{"id":721,"date":"2008-10-14T14:39:52","date_gmt":"2008-10-14T14:39:52","guid":{"rendered":"http:\/\/vivelibre.org\/mybb\/?p=721"},"modified":"2008-10-14T14:39:52","modified_gmt":"2008-10-14T14:39:52","slug":"el-jard\u00edn-del-tiempo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/?p=721","title":{"rendered":"El jard\u00edn del tiempo"},"content":{"rendered":"<p>El jard\u00edn del tiempo<br \/>\nJ. G. Ballard<br \/>\nThe garden of time, \u00a9 1961.<\/p>\n<p>Al atardecer, cuando la gran sombra de la villa alcanzaba la terraza, el conde Axel abandon\u00f3 su biblioteca y baj\u00f3 los anchos escalones de estilo rococ\u00f3 que conduc\u00edan hacia las flores del tiempo. Una figura alta e imperiosa con una chaqueta de terciopelo negro; un alfiler de corbata de oro brillaba bajo su barba a lo Jorge V. En una de sus enguantadas manos mec\u00eda ligeramente un bast\u00f3n. Comenz\u00f3 a inspeccionar las exquisitas flores de cristal, sin emoci\u00f3n, mientras escuchaba los sonidos del clavicordio de su esposa, que estaba tocando un rond\u00f3 de Mozart en la sala de m\u00fasica. Los ecos de la melod\u00eda vibraban a trav\u00e9s de los transl\u00facidos p\u00e9talos.<br \/>\nEl jard\u00edn de la villa se extend\u00eda unos doscientos metros bajo la terraza, llegando hasta un lago en miniatura cruzado por un puente blanco que conduc\u00eda a un menudo pabell\u00f3n en la orilla opuesta. Axel nunca se aventuraba m\u00e1s all\u00e1 del lago. La mayor parte de las flores del tiempo crec\u00edan en un peque\u00f1o arriate justamente bajo la terraza, amparadas por el alto muro que circundaba la finca. Desde la terraza, el conde pod\u00eda ver por encima del muro la llanura que hab\u00eda m\u00e1s all\u00e1; una gran extensi\u00f3n de terreno abierto que avanzaba en ondulaciones hasta el horizonte, donde ascend\u00eda suavemente antes de perderse de vista. La llanura rodeaba la casa por todas partes, y su mon\u00f3tono vac\u00edo acentuaba la soledad y la suave magnificencia de la villa. Aqu\u00ed, en el jard\u00edn, el aire parec\u00eda m\u00e1s brillante y el Sol m\u00e1s c\u00e1lido, mientras que en la llanura estaba siempre p\u00e1lido y remoto.<br \/>\nComo de costumbre, antes de empezar su usual paseo vespertino, el conde Axel mir\u00f3 a lo largo de la llanura hasta la \u00faltima elevaci\u00f3n, donde el horizonte estaba iluminado como un escenario por los rayos del Sol vespertino.<br \/>\nCuando las delicadas y armoniosas notas de Mozart llegaban a \u00e9l procedentes de las graciosas manos de su esposa, vio que las primeras filas de un enorme ej\u00e9rcito se mov\u00edan lentamente en el horizonte. A primera vista le pareci\u00f3 que avanzaban ordenadamente, pero en una inspecci\u00f3n m\u00e1s detallada pudo comprobar que el ej\u00e9rcito estaba formado por un vasto y confuso tropel de gente hombres y mujeres entremezclados con unos cuantos soldados de ra\u00eddos uniformes, y todos ellos avanzando como una marea humana. Algunos lo hac\u00edan dificultosamente, bajo pasadas cargas suspendidas de toscos yugos que rodeaban sus cuellos; otros luchaban con toscas carretas de madera, ayudando con sus manos el girar de las ruedas. Solo unos cuantos caminaban libres, pero todos avanzaban al mismo paso, recort\u00e1ndose sus figuras a la luz del huidizo Sol.