{"id":694,"date":"2008-10-14T13:38:12","date_gmt":"2008-10-14T13:38:12","guid":{"rendered":"http:\/\/vivelibre.org\/mybb\/?p=694"},"modified":"2008-10-14T13:38:12","modified_gmt":"2008-10-14T13:38:12","slug":"la-mansi\u00f3n-de-las-rosas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/?p=694","title":{"rendered":"La mansi\u00f3n de las rosas"},"content":{"rendered":"<p>La mansi\u00f3n de las rosas<br \/>\nThomas Burnett Swann<br \/>\nThe manor of roses, \u00a9 1966 by Mercury Press Inc. Traducci\u00f3n de F. Corripio, J. Pi\u00f1eiro, y C. Gaudes en Ciencia Ficci\u00f3n Selecci\u00f3n-2, Libro Amigo 187, Editorial Bruguera S. A., 1971.<\/p>\n<p>Se ha dicho de los relatos de SF que son los sucesores de los &#8220;cuentos de hadas&#8221;. Esta observaci\u00f3n, bastante err\u00f3nea en lo que se refiere a la SF propiamente dicha, es, sin embargo, v\u00e1lida con respecto a ciertas manifestaciones afines, como el Sword &#038; Sorcery (literalmente: espada y brujer\u00eda) o Heroic Fantasy, g\u00e9nero que se inspira directamente en antiguas mitolog\u00edas (sobre todo en las c\u00e9lticas), supersticiones y leyendas.<br \/>\nLa mansi\u00f3n de las rosas es, en cierto modo, un cuento de hadas. Pero un cuento de hadas maduro, que no se limita a reproducir viejos esquemas, sino que supone un acercamiento l\u00facido a ciertos mitos y planteamientos que el hombre contempor\u00e1neo cree, un tanto fatuamente, haber dejado atr\u00e1s. La xenofobia, el manique\u00edsmo, el clasismo, el machismo, el fanatismo, el puritanismo y unos cuantos &#8220;ismos&#8221; m\u00e1s, son denunciados, con eficaz y elegante sencillez, en este desmitificador relato lleno de ternura, poes\u00eda y fino humor.<br \/>\nThomas Burnett Swann, viajero, investigador y escritor ingl\u00e9s, ha publicado, adem\u00e1s de biograf\u00edas y libros de poemas, varios relatos de fantas\u00eda y ciencia ficci\u00f3n, de los que The manor of roses es tal vez el m\u00e1s logrado.<\/p>\n<p>Capitulo 1<br \/>\nTengo treinta y cinco a\u00f1os; soy, por lo tanto, una mujer madura, y a pesar de estos tiempos de calamidades y de plagas, de muertes prematuras y de fenecimiento de la belleza antes que el cuerpo muera, se dice que a\u00fan sigo siendo tan hermosa como una virgen bizantina, flotando en el cielo de un mosaico dorado y soportando las penas como una t\u00fanica de p\u00e9talos blancos. Pero las penas no sirven de t\u00fanica, sino que son como la desnudez para los ojos de los curiosos, para la lengua de las urracas maldicientes que gozan con la pesadumbre de los dem\u00e1s:<br \/>\n\u00abSiempre est\u00e1 muy triste&#8230; La mansi\u00f3n necesita un heredero&#8230; \u00bfQui\u00e9n nos va a defender del bosque amenazador, de los ladrones y de las malignas mandr\u00e1goras?\u00bb<br \/>\nOnce a\u00f1os hace, en el A\u00f1o del Se\u00f1or de 1202, lleg\u00f3 Edmundo el Lobo, el compa\u00f1ero de armas de mi esposo, y nada m\u00e1s desmontar del caballo me dio la noticia de que mi marido hab\u00eda muerto, dej\u00e1ndome como compensaci\u00f3n las riquezas capturadas antes de que pereciese en la batalla. \u00bfRiquezas capturadas? No, un simple bot\u00edn, dir\u00eda yo, conseguido en el saqueo de Constantinopla. Miren, esta es una \u00e9poca en que los hombres son como chiquillos provocadores y crueles, dispuestos siempre a dar muerte a un jud\u00edo, a un h\u00fangaro, o a un griego, por considerarle un infiel. Se sienten felices empu\u00f1ando la espada, y aseguran que con ello sirven a Dios. Son d\u00edas en que los muchachos no est\u00e1n lo bastante crecidos para el orgullo de sus padres, ya que los \u00fanicos hombres de verdad son los cruzados.