{"id":703,"date":"2008-10-14T14:11:47","date_gmt":"2008-10-14T14:11:47","guid":{"rendered":"http:\/\/vivelibre.org\/mybb\/?p=703"},"modified":"2008-10-14T14:11:47","modified_gmt":"2008-10-14T14:11:47","slug":"el-\u00e1rbol-de-oro","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/?p=703","title":{"rendered":"El \u00e1rbol de oro"},"content":{"rendered":"<p>El \u00e1rbol de oro<br \/>\nAna Mar\u00eda Matute<\/p>\n<p>Asist\u00ed durante un oto\u00f1o a la escuela de la se\u00f1orita Leocadia, en la aldea, porque mi salud no andaba bien y el abuelo retras\u00f3 mi vuelta a la ciudad. Como era el tiempo fr\u00edo y estaban los suelos embarrados y no se ve\u00eda rastro de muchachos, me aburr\u00eda dentro de la casa, y ped\u00ed al abuelo asistir a la escuela. El abuelo consinti\u00f3, y acud\u00ed a aquella casita alargada y blanca de cal, con el tejado pajizo y requemado por el Sol y las nieves, a las afueras del pueblo.<br \/>\nLa se\u00f1orita Leocadia era alta y gruesa, ten\u00eda el car\u00e1cter m\u00e1s bien \u00e1spero y grandes juanetes en los pies, que la obligaban a andar como quien arrastra cadenas. Las clases en la escuela, con la lluvia rebotando en el tejado y en los cristales, con las moscas pegajosas de la tormenta persigui\u00e9ndose alrededor de la bombilla, ten\u00edan su atractivo. Recuerdo especialmente a un muchacho de unos diez a\u00f1os, hijo de un aparcero muy pobre, llamado Ivo. Era un muchacho delgado, de ojos azules, que bizqueaba ligeramente al hablar. Todos los muchachos y muchachas de la escuela admiraban y envidiaban un poco a Ivo, por el don que pose\u00eda de atraer la atenci\u00f3n sobre s\u00ed, en todo momento. No es que fuera ni inteligente ni gracioso, y, sin embargo, hab\u00eda algo en \u00e9l, en su voz quiz\u00e1s, en las cosas que contaba, que consegu\u00eda cautivar a quien le escuchase. Tambi\u00e9n la se\u00f1orita Leocadia se dejaba prender de aquella red de plata que Ivo tend\u00eda a cuantos atend\u00edan sus enrevesadas conversaciones, y ?yo creo que muchas veces contra su voluntad? la se\u00f1orita Leocadia le confiaba a Ivo tareas deseadas por todos, o distinciones que merec\u00edan alumnos m\u00e1s estudiosos y aplicados.<br \/>\nQuiz\u00e1 lo que m\u00e1s se envidiaba de Ivo era la posesi\u00f3n de la codiciada llave de la torrecita. \u00c9sta era, en efecto, una peque\u00f1a torre situada en un \u00e1ngulo de la escuela, en cuyo interior se guardaban los libros de lectura. All\u00ed entraba Ivo a buscarlos, y all\u00ed volv\u00eda a dejarlos, al terminar la clase. La se\u00f1orita Leocadia se lo encomend\u00f3 a \u00e9l, nadie sab\u00eda en realidad por qu\u00e9.<br \/>\nIvo estaba muy orgulloso de esta distinci\u00f3n, y por nada del mundo la hubiera cedido. Un d\u00eda, Mateo Heredia, el m\u00e1s aplicado y estudioso de la escuela, pidi\u00f3 encargarse de la tarea ?a todos nos fascinaba el misterioso interior de la torrecita, donde no entramos nunca?, y la se\u00f1orita Leocadia pareci\u00f3 acceder. Pero Ivo se levant\u00f3, y acerc\u00e1ndose a la maestra empez\u00f3 a hablarle en su voz baja, bizqueando los ojos y moviendo mucho las manos, como ten\u00eda por costumbre. La maestra dud\u00f3 un poco, y al fin dijo:<br \/>\n?Quede todo como estaba. Que siga encarg\u00e1ndose Ivo de la torrecita.