<br \/>\nLa multitud estaba casi demasiado lejos para ser visible; sin embargo, Axel sigui\u00f3 observando, con expresi\u00f3n fr\u00eda y vigilante, hasta que se hizo claramente perceptible la vanguardia de un inmenso populacho. Por \u00faltimo, cuando la luz del d\u00eda comenz\u00f3 a desvanecerse, la multitud alcanzo la cresta de la primera ondulaci\u00f3n bajo el horizonte; entonces, Axel abandon\u00f3 la terraza y descendi\u00f3 a pasear entre las flores del tiempo.<br \/>\nLas flores crec\u00edan a una altura de dos metros; sus delgados tallos, como varillas de cristal, sosten\u00edan una docena de hojas. Al extremo de cada tallo estaba la flor del tiempo, del tama\u00f1o de una copa. Los opacos p\u00e9talos exteriores guardaban su coraz\u00f3n de cristal. Su brillantez diamantina presentaba mil facetas. Al ser movidas ligeramente por la brisa vespertina, refulg\u00edan como lanzas de fuego.<br \/>\nMuchos de los tallos hab\u00edan perdido su flor, y Axel los examinaba cuidadosamente, con un destello de esperanza en los ojos en su b\u00fasqueda de alg\u00fan nuevo brote.<br \/>\nPor \u00faltimo, seleccion\u00f3 una gran flor de un tallo cercano al muro, se quit\u00f3 los guantes y la arranc\u00f3 con sus fuertes dedos.<br \/>\nCuando llevaban la flor a la terraza esta comenz\u00f3 a centellear y a deshacerse, y la luz procedente del coraz\u00f3n fue desvaneci\u00e9ndose. Lentamente, el cristal tambi\u00e9n empez\u00f3 a disolverse, y s\u00f3lo los p\u00e9talos de alrededor permanec\u00edan intactos. El aire que rodeaba a Axel se tom\u00f3 brillante y v\u00edvido. En un instante, la tarde pareci\u00f3 transformarse, alternando sutilmente sus dimensiones de tiempo y espacio. El obscurecido p\u00f3rtico de la casa qued\u00f3 despojado de su p\u00e1tina, y relumbraba con una espectral blancura, como surgido repentinamente de un sue\u00f1o.<br \/>\nAlzando la cabeza, Axel mir\u00f3 fijamente otra vez por encima del muro. S\u00f3lo el lejano borde del horizonte estaba iluminado por el Sol, y la gran multitud que antes hab\u00eda avanzado casi una cuarta parte del camino de la llanura, hab\u00eda retrocedido ahora basta el horizonte. Todos hab\u00edan vuelto atr\u00e1s abruptamente, en una reversi\u00f3n del tiempo, y ahora parec\u00edan inm\u00f3viles.<br \/>\nLa flor, en la mano de Axel, se hab\u00eda contra\u00eddo hasta adquirir el tama\u00f1o de un dedal de cristal. Los p\u00e9talos estaban crispados alrededor del desvanecido coraz\u00f3n. Un desmayado centelleo tembl\u00f3 por un instante desde el centro y se extingui\u00f3 r\u00e1pidamente; entonces, Axel sinti\u00f3 derretirse la flor como una gota de roc\u00edo en su mano.<br \/>\nEl crep\u00fasculo se cerraba alrededor de la casa, extendiendo sus grandes sombras sobre la llanura, fusionando el horizonte con el cielo. El clavicordio estaba silencioso y las flores del tiempo no reflejaban su m\u00fasica, ahora inm\u00f3viles, formando parte del bosque embalsamado.<br \/>\nDurante unos minutos Axel las mir\u00f3, contando las flores que a\u00fan quedaban; despu\u00e9s salud\u00f3 a su esposa, que cruzaba la terraza arrastrando el borde de su vestido de noche, de brocado, por las baldosas.<br \/>\n?Qu\u00e9 hermoso atardecer, Axel ?habl\u00f3 la mujer, conmovida como si fuesen obra de su marido las ornamentales sombras y el n\u00edtido aire.<br \/>\nSu rostro era sereno e inteligente; llevaba el pelo recogido por detr\u00e1s con un broche de piedras montadas en plata. El vestido, escotado, revelaba un largo y delgado cuello y una barbilla altanera. Axel la examinaba con profundo orgullo. Le ofreci\u00f3 su brazo y juntos bajaron las escaleras hasta el jard\u00edn.