<br \/>\nY sin embargo, yo amaba a mi esposo, un normando pelirrojo, alegre como los hombres del Sur, y no como la mayor parte de nuestras adustas gentes de Norte. Le amaba por su jovialidad, por su pelo de color de los ladrillos romanos, y tambi\u00e9n porque me dio un hijo.<br \/>\nPero las ansias del cruzado, como el mal\u00e9fico esp\u00edritu de la plaga, tambi\u00e9n se apoderan de los ni\u00f1os. Tan s\u00f3lo el a\u00f1o pasado, en Francia y Alemania, Esteban proclam\u00f3 su alto mensaje de Cristo, Nicol\u00e1s hizo sonar su irresistible flauta, y los ni\u00f1os se fueron tras \u00e9l como las mareas hacia la Luna, y afluyeron hacia el Mediterr\u00e1neo como r\u00edos de inmaculadas vestiduras blancas.<br \/>\nPoco de aquella locura lleg\u00f3 hasta Inglaterra. Tal vez nuestros ni\u00f1os son poco inclinados a las visiones, quiz\u00e1 prefieren cazar, en vez de congregarse bajo las fr\u00edas arcadas de los templos, para mantener conversaciones con Dios. Pero la demencia, que aqu\u00ed no afect\u00f3 a millares, fue a tocar justamente a mi hijo. Y un d\u00eda se march\u00f3 hacia Londres montado en su palafr\u00e9n roano, vestido con un jub\u00f3n de piel de oveja te\u00f1ido de amarillo, y ajustada una correa de cuero a la cintura, de la que pend\u00eda una bolsa tintineante, llena de peniques reci\u00e9n acu\u00f1ados. \u00a1Iba dispuesto a tomar un barco hasta Marsella, para unirse a Esteban! Pero Esteban y la mayor parte de su c\u00e1ndido ej\u00e9rcito fueron vendidos como esclavos al infiel; Nicol\u00e1s muri\u00f3 de peste antes de alcanzar el mar, y mi hijo, que apenas ten\u00eda quince primaveras, lleg\u00f3 a Londres, recorri\u00f3 las orillas del T\u00e1mesis en busca de un nav\u00edo de dos castillos que le llevara al otro lado del canal, y cay\u00f3 al fin bajo el cuchillo de un bandido. El demonio, creo yo, hab\u00eda pose\u00eddo a aquellos ni\u00f1os, una burla lanzada como un guantelete al rostro del Se\u00f1or.<br \/>\nPero Dios no es ciego, y en menos de un a\u00f1o, me envi\u00f3 a los otros chicos. Por desgracia, todos estaban contagiados de la misma locura. Ellos fueron Juan, un normando de pelo obscuro; Esteban, que aunque saj\u00f3n se llamaba igual que el muchacho de Francia, y Ruth, a la que llamaban su \u00e1ngel guardi\u00e1n, pero que nadie sabr\u00eda decir si hab\u00eda venido del Cielo o de los Infiernos. Present\u00ed que Dios me hab\u00eda convertido en instrumento suyo para protegerles de la ruina que hab\u00eda ca\u00eddo sobre mi propio hijo. \u00bfAcaso se equivoc\u00f3 \u00c9l al encomendarme una misi\u00f3n tan inestimable y dif\u00edcil? Lo cierto es que lo intent\u00e9, Madre del Se\u00f1or, \u00a1bien que lo intent\u00e9! Les proteg\u00ed de las mandr\u00e1goras del bosque, les am\u00e9, les perjudiqu\u00e9, y luego, al final&#8230; Pero ustedes mismos podr\u00e1n juzgarme&#8230;<\/p>\n<p>Corri\u00f3 cegado por las l\u00e1grimas entre los zarzales, asustando