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JUAN CARLOS ZUBIETA IRÚN. TALLER DE SOCIOLOGÍA. UNIVERSIDAD DE CANTABRÍA
(ARTÍCULO DE OPINIÓN SACADO DEL PERIÓDICO “EL DIARIO MONTAÑÉS DEL JUEVES 13 DE SEPTIEMBRE DE 2007)

      Unos dicen: <<Se terminó lo bueno>>; otros exclaman: <<Por fin llegó la normalidad>>. Los humanos precisamos de la novedad y también de la costumbre. De lo nuevo y de lo de siempre. De lo extraordinario y de lo común. La rutina del día a día nos lleva a soñar con la fiesta, pero el exceso de la celebración, termina por cansarnos y entonces se desea la tranquilidad. La monotonía cotidiana nos hace añorar lo diferente, pero el desorden también pierde su magia y entonces se aprecia lo de maravilloso que existe en el día a día.
      Según el mito griego, Sísifo fue condenado por los dioses a subir una roca hasta la cúspide de un monte, desde allí la roca volvía a caer y la tarea que tenía que comenzar, sin descanso, sin esperanza, sin fin, una y otra vez, el castigo eterno. Pues bien, para muchos, el fin de las vacaciones, comenzar a trabajar, es sinónimo de volver al penal (como se sabe, el término trabajar viene del latín “tripaliare”, torturar, y el “tripalium”, tres palos, era un instrumento de tortura al que se ataba al reo para azotarlo). Así, en estos días los medios de comunicación presentarán a expertos en Psicología hablando pomposamente del “Síndrome posvacacional”, que, como todo el mundo sabe, se trata de un título muy rimbombante para denominar las consecuencias de la pereza, la desgana y el rechazo con la que se enfrentan a la obligación de trabajar todos los que tienen que desarrollar una actividad laboral alienante, poco gratificante, incómoda, mal pagada o en un ambiente humano o material hostil. Por supuesto, ante esa perspectiva cualquier individuo normal no da saltos de alegría; por el contrario, su humor suele estar torcido, el desánimo ataca y, en ocasiones, el estómago protesta y el sueño no llega; en definitiva, el cuerpo y la mente se quejan (sí, como les pasa a muchos niños el primer día de colegio). Perder la libertad es duro. Si a usted le ocurre eso tranquilícese, le sucede a mucha gente, es una epidemia. Y, por otra parte, según nos dicen por todos los lados: se soluciona comprando. Además tiene usted la suerte de que ha comenzado la liga de fútbol y los héroes están en el circo; y, por si fuera poco, para que no se desespere, enseguida llega la escapada del 12 de octubre.
      Dos anuncios que están presentes estos días en los medios de comunicación reflejan claramente los deseos-necesidades a lo que me he referido: la búsqueda de la novedad y la búsqueda del orden. Así, El Corte Inglés proclama: <<Vuelve la ilusión. Vuelta al cole>>; Leroy Merlín indica: <<En septiembre las cosas se ordenan solas>>.
      La máquina comercial de la sociedad de consumo es muy sabia: se inicia un nuevo ciclo y la forma de comenzar con fuerza, con ilusión, es, nos aseguran, comprando. La ilusión está en estrenar ropa y tenemos la suerte de poder ir al centro comercial, al paraíso, y comprarlo todo (sí, además, en la escuela y en el trabajo nos encontraremos con los amigos y compañeros que no hemos visto en varias semanas). Por otra parte está el mensaje del orden: cansados de la anarquía, pretendemos la seguridad de lo cotidiano. La estantería, los armarios y los cajones que nos anuncia el comercio, constituyen una magnifica metáfora de lo que pretendemos hacer con nuestra vida: ordenarla.
        Ante el reto de volver a subir la montaña necesitamos algo donde agarrarnos, algo que nos ilusione; la industria lo sabe, nos lo ofrece en papel de regalo, y lo sugiere/impone: ¡Compra!, ¡Estrena! Y ante la ausencia de horizontes más elevados caemos en la trampa y acudimos, en masa, la centro comercial a hacer realidad el gran sueño.
        Ahora también es el momento de los buenos propósitos, y los dueños del negocio lo saben: se lanzan al mercado los cursos de inglés y mil tipos de colecciones (por supuesto, como cualquiera puede constatar con su propia experiencia, la mayoría se interrumpirán a la mitad, eso sí en el mes de enero, con el nuevo año, volverá a surgir el proyecto que no se ha cumplido... y que una vez más se interrumpirá). Además, muchos harán cola para inscribirse en el gimnasio; otros se harán la promesa de dejar de fumar (obviamente comenzarán dentro de unos días: “Hombre, los primeros días de trabajo estoy más nervioso y...”) y, sin duda, todos los escolares asegurarán que este año van a estudiar desde el primer día.
      Como decía, frente al mito de las felices vacaciones muchos desean la vuelta a la normalidad. Ulises quiere regresar a Ítaca. Ya está bien de aventuras. Se quiere llegar a casa, al hogar, al refugio. Se añora el sosiego.
      Además, para los muchos que no han podido ir de vacaciones, y también para los muchos que han sentido el periodo de descanso como una carga, la vuelta a la normalidad, el fin de fiesta, es un alivio. Así, aunque sea en silencio, ahora mismo muchos celebran el término del ambiente festivo: los que han carecido de recursos para ir a esas playas idílicas que nos han enseñado en la televisión, los enfermos, los infelices, los que están solos, todos aquellos que se han considerado diferentes y han sufrido el bombardeo de imágenes que muestran que todo el mundo es feliz, que todos son amados, que todos, menos ellos, disfrutan sin parar. Tampoco son pocas las mujeres que desean la vuelta a la actividad cotidiana cansadas de que el reposo y el disfrute de los miembros de su familia, el placer de no hacer nada, se sostenga en el sobreesfuerzo de ellas (como se aprendió en los cuentos, los reyes tienen sirvientes). Por cierto, ¿saben que el número de rupturas de parejas se incrementa de forma considerable inmediatamente después del periodo de vacaciones?, sí, la convivencia estrecha durante muchos días es peligrosa.
      Después de la descripción y los juicios, permítanme concluir formulando un interrogante: ¿No sería conveniente que todos pusiéramos la vista en metas más elevadas que el cambio de ropa y la reforma de la cocina? Claro que está muy bien volver a iniciar el curso de inglés y que tampoco debemos olvidar la vieja aspiración de hacer algo de ejercicio y de seguir un dieta equilibrada, pero no está de más que junto a los propósitos más prosaicos también pensemos en asuntos de mayor calado.
      Aunque a algunos les puedan sonar a mensajes huecos, y aunque sé que son muchos más difíciles de lograr, me atrevo a recordar algunos metas que nos han señalado muchas veces: 1. Que es una obligación de todos ayudar y ser solidarios con aquellos que no tienen la misma suerte que nosotros. 2. Que todo ser humano comenzando con el que está a nuestro lado, merece respeto y consideración. 3. Que ser honrado, en las relaciones personales y en el trabajo, es una buena forma de estar en el mundo. 4. Que también nos corresponde denunciar a los impresentables. 5. Que, asimismo, es una obligación de todos cuidar y defender nuestro medio ambiente. 6. Por último, que somos personas, además de consumidores de los productos de Carrefour, y, por tanto, que es un derecho y una obligación perseguir el crecimiento personal y social.
01-14-2009 05:41 PM
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