<br \/>\n?Uno de los m\u00e1s largos atardeceres de este verano ?confirm\u00f3 Axel, a\u00f1adiendo?: He arrancado una flor perfecta, querida. Una joya. Con suerte nos servir\u00e1 para varios d\u00edas ?frunci\u00f3 el entrecejo y mir\u00f3 involuntariamente al muro?. Cada vez parecen estar m\u00e1s cerca.<br \/>\nSu mujer le sonri\u00f3 alentadoramente y apret\u00f3 su brazo con efusi\u00f3n. Ambos sab\u00edan que el jard\u00edn del tiempo estaba muriendo.<\/p>\n<p>Tres tardes despu\u00e9s, como hab\u00eda previsto (aunque m\u00e1s pronto de lo que esperaba), el conde Axel arranc\u00f3 otra flor del jard\u00edn del tiempo.<br \/>\nCuando aquel d\u00eda mir\u00f3 por encima del muro, la chusma hab\u00eda alcanzado la mitad de la llanura, extendi\u00e9ndose como una masa ininterrumpida. Crey\u00f3 o\u00edr murmullos de voces tra\u00eddos por el aire, un hosco ronroneo pleno de lamentos y gritos. Afortunadamente, su mujer estaba ante el clavicordio y los maravillosos contrapuntos de una Fuga de Bach se esparc\u00edan a trav\u00e9s de la terraza, ocultando otros ruidos.<br \/>\nEntre la casa y el horizonte la llanura estaba dividida en cuatro grandes declives, y la cresta de cada uno de ellos era visible en la declinante luz. Axel se hab\u00eda prometido a s\u00ed mismo que nunca los contar\u00eda, pero el n\u00famero era demasiado peque\u00f1o para pasar inadvertido, particularmente porque serv\u00edan de referencia en el avance del ej\u00e9rcito.<br \/>\nAhora la avanzadilla hab\u00eda traspasado la primera cresta e iba camino de la segunda, y el grueso de la multitud presionaba detr\u00e1s de los primeros. Mirando a izquierda y derecha de aquel compacto grupo, Axel pudo apreciar la ilimitada extensi\u00f3n del mismo. Lo que al principio pudo creer que formaba el cuerpo total de la masa no eran sino las avanzadillas. El verdadero centro no era visible todav\u00eda y Axel estimaba que cuando este, por fin, alcanzara la llanura no quedar\u00eda un palmo de terreno sin hollar.<br \/>\nIntentaba ver algunos veh\u00edculos o m\u00e1quinas pero todo aquello era una mara\u00f1a amorfa y sin coordinaci\u00f3n. No hab\u00eda estandartes, banderas, mascotas ni cortapicas; con la cabeza inclinada, la multitud avanzaba sin tregua.<br \/>\nRepentinamente, las avanzadillas de la chusma aparecieron en lo alto de la segunda cresta y avanzaron hormigueando por la llanura. Lo que m\u00e1s asombr\u00f3 a Axel fue la incre\u00edble distancia que hab\u00edan cubierto en tan poco tiempo. Las figuras se ve\u00edan mucho m\u00e1s grandes que la vez anterior.<br \/>\nR\u00e1pidamente, Axel sali\u00f3 de la terraza, seleccion\u00f3 una flor del tiempo del jard\u00edn y la arranc\u00f3 del tallo. Esta despidi\u00f3 su compacta luz y Axel volvi\u00f3 a la terraza. Cuando la flor se redujo a una perla helada en su mano mir\u00f3 hacia la llanura y vio con alivio que el ej\u00e9rcito hab\u00eda retrocedido hasta el horizonte. Entonces advirti\u00f3 que el horizonte estaba mucho m\u00e1s cerca que cuando arranc\u00f3 la flor; lo hab\u00eda confundido con la primera cresta.<\/p>\n<p>Cuando se uni\u00f3 a la condesa en el paseo vespertino no le dijo nada de lo sucedido, pero ella se dio cuenta de su desconcierto e hizo todo lo posible para disipar su preocupaci\u00f3n.