{"id":708,"date":"2008-10-14T14:16:32","date_gmt":"2008-10-14T14:16:32","guid":{"rendered":"http:\/\/vivelibre.org\/mybb\/?p=708"},"modified":"2008-10-14T14:16:32","modified_gmt":"2008-10-14T14:16:32","slug":"el-\u00e1rbol-de-la-buena-muerte","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/?p=708","title":{"rendered":"El \u00e1rbol de la buena muerte"},"content":{"rendered":"<p>El \u00e1rbol de la buena muerte<br \/>\nHector G. Oesterheld<\/p>\n<p>Hector G. Oesterheld naci\u00f3 en Buenos Aires en 1922. A fines de la d\u00e9cada del 40 comienza escribiendo cuentos infantiles, publicados por editorial Abril.<br \/>\nLuego colabora en la m\u00edtica revista Mas All\u00e1, y en 1950 publica su primer historieta, \u00abAlan y crazy\u00bb; hacia 1955 publica \u00abEl sargento Kirk\u00bb y \u00abBull Rokett\u00bb.<br \/>\nEn 1957 con dibujos de Solano L\u00f3pez, publica la primera parte de \u00abEl eternauta\u00bb que se convertir\u00eda en la m\u00e1s famosa hisorieta Argentina.<br \/>\nHector G. Oesterheld fue secuestrado y asesinado en 1977 por la dictadura militar que sojuzg\u00f3 Argentina entre 1976 y 1983.<br \/>\nPara mayor informaci\u00f3n sobre el autor y su obra los remito a \u00abLa argentina premonitoria\u00bb de Jorge Claudio Morhain, publicada en el n\u00famero 96 de la revista axx\u00f3n.<br \/>\nSadrac, Octubre de 1999<\/p>\n<p>Mar\u00eda Santos cerr\u00f3 los ojos, afloj\u00f3 el cuerpo, acomod\u00f3 la espalda contra el blando tronco del \u00e1rbol.<br \/>\nSe estaba bien all\u00ed, a la sombra de aquellas hojas transparentes que filtraban la luz rojiza del Sol.<br \/>\nCarlos, el yerno, no pod\u00eda haberle hecho un regalo mejor para su cumplea\u00f1os.<br \/>\nTodo el d\u00eda anterior hab\u00eda trabajado Carlos, limpiando de malezas el lugar donde crec\u00eda el \u00e1rbol. Y hab\u00eda hecho el sacrificio de madrugar todav\u00eda m\u00e1s temprano que de costumbre para que, cuando ella se levantara, encontrara instalado el banco al pie del \u00e1rbol.<br \/>\nMar\u00eda Santos sonri\u00f3 agradecida; el tronco parec\u00eda rugoso y \u00e1spero, pero era muelle, ced\u00eda a la menor presi\u00f3n como si estuviera relleno de plumas. Carlos hab\u00eda tenido una gran idea cuando se le ocurri\u00f3 plantarlo all\u00ed, al borde del sembrado.<br \/>\nTuf-tuf-tuf. Hasta Mar\u00eda Santos lleg\u00f3 el ruido del tractor. Por entre los p\u00e1rpados entrecerrados, la anciana mir\u00f3 a Marisa, su hija, sentada en el asiento de la m\u00e1quina, al lado de Carlos.<br \/>\nEl brazo de Marisa descansaba en la cintura de Carlos, las dos cabezas estaban muy juntas: seguro que hac\u00edan planes para la nueva casa que Carlos quer\u00eda construir.<br \/>\nMar\u00eda Santos sonri\u00f3; Carlos era un buen hombre, un marido inmejorable para Marisa. Suerte que Marisa no se cas\u00f3 con Larco, el ingeniero aquel: Carlos no era m\u00e1s que un agricultor, pero era bueno y sab\u00eda trabajar, y no les hac\u00eda faltar nada.<br \/>\n\u00bfNo les hac\u00eda faltar nada?<br \/>\nUna punzada dolida borr\u00f3 la sonrisa de Mar\u00eda Santos.<br \/>\nEl rostro, viejo de incontables arrugas, viejo de muchos soles y de mucho trabajo, se nubl\u00f3.<br \/>\nNo, Carlos podr\u00eda hacer feliz a Marisa y a Roberto, el hijo, que ya ten\u00eda 18 a\u00f1os y estudiaba medicina por televisi\u00f3n.<br \/>\nNo, nunca podr\u00eda hacerla feliz a ella, a Mar\u00eda Santos, la abuela&#8230;<br \/>\nPorque Mar\u00eda Santos no se adaptar\u00eda nunca ?hac\u00eda mucho que hab\u00eda renunciado a hacerlo? a la vida en aquella colonia de Marte.