a las aves, haciendo que remontaran el vuelo tantos faisanes y perdices como los necesarios para agasajar a un rey. Los sapos le miraron asombrados y en seguida se arrojaron a la laguna con un sordo y simult\u00e1neo chapoteo. \u00bfIgnoraban acaso que \u00e9l, el t\u00edmido Juan, que hab\u00eda perdido su arco en la espesura y esparcido sus flechas durante la carrera, no era criatura de temer? Juan hab\u00eda vuelto de la partida de caza con su padre, el se\u00f1or del castillo de Goshawk, y en compa\u00f1\u00eda de los caballeros Roberto, Arturo, Eduardo y los dem\u00e1s. Los nombres de esos caballeros eran diferentes, pero su aspecto era casi el mismo. Ten\u00edan manos rudas, encallecidas de tanto empu\u00f1ar la espada contra el infiel&#8230; y contra sus compatriotas ingleses; mejillas enrojecidas por el hidromiel, y no por el Sol de nuestros cielos; cuerpos que exhalaban fuerte olor porque se cubr\u00edan con jubones forrados de pieles, que llevaban con orgullo incluso en verano, no queriendo imitar a los villanos, que en la \u00e9poca del calor usaban sencillas camisas y calzas sin faldell\u00edn. El pelo lacio y humedecido por el sudor, lo llevaban largo por detr\u00e1s, y cortado en un cerquillo sobre la frente.<br \/>\nA Juan, el hijo del bar\u00f3n, le hab\u00edan permitido disparar la primera flecha contra un ciervo al que acosaba a los sabuesos. No era buen arquero, pero el ciervo se hallaba tan cerca que s\u00f3lo pod\u00eda errarse el tiro si se hac\u00eda adrede. Y err\u00f3 el tiro adrede. Una vez, mientras recog\u00eda casta\u00f1as con su amigo Esteban, el pastor, vio Juan al mismo animal, un magn\u00edfico ejemplar de ciervo cuya cornamenta se parec\u00eda a las ramas desnudas de los \u00e1rboles que azota el viento a orillas del mar del Norte.<br \/>\n?No nos tiene miedo ?le hab\u00eda susurrado Esteban, en aquella ocasi\u00f3n.<br \/>\n?Ni hay motivo para que lo tenga ?respondi\u00f3 Juan?. Jam\u00e1s podr\u00edamos hacerle da\u00f1o. Es demasiado hermoso.<br \/>\nAhora, en el momento de la caza, el animal volvi\u00f3 su cabeza y les mir\u00f3 como si los reconociera, y tal vez con un aire de resignaci\u00f3n. Estaba acorralado por los sabuesos contra un denso matorral de helechos.<br \/>\nJuan lanz\u00f3 su flecha por encima de la cornamenta, instante que aprovech\u00f3 el animal para escapar, atravesando los tupidos helechos como si fueran briznas de hierbas y dejando a los perros inmovilizados por la sorpresa.<br \/>\n?\u00a1Mujerzuela! ?grit\u00f3 su padre con voz ronca a causa de la ira que le produc\u00eda el haber perdido un fest\u00edn y un par de astas para adornar el fr\u00edo vest\u00edbulo del castillo?. \u00a1Deb\u00ed entregarte una rueca, en vez de un arco!<br \/>\nAl terminar la partida, Juan fue castigado. Una vez que los caballeros hubieron abatido un animal m\u00e1s peque\u00f1o, una joven gacela, tendieron al muchacho sobre el cuerpo c\u00e1lido y ensangrentado, y cada uno de ellos le peg\u00f3 de plano con la espada. La mayor parte de los caballeros le golpe\u00f3 con suavidad, ya que, al fin y al cabo, se trataba del hijo del se\u00f1or feudal. Pero el golpe de su padre le hizo sangrar y morderse la lengua para contener un llanto vergonzoso.<br \/>\nDespu\u00e9s le dejaron marchar.<br \/>\n?