<br \/>\nA la salida de la escuela le pregunt\u00e9:<br \/>\n?\u00bfQu\u00e9 le has dicho a la maestra?<br \/>\nIvo me mir\u00f3 de trav\u00e9s y vi relampaguear sus ojos azules.<br \/>\n?Le habl\u00e9 del \u00e1rbol de oro.<br \/>\nSent\u00ed una gran curiosidad.<br \/>\n?\u00bfQu\u00e9 \u00e1rbol?<br \/>\nHac\u00eda fr\u00edo y el camino estaba h\u00famedo, con grandes charcos que brillaban al Sol p\u00e1lido de la tarde. Ivo empez\u00f3 a chapotear en ellos, sonriendo con misterio.<br \/>\n?Si no se lo cuentas a nadie&#8230;<br \/>\n?Te lo juro, que a nadie se lo dir\u00e9.<br \/>\nEntonces Ivo me explic\u00f3:<br \/>\n?Veo un \u00e1rbol de oro. Un \u00e1rbol completamente de oro: ramas, tronco, hojas&#8230; \u00bfsabes? Las hojas no se caen nunca. En verano, en invierno, siempre. Resplandece mucho; tanto, que tengo que cerrar los ojos para que no me duelan.<br \/>\n?\u00a1Qu\u00e9 embustero eres! ?dije, aunque con algo de zozobra; Ivo me mir\u00f3 con desprecio.<br \/>\n?No te lo creas ?contest\u00f3?. Me es completamente igual que te lo creas o no&#8230; \u00a1Nadie entrar\u00e1 nunca en la torrecita, y a nadie dejar\u00e9 ver mi \u00e1rbol de oro! \u00a1Es m\u00edo! La se\u00f1orita Leocadia lo sabe, y no se atreve a darle la llave a Mateo Heredia, ni a nadie&#8230; \u00a1Mientras yo viva, nadie podr\u00e1 entrar all\u00ed y ver mi \u00e1rbol!<br \/>\nLo dijo de tal forma que no pude evitar el preguntarle:<br \/>\n?\u00bfY c\u00f3mo lo ves&#8230;?<br \/>\n?\u00a1Ah, no es f\u00e1cil ?dijo, con aire misterioso?. Cualquiera no podr\u00eda verlo. Yo s\u00e9 la rendija exacta.<br \/>\n?\u00bfRendija?&#8230;<br \/>\n?S\u00ed, una rendija de la pared. Una que hay corriendo el caj\u00f3n de la derecha: me agacho y me paso horas y horas&#8230; \u00a1C\u00f3mo brilla el \u00e1rbol! \u00a1C\u00f3mo brilla! F\u00edjate que si alg\u00fan p\u00e1jaro se le pone encima tambi\u00e9n se vuelve de oro. Eso me digo yo: si me subiera a una rama, \u00bfme volver\u00eda acaso de oro tambi\u00e9n?<br \/>\nNo supe qu\u00e9 decirle, pero, desde aquel momento, mi deseo de ver el \u00e1rbol creci\u00f3 de tal forma que me desasosegaba. Todos los d\u00edas, al acabar la clase de lectura, Ivo se acercaba al caj\u00f3n de la maestra, sacaba la llave y se dirig\u00eda a la torrecita. Cuando volv\u00eda, le preguntaba:<br \/>\n?\u00bfLo has visto?<br \/>\n?S\u00ed ?me contestaba; y, a veces, explicaba alguna novedad:<br \/>\n?Le han salido unas flores raras. Mira: as\u00ed de grandes, como mi mano lo menos, y con los p\u00e9talos alargados. Me parece que esa flor es parecida al arzad\u00fa.<br \/>\n?\u00a1La flor del fr\u00edo! ?dec\u00eda yo, con asombro?. \u00a1Pero el arzad\u00fa es encarnado!