<br \/>\nDe acuerdo con que all\u00ed se ganaba bien, que no les faltaba nada, que se viv\u00eda mucho mejor que en la Tierra, de acuerdo con que all\u00ed, en Marte, toda la familia ten\u00eda un porvenir mucho mejor; de acuerdo con que la vida en la Tierra era ahora muy dura&#8230; De acuerdo con todo eso; pero, \u00a1Marte era tan diferente!&#8230;<br \/>\n\u00a1Qu\u00e9 no dar\u00eda Mar\u00eda Santos por un poco de viento como el de la Tierra, con alg\u00fan &#8220;panadero&#8221; volando alto!<br \/>\n?\u00bfDuermes, abuela? ?Roberto, el nieto, viene sonriente, con su libro bajo el brazo.<br \/>\n?No, Roberto. Un poco cansada, nada m\u00e1s.<br \/>\n?\u00bfNo necesitas nada?<br \/>\n?No, nada.<br \/>\n?\u00bfSeguro?<br \/>\n?Seguro.<br \/>\nCuriosa, la insistencia de Roberto; no acostumbraba a ser tan sol\u00edcito; a veces se pasaba d\u00edas enteros sin acordarse de que ella exist\u00eda.<br \/>\nPero, claro, eso era de esperar; la juventud, la juventud de siempre, tiene demasiado quehacer con eso, con ser joven.<br \/>\nAunque en verdad Mar\u00eda Santos no tiene por qu\u00e9 quejarse: \u00faltimamente Roberto hab\u00eda estado muy bueno con ella, pasaba horas enteras a su lado, haci\u00e9ndola hablar de la Tierra.<br \/>\nClaro, Roberto no conoc\u00eda la Tierra; \u00e9l hab\u00eda nacido en Marte, y las cosas de la Tierra eran para \u00e9l algo tan raro, como cincuenta o sesenta a\u00f1os atr\u00e1s lo hab\u00edan sido las cosas de Buenos Aires ?la capital?, tan raras y fant\u00e1sticas para Mar\u00eda Santos, la muchachita que cazaba lagartijas entre las tunas, all\u00e1 en el pueblito de Catamarca.<br \/>\nRoberto, el nieto, la hab\u00eda hecho hablar de los viejos tiempos, de los tantos a\u00f1os que Mar\u00eda Santos vivi\u00f3 en la ciudad, en una casita de Saavedra, a siete cuadras de la estaci\u00f3n.<br \/>\nRoberto le hizo describir ladrillo por ladrillo la casa, quiso saber el nombre de cada flor en el cantero que estaba delante, quiso saber c\u00f3mo era la calle antes de que la pavimentaran, no se cansaba de o\u00edrla contar c\u00f3mo jugaban los chicos a la pelota, c\u00f3mo remontaban barriletes, c\u00f3mo iban en bandadas de guardapolvos al colegio, tres cuadras m\u00e1s all\u00e1.<br \/>\nTodo le interesaba a Roberto, el almac\u00e9n del barrio, la librer\u00eda, la lecher\u00eda&#8230; \u00bfNo tuvo acaso que explicarle c\u00f3mo eran las moscas? Hasta quiso saber cu\u00e1ntas patas ten\u00edan&#8230; \u00a1C\u00f3mo si alguna vez Mar\u00eda Santos se hubiera acordado de contarlas! Pero, hoy, Roberto no quiere o\u00edrla recordar: claro, debe ser ya la hora de la lecci\u00f3n, por eso el muchacho se aparta casi de pronto, apurado.<br \/>\nCarlos y Marisa terminaron el surco que araban con el tractor. Ahora vienen de vuelta.<br \/>\nDa gusto verlos; ya no son j\u00f3venes, pero est\u00e1n contentos.<br \/>\nM\u00e1s contentos que de costumbre, con un contento profundo, un contento sin sonrisas, pero con una gran placidez, como si ya hubieran construido la nueva casa. O como si ya hubieran podido comprarse el helic\u00f3ptero que Carlos dice que necesitan tanto.<br \/>\nTuf-tuf-tuf&#8230; El tractor llega hasta unos cuantos metros de ella; Marisa, la hija, saluda con la mano, Mar\u00eda Santos s\u00f3lo sonr\u00ede; quisiera contestarle, pero hoy est\u00e1 muy cansada.<br \/>\nRocas ondulantes erizan el horizonte, rocas como no viera nunca en su Catamarca de hace tanto. El pasto amarillo, ese pasto raro que cruje al pisarlo, Mar\u00eda Santos no se acostumbr\u00f3 nunca a \u00e9l. Es como una alfombra rota que se estira por todas partes, por los lugares rotos afloran las rocas, siempre angulosas, siempre obscuras.