\u00a1Vete a las perreras y dile a tu amigo Esteban que te seque las l\u00e1grimas! ?le grit\u00f3 a\u00fan su padre, con tono burl\u00f3n.<br \/>\nUn coro de carcajadas subray\u00f3 la mofa. Se dec\u00eda que Esteban se hab\u00eda acostado con todas las hijas de los villanos comprendidas entre los doce y los veinte a\u00f1os. Y los que no ten\u00edan hijas sol\u00edan afirmar, con aire festivo: \u00abLas muchachas lloran hasta que Esteban les seca las l\u00e1grimas\u00bb.<br \/>\nUna vez solo en el bosque, Juan olvid\u00f3 su afrenta. Estaba demasiado asustado, para acordarse. Apenas cumplidos los doce a\u00f1os, sabia que los bandidos sentenciados a la horca se refugiaban entre los sic\u00f3moros que recordaban a los romanos, y entre las encinas que estaban ah\u00edtas de sangre de los sacrificios druidas. En cuanto a los animales, hab\u00eda lobos, osos y jabal\u00edes de largos colmillos, sin olvidar las anfisbenas, que eran serpientes de dos cabezas, ni los grifos de escamosas alas Pero lo peor de todo eran los seres de la mandr\u00e1gora, que crec\u00edan como ra\u00edces y luego saltaban de la Tierra, uni\u00e9ndose a sus cong\u00e9neres para practicar estos actos de antropofagia.<br \/>\n\u00bfAd\u00f3nde pod\u00eda ir?, pens\u00f3 Juan. Al castillo no, ciertamente, pues all\u00ed estar\u00edan ahora los cazadores, remoj\u00e1ndose en grandes tinas de madera, restreg\u00e1ndose unos a otros las espaldas, para quitarse la suciedad de varias semanas, mientras las mozas de la cocina les arrojaban encima cubos de agua y miraban furtivamente sus desnudeces.<br \/>\nEn un tiempo el castillo hab\u00eda albergado a su madre. Las sombras se atenuaron con la blancura de sus vestidos, y por los salones se difundi\u00f3 el aroma del clavo, de la canela y otras especias de la cocina. Los muros exteriores florecieron con las corolas del damasco, \u00e1rbol cuyas semillas hab\u00edan llegado de Tierra Santa. Y las delicadas ascalonias, o \u00abcebollas de Ascal\u00f3n\u00bb, asomaron sus tallos verdes en torno al tronco de los \u00e1rboles, como peque\u00f1os gnomos guardianes.<br \/>\n\u00abSi tiene que haber frutos de guerra ?hab\u00eda dicho ella?, debemos procurar que sean cosas vivas, y no muertas; cosas dulces, en vez de amargas; cosas suaves, y no \u00e1speras; que aumenten el verde de la Tierra, y no el oro de los cofres.\u00bb<br \/>\nSeis a\u00f1os antes ella hab\u00eda muerto v\u00edctima de la peste. Ahora, cuando Juan se arrodillaba en el suelo de piedra de la capilla, rezaba al Padre, al Hijo y a la Virgen, pero la Virgen era su madre.<br \/>\nNo, no pod\u00eda regresar al castillo. Pod\u00eda, pero se ver\u00eda obligado a visitar la caba\u00f1a del abad y tendr\u00eda que recibir otra lecci\u00f3n sobre l\u00f3gica y astrolog\u00eda, sobre ensayos de Lucano y Arist\u00f3teles. En realidad Juan era un buen alumno, y hasta sobresaliente; pero hab\u00eda momentos para estudiar, y momentos para acudir junto a Esteban. A pesar de la burla de su padre, aqu\u00e9l era el momento de ir a buscar a Esteban. No es que su amigo fuese delicado y femenino como una hermana; todo lo contrario, era tan mal hablado y agresivo como cualquier muchacho capaz de tumbar a una chica en el heno. Pero dominaba su rudeza ante Juan, respetaba sus conocimientos, e ignoraba sus debilidades.