{"id":520,"date":"2008-02-27T19:13:23","date_gmt":"2008-02-27T19:13:23","guid":{"rendered":"http:\/\/vivelibre.org\/mybb\/?p=520"},"modified":"2008-02-27T19:13:23","modified_gmt":"2008-02-27T19:13:23","slug":"de-la-muerte--alfonso-fern\u00e1ndez-tresguerres","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vivelibre.org\/mybb\/?p=520","title":{"rendered":"De la Muerte    Alfonso Fern\u00e1ndez Tresguerres"},"content":{"rendered":"<p>De la Muerte<br \/>\nAlfonso Fern\u00e1ndez Tresguerres<\/p>\n<p>Desprovista de todo dramatismo, la muerte del individuo no tiene la menor trascendencia objetiva. Se trata de un fen\u00f3meno enteramente natural mediante el que se logra la regeneraci\u00f3n gen\u00e9tica y la supervivencia de la especie<\/p>\n<p>\u00abEl hombre es un ser para la muerte\u00bb, escribi\u00f3 Heidegger, culminando, de ese modo, uno de los m\u00e1s pavorosos descubrimientos filos\u00f3ficos de la humanidad, porque, sin duda, hasta entonces no hab\u00edamos ca\u00eddo en la cuenta de que, en efecto, somos mortales; y dir\u00edase que no cabe hablar de la muerte m\u00e1s que con gesto adusto y tono grave (como el que a uno le parece necesario adoptar para repetir las palabras del fil\u00f3sofo alem\u00e1n), y, sin embargo, morirse es una vulgaridad: se trata, con toda certeza, de casi lo \u00fanico que todo el mundo realiza con exquisita puntualidad y lograda perfecci\u00f3n. Y pese a ello, la muerte nos ocupa y, sobre todo, nos pre-ocupa. No al difunto en tanto que difunto, claro est\u00e1, a quien ya no le ocupa ni le pre-ocupa nada; pero es seguro que antes del tr\u00e1nsito s\u00ed le pre-ocup\u00f3 y tal vez le ocup\u00f3 tambi\u00e9n. Y aqu\u00ed reside, probablemente, el error del argumento de Epicuro (del f\u00e1rmaco o consejo con el que pretende consolarnos y librarnos del miedo a la muerte), porque si bien es cierto que nadie puede vivir su muerte, no lo es menos que todos pueden preverla. Es verdad que la muerte no es un acontecimiento que forme parte de mi vida y al que yo pudiera calificar de \u00abbueno\u00bb o \u00abmalo\u00bb, porque para que algo sea un bien o un mal es preciso sentirlo, y la muerte es el fin de toda sensibilidad, as\u00ed que, en efecto, podr\u00eda parecer obvio que \u00abmientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, ya no somos\u00bb, pero en tanto que la segunda de esas proposiciones resulta evidente (referida s\u00f3lo a uno mismo, sin considerar ahora la muerte del otro), la primera, en cambio, no lo es tanto, porque mientras somos, existen m\u00faltiples formas de hacer presente la propia muerte, de hacer que la muerte sea, mediante la anticipaci\u00f3n y el pensamiento, y existen tambi\u00e9n m\u00faltiples formas mediante las cuales la muerte se nos hace presente como muerte del otro (del ser querido), cuya muerte s\u00ed es un acontecimiento en nuestra vida y forma parte de ella, tr\u00e1gica, irreparable, irreversiblemente. Para quien ha experimentado el dolor que provoca una p\u00e9rdida semejante es un consuelo saber que son muy pocos los entierros a los que verdaderamente tenemos que asistir (aunque, por lo mismo, son muy pocas las personas que asistir\u00e1n verdaderamente al nuestro).<\/p>\n<p>Sin embargo, pese a los deseos de Epicuro, y tambi\u00e9n a los de Espinosa, quien escribi\u00f3 aquello de que \u00abun hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabidur\u00eda no es una meditaci\u00f3n de la muerte, sino de la vida\u00bb, lo cierto es que la muerte ha sido fiel compa\u00f1era de nuestro pensamiento. Tal es as\u00ed, que incluso cabr\u00eda reconstruir la historia de la filosof\u00eda a partir de la idea de la muerte, esto es, de la forma en que \u00e9sta ha sido pensada por fil\u00f3sofos y escuelas, incluido, claro es, el propio Espinosa, quien pens\u00f3 en la muerte lo suficiente al menos