<br \/>\n?Muy bien ?asent\u00eda \u00e9l, con gesto de paciencia?. Pero en mi \u00e1rbol es oro puro.<br \/>\n?Adem\u00e1s, el arzad\u00fa crece al borde de los caminos&#8230; y no es un \u00e1rbol.<br \/>\nNo se pod\u00eda discutir con \u00e9l. Siempre ten\u00eda raz\u00f3n, o por lo menos lo parec\u00eda.<br \/>\nOcurri\u00f3 entonces algo que secretamente yo deseaba; me avergonzaba sentirlo, pero as\u00ed era: Ivo enferm\u00f3, y la se\u00f1orita Leocadia encarg\u00f3 a otro la llave de la torrecita. Primeramente, la disfrut\u00f3 Mateo Heredia. Yo espi\u00e9 su regreso, el primer d\u00eda, y le dije:<br \/>\n?\u00bfHas visto un \u00e1rbol de oro?<br \/>\n?\u00bfQu\u00e9 andas graznando? ?me contest\u00f3 de malos modos, porque no era simp\u00e1tico, y menos conmigo. Quise d\u00e1rselo a entender, pero no me hizo caso.<br \/>\nUnos d\u00edas despu\u00e9s, me dijo:<br \/>\n?Si me das algo a cambio, te dejo un ratito la llave y vas durante el recreo. Nadie te ver\u00e1&#8230;<br \/>\nVaci\u00e9 mi hucha, y, por fin, consegu\u00ed la codiciada llave. Mis manos temblaban de emoci\u00f3n cuando entr\u00e9 en el cuartito de la torre. All\u00ed estaba el caj\u00f3n. Lo apart\u00e9 y vi brillar la rendija en la obscuridad. Me agach\u00e9 y mir\u00e9.<br \/>\nCuando la luz dej\u00f3 de cegarme, mi ojo derecho s\u00f3lo descubri\u00f3 una cosa: la seca Tierra de la llanura alarg\u00e1ndose hacia el cielo.<br \/>\nNada m\u00e1s. Lo mismo que se ve\u00eda desde las ventanas altas. La Tierra desnuda y yerma, y nada m\u00e1s que la Tierra. Tuve una gran decepci\u00f3n y la seguridad de que me hab\u00edan estafado. No sab\u00eda c\u00f3mo ni de qu\u00e9 manera, pero me hab\u00edan estafado.<br \/>\nOlvid\u00e9 la llave y el \u00e1rbol de oro. Antes de que llegaran las nieves regres\u00e9 a la ciudad.<br \/>\nDos veranos m\u00e1s tarde volv\u00ed a las monta\u00f1as. Un d\u00eda, pasando por el cementerio ?era ya tarde y se anunciaba la noche en el cielo: el Sol, como una bola roja, ca\u00eda a lo lejos, hacia la carrera terrible y sosegada de la llanura? vi algo extra\u00f1o. De la tierra grasienta y pedregosa, entre las cruces ca\u00eddas, nac\u00eda un \u00e1rbol grande y hermoso, con las hojas anchas de oro: encendido y brillante todo \u00e9l, cegador. Algo me vino a la memoria, como un sue\u00f1o, y pens\u00e9: \u00abEs un \u00e1rbol de oro\u00bb. Busqu\u00e9 al pie del \u00e1rbol, y no tard\u00e9 en dar con una crucecilla de hierro negro, mohosa por la lluvia. Mientras la enderezaba, le\u00ed:<br \/>\nIVO M\u00c1RQUEZ, DE DIEZ A\u00d1OS DE EDAD<br \/>\nY no daba tristeza alguna, sino, tal vez, una extra\u00f1a y muy grande alegr\u00eda.<\/p>\n<p>Edici\u00f3n digital de Bizien<br \/>\nRevisi\u00f3n de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El \u00e1rbol de oro Ana Mar\u00eda Matute Asist\u00ed durante un oto\u00f1o a la escuela de la se\u00f1orita Leocadia, en la aldea, porque mi salud no andaba bien y el abuelo retras\u00f3 mi vuelta a la ciudad. 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