<br \/>\nMientras bajaban los escalones, la condesa se\u00f1al\u00f3 al jard\u00edn del tiempo.<br \/>\n?\u00a1Qu\u00e9 maravilloso panorama, Axel! \u00a1Hay tantas flores todav\u00eda!<br \/>\nAxel asinti\u00f3, sonriendo interiormente ante la tentativa de su mujer para tranquilizarle. La entonaci\u00f3n con que ella hab\u00eda pronunciado la palabra \u00abtodav\u00eda\u00bb revelaba su propio conocimiento del pr\u00f3ximo fin. De hecho, restaba una escasa docena de flores de los cientos que hab\u00edan crecido en el jard\u00edn, y en su mayor parte eran tan solo capullos. Solamente tres o cuatro hab\u00edan alcanzado la plenitud. Cuando caminaban hacia el lago, Axel trataba de decidir si deb\u00eda arrancar primero las flores desarrolladas o dejarlas para el final. Estrictamente, ser\u00eda mejor dar tiempo suficiente para que los capullos creciesen y madurasen, y este beneficio se perder\u00eda si reten\u00eda las flores formadas hasta el final, como deseaba hacer para la \u00faltima acci\u00f3n defensiva. Se dio cuenta, empero, que en cualquier caso era lo mismo; el jard\u00edn morir\u00eda pronto y las peque\u00f1as flores requer\u00edan m\u00e1s tiempo para crecer que el que \u00e9l pod\u00eda otorgarles.<br \/>\nCruzando el lago, \u00e9l y su esposa miraron sus cuerpos reflejados en las obscuras aguas. Amparado por el \u00abpavillon\u00bb por un lado y el muro por el otro, Axel se sent\u00eda tranquilo y seguro, y la llanura, con su alborotada multitud, parec\u00eda una pesadilla de la cual hab\u00eda despertado felizmente. Puso un brazo alrededor del suave talle de su esposa y la atrajo hacia s\u00ed cari\u00f1osamente, d\u00e1ndose cuenta de que no la hab\u00eda abrazado desde hac\u00eda a\u00f1os, aunque sus vidas hab\u00edan sido eternas, y pod\u00eda recordar, como si fuera ayer, cuando la trajo a vivir en la villa.<br \/>\n?Axel ?le pregunt\u00f3 su mujer, con repentina seriedad?. Antes que el jard\u00edn muera&#8230;, \u00bfpuedo arrancar yo la \u00faltima flor?<br \/>\nEntendiendo su petici\u00f3n, \u00e9l asinti\u00f3 lentamente con la cabeza.<\/p>\n<p>Una por una, durante los dos atardeceres siguientes, Axel arranc\u00f3 las flores que quedaban, dejando tan solo un peque\u00f1o capullo que crec\u00eda justamente bajo la terraza, destinado a su esposa.<br \/>\nHab\u00eda cogido las flores al azar, rehusando contarlas o racionarlas y arrancando dos o tres capullos a la vez cuando era necesario. La horda hab\u00eda alcanzado la segunda y tercera cresta; nublaba el horizonte. Desde la terraza, Axel pod\u00eda ver con claridad la revuelta turba bajando por la depresi\u00f3n hacia la cresta final, y de cuando en cuando los sonidos de sus voces llegaban hasta \u00e9l mezclados con gritos de c\u00f3lera y chasquidos de l\u00e1tigos. Las carretas de madera daban tumbos por todos los lados sobre sus ruedas y los conductores luchaban por controlarlas. Por lo que pod\u00eda distinguir Axel, ni un solo miembro de la multitud estaba enterado de la direcci\u00f3n que llevaban. M\u00e1s bien cada uno avanzaba ciegamente sobre el terreno, pisando los talones a la persona que iba delante. Sin motivo que aducir, Axel ten\u00eda la vaga esperanza de que el verdadero n\u00facleo, bajo el lejano horizonte, pudiera cambiar de direcci\u00f3n y la multitud alterase su curso gradualmente, desvi\u00e1ndose de la villa, y retrocediera en la llanura como una resaca en el mar.