como para afirmar que no debe ser pensada. Santayana lleg\u00f3 todav\u00eda m\u00e1s lejos, al sugerir que un buen proceder para calibrar la fuerza de una filosof\u00eda es examinar lo que piensa de la muerte. Pero seguramente no tan lejos como S\u00f3crates y Plat\u00f3n, para quienes la filosof\u00eda no es sino una meditatio y preparatio mortis. C\u00f3mo no recordar a S\u00f3crates en su \u00faltimo d\u00eda de vida afirmando que \u00ablos que filosofan en el recto sentido de la palabra se ejercitan en morir, y son los hombres a quienes resulta menos temeroso el estar muertos\u00bb. As\u00ed pues, Plat\u00f3n y S\u00f3crates, lo mismo que Epicuro, aunque tal vez por motivos distintos, no encuentran nada temible en la muerte. Esa es, asimismo, la opini\u00f3n predominante entre los estoicos. La obra de S\u00e9neca, Epicteto o Marco Aurelio abunda en consideraciones de ese tenor. El planteamiento es incluso muy similar al de Epicuro: \u00abLa fuente de todas las miserias para el hombre ?dice Epicteto? no es la muerte, sino el miedo a la muerte\u00bb. Y S\u00e9neca, por su parte, repite casi con las mismas palabras el argumento de Epicuro cuando escribe que a la muerte \u00abdeber\u00edamos temerla si pudiese permanecer con nosotros, pero, por necesidad, o no llega o pasa\u00bb. En el siglo XVIII, Kant, enlazando, en alguna medida, con la tradici\u00f3n epic\u00farea y estoica, afirmar\u00e1 expresamente la imposibilidad de pensar la propia muerte: \u00abEl pensamiento: no soy, no puede existir; pues si no soy, tampoco puedo ser consciente de que no soy\u00bb. Y afirmar\u00e1, asimismo, la imposibilidad de experimentarla: \u00abEl morir no puede experimentarlo ning\u00fan ser humano en s\u00ed mismo (pues para hacer una experiencia es necesaria la vida), sino s\u00f3lo percibirlo en los dem\u00e1s\u00bb. Por eso concluye Kant recordando aquello que dec\u00eda Montaigne de que, en realidad, no tenemos miedo a morir, sino a la idea de estar muertos.<\/p>\n<p>En el otro extremo se encuentran los fil\u00f3sofos existencialistas (Heidegger o Sartre), para quienes la muerte es absurda, desde el momento enque, como dice Sartre, quita toda significaci\u00f3n a la vida (algo que a la propia muerte no parece importarle lo m\u00e1s m\u00ednimo). Y dentro del existencialismo (por esto, pero no s\u00f3lo por esto) hay que incluir a nuestro Miguel de Unamuno, quien gritaba (Unamuno siempre escribe a voces) que con raz\u00f3n, contra la raz\u00f3n o sin ella, no quer\u00eda, no le daba la gana de morirse, que har\u00eda falta que lo cesar\u00e1n de la vida, porque \u00e9l no pensaba dimitir (y lo cesaron, ciertamente; en concreto, el 31 de diciembre de 1936). Esta segunda gran posici\u00f3n del pensar sobre la muerte ha sido perfectamente resumida por F. de la Rochefoucauld (uno de mis c\u00ednicos preferidos), quien, acord\u00e1ndose, tal vez, de Epicuro o de los estoicos, escribi\u00f3: \u00abPuede haber diversas causas que nos muevan a aborrecer la vida, pero nunca hay una raz\u00f3n para despreciar la muerte\u00bb.<\/p>\n<p>En cualquier caso, yo sigo pensando que el error de argumentos como el de Epicuro estriba en olvidar, adem\u00e1s de la muerte del otro, la capacidad de previsi\u00f3n de la propia, de la que goza (o mejor: sufre) en exclusiva el ser humano, ya que, con toda seguridad, hay que considerarla espec\u00edficamente suya, porque nada nos hace suponer que el resto de los animales tengan conciencia de su propia finitud, con lo que, a fin de cuentas, en su caso s\u00ed es verdad que mientras son la muerte no es, y cuando la muerte es, ya no son. Los animales son, en ese sentido, inmortales: viven instalados en la eternidad; viven como si cada momento fuese eterno. Suponer que las cosas puedan ser de otro modo, es decir, suponer que el animal se sabe mortal, obligar\u00eda a atribuirle tambi\u00e9n una complej\u00edsima red de mecanismos mentales francamente desproporcionada y fant\u00e1stica, como, por ejemplo, la capacidad de elaborar mitolog\u00edas que acabaran por cristalizar en sistemas religiosos, si es verdad que la religi\u00f3n se encuentra frecuentemente asociada a la ilusi\u00f3n de una vida futura eterna e inacabable, tras el peregrinaje, con frecuencia doloroso, que nos impone esta existencia mortal.