<br \/>\nAlgo pasa delante de los ojos de Mar\u00eda Santos.<br \/>\nUn golpe de viento quiere despeinarla.<br \/>\nMar\u00eda Santos parpadea, trata de ver lo que le pasa delante.<br \/>\nAll\u00ed viene otro.<br \/>\nDelicadas, ligeras estrellitas de largos rayos blancos&#8230;<br \/>\n\u00a1&#8221;Panaderos&#8221;!<br \/>\n\u00a1S\u00ed, &#8220;panaderos&#8221;, semillas de cardo, iguales que en la Tierra!<br \/>\nEl gastado coraz\u00f3n de Mar\u00eda Santos se encabrita en el viejo pecho: \u00a1&#8221;Panaderos&#8221;!<br \/>\nNo m\u00e1s pastos amarillos: ahora hay una calle de tierra, con huellones profundos, con algo de pasto verde en los bordes, con una zanja, con veredas de ladrillos torcidos&#8230;<br \/>\nCallecita de barrio, callecita de recuerdo, con chicos de guardapolvo corriendo para la librer\u00eda de la esquina, con el esqueleto de un barrilete no terminando de morirse nunca, enredado en un hilo del tel\u00e9fono.<br \/>\nMar\u00eda Santos est\u00e1 sentada en la puerta de su casa, en su silla de paja, ve la hilera de casitas bajas, las m\u00e1s viejas tienen jard\u00edn al frente, las m\u00e1s modernas son muy blancas, con alg\u00fan balc\u00f3n cromado, el colmo de la elegancia.<br \/>\n&#8220;Panaderos&#8221; en el viento, viento alegre que parece bajar del cielo mismo, desde aquellas nubes tan blancas y tan redondas&#8230;<br \/>\n&#8220;Panaderos&#8221; como los que persegu\u00eda en el patio de tierra del rancho all\u00e1 en la provincia.<br \/>\n\u00a1&#8221;Panaderos&#8221;!<br \/>\nEl pecho de Mar\u00eda Santos es un gran tumulto gozoso.<br \/>\n&#8221; Panaderos&#8221; jugando en el aire, yendo a lo alto.<\/p>\n<p>Carlos y Marisa han detenido el tractor.<br \/>\nRoberto, el hijo, se les junta, y los tres se acercan a Mar\u00eda Santos.<br \/>\nSe quedan mir\u00e1ndola.<br \/>\n?Ha muerto feliz&#8230; Mira, parece re\u00edrse.<br \/>\n?S\u00ed&#8230; \u00a1Pobre do\u00f1a Mar\u00eda!&#8230;<br \/>\n?Fue una suerte que pudi\u00e9ramos proporcionarle una muerte as\u00ed.<br \/>\n?S\u00ed&#8230; Ten\u00eda raz\u00f3n el que me vendi\u00f3 el \u00e1rbol, no exager\u00f3 en nada: la sombra mata en poco tiempo y sin dolor alguno, al contrario.<br \/>\n?\u00a1Abuela!&#8230; \u00a1Abuelita!<\/p>\n<p>Edici\u00f3n digital de Sadrac<br \/>\nRevisi\u00f3n de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El \u00e1rbol de la buena muerte Hector G. Oesterheld Hector G. Oesterheld naci\u00f3 en Buenos Aires en 1922. A fines de la d\u00e9cada del 40 comienza escribiendo cuentos infantiles, publicados por editorial Abril. Luego colabora en la m\u00edtica revista Mas All\u00e1, y en 1950 publica su primer historieta, \u00abAlan y crazy\u00bb; hacia 1955 publica \u00abEl<\/p>\n<p class=\"text-right\"><span class=\"screen-reader-text\">Continue Reading&#8230; El \u00e1rbol de la buena muerte<\/span><a class=\"btn btn-secondary continue-reading\" href=\"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/?p=708\">Continue Reading&#8230;<\/a><\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[17],"tags":[],"class_list":["post-708","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-relatos-de-ciencia-ficcion"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/708","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=708"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/708\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=708"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=708"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=708"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}