<br \/>\nEn el pen\u00faltimo atardecer, cuando arranc\u00f3 la flor del tiempo, la avanzadilla de la chusma hab\u00eda alcanzado la tercera cresta y pasaba hormigueante ante ella. Mientras esperaba a la condesa, Axel mir\u00f3 las dos florecitas que quedaban; solo conseguir\u00edan hacerles retroceder un corto trecho en el pr\u00f3ximo atardecer. Los tallos de cristal a los que arranc\u00f3 las flores se alzaban en el aire, pero todo el jard\u00edn hab\u00eda perdido su lozan\u00eda.<\/p>\n<p>Axel pas\u00f3 la ma\u00f1ana siguiente tranquilamente en su biblioteca, encerrando sus manuscritos m\u00e1s raros en las c\u00e1maras de cristal situadas en las galer\u00edas. Camin\u00f3 lentamente ante los retratos, puliendo cada uno de los cuadros cuidadosamente; despu\u00e9s, puso las cosas en orden en su escritorio y cerr\u00f3 la puerta tras \u00e9l. Durante la tarde hall\u00f3 trabajo en la sala, ayudando a su esposa que limpiaba sus ornamentos y pon\u00eda en orden los jarrones y bustos.<br \/>\nAl atardecer, cuando el Sol declinaba por detr\u00e1s de la casa, ambos estaban cansados y polvorientos y no hab\u00edan cruzado la palabra en todo el d\u00eda. Cuando su mujer se dirig\u00eda a la sala de m\u00fasica, la llam\u00f3.<br \/>\n?Esta noche cogeremos las flores juntos, querida ?anunci\u00f3 lentamente?. Una para cada uno.<br \/>\nLanz\u00f3 una ojeada por encima del muro. Pudo o\u00edr a unos seiscientos metros el rugir de la chusma avanzando hacia la casa.<br \/>\nR\u00e1pidamente, Axel arranc\u00f3 su flor, un capullo no mayor que un zafiro. A medida que este iba perdiendo su luz, el tumulto de afuera pareci\u00f3 ceder moment\u00e1neamente; despu\u00e9s, comenz\u00f3 de nuevo.<br \/>\nCerrando sus o\u00eddos al clamor, Axel dirigi\u00f3 la vista hacia la villa, contando las seis columnas del p\u00f3rtico; despu\u00e9s, se fij\u00f3 en la plateada superficie del lago que reflejaba la \u00faltima luz del atardecer, y en las sombras que se cruzaban entre los \u00e1rboles y se extend\u00edan por el crespo c\u00e9sped. Axel se detuvo sobre el puente donde \u00e9l y su mujer hab\u00edan visto sucederse, cogidos del brazo, tantos y tantos veranos.<br \/>\n?\u00a1Axel!<br \/>\nAfuera, el tumulto se hac\u00eda ensordecedor; mil voces bramaban a veinte metros escasos de all\u00ed. Una piedra cruz\u00f3 por encima de la valla y cay\u00f3 en el jard\u00edn del tiempo, rompiendo algunos de los v\u00edtreos tallos. La condesa corri\u00f3 hacia \u00e9l cuando una nueva oleada retumb\u00f3 a lo largo del muro. Despu\u00e9s, una pesada baldosa cruz\u00f3 por encima de sus cabezas y se estrell\u00f3 en una de las ventanas del invernadero.<br \/>\n?\u00a1Axel!<br \/>\nLa rode\u00f3 con sus brazos, ajust\u00e1ndose la corbata que ella hab\u00eda ladeado con su hombro.<br \/>\n?\u00a1R\u00e1pido, querida, la \u00faltima flor!<br \/>\nLa condujo al jard\u00edn. La condesa tom\u00f3 el tallo, arranc\u00f3 la flor limpiamente y la protegi\u00f3 entre las palmas de sus manos.<br \/>\nPor un momento el tumulto desmay\u00f3 y Axel recobr\u00f3 su sangre fr\u00eda. Al v\u00edvido centelleo de la flor vio el blanquecino rostro y los asustados ojos de su mujer.<br \/>\n?Retenla todo lo que puedas, querida, hasta que muera la \u00faltima de sus fibras.<br \/>\nPermanecieron juntos en la terraza. De pronto, el griter\u00edo de afuera aument\u00f3. La multitud estaba golpeando la verja de hierro y toda la villa temblaba ante este impacto.