<\/p>\n<p>En las sociedades humanas, en cambio, la muerte ha tenido siempre presencia permanente y constante. Muchos pueblos primitivos (si hacemos caso de afamados antrop\u00f3logos) no consideran la muerte como un fen\u00f3meno natural: originariamente, los hombres no eran mortales, pero la muerte se introduce en sus vidas como consecuencia de alg\u00fan pecado o de infringir alguna norma o tab\u00fa; y esto da lugar a riqu\u00edsimas mitolog\u00edas en las que frecuentemente se atribuye a la mujer la acci\u00f3n culpable que da lugar a tan desdichado evento (el pecado original y la Eva de la tradici\u00f3n judeo-cristiana, que induce a pecar al tontorr\u00f3n de Ad\u00e1n, encajan con toda precisi\u00f3n en este esquema general, lo que viene a probar que la religi\u00f3n judeo-cristiana es una mitolog\u00eda m\u00e1s, que no desentona en absoluto al lado de otras; aunque tambi\u00e9n es posible pensar que Dios Nuestro Se\u00f1or repiti\u00f3 el mismo experimento en m\u00faltiples lugares y ocasiones). Pero que la muerte no sea considerada por estos pueblos como algo natural, tiene a veces otro significado distinto, y es que la supongan siempre causada por un agente externo, ya sea un enemigo del difunto o un esp\u00edritu maligno, y ello pone en marcha importantes pr\u00e1cticas adivinatorias y m\u00e1gicas para descubrir al causante y vengar al muerto. En realidad, la muerte es un acontecimiento tan fundamental en estas sociedades que resulta sorprendente el n\u00famero y la variedad de creencias y mitos relacionados con ella, as\u00ed como de ceremonias f\u00fanebres, casi siempre de car\u00e1cter m\u00e1gico, y en las que resulta f\u00e1cil ver dibujarse con toda nitidez el esquema de los ritos de paso, establecido por A. van Gennep: segregaci\u00f3n, margen y agregaci\u00f3n, que afectan no s\u00f3lo al difunto (segregaci\u00f3n del mundo de los vivos y agregaci\u00f3n definitiva al de los difuntos), sino tambi\u00e9n a los propios familiares, a los que se considera tocados, contaminados por la muerte, motivo por el cual se les segrega temporalmente de la sociedad, para proceder luego a su nueva agregaci\u00f3n. Tales ceremoniales no persiguen sino dos grandes objetivos: garantizar la paz del difunto y la seguridad de los vivos.<\/p>\n<p>Entre nosotros (quiero decir, en las sociedades civilizadas o desarrolladas) ninguna de esas pr\u00e1cticas es ajena. Si bien ya no consideramos la muerte como fen\u00f3meno no natural ni tampoco culpamos de \u00e9l a la mujer, al menos s\u00ed continuamos viendo a la muerte como mujer, e incluso, como ha observado Philippe Ari\u00e8s, a partir del siglo XVI nace una nueva sensibilidad en la forma de entender y vivir la relaci\u00f3n con la muerte que tiene un marcado car\u00e1cter er\u00f3tico. (a mis lectoras feministas les recuerdo que en aquel entonces la sensibilidad la marcaban los varones.) \u00abAs\u00ed ?como se\u00f1ala Ari\u00e8s?, en las danzas macabras m\u00e1s antiguas, la muerte apenas si tocaba al vivo para advertirlo y designarlo. En la nueva iconograf\u00eda del siglo XVI, lo viola\u00bb. La opini\u00f3n del historiador franc\u00e9s es del todo ajustada, y cualquiera puede comprobar por s\u00ed mismo la profunda asociaci\u00f3n que se da entre el amor y la muerte examinando el arte y la literatura no s\u00f3lo del siglo XVI, sino tambi\u00e9n del XVII y XVIII, hasta llegar al Romanticismo de la primera mitad del siglo XIX, donde el muerto acaso ya no resulta deseable, como suced\u00eda en algunas obras literarias de los siglos anteriores, pero s\u00ed es visto como indudablemente hermoso. Esto es justamente lo que Ari\u00e8s denomina la \u00abmuerte rom\u00e1ntica\u00bb. Aquella frivolidad de James Dean, que dec\u00eda desear morirse joven para hacer un bello cad\u00e1ver, cuadra perfectamente en este esquema.