<br \/>\nEsteban era un villano saj\u00f3n que ten\u00eda tres a\u00f1os m\u00e1s que Juan. Sus antepasados, como \u00e9l mismo aseguraba con raz\u00f3n, hab\u00edan sido poderosos condes. Pero los conquistadores normandos les redujeron a la condici\u00f3n de siervos, oblig\u00e1ndoles a trabajar las tierras que anta\u00f1o hab\u00edan pose\u00eddo, en los que una vez se alz\u00f3 una torre de madera rodeada por una empalizada, y ahora se ve\u00eda el castillo levantado por el abuelo de Juan, una fortaleza de piedra circundada por bastiones en cuya entrada se hallaba el rastrillo de hierro de una poterna, custodiada por arqueros protegidos detr\u00e1s de las troneras.<br \/>\nLos padres de Esteban hab\u00edan muerto v\u00edctimas de los seres de la mandr\u00e1gora, en una de las r\u00e1pidas incursiones que \u00e9stos efectuaron fuera del bosque para robar ovejas y cerdos. Un d\u00eda como aqu\u00e9l, dos a\u00f1os antes, Juan y Esteban se hab\u00edan hecho amigos inseparables. Juan encontr\u00f3 a Esteban arrodillado junto al cuerpo de su madre; no conoc\u00eda entonces ni siquiera el nombre del chico que permanec\u00eda al lado del cad\u00e1ver, pero le coloc\u00f3 un brazo, con aire de consuelo, en torno a los hombros ?gesto audaz, para alguien tan t\u00edmido? y casi esper\u00f3 un \u00e1spero gru\u00f1ido o incluso un golpe, como respuesta. Sin embargo, Esteban escondi\u00f3 su cabeza entre los brazos del hijo de su amo y se puso a sollozar convulsivamente, sin l\u00e1grimas. No pas\u00f3 mucho tiempo, cuando ambos resolvieron adoptarse mutuamente como hermanos; para ello se hicieron un corte en el antebrazo, con un cuchillo de caza y mezclaron sus sangres sellando as\u00ed el pacto.<br \/>\nA partir de entonces, Esteban hab\u00eda vivido en un desv\u00e1n situado encima de las perreras, haciendo de cuidador de sabuesos, de pastor y de granjero, mientras adquir\u00eda gran destreza en el arte de luchar con los pu\u00f1os y con el garrote. No sabia leer ingl\u00e9s, y mucho menos franc\u00e9s o lat\u00edn, pero los lobos tem\u00edan su palo y los hombres crecidos, sus pu\u00f1os. \u00bfC\u00f3mo se le hubiera podido describir adecuadamente? Era irritable, pero su enfado era motivado por las cosas, y no contra ellas; por los siervos y la miseria en que viv\u00edan; por los perros a los que obligaban a acometer temerariamente en las cacer\u00edas, y que a menudo perec\u00edan entre los colmillos de los jabal\u00edes; por los animales que eran muertos para distracci\u00f3n de los amos, y no para que sirvieran de comida. Algunas veces, tambi\u00e9n se mostraba jovial: hablaba de las cosas en voz alta, con aire radiante, manejaba el arco, daba de comer a sus perros o bland\u00eda la guada\u00f1a lleno de vitalidad.<br \/>\nOtras veces ni estaba alegre ni enfadado, sino que parec\u00eda encontrarse m\u00e1s all\u00e1 de ambos estados de \u00e1nimo; ca\u00eda como en un rapto de enso\u00f1aci\u00f3n, y anhelaba encontrar un \u00e1ngel, o la espada Excalibur, o, mejor a\u00fan, so\u00f1aba en comprar su libertad, para luego convertirse en un Caballero Hospitalario, ayuda de peregrinos y terror de los infieles.<br \/>\n?Pero tendr\u00e1s que hacer un voto de castidad ?le hab\u00eda dicho Juan, en una de esas ocasiones.<br \/>\n?Bueno, ya pensar\u00e9 en eso cuando llegue el momento ?repuso Esteban.