<br \/>\nCuando el \u00faltimo rayo de luz desapareci\u00f3, la condesa elev\u00f3 sus manos como si liberase un invisible p\u00e1jaro; despu\u00e9s, en un acceso final de valor, tom\u00f3 las manos de su esposo con una sonrisa radiante que se desvaneci\u00f3 r\u00e1pidamente.<br \/>\n?\u00a1Oh Axel! ?llor\u00f3.<br \/>\nComo una espada, la obscuridad descendi\u00f3 s\u00fabitamente sobre ellos.<\/p>\n<p>Pesadamente, la multitud que hab\u00eda afuera pas\u00f3 por encima de los residuos del muro que cercaba la finca; acarreaban sus carretas por encima de \u00e9l y a lo largo de los baches que una vez hab\u00edan sido primoroso camino. Las ruinas de lo que antes fuera una espaciosa villa eran holladas por una incesante marea humana. El lago estaba seco. En su fondo quedaban troncos de \u00e1rboles quebrados y el viejo puente deshecho. Brotaban las malas hierbas entre el largo c\u00e9sped de la pradera, cubriendo los senderos.<br \/>\nLa mayor parte de la terraza se hab\u00eda derrumbado y casi toda la multitud cruzaba rectamente por el c\u00e9sped, desvi\u00e1ndose de la destruida villa; pero uno o dos de los m\u00e1s curiosos treparon y buscaron entre su armaz\u00f3n. Las puertas hab\u00edan sido sacadas de sus goznes y los suelos estaban agrietados. En la sala de m\u00fasica se ve\u00eda un viejo clavicordio hecho astillas y algunas de sus teclas a\u00fan reposaban entre el polvo. Todos los libros estaban esparcidos por el suelo, fuera de sus estantes, y los lienzos hab\u00edan sido acuchillados, cubriendo con sus tiras el suelo.<br \/>\nCuando el cuerpo mayor de la multitud alcanz\u00f3 la casa cubri\u00f3 el muro en toda su extensi\u00f3n. Toda la gente junta caminaba a tropezones por el seco lago, por la terraza, y atravesando la casa cruzaban hacia la parte norte. Solo una zona soportaba esta ola sin fin. Justamente bajo la terraza, entre el derruido balc\u00f3n y el muro, hab\u00eda unos matorrales espinosos de unos dos metros de altura. El punzante follaje formaba una masa impenetrable y la gente pasaba a su alrededor cuidadosamente. Muchos de ellos estaban demasiado ocupados buscando su camino entre las destrozadas losas para mirar el centro de los matorrales espinosos, donde dos estatuas de piedra, una junto a la otra, miraban alrededor desde su zona protegida. La mayor de las dos figuras representaba a un hombre con barba que llevaba una chaqueta de cuello alto y un bast\u00f3n en una mano. Junto a \u00e9l hab\u00eda una mujer con un traje de seda. Su rostro era suave y sereno. En su mano derecha sosten\u00eda ligeramente una rosa de p\u00e9talos tan suaves que casi eran transparentes.<br \/>\nCuando el Sol se puso tras la casa, un rayo de luz pas\u00f3 a trav\u00e9s de una cornisa rota e hiri\u00f3 la rosa y, reflej\u00e1ndose sobre las estatuas, ilumin\u00f3 la piedra gris de tal manera que, por un fugaz momento, esta fue indistinguible de la ya hac\u00eda tiempo desvanecida carne de los originales de las estatuas.<\/p>\n<p>Edici\u00f3n digital de diaspar<br \/>\nRevisi\u00f3n de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El jard\u00edn del tiempo J. G. Ballard The garden of time, \u00a9 1961. Al atardecer, cuando la gran sombra de la villa alcanzaba la terraza, el conde Axel abandon\u00f3 su biblioteca y baj\u00f3 los anchos escalones de estilo rococ\u00f3 que conduc\u00edan hacia las flores del tiempo. 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