{"id":949,"date":"2009-01-11T01:40:38","date_gmt":"2009-01-11T01:40:38","guid":{"rendered":"http:\/\/vivelibre.org\/mybb\/?p=949"},"modified":"2009-01-11T01:40:38","modified_gmt":"2009-01-11T01:40:38","slug":"decrepitud:-notas-sin-destino","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/?p=949","title":{"rendered":"Decrepitud: Notas sin destino"},"content":{"rendered":"<p>Me asusta la decrepitud. Sobre todo la que recuerda el olor de lo rancio. La que vaticina la ausencia de esperanza. La que se mofa de las manos que acompa\u00f1an. La que elude las voces de quien pretende mitigar el acre sabor de lo que nunca regresar\u00e1. Me inquieta la decrepitud porque entiendo que en muchas ocasiones dar un paso es imposible.<\/p>\n<p>Me angustia la decadencia porque los enfermos decr\u00e9pitos no logran expresar una palabra o gesticular un gui\u00f1o alegre: el desasosiego supera el deseo. Me trastoca la decrepitud porque s\u00e9 que es irreversible. M\u00e1s irreversible y m\u00e1s dolorosa incluso que la muerte. \u00bfPor qu\u00e9? La muerte calla y no duele. Es total.<\/p>\n<p>La muerte nunca es problema para el muerto. Los muertos no se enteran que han muerto. Dejan de sufrir, dejan de estar, dejan de saber. Heredan sus recuerdos y su propia muerte a los vivos. S\u00e9 que me repito y me repito -muerto, muerte, muerto-, pero as\u00ed es: con la muerte muere todo y todo se repite. En cambio, con la decrepitud todo vive. Todo vive, pero vive peor. Todo sigue, pero contin\u00faa sin destino. Decrepitud y falta de destino son casi sin\u00f3nimos. Duelen diferente y achican distinto. Laceran y enturbian igual. La decrepitud hiere a quien la ve.<\/p>\n<p>La ausencia de destino asfixia a quien lo padece. Lo vetusto se vuelve cada d\u00eda m\u00e1s vetusto. La decrepitud hermana. Decadencia y ausencia de destino habitan el mismo cuerpo. Observo el rostro de la decrepitud en la cara de los enfermos. Huelo el sabor de lo viejo en sus zapatos deformes. El rostro decr\u00e9pito es plano, ins\u00edpido, sin gui\u00f1os. Sin tiempo. Nada lo modifica. Es seco. Tan seco que nada lo mueve. Tan lejano que es ausente. El rostro decr\u00e9pito casi no se inmuta, casi no es rostro. Unos cabellos sin tono caen en la frente. Los p\u00e1rpados no pesta\u00f1ean. Unos suspiros ladean la cabeza. Los labios apenas se mueven. La frente no se arruga. La facies del decr\u00e9pito es la misma ayer y hoy. Y la de ma\u00f1ana ser\u00e1 igual. El tiempo en esos rostros no transcurre. El reloj del bur\u00f3 es testigo de la inacci\u00f3n del tiempo: marca la misma hora desde hace semanas. El rostro es siempre el mismo. Siempre est\u00e1 te\u00f1ido por la misma ausencia. Casi no contiene muecas. Las muecas son vida, son presencia. Las manos paradas, apenas vivas, son extensi\u00f3n de la falta de expresi\u00f3n propia del decr\u00e9pito.<\/p>\n<p>La mirada del decr\u00e9pito es fija e imperturbable. Mira el vac\u00edo. El vac\u00edo donde nada se mueve y nada pasa. El vac\u00edo que observan quienes entienden lo que significa desesperanza. Me inquieta y atemoriza la mirada perdida. La que no regresa porque no tiene que otear. La mirada que al evadir la vida pregunta poco, pregunta quedo, pregunta sin preguntar, pregunta para no saber. La mirada del decr\u00e9pito anticipa la muerte. Mirar la nada no es un ejercicio voluntario; es una condici\u00f3n inequ\u00edvoca de la decrepitud. Esa mirada s\u00f3lo escapa temporalmente de su ingravidez por el murmullo de la voz, no por las im\u00e1genes. Mirar personas es demasiado. Mirar la voz es obligado. Es como el \u00faltimo aliento o el aliento indispensable. Mirar el vac\u00edo sin percibir siquiera que se observa es sin\u00f3nimo de decadencia. Los zapatos del decr\u00e9pito reflejan tambi\u00e9n los rasgos del deterioro. Son inamovibles, sin brillo. Los pies recargados perennemente en ellos imponen una serie de dobleces en la piel caracter\u00edsticos de los pies decr\u00e9pitos. Siempre est\u00e1n ah\u00ed y siempre son iguales. Calzarlos adecuadamente es imposible. Se requiere demasiada fuerza para levantar los pies y calzar bien los zapatos. Las labores diarias, anta\u00f1o practicadas incontables veces, recuerdan el significado de la decrepitud. Los zapatos permanecen siempre en el mismo sitio. Siempre es tambi\u00e9n una vivencia que se repite inexorablemente en los telares de la decrepitud. Nada cambia. La decrepitud suele ser siempre la misma. Me asusta la decrepitud. La del rostro, la de la mirada, la de los zapatos. Me amedrenta porque es inmodificable hasta que llega la muerte.<\/p>\n<p>\u00bfPor qu\u00e9 es inmodificable? Porque es una forma de estar en la vida sin recursos, desarmado, exang\u00fce, sin peso, sin tiempo. Sin siquiera entender que la vida ha sido suplida por otra vida. Me acobarda porque no encuentro c\u00f3mo modificarla, a pesar de que deseo hacerlo. La decrepitud duele diferente. Quien la mira se rinde ante su impotencia. Quien la padece la acepta como parte de un destino inamovible. Son, ciertamente, llagas distintas. Ver lo no visto. \/ Decir lo no dicho, escribi\u00f3 Cardoza y Arag\u00f3n. Ver y hablar. Recogerse y escribir. Callar. Vivir la decrepitud de los otros, atado ante lo imposible, impide escribir lo que se siente.<\/p>\n<p>1\/3\/2006 Arnoldo Graus Decrepitud: notas sin destino La Jornada, Mx<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Me asusta la decrepitud. Sobre todo la que recuerda el olor de lo rancio. La que vaticina la ausencia de esperanza. La que se mofa de las manos que acompa\u00f1an. La que elude las voces de quien pretende mitigar el acre sabor de lo que nunca regresar\u00e1. 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