<br \/>\nPor otra parte, era uno de esos seres que tan poco abundan, un so\u00f1ador que pone en pr\u00e1ctica sus sue\u00f1os, y \u00faltimamente hab\u00eda hablado del triste sino corrido por la Cruzada de los Ni\u00f1os, a\u00f1adiendo que ya era hora de que otros Esteban y otros Nicol\u00e1s siguieran a los primeros muchachos, pero armados con espadas, en vez de s\u00edmbolos, para que pudieran triunfar donde los otros fracasaron.<br \/>\nJuan sent\u00eda un hondo temor de que Esteban se marchase a Jerusal\u00e9n sin llevarle con \u00e9l, a pesar de que no sabia si iba a tener valor suficiente para un viaje semejante, primero a trav\u00e9s de las tinieblas del bosque hasta llegar a Londres, luego en barco hasta Marsella, y por \u00faltimo a la tierra de los sarracenos. Ahora Juan, empero, sali\u00f3 de su ensimismamiento y apresur\u00f3 el paso; pero volvi\u00f3 a pensar en las razones que iba a esgrimir para hacer que su amigo renunciara a su prop\u00f3sito. Encontr\u00f3 entonces al viejo Eduardo segando en la Pradera Com\u00fan; llevaba un taparrabo andrajoso sujeto a la cintura, y su rostro y sus hombros eran tan \u00e1speros y obscuros como una silla de montar despu\u00e9s de un viaje desde Londres a Edimburgo. El viejo no alz\u00f3 la vista, ni perdi\u00f3 un solo golpe de guada\u00f1a.<br \/>\n\u00ab\u00bfPara qu\u00e9 mirar al cielo? ?sol\u00eda decir?. Pertenece a los \u00e1ngeles, y no a los siervos.\u00bb<br \/>\n?\u00bfHas visto a Esteban? ?le pregunt\u00f3 Juan.<br \/>\nZas, zas, zas, hac\u00eda la guada\u00f1a, y las hierbas se abat\u00edan como las v\u00edctimas de la peste.<br \/>\n?\u00bfHas visto a Esteban? ?inquiri\u00f3 el chico, en voz m\u00e1s alta.<br \/>\n?Bueno, que no soy sordo ?gru\u00f1\u00f3 el anciano?. Vuestro padre me quit\u00f3 la juventud, los cerdos y el ma\u00edz, pero no las orejas. Al menos por ahora. Vuestro amigo, en cambio, perder\u00e1 las suyas, si no hace su trabajo. Deber\u00eda estar ya aqu\u00ed, en la pradera, en estos momentos.<br \/>\n?Entonces, \u00bfd\u00f3nde est\u00e1? ?exclam\u00f3 Juan, desesperado.<br \/>\n?Habr\u00e1 ido hacia la Cueva de los Romanos, a juzgar por la mirada que ten\u00eda. All\u00ed va a esconderse, cuando sue\u00f1a despierto. Ni siquiera me dirigi\u00f3 una sola palabra.<br \/>\nLa Cueva de los Romanos eran las ruinas donde aquellos hab\u00edan venerado a su dios del sol Mithra, en una b\u00f3veda subterr\u00e1nea. M\u00e1s tarde, y como desagravio al Dios de los cristianos, los sajones alzaron una iglesia de troncos y transformaron la cueva en una cripta para enterrar a sus muertos. Durante la conquista normanda, las mujeres y los ni\u00f1os se ocultaron en la iglesia, y los normandos arrojaron teas encendidas al techo y quemaron el templo con sus ocupantes dentro. Los restos carbonizados y retorcidos fueron quedando ocultos por la floreciente aliaga, y los pocos maderos ennegrecidos que se alzaban como manos implorantes entre las flores amarillas, ya no atrajeron m\u00e1s fieles hacia los sepultados dioses.