al hombre a regocijarse con su vecino a la luz del Sol y ante las maravillas de la vida. Porque esta anhelada libertad es la que acerca al hombre a lo No Visto, a lo cual puede aproximarse sin temor alguno y sin desdoro.
    Todo esto acontecía hace dos mil años, amada mía, cuando los deseos del corazón giraban en torno a las cosas visibles, temerosos de aproximarse al espíritu eterno… mientras Pan, Señor de los Bosques, poblaba de terror los corazones de los pastores, y Baal, Señor del Sol, oprimía y estrujaba con las manos despiadadas de los sacerdotes, las almas de los pobres y desheredados.
    Hasta que, en una sola noche, en una hora, en un instan¬te, los labios del espíritu se entreabrieron y pronunciaron la sagrada palabra, “Vida”; y la Vida se hizo carne en un infante que dormía arrullado en el regazo de una virgen, en un esta¬blo en que los pastores guardaban sus rebaños contra los asaltos de las feroces alimañas de la noche, y contemplaban absortos y maravillados al humilde recién nacido, que repo¬saba en el pesebre.
    El Rey Niño, envuelto en los míseros harapos de su madre, se sentó en el trono de los corazones dolientes y de las almas hambrientas, y desde el seno de su humildad arre¬bató el cetro del poder de las manos de Júpiter y se lo entre¬gó al pobre pastor que guardaba su rebaño.
    Y quitó a Minerva la Sabiduría, y la entronizó en el cora¬zón de un pobre pescador que estaba remendando sus redes. De Apolo tomó la Alegría a través de su propio dolor e hizo merced de ella al atribulado mendigo que pedía limosna a la vera del camino.
    Arrebató a Venus la Belleza y la derramó en el alma de la mujer caída, que temblaba ante su cruel e infamante opresor. Destronó a Baal y puso en su lugar al humilde labriego, que sembraba su simiente y cultivaba la tierra con el sudor de su frente.
    Amada, ¿no era acaso mi alma ayer como las tribus de Israel? ¿No esperaba yo por ventura en el silencic:lde la noche la llegada de mi Salvador, para que me liberase de la esclavi tud y de los sinsabores del Tiempo? ¿No sentía la misma gran sed y hambre de espíritu que estas naciones del pasado? ¿No avanzaba yo por el camino de la Vida, como un niño perdido en el desierto y no era mi vida acaso como la simiente arroja¬da sobre la piedra, que ningún ave busca, ni los elementos pueden abrir para hacerla fructificar?
    Todo esto acaeció ayer, amada mía, cuando mis sueños se agazapaban en la oscuridad y temían la llegada del día. Todo esto vino o sucedió cuando el Dolor desgarraba mi corazón y la Esperanza se afanaba por zurcir los jirones.
    En una noche, en una sola hora, en un instante el Espíritu descendió del centro del círculo de la luz divina y me miró con los ojos del alma. De esa mirada nació el Amor, que hizo su morada en mi corazón.
    Este Amor grande, arrebujado en lo más íntimo de mis sentimientos, ha convertido el dolor en Alegría, la desespe¬ranza en felicidad, la soledad en paraíso.
    El Amor, el gran Rey, ha devuelto la vida a mi yo muerto; ha encendido nuevamente la luz en mis ojos cegados por las lágrimas; me ha levantado desde el polvo de la desesperación hasta el reino celestial de la Esperanza.
    Porque todos mis días fueron como noches, amada mía. Pero he aquí que la aurora ha llegado; pronto emergerá el Sol. Porque el aliento del Niño Jesús ha llenado el firmamen¬to y se ha mezclado con el éter. La vida que antes estuviera llena de pesadumbre y aflicción, rebosa ahora de júbilo, pprque los brazos del Niño te estrechan en torno mío y cobi¬jan mi alma.

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