<\/p>\n<p>Y tampoco faltan entre nosotros los ceremoniales f\u00fanebres, perfectamente ajustados al esquema de los ritos de paso: pr\u00e1cticas relativas a la preparaci\u00f3n del cad\u00e1ver (segregaci\u00f3n), velatorio y luto (margen, respectivamente, del difunto y la familia) y aniversario (agregaci\u00f3n de ambos: a uno al mundo de los muertos y a los otros al de los vivos). Incluso muchas de esas pr\u00e1cticas tienen, y sobre todo ten\u00edan hasta no hace mucho tiempo, un obvio car\u00e1cter m\u00e1gico, tanto por v\u00eda de contagio como de semejanza, conforme a las dos famosas leyes se\u00f1aladas por Frazer. En nuestro pa\u00eds, la Encuesta del Ateneo de Madrid (1901-1902), prueba con toda rotundidad la existencia de important\u00edsimas y curios\u00edsimas pr\u00e1cticas m\u00e1gicas relacionadas con la muerte (y no s\u00f3lo con ella: tambi\u00e9n con el nacimiento y el matrimonio) todav\u00eda en la Espa\u00f1a de principios del siglo pasado. Espa\u00f1a, entonces y ahora (y no s\u00f3lo Espa\u00f1a, claro est\u00e1), donde la Iglesia Cat\u00f3lica ha asumido, con f\u00e9rreo monopolio, la administraci\u00f3n de tales ritos de paso. T\u00edmidamente, en los \u00faltimo a\u00f1os, el poder civil ha comenzado a disputarle uno de ellos: el matrimonio; pero ni el nacimiento ni los funerales disponen de una ceremonia civil alternativa.<\/p>\n<p>Gustavo Bueno, partiendo de la importante distinci\u00f3n que establece entre individuo y persona, construye otra, no menos importante, entre muerte y fallecimiento. La muerte, como el nacimiento, afecta al individuo, pero no a la persona. Del individuo decimos con propiedad que nace y muere, pero no podemos decir que una persona nace ni tampoco que muere, a menos que hablemos metaf\u00f3ricamente. Por eso hay cad\u00e1veres y embriones de individuos, pero no hay embriones ni cad\u00e1veres de personas. La persona no nace porque es el mismo individuo quien se constituye en persona, y no muere porque su fallecimiento no es una aniquilaci\u00f3n: sigue viviendo en los otros, en quienes, adem\u00e1s, pueden continuar influyendo, incluso m\u00e1s que antes; y vivir en la memoria de los otros e influir en ellos es una forma, sin duda, de permanecer vivo.<\/p>\n<p>Naturalmente, como el propio Bueno advierte, ese influir en los dem\u00e1s s\u00f3lo es dado a las \u00abgrandes personalidades\u00bb; el resto tiene que conformarse con vivir en la memoria de aquellos que los trataron y amaron, y resignarse a sucumbir cuando la \u00faltima de esas memorias sucumba.<\/p>\n<p>Como quiera que sea, lo cierto es que todo difunto tiene al menos un minuto de gloria y un d\u00eda de protagonismo absoluto: el de su entierro. Con el a\u00f1adido de que ese d\u00eda, antes de proceder a su olvido definitivo, ser\u00e1 adornado con todas las virtudes imaginables. Sobre todo la bondad: todos los muertos son buenos; y hasta, piadosamente, parece desearse que todos sean santos (tal vez por eso Odilio, abad de Cluny, instituy\u00f3 el D\u00eda de Difuntos el 2 de noviembre, el d\u00eda despu\u00e9s del D\u00eda de Todos los Santos). De ah\u00ed que con raz\u00f3n dijese Jardiel Poncela que: \u00abLos muertos, por mal que lo hayan hecho, siempre salen en hombros\u00bb.