<br \/>\nNing\u00fan forastero hubiera sospechado que hab\u00eda una cripta debajo de las matas florecientes, pero Juan apart\u00f3 las ramas espinosas y se intern\u00f3 por una estrecha hendidura hasta alcanzar un tramo de escaleras. Aquel lugar estaba como imbuido de un esp\u00edritu sagrado; se percib\u00eda una sensaci\u00f3n extra\u00f1a, de tiempos idos, como la que se siente cuando se observa una gran piedra druida que los l\u00edquenes han erosionado y que se alza hacia las estrellas como participando de su c\u00f3smica lejan\u00eda. All\u00ed los adoradores de Mithra se hab\u00edan ba\u00f1ado con la sangre de los toros sacrificados, y ascendieron los siete pelda\u00f1os de los iniciados para rendir homenaje al Sol. Era un vergonzoso rito pagano, seg\u00fan hab\u00eda dicho el abad, y Juan le pregunt\u00f3 entonces la raz\u00f3n de que Jehov\u00e1 hubiera ordenado a Abraham que sacrificase a Isaac.<br \/>\n?Era s\u00f3lo como prueba ?contest\u00f3 r\u00e1pidamente el anciano.<br \/>\n?Pero, \u00bfy la hija de Jeft\u00e9? Ella no era ninguna prueba.<br \/>\nEl abad prefiri\u00f3 cambiar de tema.<br \/>\nAunque s\u00f3lo ten\u00eda doce a\u00f1os, Juan ya hab\u00eda empezado a hacer preguntas acerca de la Biblia, de Dios, de Cristo y del Esp\u00edritu Santo. Para Esteban, la religi\u00f3n era sentimiento, y no reflexi\u00f3n. Dios era como un patriarca de frondosa barba, y los \u00e1ngeles ten\u00edan que ser tan reales como los \u00e1rboles del bosque. Juan pensaba de modo diferente. S\u00f3lo la Virgen Mar\u00eda quedaba al margen de toda duda, de toda discusi\u00f3n, y le parec\u00eda una hermosa mujer, sin edad precisa; envuelta en un manto de seda bordada, moraba en lo alto del cielo unas veces, y otras casi al alcance de la mano; brillando m\u00e1s que el Sol, y, sin embargo, tan sencilla como el pan, la hierba, los p\u00e1jaros y el amor de Esteban. Era invisible, pero no inalcanzable.<br \/>\nAl llegar al pie de las escaleras, Juan se vio ante una cueva larga y estrecha, de paredes de tierra en las que estaban inhumados los cristianos envueltos en sus sudarios, y que terminaba en una b\u00f3veda semicircular. Ahora, en aquel lugar ya no se adoraba a Mithra, ni se sacrificaban toros sagrados; tampoco se veneraba a la Virgen Mar\u00eda, que acunaba en sus brazos al ni\u00f1o Cristo. Esteban se hallaba arrodillado sobre las piedras y sosten\u00eda un cirio, que iluminaba el techo cubierto de pinturas que representaban a Jes\u00fas caminando sobre las aguas, multiplicando los panes y los peces, y ordenando a los ciegos que vieran y a los lisiados que caminasen.<br \/>\n?Juan ?dijo Esteban?, he encontrado&#8230;<br \/>\n?\u00a1Una Virgen!<br \/>\nEstaba tendida sobre un lecho de hierbas. Su rostro parec\u00eda una m\u00e1scara de marfil, bajo la luz de la vela. Juan pens\u00f3 en la imagen de una Virgen procedente del altar de alguna catedral francesa, aunque parec\u00eda animada con el inconfundible soplo de la vida. Luego, al acercarse, comprob\u00f3 decepcionado que no se trataba de la Virgen, pues era excesivamente joven. Tan s\u00f3lo era una muchacha.<br \/>\n?Es un \u00e1ngel ?dijo Esteban.<br \/>\n?Ah, un \u00e1ngel ?murmur\u00f3 Juan, y suspir\u00f3 lamentando la juventud de la aparici\u00f3n.<br \/>\n\u00bfPara qu\u00e9 necesitaba \u00e9l otro \u00e1ngel, y femenino, por a\u00f1adidura? Dios, o la Virgen Mar\u00eda, le hab\u00eda enviado a Esteban, angelical aunque no femenino, y menos a\u00fan afeminado, con su revuelto cabello en lugar de una aureola, su rostro m\u00e1s enrojecido que sonrosado una especie de arc\u00e1ngel Miguel o Gabriel dispuesto a hacer resonar su poderosa trompeta, en lugar de pulsar una suave lira.<br \/>\nEl \u00e1ngel se movi\u00f3 y abri\u00f3 los ojos con un gracioso parpadeo; sin sorpresa ni temor, sino m\u00e1s bien, seg\u00fan le pareci\u00f3 a Juan, con meditado c\u00e1lculo, como algunas de las r\u00fasticas muchachas que acud\u00edan al desv\u00e1n de Esteban. Sus dientes eran blancos como la tela de su t\u00fanica, que se ajustaba en el talle por medio de un cer\u00faleo cord\u00f3n de seda. Sus puntiagudas zapatillas, de piel festoneada de terciopelo, eran como las que deben usarse en las suaves praderas del cielo. Pero no ten\u00eda alas. \u00bfO acaso las escond\u00eda bajo su t\u00fanica? Juan se sinti\u00f3 tentado a hacerle alguna pregunta.<br \/>\n?Sal\u00fadala ?murmur\u00f3 Esteban?. Dale la bienvenida.<br \/>\n?\u00bfC\u00f3mo debo saludarla? No conozco el lenguaje de los \u00e1ngeles ?respondi\u00f3 Juan, apesadumbrado.<br \/>\n?Puedes hablarle en lat\u00edn, me parece. Tiene que conocerlo, con tantos sacerdotes pronunciando el benedicte en esa lengua.<br \/>\nEsteban ten\u00eda raz\u00f3n. En el rudo ingl\u00e9s ni hab\u00eda que pensar, y tampoco en el franc\u00e9s de los normandos, quienes, al fin y al cabo, eran descendientes de los b\u00e1rbaros vikingos.<br \/>\n?\u00bfQuo vadis? ?pregunt\u00f3 Juan, tal vez con muy poca delicadeza.<br \/>\nSu sonrisa, aunque deliciosa a juicio de Juan, no sirvi\u00f3 para contestar a la pregunta.<br \/>\n?\u00bfQu\u00e9 est\u00e1s haciendo aqu\u00ed? ?repiti\u00f3 el muchacho, en el franc\u00e9s de los normandos.<br \/>\nEsteban, que conoc\u00eda algo de franc\u00e9s, le dio fren\u00e9ticamente unos cuantos codazos.<br \/>\n?Nunca debes hacer preguntas a un \u00e1ngel ?susurr\u00f3?. Dale la bienvenida. R\u00edndele homenaje. Recita algunos salmos, o cuando menos, un proverbio.<br \/>\n?No estamos seguros de que sea un \u00e1ngel, \u00bfno crees? En realidad, no nos lo ha dicho.<br \/>\nPor fin la aparici\u00f3n habl\u00f3.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La mansi\u00f3n de las rosas Thomas Burnett Swann The manor of roses, \u00a9 1966 by Mercury Press Inc. Traducci\u00f3n de F. Corripio, J. Pi\u00f1eiro, y C. Gaudes en Ciencia Ficci\u00f3n Selecci\u00f3n-2, Libro Amigo 187, Editorial Bruguera S. A., 1971. Se ha dicho de los relatos de SF que son los sucesores de los &#8220;cuentos de<\/p>\n<p class=\"text-right\"><span class=\"screen-reader-text\">Continue Reading&#8230; La mansi\u00f3n de las rosas<\/span><a class=\"btn btn-secondary continue-reading\" href=\"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/?p=694\">Continue Reading&#8230;<\/a><\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[17],"tags":[],"class_list":["post-694","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-relatos-de-ciencia-ficcion"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/694","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=694"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/694\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=694"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=694"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=694"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}