<\/p>\n<p>Yo no tengo ninguna prisa en morirme, ni en recibir esos elogios, ni en salir a hombros. Prefiero que me vituperen durante muchos a\u00f1os vivo a que me elogien una vez muerto. No soy cristiano y s\u00f3lo un poco estoico (lo que, sin duda, constituye una evoluci\u00f3n vital de todo punto vulgar: en mi generaci\u00f3n, a los dieciocho a\u00f1os se era necesariamente existencialista, pero pasados los cuarenta, uno se hace razonablemente epic\u00fareo y moderadamente estoico), as\u00ed que a menos que la \u00abp\u00e1lida dama\u00bb me halle desprevenido, dudo mucho que me avenga de buen grado a iniciar con ella unas relaciones eternas. Pero as\u00ed tendr\u00e1 que ser (aunque espero que un d\u00eda muy lejano), y no encuentro en ello nada misterioso ni sorprendente: lo verdaderamente sorprendente no es que uno se tenga que morir, sino que haya nacido. Quien se haya detenido alguna vez a pensar la infinidad de combinaciones gen\u00e9ticas que eran posibles en el momento en que fue concebido, cada una de las cuales hubiera dado lugar a un individuo que no ser\u00eda \u00e9l, entender\u00e1 lo que quiero decir. Incluso m\u00e1s sorprendente que la muerte resulta el hecho de estar vivos. Yo profeso en muy variadas ignorancias, pero la de la medicina es una de las m\u00e1s notables; y aun procuro mantenerme lo m\u00e1s alejado posible de la literatura m\u00e9dica, porque cuando me acerco, se me hace imposible que mi cuerpo pueda estar libre de tantas y tan graves desdichas. As\u00ed que, considerando las cosas desde este punto de vista, somos condenados a muerte a los que cada d\u00eda se les regala un d\u00eda m\u00e1s (creo recordar que Pascal dec\u00eda algo similar).<\/p>\n<p>Nacimos de casualidad y vivimos de milagro. Eso s\u00ed resulta sorprendente, pero la muerte misma no encierra ning\u00fan misterio, o al menos, no mayor del que pueda hallarse en una taza de caf\u00e9 que se enfr\u00eda: se trata de una de las m\u00faltiples manifestaciones del segundo principio de la termodin\u00e1mica, que establece que todo sistema ordenado evoluciona hacia el desorden, hacia la uniformidad, hacia la entrop\u00eda. Nos morimos por la misma raz\u00f3n que lo hace una estrella o se enfr\u00eda el agua: porque nuestro universo se halla gobernado por el principio de entrop\u00eda. Y todo lo dem\u00e1s son consideraciones psicol\u00f3gicas sin demasiada relevancia. Desde el momento en que se supone que ha debido cumplir con sus funciones reproductivas, la vida del individuo, en t\u00e9rminos evolutivos, importa poco. Algunos han sugerido (me viene a la memoria el nombre de Barash) que si la selecci\u00f3n natural ha sido capaz de crear organismos tan complejos y \u00f3rganos tan sofisticados como el cerebro humano, tal vez habr\u00eda podido dise\u00f1ar alg\u00fan mecanismo de auto-regeneraci\u00f3n que impidiese el envejecimiento e incluso la muerte. Tal vez. Pero lo cierto es que no ha sido as\u00ed, entre otras cosas porque (y al margen de que esa idea acaso caiga en el marco de la pura ficci\u00f3n) a la selecci\u00f3n natural el individuo le importa muy poco: lo que cuenta es el permanente intercambio y renovaci\u00f3n gen\u00e9tica en la especie. Hegel lo vio antes de que naciera Darwin ni existiera la gen\u00e9tica: \u00abEl g\u00e9nero humano ?escribe? s\u00f3lo se mantiene mediante la desaparici\u00f3n de los individuos que en el proceso del apareamiento cumplen su destino, y en la medida en que no tienen otro superior, el de acercarse a la muerte\u00bb.<\/p>\n<p>Dese\u00e9monos, pues, larga vida, y que cuando llegue el momento de partir, tengamos la entereza suficiente para decir con Marco Aurelio: \u00abPr\u00f3ximo est\u00e1 tu olvido de todo, pr\u00f3ximo tambi\u00e9n el olvido de todo respecto a ti.\u00bb <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>De la Muerte Alfonso Fern\u00e1ndez Tresguerres Desprovista de todo dramatismo, la muerte del individuo no tiene la menor trascendencia objetiva. 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